70 años del viaje del Semíramis (2): La última batalla de la División Azul

Al cumplirse el 50 aniversario de la salida de la División Española de Voluntarios, en 1991, escribí un texto publicado en separatas coleccionables (La División Azul 50 años después) en el que ya estimaba que lo sucedido en los campos de prisioneros de la URSS, inmersos en el país del Gulag, la lucha mantenida, adquiría los tintes de epopeya militar.

Contemplados unos años después los hechos, con mayor profundidad en el análisis, asumí que cabría estimar los hechos como el último episodio bélico de la campaña divisionaria (Esclavos de Stalin. El combate final de la División Azul, 2002). Confirmaba después mi planteamiento el hecho de que en 1968, en una correspondencia posterior entre el en Rusia capitán Palacios y el teniente José del Castillo, ambos ex prisioneros, el primero calificó los hechos de esa forma: «la que pudiéramos llamar sin hipérbole, “la batalla de los 11 años”». Explicar ese combate en todos sus aspectos y vertientes fue el hilo vertebrador de nuestro trabajo Cautivos en Rusia. Los últimos combatientes de la División Azul (2018 Editorial Actas).

Algún autor, sin mayor trascendencia en su aportación, ha discutido esa perspectiva alegando que la mía era una visión «pro-divisionaria», sugiriendo que sería más acorde analizar los hechos atendiendo a la perspectiva soviética, aunque lo camufle con un socorrido «en función del triunfo sobre el nazismo» o similar (no soy textual). Evidentemente quien firma estas líneas lo hace desde la historia de los prisioneros y no desde la perspectiva de los «carceleros».

Ahora bien, dicho lo anterior, si nos situamos en la perspectiva de los «carceleros» hay que asumir que ellos, bien fueran los guardianes o los jefes de campo, con el control político comunista que siempre estuvo sobre ellos, también asumieron esa realidad: la de una continuidad en el combate, en un enfrentamiento de raíz ideológica. Su objetivo era quebrar la voluntad de unos cientos de españoles, más allá de la imposición de la mentalidad propia del prisionero del Gulag que acababa en la despersonalización y fundamentaba la obediencia; conseguir la rendición de aquellos últimos combatientes, que consistía, básicamente, en la renuncia a la posibilidad de volver un día a la Patria y aceptar la nacionalidad soviética. Para los soviéticos, y para los vencidos en la guerra civil que formaban entre sus «guardianes», también la guerra sin armas continuó en los campos con respecto a un puñado de españoles catalogados como «fascistas», dándose la paradoja que unas decenas de aquellos resistentes acabaran encerrados, con un régimen especial, más duro, en la denominada «barraca fascista» -como explicaremos en un próximo artículo-. No cabe mayor aval para nuestra tesis.

Si tornamos los ojos hacia las fuentes españolas, básicamente los testimonios en 1954 de decenas de prisioneros y las diversas memorias publicadas, aún más clara se torna la consideración de «combate», «batalla» o «campaña», a los hechos acontecidos en los campos de prisioneros del «país del Gulag», a determinados comportamientos y acciones, enmarcándolos, quizás con exceso o quizás no, dentro de los márgenes de la «guerra psicológica».

Si acudimos a la consideración militar oficial de los hechos nos movemos en un terreno que, increíblemente, se tornó algo proceloso, pero que también nos acaba dando indirectamente la razón.

Cabría recordar que, por decreto reservado de Franco de 6 de diciembre 1941, todos los voluntarios tenían la consideración de combatientes desde el momento de su salida de España hasta su regreso declarándose «acciones de guerra a todos los efectos los hechos en que intervengan fuera del Territorio Nacional las fuerzas españolas enviadas a luchar contra el comunismo, cualquiera que fuera el lugar en que se realicen y su causa», aplicándoseles lo dispuesto en materia de «Recompensas». A tenor de lo dispuesto resultaba evidente que algunos de los hechos acontecidos en el cautiverio podían tener la consideración de «acción de guerra», especialmente cuando los mismos implicaban el riesgo, el castigo, el procesamiento, la tortura y hasta la muerte. Los prisioneros tenían derecho, según su comportamiento, a ser considerados como combatientes durante el cautiverio y por tanto acreedores de posibles recompensas militares.

