15 dubitaciones para a un mundo que agoniza

Una. El sacerdote argentino Carlos Spahn (eminente predicador y exorcista), me parece más sugestivo y nutricio que todos los ateos, agnósticos, descreídos, librepensadores, materialistas y cientifistas que he tenido la ocasión de escuchar en un canal de Youtube como Razón o fe.

Dos. En un canal como Razón o fe proclaman el júbilo liberador de ser ateos. Sin embargo, sería una mala noticia que Dios no existiera. De liberación, nada; la auténtica liberación es que Dios exista, pues solo la existencia de Dios garantizara que el absurdo existencial no tuviera la última palabra. De suerte que la existencia de Dios sería especialmente buena noticia para todos los que tratan de conducirse por la vida haciendo el bien, practicando la justicia, anhelando la humana bondad, resistiendo al mal ofreciendo la respuesta del bien, restableciendo la misericordia allí donde haya sido hecha añicos…

Tres. Ergo, si Dios no existiera irían al pudridero -nunca al campo santo, nunca a ese prado sin otoños que, según algunos místicos, el paraíso es- lo mismo el tirano dictador y genocida que cualquiera de sus víctimas. Si Dios no existiera daría lo mismo pasar por la vida como el santo padre Pío o como Madre Teresa de Calcuta que como un terrorista, pongamos, de suerte que al no existir Dios ni cielo ni infierno, pues todo viniera a ser materialismo e inmanencia… Así las cosas (entonces), o Dios o el absurdo. De hecho, dos de los más grandes ateos del siglo XX (Albert Camus y Anthony Flew), en la recta final de sus vidas comenzaron a percibir la razonablemente cálida (por loable, justa y buena) posibilidad de la existencia de Dios.

Cioran

Cuatro. Afirmaba de sí mismo Cioran, uno de los más lúcidos (¿u oscuros?) ateos del siglo XX: «Mi insomnio majadero haría palidecer el testimonio de los mártires». Sin embargo, me causan más asombro la santidad de Manuel Lozano Garrido Lolo (hoy día ya beato, periodista católico, inválido en silla de ruedas y ciego durante décadas de su vida, hasta su fallecimiento), la de santa Beretta Moya (médico pediatra italiana, fallecida a los 39 años en el cuarto de sus embarazos, por negarse a recibir tratamiento contra un tumor maligno que padecía y que pudiera poner en peligro la vida de su bebé que llevaba en su vientre) y la de los cristianos perseguidos en África, Asia y Medio Oriente, que el insomnio de Emil Cioran y que las razones y argumentos ateos, agnósticos, descreídos, librepensadores, materialistas y cientifistas de un canal como Razón o fe.

Cinco. Hay quien afirma que acaba siendo superficial, solo que a mí, allende su agnosticismo-ateísmo, el filósofo argentino Darío Sztajnszarajber sí me parece muy brillante como divulgador de la filosofía. Sin embargo, brillante y simpático Darío (nos tuteamos), con su Tratado de Ateología el francés filósofo y anarcoide Michel Onfray no desmonta las bases y fundamentos del cristianismo (me he prometido volver a leer con más calma este libro: igual ahora lo acabaría comprendiendo más y mejor); lo que demuestra es que no le gusta la idea de Dios, ni particularmente la verdad del cristianismo, de suerte que «lo que le mola es la fundamentación hedonista, epicureísta, atea y pagana de la ética», y en última instancia, la radical secularización de la cultura.

P. Jesús Arnal secretario personal de Duuruti y, tras su muerte, de su columna anarquista hasta el final de la guerra

Seis. Michel Onfray se reivindica continuador de la tradición libertaria, muy arraigada en su país, Francia, en el nuestro, España, en el de Mateo Salvini, Italia… Yo todavía me sorprendo y reconozco en parte en la tradición libertaria, y por ende me pregunto cómo es posible que el mismísimo Buenaventura Durrutti tuviera como secretario personal nada menos que a un cura, de suerte que Buenaventura Durrutti sí creía en la acción saboteadora y terrorista para hacer avanzar la Idea, y no exclusivamente en la vía pacífica a lo León Tolstoi, pongamos.

