Las cadenas del juancarlismo

(…) Aquel tipo de servidumbre ha trasmutado hoy en la forma moderna de sumisión ante la oligarquía que nos dirige: el gobernante comete los abusos que libre y voluntariamente le son permitidos. En el caso español, la “monarquía de partidos” (una deriva final de la “partitocracia” que tan acertadamente analizó Gonzalo Fernández de la Mora) se ha configurado como un régimen cerrado de poder que hace posible este tipo de sometimiento.

Esa fraternidad hacia el mando se manifiesta, en nuestro régimen institucional, en la creencia de que los ciudadanos son actores políticos libres, cuando en realidad sólo pueden refrendar, cada cuatro años, unas listas cerradas y bloqueadas impuestas por las oligarquías de los partidos. Tampoco gozan de libertad política para elegir directamente al Gobierno (no existiendo la separación de poderes ni en el ejecutivo, ni tampoco en el poder judicial) y se carece de representación directa en los órganos legislativos del Estado: los diputados y senadores son de los partidos, nunca de los ciudadanos. Únicamente un sistema abierto de libertad política haría desaparecer la servidumbre voluntaria inherente a todo régimen oligárquico.

En España hemos asistido desde hace décadas a una cadena interminable de escándalos de corrupción protagonizados por dirigentes relevantes de nuestro orden constitucional. Frente a ellos, son numerosos los sectores de nuestra sociedad que los aceptan, justifican y defienden, anteponiendo su servidumbre voluntaria (política, ideológica, partidista o simplemente reaccionaria), en lugar de oponerse a los mismos dada su manifiesta gravedad.

Los casos sobradamente conocidos de los ERE durante los gobiernos del PSOE en Andalucía,; la financiación irregular durante décadas del PP; la corrupción familiar e institucional de Jordi Pujol en Cataluña; y los nuevos escándalos de malversación y administración desleal que señalan a Podemos, son ejemplo de cómo, ante hechos injustificables de corrupción, determinados sectores de la sociedad española no solamente los disculpan, sino que incluso llegan a exculparlos con argumentos de lo más peregrinos que van desde intentar colocar en una balanza anteriores bonanzas del implicado, pasando por la denuncia de conspiraciones políticas, mediáticas y judiciales, hasta llegar a la última justificación que consiste en considerar a los corruptos como parte de ellos mismos: “serán unos mangantes, pero son mis mandantes” aderezado con el confeso “¡Y tú más!”, tan habitual en nuestros debates políticos.

El cúmulo de las servidumbres citadas han florecido en la actualidad en le defensa del comportamiento más que irregular de Juan Carlos de Borbón. Quizá la más peculiar de todas ellas ha sido la esgrimida por la Conferencia Episcopal. La Iglesia católica española ha sorprendido a todos, ante un comportamiento a todas luces alejado de las más mínimas exigencias morales, emitiendo un Comunicado respaldando la ejemplaridad y referencia histórica que representa el rey Emérito. Una demostración más de cómo una vez perdida la auctoritas, a uno ya sólo le queda arrastrarse sin pudor ante la potestas del César de turno.

Otras defensas del juancarlismo se han centrado en la advertencia de que no se puede enjuiciar su presente sin recordar el papel destacado jugado en el pasado por tan insigne personaje (a la manera de la justificación que hacen los correligionarios de Pujol). Aquí nos encontramos ante un grave problema, porque si admitimos como verdad revelada el mito de que el rey Juan Carlos I evitó un enfrentamiento civil; nos trajo la democracia en forma de monarquía parlamentaria; salvó la libertad de los españoles en la noche del 23-F; y nos ha dado los cuarenta años más prósperos de la historia de España, nada más habría que decir, salvo agradecer a los dioses la suerte de haber contado con tan prodigioso personaje al frente de los destinos de nuestra nación. Nos quedaría hacer verdad el lema que se puso de moda durante los primeros años de la Transición y que podría enmarcarse como resumen de su reinado: “Los españoles tenemos un rey que no nos lo merecemos”.