Gral. Asensi Alvárez-Arenas

Era un asunto delicado en el seno del Ejército, no tanto en el caso del Ministerio del Aire que tomó una inmediata decisión ascendiendo a Teniente Coronel al capitán Andrés Asensi Alvárez-Arenas, creando un precedente. El Ejército se encontraba ante un caso singular, con difíciles antecedentes en la Historia Militar Española, al no tratarse de una acción puntual o individual refrendada con una muerte heroica. Todo ello encerraba una casuística muy particular.

Correspondía al Ministerio del Ejército, a cuyo frente estaba el general Muñoz Grandes, fijar la propuesta de posibles recompensas militares a contemplar. No había problema en reconocer a todos aquellos que lo solicitaran y cumplieran con la normativa la Medalla de Sufrimientos por la Patria.

Tras difundirse los hechos, el debate estaba entre los que entendían que el comportamiento heroico en los campos de prisioneros merecía una recompensa militar y quienes entendían que difícilmente tenía acomodo en los Reglamentos de las grandes recompensas ya que no se había procedido de tal modo con los prisioneros nacionales en manos republicanas durante la guerra civil. Finalmente Muñoz Grandes optó por una solución que ralentizara los  problemas, encontrando una vía para encuadrar los hechos dentro de los estrictos reglamentos de concesión en un caso que se

Medalla de Sufrimientos por la Patria

consideraba único, pues se trataba de haber sufrido entre 11 y 13 años de cautiverio como «prisioneros de guerra» (lógicamente quedaban excluidos los prisioneros que combatieron en unidades alemanas).

Más allá de la Medalla de Sufrimientos por la Patria, cuyo Reglamento no ofrecía dudas, los prisioneros podrían ser recompensados con la  Cruz del Mérito Militar y con la Cruz de Guerra con Palmas, pero sin cerrar la puerta a que en «casos excepcionales» se concedieran «recompensas excepcionales» en función de las preceptivas investigaciones. Lo destacable es que para la concesión de la Cruz de Guerra se contemplaba como mérito la participación «distinguida en revueltas o motines», lo que era  tanto como  establecer que se había participado en acciones de guerra, al ser reconocidas como «combates» (art. 38º: «actos o servicios muy destacados que tuvieran extraordinaria eficiencia para el desarrollo del combate o batalla»). Así pues el Ejército reconocía el carácter de batalla o combate para determinadas acciones realizadas en los campos de prisioneros.

El general Muñoz Grandes, Ministro del Ejército, designo al general Vila Fano para el estudio de los hechos y la determinación de quiénes podían ser acreedores a la «recompensa excepcional». A resultas de la instrucción se impulsó la posible concesión de la Medalla Militar Individual y, llegado el caso, de la Cruz Laureada de San Fernando.  No es cuestión, en los márgenes de un breve artículo, de detenerse en las controversias que la decisión provocó, ni en la tardanza en resolver las concesiones, pero sí señalar, por ejemplo, la opinión de no pocos oficiales, como era el caso del entonces capitán Emilio Alonso Manglano expresada en carta remitida al alférez en los campos José del Castillo:

«Vuestro doble heroísmo -en la defensa de las posiciones [en Krasny Bor] y en los años del cautiverio- no es muy frecuente y en la historia de un ejército y de un país debe figurar como testimonio claro y elocuente de hasta dónde puede llegarse -debe llevarse- en el respeto a la propia dignidad, y el honor de una institución, cuando ambos se ven agredidos en las peores y más adversas circunstancias»

La resultante de la instrucción fue la propuesta inicial de 1 Laureada, 9 Medallas Militares y 9 Cruces de Guerra con Palmas. Finalmente, en un proceso que se prolongó en el tiempo, habría que pronunciarse sobre la posible concesión de 3 Laureadas, 11 Medallas Militares (quizás se evaluara alguna más como la de Gil Alpañes) y 9 Cruces de Guerra con Palmas. Para solventar la polémica se acabó amparando la concesión en la actuación de los designados en los combates de Krasny Bor, con una coda que hiciera referencia a su comportamiento en los campos de prisioneros. Finalmente, como veremos, quedó bloqueada cualquier posibilidad a que la actuación en los campos de prisioneros, por heroica que fuera, permitiera la concesión de la condecoración. Al recurrirse a los dos condicionantes era posible que algunos no pudieran acceder a la misma o, al menos, reducir las concesiones de las recompensas extraordinarias a las inicialmente propuestas. En la práctica iba a cerrar la posibilidad de la concesión a quienes cayeron en los campos. No agradó la decisión a los ex prisioneros que estimaban merecerla por su actuación en los campos soviéticos, ni tampoco al Delegado Nacional de Excombatientes, y también militar, Tomás García Rebull. El propio Palacios en una carta escribió:

