70 años del viaje del Semíramis (3): más de una década de combate

La tipología de los prisioneros de guerra en los campos de concentración/trabajo de la URSS presenta una serie de características que, en parte, nos dan las claves de la razón o las razones del comportamiento de aquellos españoles a lo largo del cautiverio; pero que también nos sirven para identificar los rasgos de esa batalla sicológica librada durante más de una década entre los contendientes a la que hacíamos referencia en el artículo anterior.

En ese medio millar largo de españoles que acabaron en los campos del país del Gulag inmersos en el sistema represivo comunista, donde iban a entrar prisioneros y desertores, deberíamos, para valorar de forma cuantificada los efectivos presentes en la batalla, eliminar a aquellos que se pasaron al enemigo por razón ideológica y que sumarían unas cuatro decenas y que, evidentemente, ya formaban en las filas contrarias. La mayor parte de ellos actuaron como vigilantes de sus compatriotas o como hombres de confianza en los campos. Existiendo también un número algo superior de desertores por «fatiga de combate» o «miedo insuperable» ante el enemigo (en algunos casos, muy pocos, se debió a razones de índole personal) que siempre actuaron condicionados por este «pecado original», aunque alguno acabara comportándose heroicamente.

Con respecto a los que realmente se pueden calificar como prisioneros hay que distinguir al menos 3 grupos: primero, los divisionarios apresados de forma prácticamente aislada, en la mayor parte de los casos, a lo largo de la campaña de la DEV y la LEV; segundo, el que formaban los dos centenares y medio largos de hombres capturados en los combates de Krasny Bor; tercero, aquellos que fueron hechos prisioneros formando en unidades alemanas (algunos eran veteranos de la División Azul o de la LEV).  Como señalamos, los divisionarios constituían la mayor parte de los prisioneros.

Los que fueron apresados durante los combates de Krasny Bor, que vieron caer asesinados a algunos de sus camaradas durante el traslado hasta Kolpino (hubo quien como Gil Alpañés superó tres intentos de ejecución), constituían un grupo mayoritario –más del 63% del total–, dentro de un grupo tan reducido como eran los españoles en los campos, al formar parte de unidades concretas: las compañías de la primera línea de Krasny Bor y las que protagonizaron el contraataque en la noche de del 10 al 11 de febrero. No solo tenían relaciones interpersonales, producto de la convivencia, lo que reforzaba su solidaridad interna y su posible cohesión como grupo, sino que aquellos hombres, restos de unidades concretas que habían combatido hasta el último cartucho, tenían líderes claros en las personas de sus oficiales y suboficiales, lo que revestía una importancia singular en el caso de que, como sucedió desde relativamente pronto, se mantuviera o recuperara la cadena de mando, vertebrando lo que pudiera ser una rebeldía personal –como ocurrió– en una creciente rebeldía colectiva a la que se llegaba por decisión individual y no por presión o por órdenes. En este punto también cabría hablar de voluntarios para la resistencia militante.

Alférez José del Castillo (izquierda), capitán Teodoro Palacios Cueto (centro) y Teniente Rosaleny Jiménez (derecha) en el Semiramis

A lo anterior debemos añadir otro factor de suma importancia cuando se trata de un enfrentamiento  que se dirime en el terreno sicológico: el peso de lo ideológico.

La División Española de Voluntarios, desde el punto de vista militar, había sido constituida para el cumplimiento de una misión concreta y no otra: luchar contra el comunismo. Ninguna  consideración distinta aparece como objetivo clave en la documentación y en el discurso general sobre la unidad, más allá de las referencias al honor y la gloria del ejército español. Aunque las fuentes son en este aspecto siempre limitadas, cabe afirmar que el 75-80% de los prisioneros se habían alistado por razones de identidad ideológica con la misión: combatir al comunismo. Dentro de ellos había un importante grupo de falangistas –los falangistas fueron siempre quienes ideológicamente vertebraron la División en un notable proceso de ósmosis–, entre los que había que contar a todos los oficiales resistentes (Palacios, Oroquieta, Altura, Rosaleny, del Castillo, Molero), y a varios suboficiales. También era importante el peso de los falangistas entre aquellos cabos y  soldados cuyo comportamiento fue considerado a su retorno como «destacado» o que dejaron su vida en el «país del Gulag» (José Antonio Ramos, Gil Alpañés, Emilio Méndez, Félix Alonso, Martín Ventaja, Miguel Antonio Moreno, Juan Moreno, Fernández Durán, Alfredo Carreño…).

