109 nuevos mártires asesinados por las hordas rojo-separatistas hoy aliadas de los obispos catalanes.

El próximo día 21 de este mes tan tenso y confuso, van a ser beatificados 109 nuevos mártires, esta vez claretianos, asesinados por las hordas rojo-separatistas y marxistas-revolucionarias…

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Fusilamiento del monumento del Sagrado Corazón de Jesús del Cerro de los Ángeles por milicianos socialistas del PSOE y comunistas del PCE en Agosto de 1936

El próximo día 21 de este mes tan tenso y confuso, van a ser beatificados 109 nuevos mártires, esta vez claretianos, asesinados por las hordas rojo-separatistas y marxistas-revolucionarias compuestas por energúmenos del PSOE –cien años de honradez–, del PCE (hoy Podemos-IU), de ERC y de la extinta CNT-FAI, hoy la CUP. ¿Y dónde será el acontecimiento? En Barcelona, nada más y nada menos. Es decir, en plena ciudad condal presa de la debacle separatista de los sin-Dios y sin patria de siempre, de los herederos ideológicos de aquellos asesinos, van a subir a los altares 109 mártires vilmente asesinados por causa de la Fe, es decir, por odio a la Fe que profesaban y profesaron hasta la muerte.

 

Con todo, con ser magnífico que España siga produciendo mártires a destajo, gracia a Dios, y los que sún quedan, lo peor es que lo fueron a manos de los mismos partidos a los que hoy se unen en íntima, explícita y pública alianza los obispos de las provincias catalanas; así, el día 21 podremos asistir a un espectáculo más de la mucha esquizofrenia que sobra en aquella región española, cuando los obispos de aquellos páramos presidan, oficien, concelebren o presencien la Santa Misa ritual culminando un ejercicio de fariseísmo demencial; y leyendo una homilía en la que apelaarán a la «fraternidad» y al ejemplo de aquellos mártires que «perdonaron», sin nombrar, ya lo nombrar ni por asomo,  a las circunstancias de sus martirios, ni menos aún a la militancia política e ideológica de sus asesinos, pues sería como mentar la soga en casa del ahorcado.

 

Porque los obispos de aquellas provincias se han pasado a los enemigos de la Fe hace ya mucho; no sabemos si por convicción, es decir, por apostasía, o por cobardía, o por un mucho de ambos. Resulta penoso y repugnante leer, por ejemplo, en la web del histriónico obispo de Solsona el anuncio del acontecimiento, leer los breves perfiles de los próximos mártires y comprobar cómo en todos ellos figuran dos únicas palabras al hablar de sus aprehensores y asesinos: o eran «anticlericales» o eran «revolucionarios»; así, a secas, en general, con esa vaguedad, sin concretar, como si de marcianos llegados del espacio exterior se tratara; igual que el titulito de «mártires del siglo XX» con que la propia Conferencia Episcopal Española ha tildado a tantas y tantas víctimas de la persecución rojo-separatista, revolucionaria-frentepopulista y socialista-comunista-anarquista entre 1934 y 1939; o sea, precisamente los que desde hace décadas hablan de las pretendidas «víctimas del franquismo», que nunca existieron; en todo caso reos convictos y confesos de sus crímenes por los cuales pagaron según la justicia debida, aún con sus lógicas imperfecciones humanas.

 

Es repugnante, indignante y clama al cielo, que al contrario que con Don Juan estamos seguros de que no sólo oye, sino que lo ve todo, observar el cinismo, la hipocresía, la falta absoluta de caridad y el escándalo con que nos obsequian estos obispos de aquellas provincias españolas; y los de las demás con su silencio cómplice.

 

Es repugnante comprobar la poca fe, el nulo amor de verdad que sienten por Nuestro Señor y por los mejores de entre nosotros, los que dieron su vida por Dios, los mártires, y los que además la dieron por España, todos aquellos que cayeron o en combate o en las inmundas checas rojo-separatistas.

 

Es lastimoso ver cómo España, a la que falsamente prometieron una reconciliación, vuelve a repetir lo peor de su historia más reciente y, renegando de lo mejor de su también más reciente pasado, ha vuelto a caer en manos de los sin-Dios y sin patria, bien que ahora de la mano de este clero en su mayor parte estúpido y estupidizado; reconciliación, por otra parte, que no hacía falta porque entre los justos y honrados ya se había producido a largo de cuarenta años de paz y orden, y con los irreconciliables no había, como hoy se ve, nada que reconciliar, pecado aquel de la pretendida reconciliación que tanto prodigó el clero post-vaticanosegundo de la que seguro han tenido y/o tendrán que dar cuenta conforme vayan pasando por caja. Reconciliación que sólo ha servido para tapar y hacer olvidar los crímenes de los asesinos y, más aún, achacárselos a las víctimas o a los que tuvieron que hacer justicia de ellos por el clamor de la sangre derramada.

 

Malditos sean aquellos que hoy se enlodan vestidos de púrpura o de cleriman, o ni siquiera de eso, pastores que dispersan a las ovejas, sal sosa que sólo sirve para echarla fuera y pisotearla, fariseos, hipócritas, sepulcros blanqueados, que apostatan cada vez que no hacen lo que tienen que hacer, cada vez que no predican de verdad el Evangelio, lobos con piel de cordero. Malditos mil veces por arrastrar con sus modales y discursos afeminados a los españoles al matadero. Malditos porque ya estáis juzgados. Malditos porque vuestro crimen es mayor que el de Sodoma y Gomorra. Malditos porque el juicio os será más duro que el de las prostitutas y los ladrones porque vosotros habéis recibido mil veces más gracia y más oportunidades que éstos.

 

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