«El minimizar el cautiverio en relación al combate, es harina de otro costal, cada uno habla de la feria según le fue en ella, a nosotros nos fue muy mal, allí se quedaron para siempre, con un metro de tierra encima el 33% de los prisioneros, chicos jóvenes y fuertes, que sabían que se morían, precisamente porque sabían lo que se guisaba. Estas cosas indignan»

Medalla Militar Individual

Finalmente se optó por conceder la Medalla Militar a un caído, el teniente Antonio Molero Ruiz de Almodóvar, pero ni tan siquiera se concedió la Cruz de Guerra con Palmas al soldado Juan Moreno Rodríguez, también caído en 1946. Tampoco se recompensaría a Gil Alpañés, juzgado y condenado en los campos como responsable de la creación de una Falange clandestina… Y son solo algunos casos sobre los que volveremos más adelante.

El proceso de concesión de las Medallas Militares se prolongaría durante años, evidentemente por el debate militar interno. Lo que estaba sucediendo fue considerado por algunos de los afectados como una humillación y una diferencia de trato en algunas resoluciones (así sucedió con la cuestión de la posible continuidad en la carrera militar con ascenso de empleo inmediato). De hecho, la cuestión de la concesión de la Medalla Militar no se desbloqueó hasta que el capitán Palacios habló del tema con Franco, al recibirlo con motivo de su concesión de la Laureada en noviembre de 1967 por su actuación en Krasny Bor con mención a su actuación en los campos de prisioneros, y este decidió intervenir directamente para cerrar el asunto.

Cap. Palacios, Cte. Payeras, Tte. Vicente Ybarra y Cap. Fco. Manjón

Franco era un hombre de gestos, su carrera militar estaba basada en los méritos de guerra siendo acérrimo defensor del valor de los mismos, por ello, decidió poner punto y final al debate con un gesto. Al capitán Palacios, que debido a su testimonio novelado por Luca de Tena y a la película Embajadores en el Infierno era un héroe popular, le impondría él personalmente la Laureada de San Fernando en un gran acto militar presidido por él, en la II Semana Naval celebrada en Santander, en la parada militar y entrega de despachos a los nuevos alféreces. Todos los españoles pudieron ver a través del NODO como el Generalísimo imponía a Palacios la Laureada, que para todos le había sido concedida por su gesta en los campos y no exactamente por su menos conocida heroicidad en Krasny Bor.

No solo se desbloqueó el sorprendente olvido de los expedientes tramitados (aparentemente se habían perdido), tanto en el caso de la Medalla Militar como en el de la Cruz de Guerra con Palmas (estas concedidas entre marzo y abril de 1968), sino que además se solicitó la apertura de dos expedientes para la concesión de 2 Laureadas por el comportamiento en los campos: una segunda para el capitán Palacios y otra para el capitán Oroquieta (esta última propuesta tuvo que ser aprobada directamente por Franco para hacer una excepción referida a los plazos, cuando la de Palacios no prosperó en la Orden de  San Fernando).

Finalmente se concedieron:

-Cruz Laureada de San Fernando, al entonces capitán Teodoro Palacios Cueto.

Muñoz Grandes da la bienvenida a Oroquieta recién desembarcado del Semiramis

-Medalla Militar individual: al capitán Gerardo Oroquieta Arbiol; a los tenientes, Miguel Altura Martínez, Antonio Molero Ruiz de Almodóvar (a título póstumo), Francisco Rosaleny Jiménez; al alférez José del Castillo Montoto; a los sargentos, Antonio Cavero, Antonio Moreno Serrano, Ángel Salamanca Salamanca; al cabo Gumersindo Pestaña Fernández y al soldado Victoriano Rodríguez Rodríguez.

-Cruz de Guerra con Palmas: sargentos, Sisinio Arroyo Carbonero; José María Quintela Méndez; cabos, Juan López Ocaña, Emilio Méndez Salas (también propuesto para la Medalla Militar), Manuel Serrano Serrano; soldados, Félix Alonso Gallardo, Juan Granados Fernández, Carlos Juncos Díaz, Desidierio Morlán Novillo y José Antonio Ramos Pérez.