Siete. Anarquistas hubo pacíficos, justísimos y nobles como Diego Abad de Santillán, Melchor Rodríguez (el Ángel Rojo) o Cipriano Mera, pero como católico que me confieso me causa más perplejidad y significación la persecución a la Iglesia perpetrada en su tiempo por anarquistas, comunistas y socialistas.

Ocho. La Iglesia católica está tan sumida en la más espantosa de las apostasías, que uno no logra explicarse cómo es que nos ha salido un arzobispo tan profético y de tanta parresía como Carlo Maria Viganò. Sin embargo, ¿por qué no surgen más como él, Dios mío, empeñados en criticar la agenda globalista del Nuevo Orden Mundial masónico y anticristiano, y en ofrecer la voz profética y necesaria que denuncie tantos males, mundanismos, traiciones e injusticias incrustados en el cuerpo, el rostro, el seno de la esposa del Esposo? Esto me quita más el sueño que el interés que alimento desde hace algunos años por el pensamiento del sacerdote católico y libertario de origen austriaco Iván Illich.

Nueve. Por más que me gustaría ser tan buen filósofo como Iván Illich, a mi pesar sé y reconozco que estoy a años luz de su tamaño intelectual. Por esto mismo, me acojonan muchos ateos a los que juzgo o pondero como mucho más cultos y leídos que yo (desde Fernando Savater hasta Javier Sábada, pasando por…, por tantos y tantas), pero a la vez me indignan y sacan de mis casillas ciertos ateos (y cientifistas, agnósticos, librepensadores, materialistas…) que se tienen a sí mismos por deicidas de Dios capaces de referirse a la religión como «estupideces beatas, mierdas, chorradas, absurdeces». ¿Qué se habrán creído?

Diez. Mis tres grandes pasiones: Cristo y su Iglesia (la nueva evangelización, la apologética católica, mis estudios teológicos y filosóficos…), mi obra literaria (inevitablemente modesta a mi pesar; ignorada, despreciada y preteriada por casi todos, a mi pesar) y mi pasión por la cultura. Las vivo en la cocina de este mundo radicalmente desacralizado, en el que la práctica totalidad de los que critican a la Iglesia, desde la indiferencia religiosa y el materialismo, ni que aclarar que tampoco lo hacen desde el titánico corazón de Prometeo y sí desde los múltiples espejos de Narciso.

Once. Como los católicos reconocen y aun muchas personas no católicas pero interesadas en conocer de esto y de aquello, de lo divino y lo humano, se dicen cosas tan maravillosas (milagrosas, portentosas) de una personalidad como la del santo italiano P. Pío de Pietrelcina, que o todo ello es mentira, un montaje, una manipulación, o es una verdad cuya fuente o procedencia no puede ser otra que la de la acción de la gracia del Espíritu Santo. Por esto me parece deleznable lo que he llegado a escuchar en ciertos canales y bitácoras de Internet: nada menos que a personas que se confiesan ateas, descreídas, agnósticas, librepensadoras, cientifistas o materialistas afirmar que la religión es «mierda, porquería, embuste, trampa, superstición…»

Doce. Si Donald Trump (hombre de vida afectiva o sexual un tanto disoluta, ciertamente, protestante, magnate multimillonario, etcétera) es hoy por hoy una de las pocas esperanzas que nos quedan frente a la dictadura totalitaria de la agenda globalista, masónica y anticristiana del Nuevo Orden Mundial, ¿por qué una mayoría de pastores de la Iglesia se sigue alineando con la agenda globalista, la cual es lo mismo que decir desmantelación y persecución del cristianismo, con todo eso del cambio climático, la invasión migratoria, los derechos reproductivos sexuales, o incluso la promoción de corruptos y cantamañas furibundamente anticatólicos de la catadura amoral de Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, Gabriel Rufián  y compañía…?

