«1917. El Estado catalán y el Soviet español», de Roberto Villa

Roberto Villa

La historiografía española ha tenido una cierta tendencia a encerrarse en sí misma, aunque con la última generación han sido más frecuentes los intentos de superar esa limitación. Sin duda, de todos los nuevos estudios de historia contemporánea en años recientes, el que ha conseguido con mayor éxito destruir el «excepcionalismo» español y situar al país dentro del marco general europeo es 1917. El Estado catalán y el Soviet español de Roberto Villa García. La idea de que «España es diferente» ha sido estimulada por varios factores, incluyéndose entre ellos su no participación en los dos grandes conflictos de la primera mitad del siglo XX. Pero la verdad es que, como demuestra Villa, la Primera Guerra Mundial tuvo un enorme impacto desestabilizador en España, más fuerte y duradero que el de 1939-1945, pese a la mayor atención que éste ha recibido.

Ha sido más normal en España llamar la atención sobre los efectos económicos de la Gran Guerra, pero Villa prueba que no se han evaluado sus consecuencias políticas, ni siquiera de las que se derivaron de lo extremadamente cerca que estuvo el país de entrar en aquel conflicto global. No sólo ha quedado refutada la interpretación tradicional de que el 1917 español fuera un intento del nacionalismo catalán y de la izquierda republicana y socialista de democratizar el país rompiendo con la legalidad de la Monarquía liberal. Villa también corrige cierta distorsión en la historiografía internacional, que suele dar énfasis a dos acontecimientos políticos principales: La Revolución Rusa y la decisión de los Estados Unidos de entrar en la guerra. La influencia de ambos factores en el destino de Europa fue enorme, pero sed ha subestimado la importancia de las otras revoluciones continentales de 1917. La mayoría logró desestabilizar sus países en un grado suficiente como para explicar la primera oleada de crisis y quiebras de la democracia en el centro y sur de Europa. En España se destruyó el sistema político bipartidista que por casi medio siglo había presidido la mayor época de paz y progreso conocida en su convulsa historia contemporánea.

La Monarquía parlamentaria de la Restauración (1874-1923) normalmente ha tenido mala prensa, a pesar de sus logros innegables. La crítica noventayochista de «oligarquía y caciquismo» ha sido repetida ad nauseam, tanto por la izquierda como por la derecha. Los republicanos y los franquistas denunciaron su liberalismo y supuesta inautenticidad, que en realidad encubría el rechazo de ambos sectores a la Monarquía constitucional y representativa.

Ahora sabemos, y es lo revolucionario de este gran libro, que el sistema liberal de la Restauración había logrado no sólo la estabilidad sino también un reformismo continuado, con elecciones cada vez más auténticas, con un sufragio masculino universal más activo que estaba acercando a España al umbral de la democracia política. La nación había erigido un Estado de Derecho que normalmente garantizaba los derechos civiles de un modo más amplio y continuado incluso que la Segunda República, desde luego con una mayor libertad de expresión. Cuando aquella Monarquía liberal sucumbiera finalmente al liberalismo en 1923, tras seis años de desestabilización y fragmentación, España entraría en medio siglo de convulsión y autoritarismo, del cual solamente se saldría en 1975, bajo otro sistema de Monarquía parlamentaria. En esta perspectiva, la verdadera fecha de inflexión no fue 1936, sino 1917.

Maura

Ahora también sabemos que no fue Alfonso XIII el responsable de destruir aquel sistema: por el contrario, le dio una oportunidad de sobrevivir en marzo de 1918, con el «gobierno nacional» presidido por Antonio Maura y formado por los líderes de los partidos constitucionales, cuando todo parecía ya preparado para la dictadura militar. Conocemos que las juntas militares no sólo eran movimientos sindicalistas o corporativos, sino también políticos. Los oficiales rebeldes erigieron un poder revolucionario y paralelo al constituido, abrieron la coyuntura revolucionaria que la UGT, la CNT y los republicanos habían tratado de forzar previamente sin éxito, y patrocinaron un golpe triunfante en octubre de 1917 que destruyó la alternancia pactada entre liberales y conservadores.

Hemos descubierto también que la famosa asamblea de parlamentarios de julio y octubre de 1917, patrocinada por los republicanos y los nacionalistas catalanes, no fue un movimiento democrático sino la cobertura civil de dos golpes contra la Monarquía constitucional. Se constata también que la llamada «huelga de agosto» de ese año, patrocinada por la UGT y la CNT, no fue un «paro general pacífico» provocado por el gobierno conservador de Eduardo Dato, sino una verdadera y violenta insurrección, que, con un mínimo de 127 muertos y 349 heridos graves, fue la revuelta más sangrienta del primer tercio del siglo español hasta la Revolución de Octubre de 1934. Un levantamiento que el presidente del Gobierno trató por todos los medios  de evitar, y que no acumuló más víctimas por la previsión y la rápida respuesta de la autoridades. Por último, se confirma que la Lliga no peleaba por un régimen autonómico dentro de la Monarquía constitucional, sino por destruir la Constitución de 1876 para erigir un Estado catalán en el marco de una nueva España confederal, donde los nacionalistas pudieran constituirse como la fuerza dominante. Todas estas fuerzas políticas, lejos de ser democráticas o modernizadoras, devolvía a España a las violentas convulsiones decimonónicas que la Restauración había venido a enterrar.

Realmente el nuevo estudio de Villa sobre el 1917 español es una obra de investigación y análisis de la máxima categoría, con cada sector político y aspecto rigurosamente investigado y analizado con objetividad y precisión. Y la perspectiva comparada con distintos países europeos permite juzgar mejor el estado de la cuestión con respecto a otros sistemas liberales con problema semejantes. Lo que se destaca de esta obra es que nunca España había sido tan europea-occidental como con la Restauración; desde luego como no lo volvería a ser hasta 1975. Precisamente por ello, sus problemas y desafíos no eran nada diferentes a los de los países de su entorno.

Roberto Villa no sólo consolida un estatus entre los más importantes historiadores españoles, sino que su 1917. El Estado catalán y el Soviet español marca una revolución historiográfica, un verdadero cambio de paradigma en la interpretación de la historia política española contemporánea y, específicamente, en el descubrimiento de la estrecha relación constitucional que existe en España, al menos desde 1834, entre la monarquía, la libertad civil y el gobierno representativo y democrático.

Para Razón Española Nº226. Revista bimestral en papel sólo para subscriptores. 65€ al año. Telf.- 91 457.18.75 o al correo electrónico fundacionbalmes@yahoo.es


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