Por su comportamiento en los campos los prisioneros obtuvieron aproximadamente el 22/24% de las grandes condecoraciones de la División Azul. En las comunicaciones de concesión publicadas se hizo referencia con mayor o menor extensión a su actuación en los campos. Detengámonos en esas referencias con respecto a la concesión de la Medalla Militar individual:

  1. Capitán Oroquieta: «durante los once años de cautiverio, su actuación se mantuvo en una invariable línea de dignidad, patriotismo y valor».
  2. Teniente Miguel Altura: «durante los once años de cautiverio mantuvo una gallarda actitud negándose a contestar a los interrogatorios y a trabajar en los diversos campos de trabajo. Tomó parte en las huelgas de hambre que tuvieron lugar. Fue condenado a diez años de trabajos forzados. En todo momento tuvo un comportamiento ejemplar, dando pruebas de elevada moral, patriotismo y gran espíritu militar».
  3. Alférez José del Castillo (izq.), Cap. Teodoro Palacios (centro) y Tte. Rosaleny Jiménez (dch.) en el Semiramis

    Teniente Francisco Rosaleny: «durante los once años de cautiverio en la URSS tuvo un comportamiento ejemplar y una actuación muy distinguida. En cuantos campos de concentración estuvo participó en todas las acciones de rebeldía que en ellos tuvieron lugar y que sirvieron de estímulo para mantener la moral de sus subordinados. Fue condenado a muerte por agitación política y propaganda antisoviética, pena que se conmutó por la de veinticinco años de trabajos forzados. Demostró siempre gran entereza, espíritu militar, siendo su actitud sobresaliente y dignísima».

  4. Teniente Antonio Molero: «durante el cautiverio soportó con estoicismo y entereza las adversidades de su situación que le llevaron a la muerte por agotamiento. Rechazó con dignidad todas las promesas y amenazas que los rusos emplearon en sus interrogatorios, se negó a obedecer las órdenes de trabajo, por lo que sufrió encarcelamiento y castigos, demostrando en todo momento un elevado espíritu militar, moral a toda prueba y gran patriotismo hasta su fallecimiento».
  5. Alférez José del Castillo: «durante los once años de cautiverio mostró un temple indomable y valor extraordinario. Se negó a contestar en los interrogatorios y a trabajar en los diversos campos en que estuvo, actuando en cambio incansablemente para contrarrestar la propaganda rusa e impedir que minase la moral de los prisioneros. Intervino en varias huelgas de hambre. Por dos veces fue condenado a muerte como consecuencia de su actitud enérgica e incompatible con las órdenes de los rusos, siéndole conmutada tal pena de muerte por la de veinticinco años de trabajos forzados. Demostró siempre un elevado espíritu militar, moral a toda prueba y gran patriotismo».
  6. Sargento Antonio Moreno: «durante los once años de cautiverio en los campos de concentración de la URSS dio siempre muestras de entereza, espíritu militar y patriotismo. Participó en las huelgas de hambre que tuvieron lugar. Secundó cuantas órdenes le fueron dadas por sus superiores para conservar la unión y moral de los prisioneros españoles, siendo encarcelado varias veces en celdas de castigo por propaganda, indisciplina y sabotaje. Su actuación fue en todo momento ejemplar».
  7. Sargento Antonio Cavero: «durante los once años de cautiverio en los campos de concentración rusos, que convivió con los demás prisioneros españoles, la actuación del Sargento Cavero fue muy distinguida; puso de manifiesto un alto espíritu militar, patriotismo y disciplina. Cumplió con toda subordinación las órdenes de los Oficiales -igualmente prisioneros- y se opuso con valor a las maniobras de los rusos conducentes a conseguir la firma de escritos contra España y su Caudillo. Como consecuencia de este modo de proceder fue condenado a muerte, pena que después se le conmutó por la veinticinco años de trabajos forzados» (en su caso el cautiverio se prolongó hasta 1956, había permanecido en los campos soviéticos 13 años).
  8. Sgto. Ángel Salamanca

    Sargento Ángel Salamanca: «durante los once años que permaneció prisionero en los campos de concentración rusos, tuvo una actuación destacadísima; mostró respeto y subordinación con sus superiores, espíritu militar, elevada moral y gran patriotismo».