Trece. Ojalá remonte y gane Trump, contra todo pronóstico ahora, tras demostrar el fraude electoral del indignísimo Biden (católico abortista, globalista y sobón, ejem, masón). Toda vez que Trump es lo que el periodista católico (mejor, católico y periodista) Enrique de Diego proclama en un artículo suyo titulado «El diablo no quiere que gane Trump porque Donald proclama a Dios» (en Rambla Libre: 14/11/2020) y que es, como ya su autor nos tiene acostumbrados, contundente, salvo que esta vez de un solo párrafo (bendito aquello gracianiano de «lo bueno, si breve, dos veces bueno»). Es este:

El diablo no quiere que gane Trump, lo odia porque proclama a Dios como escuchamos en este vibrante discurso ante la Cámara de Representantes, porque habla de la oración como el concreto que une a los hombres. “Se han unido poderes muy fuertes contra él”, me dice un político. Los poderosos están contra él. La coalición es amplia y ha puesto toda la carne en asador de satanás: George Soros, los Rockefeller, satanistas confesos, los Rothschild, Bill Gates, Warren Buffet, los medios de comunicación, especialmente todas las televisiones, el Partido Demócrata, baboso Biden. Pero Dios tiene siempre la última palabra. Son estos tiempos para saborear los versículos de Salmo 2: “¿Por qué se han amotinado las naciones y los pueblos meditaron cosas vanas? Se han levantado los reyes de la tierra, y se han reunido los príncipes contra el Señor y contra su Cristo. Rompamos, dijeron, sus ataduras y sacudamos lejos de nosotros su yugo. El que habita en los cielos, se reirá de ellos, se burlará de ellos el Señor. Entonces, les hablará en su indignación, y les llenará de terror con su ira. Mas yo constituí mi rey sobre Sión, mi monte santo. Predicaré su decreto. A mí me ha dicho el Señor: “Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy”. Pídeme, y te daré las naciones en herencia, y extenderé sus dominios hasta los confines de la tierra. Los regirás con vara de hierro, y como a vaso de alfarero los romperás. Ahora, pues, ¡oh reyes!, entendedlo bien: dejaos instruir, los que juzgáis la tierra. Servid al Señor con temor, y ensalzadle con temblor santo. Abrazad la buena doctrina, no sea que al fin se enoje, y perezcáis fuera del camino, cuando, dentro de poco, se inflame su ira. Bienaventurados  serán los que hayan puesto en El su confianza”

Catorce. Así que frente a la estupidez decadente, nihilista y solipsista de los poetas postmodernos, tan laureados ellos y ellas  (canarios, peninsulares…), con sus versos trufados de pastiches, vacuidades, trizaduras, alienaciones, narcisismos varios, enajenaciones e injertos, prefiramos los entusiasmados versos del sapientísmo Dr. Antonio Caponnetto (historiador, profesor, pensador católico, apologeta, poeta), entre otras no poco abundantes preferencias líricas que habríamos de preferir.

Quince. En bitácoras y canales de Internet y de Youtube, respectivamente, escuchamos y leemos confesiones de fe cristológicas tradicionales: ¡duc in altum!, ¡viva Cristo rey!¡Christus vincit!, ¡Christus regnat!, ¡Christus imperat! Son expresión del Reinado Social de Cristo al que nos exhortaran en su tiempo santos papas como Pío X (con su «recapitulemos todo en Cristo») o el propio Juan Pablo II (este con su «¡No tengáis miedo de abrir las puertas de par en par a Cristo!»). Comparando -y en este caso no cabe recusar por odiosas las comparaciones-, sorprende, desconcierta y desconsuela comprobar cómo una mayoría de pastores de la Iglesia -excepción hecha de los Viganò, Schneider y un escaso puñado más de prelados- aplaude a políticos totalmente contrarios a ese Reinado Social de Cristo, siendo que son políticos alineados con la agenda del Nuevo Orden Mundial masónico, anticristiano, luciferino.

Desconsolados, como ovejas sin pastor, miramos a María, la toda llena de gracia.


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