Nuevo aniversario del fallecimiento del Caudillo.

Muchas, prácticamente todas, fueron las virtudes que adornaron a nuestro Caudillo, y además en grado sumo: valor, inteligencia, austeridad, moderación, audacia, prudencia, amabilidad,…

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Muchas, prácticamente todas, fueron las virtudes que adornaron a nuestro Caudillo, y además en grado sumo: valor, inteligencia, austeridad, moderación, audacia, prudencia, amabilidad, perseverancia, diligencia, laboriosidad y un muy largo etcétera. Pero, en nuestra humilde opinión, fue la LEALTAD, la mayor de todas ellas, el origen y el compendio de todas las demás, su principio y su final.

 

Pero para ser leal hay que serlo a alguien y a algo. Pues bien, Franco fue siempre leal a Dios y a España.

 

Leal desde que tuvo uso de razón, hasta el día de su último aliento. Leal a machamartillo, sin resquicio alguno, sin tibieza, sin dudas, sin ceder nunca ni un ápice al qué dirán.

 

Por leal a Dios fue intachable católico; en público y en privado. Hombre de fe acendrada y varonil, dando siempre la cara y orgulloso de ello.

 

¿Algunas pruebas?

 

Qué decir de aquel jovencísimo y bizarro Capitán de Regulares que, herido en el combate con una herida en el estómago entonces mortal, sólo piensa en hacer llamar al sacerdote de la Mehala y, sangrante y doliente, mal colocado en las alforjas de una mula, sujeta por un moro que, eso sí, no entendía el español, se confiesa para morir a bien con Dios.

 

Qué de aquel General que marcha en secreto a la incierta aventura de un alzamiento cívico-militar de proporciones nacionales, y que en vez de una arenga militar se despide de los allí presentes pidiendo y exigiendo sólo «Fe, fe y fe».

 

Qué decir de aquel Caudillo que nada más acabar la contienda inicia de inmediato la construcción de la basílica más importante de cuantas se han construido, iglesia de proporciones ciclópeas, genial en su apabullante originalidad, con el único fin de dar gracias a Dios y a su Santísima Madre por tan milagrosa victoria.

 

Y qué decir de aquel Jefe del Estado que lega un testamento insuperable, una lección magistral de doctrina católica, de patriotismo sin límites, de alabanza a Dios y de caballerosidad; esta última, por desgracia no correspondida por un villano impresentable.

 

Y, por leal a Dios, Franco fue siempre leal a a Iglesia. Leal hasta lo increíble; casi hasta lo inconcebible.

 

A ella defendió contra viento y marea, la salvó de desaparecer de la faz de España. Se volcó en reconstruirla en lo espiritual y en lo material. Basó sus leyes en su doctrina. Le entregó la enseñanza y formación de los españoles. A ella dedicó toda su obra. Aún más, incluso cuando el clero, decaído, renegado, perdido, se convirtió en su peor y más eficaz enemigo y, vil, no desperdiciaba la más mínima ocasión de asestarle cuantas puñaladas podía, y muchos le decían «Excelencia, que éstos ya no son curas, que nos han abandonado, que nos traicionan, que no merecen lo que por ellos hacemos», él, imperturbable, leal hasta el extremos, hasta lo heroico, ni por un momento cedió a la tentación.

 

Y que conste, todos lo sabemos, que le hubiera bastado levantar un dedo, para que toda España hubiera arrojado al mar a aquellos clérigos desbarrados e, incluso, repetir, si así lo hubiera ordenado, aquel famoso saco que protagonizó nuestro emperador; lo que dada las circunstancias que vivimos hoy en día es lo que se debería hacer.

 

Y por leal a Dios lo fue también a la patria, a España. A España, repetimos, a España, es decir, a la única España posible, genuina, real, la España una, grande y libre de verdad. A esa España a la que salvó del infernal comunismo, de la II Guerra Mundial y que mantuvo en paz verdadera, resultado de implantar una justicia real. A esa España que cogió en las peores circunstancias de toda su historia y a la que dejó en los máximos niveles de todo orden que jamás vio, ni verá.

 

Su gobierno a todos benefició, en especial a las clases más necesitadas que con él dejaron de serlo para siempre. A esa España a la que supo dotar de una empresa colectiva, haciendo realidad su destino en lo universal. Fue Franco quien hizo la revolución nacional que España necesitaba desde hacía siglos, con un lema imposible de superar: «La fusión de lo social con lo nacional bajo el imperio de lo espiritual».

 

Por todo ello, en generosa reciprocidad, Nuestro Señor le devolvió ciento por uno, y fue hombre tocado por la Divina Providencia, la cual siempre le favoreció descaradamente; aquí radica ala clave de su invencibilidad.

 

Hot, tras cuarenta y dos años de des-gobierno de la anti-España, ese cáncer que corroe a nuestra patria, de régimen democrático, corrupto en sus esencias y por ello corruptor, de retroceso a ese siglo XIX del que Franco ya dijo que quisiera borrar de nuestra historia, tenemos los hoy vivos en grande, pero triste privilegio histórico de comprobar cuánta razón tenía el Caudillo, cómo cuando la traición, la cobardía, el egoísmo, la decadencia, la molicie, la corrupción y la degeneración dan rienda suelta a la anti-España, vuelven con ella y por ella a enseñorearse de nuestra patria sus tres principales males seculares que ya José Antonio identificara con toda claridad y sumo acierto: los separatismos locales, los partidos políticos y la lucha de clases, y España se hunde en el más hondo cenagal hasta quedar irreconocible; tanto que ya no es España.

 

Por nuestra parte, cada vez que oímos un insulto más contra el Caudillo, un nuevo vilipendio, en realidad otro rebuzno, nos reímos, pues nada pueden éstos contra él, al contrario, quedan en evidencia. Estamos seguros de que Dios da a Franco una corona de gloria más por cada desprecio que su memoria recibe de parte de estos españoles de hoy, que han renegado y dejado de serlo.

 

Por eso, como imitadores que debemos ser de nuestro siempre querido y añorado Caudillo, rogamos por él una oración, un imperecedero recuerdo y que estemos siempre, como él, dispuestos a darlo todo, vida y hacienda, por Dios y por España.

 

¡Francisco Franco Bahamonde! ¡Presente!

 

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