  9. Cabo Gumersindo Pestaña: «fue hecho prisionero, permaneciendo en cautiverio durante once años en los Campos de Concentración de la URSS, dando constantes pruebas de su elevada moral, alto espíritu militar y gran patriotismo».
  10. Soldado Victoriano Rodríguez: «continuó demostrando su temple extraordinario y su exaltado valor, junto con una inquebrantable disciplina y una lealtad a la Patria a toda prueba».

Sin embargo en su expediente figura un resumen mucho más extenso: «Se negó a firmar toda clase de documento de propaganda para ser lanzados en el frente de la división a pesar de las amenazas y castigos. Dio su negativa rotunda de afiliarse al Grupo Antifascista; mantuvo constante enlace con sus oficiales a pesar de la prohibición de hablar con los mismos, fue rebelde e indisciplinado a todas las órdenes emanadas de los rusos, se negó a trabajar, se mofó de toda clase de propaganda rusa y en cuanto encontró ocasión se fugó del campo siendo capturado y encerrado en la cárcel. Sufrió muchos encarcelamientos por decidida oposición a los rusos y finalmente como castigo fue trasladado a un campo de arresto en los Urales donde continuó con su actitud rebelde. Trasladado a Potma a finales del año 46 donde encontró a sus oficiales nuevamente poniéndose a sus órdenes inmediatas. Trasladado a Harkov, continuó en rebeldía negándose a colaborar con el Grupo Antifascista con sus continuas negativas al trabajo y sabotajes, por lo que fue arrestado dos veces en la compañía de castigo donde eran maltratados brutalmente e incluso muertos a palos y de hambre los pertenecientes a dicha compañía; y finalmente encarcelado en diciembre del 48 siendo juzgado y condenado a la pena de muerte, conmutada por la de 25 años en campos de trabajo por sabotaje, agitación y propaganda y negativa al trabajo, permaneciendo en diversas cárceles durante un año en compañía del capitán Palacios, Teniente Rosaleny y Alférez Castillo; durante su estancia en Borovichi sirvió de enlace entre los españoles de los dos campos de esta ciudad comportándose magníficamente, siendo trasladado más tarde a los campos de Swierlof [sic], encerrado por su rebeldía en una cárcel civil especial por lo riguroso de su reglamento. Trasladado a Chervakof y Borochilogrado […] cooperó con el resto de los españoles en todos los actos realizados en contra de los rusos. Ha demostrado durante todo el cautiverio una conducta magnífica, respeto y subordinación par con sus superiores, distinguiéndose por su espíritu, elevada moral y gran patriotismo». Según algún dato no confirmado también se le concedió la Cruz de Guerra con Palmas.

En esas referencias queda establecida toda una etiología de los hechos/acciones que pudieran considerarse como merecedores de recompensa. Una vez desbloqueadas las concesiones, se planteó la posibilidad de que la actuación en los campos fuera, en determinados casos, recompensada de forma individualizada. Ello condujo a la apertura de expediente para la concesión de una segunda Laureada para el capitán Palacios, que de concederse abriría nuevos casos. La Asamblea de la Orden de San Fernando no la estimó pertinente por un voto de diferencia. Aunque es de destacar la nota autojustificatoria que se incluyó en la denegación:

«Finalmente, la Asamblea, por unanimidad absoluta acordó hacer constar en este informe que considera los hechos, comportamiento y actitud del Capitán Palacios durante los años de su cautiverio como una muestra de indiscutible y extraordinario valor heroico personal, que elevó el prestigio del pueblo español y su Ejército ante la misma Unión Soviética y los países cuyos prisioneros compartieron con aquél la cautividad. Reconociéndose unos méritos que, al no poder recompensar dignamente con una Segunda Cruz Laureada, quedan sin premiar»

La Asamblea la denegaba al entender que los hechos no estaban comprendidos en el exigente reglamento de la Orden de San Fernando. La misma resolución se aplicó en el caso del capitán Oroquieta en 1970, cuya propuesta se amparaba en el hecho de que había sido propuesto para la Medalla Militar Individual el 24 de febrero de 1943. Si se hubieran concedido, lógicamente, se hubiera abierto un nuevo proceso para la concesión de Medallas Militares o Cruces de Guerra con Palmas exclusivamente por el comportamiento mantenido en los campos de prisioneros.