Sin embargo, cualquier conocedor de nuestra historia reciente sabe que lo anterior es más fruto de la propaganda que de la realidad. Dado lo cual, no estaría de más revisar las hagiográficas escritas sobre el personaje (parece que más de un halagador de entonces ya se ha puesto en ello) y así dar un poco de luz sobre los numerosos aspectos borrosos que han tenido lugar a lo largo de su vida. A la manera de ejemplos de una lista inconclusa, se podrían señalar los siguientes: su sumisión personal y política al poder del general Franco; las distintas deslealtades hacia su padre, Franco y colaboradores más próximos; el abandono improcedente de Adolfo Suárez que determinó su dimisión; su papel discutido y discutible en el 23-F; su entrega política al socialismo y al nacionalismo para lavar su pecado original franquista; su responsabilidad en el establecimiento de la corrupción como factor de gobierno y comportamiento político en nuestro país, etc. Cada uno de los anteriores episodios, convierte la semblanza del rey Juan Carlos I en un retrato no tan magnífico como el que algunos nos quieren seguir vendiendo.

Sin embargo, el aspecto que más partidarios ha aglutinado en torno a la defensa del “rey emérito” en particular y de la institución monárquica en general, ha sido la servidumbre del miedo ante la posible llegada de una fantasmagórica República bolivariana a nuestro país. Una argumentación que blindaba la actuación del monarca de toda crítica, haciendo cómplices y partícipes al PSOE y al presidente Sánchez en una conspiración disparatada que pretendía debilitar primero a la Corona y acabar después con el sistema constitucional del 78. Sigue sorprendiendo aún, después de cuarenta y cinco años de régimen de monarquía parlamentaria, que la derecha y sus principales medios de comunicación todavía no hayan asimilado que, para su subsistencia, el principal aliado de la Monarquía es la izquierda del PSOE y que, en contrapartida, la Monarquía prefiere al PSOE en el poder como garante y defensa de sus intereses antes que al PP o a VOX.

Se podrían seguir desmontando una por una las razones abanderadas en defensa de Juan Carlos y su Monarquía que no son tales. Se presenta como símbolo de la unidad de España a quien no es capaz de mantener la unidad de su familia. Se argumenta que la Monarquía es instrumento de estabilidad cuando su historia es una sucesión de venganzas y desencuentros familiares. Se afirma que el rey carece de intereses personales y políticos cuando, según hemos escuchado, mantenía a pleno rendimiento una máquina para contar billetes en Palacio…

En definitiva, el asunto seguirá dando para mucho y se convertirá, con absoluta seguridad, en el tema de nuestro tiempo. Por ahora, basta con señalar una de las características innegables de nuestra situación política: el miedo a la verdad y a la libertad de una parte importante de la sociedad española.

Según contó Montaigné, la idea de escribir el Discurso de la servidumbre voluntaria se le ocurrió a La Boétie leyendo un pasaje de Plutarco donde contaba cómo duraba y se mantenía en los pueblos asiáticos la tiranía de un solo hombre porque no sabían pronunciar la sílaba “no”. A los españoles quizás nos falte conocer algunas cosas. En mi opinión, la más importante de todas ellas, convencerse que para poder decir “sí” a un futuro de unidad, libertad y democracia para España, habría que empezar por decir “no” a todo lo que ha significado la oligarquía del juancarlismo.

Para Razón Española (Nº 222)


2 respuestas a «Las cadenas del juancarlismo»

  1. Decía don Jaime Peñafiel que en España no había monárquicos, sino juancarlistas…
    Y yo me atrevería a apostillar: ¡Ahora ni eso!
    Los Borbones están solos, más solos que la una, la actitud timorata, prudente, por no decir cobarde, del actual Rey, creo les auguran un futuro muy negro.
    Yo les aconsejaría que sus hijas se fueran apuntando a la bolsa de empleo de El Corte Inglés, o cualquier otra gran superficie, por si acaso.
    ¡Claro que con la gran herencia del abuelo, segurament no tendrán que rabajar nunca, ni ellas ni sus nietas!

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