Hay que señalar que en la documentación militar con respecto al comportamiento mantenido en los campos de concentración soviéticos existe un grupo de prisioneros con la calificación de «destacado» que no fueron propuestos, o la propuesta no prosperó, para la Cruz de Guerra con Palmas como la lógica indica al ser la misma calificación expresada para otros «resistentes» que sí la obtuvieron, quizás porque tuvieran algún momento de debilidad. Estos fueron: José Camba Fragio, Isidro Cantarino Calabuig, Valentín Espiga Álvarez, Gerónimo Arias Pérez, Agustín Fernández Durán, Gerardo González García, José Martín Ventaja, Lucio Saldaña Puras y Hermenegildo Suero Núñez. 70 años después dejemos constancia de esta realidad.

Andando el tiempo, en 2007, los poseedores de la Medalla Militar individual o colectiva acabarían siendo integrados dentro de la Real y Militar Orden de San Fernando al ser considerada la Medalla Militar como una categoría de la misma.

Más allá de todo lo referido, estas condecoraciones avalan, desde un punto de vista militar la consideración de «combate», «batalla» o «campaña» para la resistencia mantenida durante años en los campos de prisioneros soviéticos por  un puñado de hombres que denominaremos los «resistentes».

Parte 1 // Parte 3 // Parte 4


5 respuestas a «70 años del viaje del Semíramis (2): La última batalla de la División Azul»

  1. A excepción de la fotografía de grupo con otros oficiales y de la del Semiramis 12 años después, las fotografías que existen publicadas del Capitán Palacios son de la época en que le fue impuesta la Cruz Laureada de San Fernando, en 1968, es decir cuando tenía ya cerca de 60 años (nació en 1912). Es seguro que en su familia tendría que haber alguna fotografía de niño, y de joven, incluso de la época de la guerra civil, o retratos de Rusia antes de ser cogido prisionero en 1943. Si alguien posee alguna debería aportarla a este medio para que la verdadera memoria histórica no se perdiera, tampoco en lo referido a las fotografías o imágenes. Esto es extensible al resto de héroes, empezando por el también Capitán Oroquieta.

    Respecto del Capitán Palacios, cuando le fue concedida la Laureada el Ministerio del Ejército en su Diario oficial así relató las hazañas del Capitán Palacios en Rusia:
    El 10 de febrero de 1943, el Capitán de Infantería D. TEODORO PALACIOS CUETO mandaba la 5º Compañía del II Batallón del regimiento núm. 262 de la División Española de Voluntarios. Con su Unidad defendía parte del sector de Krassnij Bor, en el frente ruso, cubriendo un amplio frente de cerca de dos kilómetros.
    Informado de que el enemigo preparaba un fuerte ataque, el Capitán Palacios adoptó cuantas disposiciones eran precisas para defender con la mayor eficacia la posición; ordenó el municionamiento, tuvo en cuanta los más mínimos detalles sobre la situación de las armas, distribución de ranchos en frío y descanso del personal; exhortó muy especialmente a todos a que cumpliesen con su deber y concretó que la orden era de “resistir hasta morir”
    A las siete de la mañana del día 10 comenzó la preparación artillera del enemigo sobre el sector defendido por el primero y segundo Batallones del Regimiento núm. 262 y Batallón 250, con una intensidad y violencia extraordinarias, que duró dos horas, en las que tomaron parte hasta un total de 187 Baterías enemigas y que dejó destruidas todas las clases de defensas.
    Después del primer período intensivo de preparación iniciaron el primer ataque los carros de combate de las Infantería rusas, que fue rechazado, lo mismo que otros que en sucesivas oleadas fue lanzando el enemigo, al que le ocasionaron gran número de bajas.
    A las diez treinta horas había sido aniquilados el primer batallón que defendía el terraplén de la línea férrea Moscú-Leningrado, y ocupado todo el flanco derecho de la 5º Compañía, que quedó dominada por el fuego enemigo. También fueron aniquiladas la primera y segunda Secciones y el resto de las Compañías del segundo Batallón, que la flanqueaban por la izquierda. Del Batallón 250 sólo se conservó una posición a cuatro kilómetros, aproximadamente, de la que ocupaba el Capitán Palacios con los supervivientes de su Compañía, cercados totalmente por el enemigo.
    En estas condiciones continuó resistiendo los ataques del enemigo; les causó numerosísimas bajas y le impidió usar la carretera que desde Kolpino penetraba en la retaguardia hacia Krassnij Bor, cuya utilización por el enemigo hubiera puesto en grave riesgo el frente propio. Los rusos atacaron una y otra vez con efectivos enormemente superiores, apoyados por carros de combate, artillería y aviación, hasta que consiguieron destruir todas las armas automáticas. A las dieciséis treinta horas, agotada la munición, después de haber rechazado con granadas de mano al enemigo, que había entrado en la posición en varias ocasiones, muertos y heridos casi todos los defensores, fueron hechos prisioneros los supervivientes.
    Si se pudo llegar a tal extremo de resistencia fue por el constante ejemplo e intervención del Capitán Palacios, que siempre estuvo en los sitios de mayor peligro y empleó todos los recursos posibles, conocimientos del combate, inteligencia, valor y dotes de mando para mantener muy altos, como asó lo logró, la moral y espíritu combativo de tan pequeña tropa. Al final del combate, el número de bajas sufridas por la Compañía del Capitán Palacios superaba el noventa por ciento de los efectivos. Y se calcula que ocasionar las 2.800 bajas al regimiento propio supuso para el enemigo la pérdida de 9.000 hombres.
    Para poder evaluar la violencia de los combates en el sector del Regimiento, hay que tener en cuenta que las fuerzas atacantes estaban compuestas por 33.000 hombres (Divisiones 72, 73 y 63), dos Batallones de morteros de 80 mm., dos de anticarros de 76, uno de carros medios y pesados y, además, numerosos grupos independientes de artillería de 12,40 y 20,3 (en total 187 Baterías). El duro castigo de nuestras tropas, reducidas a sus propios medios y sin ningún apoyo, causó a un enemigo tan superior en número y medios produjo un setenta por ciento de bajas en los Regimientos de Infantería de la División 72 y un cincuenta por ciento en las Unidades de choque de las Divisiones 73 y 63, lo que obligó al enemigo a cesar en sus ataques en los siguientes días y dejar reducido solamente a acciones locales una operación tan cuidadosamente preparada
    La extraordinaria conducta del Capitán Palacios tuvo su continuación en la actitud mantenida frente a la arbitrariedad, amenazas y castigos sufridos con excepcional espíritu desde el mismo instante de ser hecho prisionero, que le hizo exigir, siempre el respeto debido a su categoría de oficial, negándose a declarar desnudo, recibiendo castigos corporales y amenazas de muerte y cumpliendo en todo instante cuanto está ordenado en estos casos y le exigía su sentido del honor. Cautivo durante once años en los campos de concentración rusos, siempre estuvo al frente del grupo de prisioneros españoles que se encontraban con él, levantando la moral de los soldados para evitar que cayesen en actos de debilidad, consecuencia de los malos tratos y penalidades que les infligían, multiplicó su ayuda moral y material a los más débiles, incluso cediendo su propio calzado y ropa a los que iban a trabajar. Exigió el trato debido tanto a él como a sus compañeros de cautiverio dentro de la dignidad militar y personal, lo que le proporcionó infinidad de arrestos y castigos especiales en cárceles y mazmorras. A pesar de las presiones morales y físicas a las que fue sometido y al estado de debilidad en que se encontraba, continuó siendo el alma de la resistencia contra los rusos, alentando continuamente a los españoles para que no decayese su moral y siguiesen su postura firme y decidida, que le granjeó la admiración y el respeto de los, prisioneros extranjeros, que buscaban su consejo y apoyo. Juzgado una de las veces, en el mes de febrero de 1949, por un Tribunal Militar ruso por agitación política y sabotaje en el campo de concentración y condenado a muerte, que fue conmutada por veinticinco años de trabajos forzados, mantuvo en todo instante su actitud de firmeza y honor, lo que motivó la admiración del propio Tribunal que le juzgaba y de sus componentes, que así lo hicieron patente. En el campo de la Mina, adonde fue conducido más tarde, en una ocasión en que los rusos martirizaban al Alférez Castillo, el Capitán Palacios hizo constar airadamente su protesta, saliendo de la fila donde estaba con el resto de sus compañeros y llevando al Alférez de su brazo ante la resistencia del oficial y centinelas rusos, que se oponían.

    En el transcurso que los once años de cautiverio fue juzgado tres veces y dos veces condenado a muerte; en su defensa ante estos tribunales hizo siempre gala de su fidelidad a España, a su Ejército y a su Caudillo y puso de manifiesto su alto espíritu militar y sus acendradas virtudes de abnegación, sacrificio y compañerismo.
    Todos los prisioneros le consideraban siempre como jefe moral de los españoles, y los extranjeros llegaron a titularle “el último caballero sin tacha y sin miedo”

  2. Si uno se fija en la foto de cabecera, entre Franco y el Capitán Palacios aparece el entonces príncipe Juan Carlos.
    Si no fuera por el daño que le ha hecho a España es para sentir pena por este botarate, de qué pasta tan pobre y tan mala estarán hechos los borbones que teniéndolo todo para haber sido un gran rey, la escuela tan buena de haber conocido y haber tomado escuela de los héroes, en lugar de haberse dejado empapar de su magisterio, hizo todo lo contrario, como «buen» calavera, como esos niños de papá que se funden la herencia de sus padres en francachelas y en negocios insensatos, acaban comidos de deudas, Juan Carlos todo lo bueno que tuvo a su alcance para haber tomado nota y haberlo emulado hizo todo lo contrario: en la Marcha Verde se ha sabido que actúo de espía de los norteamericanos (organizadores dela Marcha) en contra de España, traicionó al Ejército que se dejó traicionar pues la traición en el Aaiún en 1975 fue la primera de lista interminable de traiciones a España y a sus Fuerzas Armadas, y entregó a España a sus enemigos a cambio de sus dos grandes ideales:
    – amasar una gran fortuna
    – y poderse dedicar a su intensa actividad sexual, que incluyó incluso su deseo de liarse con Manolo Fernández, alias Bibi Andersen, lo cual, entre las traiciones del Sahara y esto desbancó a Fernando VII del primer puesto de los reyes más nefastos de la Historia de España.
    Lo tuvo todo y lo desperdició, que Dios se apiade de su alma, si es que eso es posible,

    1. El entonces coronel Teodoro Palacios Cueto, de la foto (ascenderá a general de brigada en 1972) fue partidario de la designación del príncipe Juan Carlos y se manifestó públicamente en favor de la transición politica

      1. Lo que él pensara el Capitán Palacios por error en 1967, ó en 1972 no cambia un ápice lo manifestado respecto del Rey Juan Carlos. ¿Pensaba la mismo en 1980 antes de morir cuando ya el Rey había enseñado la patita de la clase de rey vende patrias que era? ¿Qué pensaría de los dos reyes, de Juan Carlos y de Felpudo VI si viera la situacuón de España en la actualidad?, mientras Marruecos adquiere más y más y más armamento moderno mientras nosotros el dinero lo gastamos en Ministerios para darle de comer y de lujo a perroflautas, para los mariscadores sindicales, para ONG’s que traigan musulmanes a España y volver en 30 años a la situación de la Batalla de Guadalete. De la situación interior de España con un Gobierno y TODAS sus instituciones y autoridades sin excepción entregadas objetivamente al mal gobierno y a la destrucción literal de España.

        También el Capitán Ynestrillas (D. Ricardo Saenz de Ynestrillas asesinado por ETA en 1986) brindó por el Rey Juan Carlos no en 1967 (fecha de la imposición de la Laureada a Palacios) sino con ocasión de la proclamación de Rey en 1975.
        Las expectativas de bien que pudiera generar el Rey cuando era Príncipe, antes de que se supiera la clase de miserable que estaba hecho, no cambia el comentario, que es que el Príncipe Juan Carlos lo tuvo todo a su favor, para que si hubiera tenido un buen fondo hubiera sido un buen rey. Los ejemplos los tuvo al alcance de la mano. Palacios fue uno de ellos, entre muchísimos. Sin embargo prefirió la vida cómoda que ofrecía servir a Satanás, que la sacrificada de servir a España. Una opción y otra tiene sus pros y sus contras. Satanás suele pagar bien a los que le sirven, los enemigos de España también. Ahora, el precio de cobrarse el alma que se paga a cambio a uno, y el de la indignidad a los otros, tampoco es moco de pavo.

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