Ángel Salamanca reunido con su familia en 1954

Lo que nos indican los testimonios de los oficiales de mayor rango, capitanes Oroquieta y Palacios, de los demás (Rosaleny, Altura, Castillo) y de algunos suboficiales (Salamanca), es que desde el principio quedaron establecidos los objetivos de una misión que no dieron por finalizada: el combate continuaba en un frente distinto, sin armas físicas. Ni en 1943 ni en 1945 asumieron que hubieran sido vencidos y que, por tanto, debían aguardar pasivamente una posible liberación; ni entendieron que la lucha contra el comunismo, ahora en el propio territorio dominado por el enemigo, estaba para ellos concluida: seguirían siendo soldados de la División Azul aunque, como acontecería, la Wehrmacht dejara de existir al ser disuelta tras la derrota.

Relatar los hechos y los tiempos requiere un libro tan extenso como nuestro trabajo «Cautivos en Rusia. Los últimos combatientes de la División Azul» (Ed. Actas), al que remito a al lector, pero para tener una visión, aun cuando sea genérica, de cómo se desarrolló el cumplimiento de esa misión requiere recurrir a una relación mínima de hechos que acompañe a la explicación y a ello vamos a dedicar este tercer artículo.

Los resistentes/rebeldes eran preexistentes (José María González) a los capturados en Krasny Bor, aunque la mayor parte pertenecieron a ese grupo que acabó configurándose en los campos de Cherepovets (Makarino) en 1943. Anteriormente, ya en la marcha hacía Kolpino y en los primeros momentos, se comenzó a configurar el liderazgo del capitán Palacios que adquirió tintes míticos entre los prisioneros a lo largo del cautiverio con relatos reales o ficticios. Al ser separados en los lugares de interrogatorios las diversas declaraciones indican que el capitán dio lo que sería una última orden a sus hombres: «Hoy habéis luchado como unos valientes, en lo sucesivo espero de vosotros sepáis seguir cumpliendo con vuestro deber». Palacios quedó incomunicado.

Igual proceder y decisión tuvo el capitán Oroquieta con el apoyo inmediato de algunos de sus hombres (los sargentos Quintela Méndez e Isidro Cantarino junto con el soldado Elviro Fajardo). El teniente Rosaleny, que también sufrió una ejecución ficticia, se había hecho la misma composición con los supervivientes del 263. Resulta evidente que cuando todos se reunieron debieron hablar sobre esta cuestión. Después los heridos fueron separados y el resto reunidos produciéndose la célebre escena del interrogatorio (Palacios, Altura, Molero, Rosaleny y Castillo), que constituyó a mi juicio la primera escaramuza de la guerra psicológica que se iniciaba. La segunda, tuvo lugar en Makarino (abril de 1943) cuando un grupo de prisioneros españoles, que empezó con 5, se negó a trabajar (los oficiales estaban entonces excluidos de trabajar) y fueron conducidos a los calabozos.

José Abad, burgales que volvió en el Semiramis

También en Makarino quedó prefigurada la composición del adversario y las armas que este iba a utilizar tanto en la represión directa de los resistentes/rebeldes, que era el recurso inicial, como en la pugna sicológica que se estaba abriendo. Los prisioneros rebeldes tendrían que enfrentarse, por un lado, a la dirección ejecutiva y a la dirección política del campo, y por otro a sus guardianes directos. Entre estos iban a encontrarse algunos desertores enviados a los campos de concentración, y exilados vinculados al PCE en la URSS, como los que habían estado presentes en los interrogatorios. La represión directa se haría en duros calabozos. Como respuesta inmediata, para evitar una rebeldía organizada, ya en un primer momento, se iba a recurrir al aislamiento de los rebeldes y sospechosos, junto con la diseminación de los líderes (en esta primera ocasión los oficiales), al entender que privados de sus mandos serían más fáciles de domeñar. En mayo de 1943 casi todos los oficiales junto con algunos de sus hombres fueron trasladados a otros campos, pero esto no puso fin a la simiente de la resistencia y la rebeldía.

Según el sargento Salamanca el capitán Palacios le dio órdenes para preservar la unidad de sus hombres. La realidad es que los resistentes consolidaron un grupo importante en Makarino en muy poco tiempo (sargentos Ángel Salamanca, Moreno, Isidro Cantarino y Quíntela, soldados José Antonio Ramos, Emilio Méndez, Carlos Juncos, Rodríguez, José Luis Casado, Miguel Antonio Moreno, Martín Ventaja, Gil Alpañés, Alonso Gallardo…) que durante unas semanas tendría al teniente Rosaleny como oficial de mayor graduación. Es aquí cuando se produce el tercer hecho de resistencia sobresaliente: un acto de sabotaje.

Mediante maltrato los soviéticos consiguieron la firma de prisioneros confesando que los divisionarios cometieron delitos de asesinato, robo o violación. Esos testimonios formarían parte de un libro-documento de propaganda titulado «Yo acuso». Los rebeldes asaltaron el lugar donde se guardaba la documentación y la destruyeron. La huelga y la destrucción de este tipo de documentos pasaron a ser sus armas de lucha. Naturalmente el teniente Rosaleny inició un largo peregrinar por los campos de concentración que a veces le llevaría a estar en soledad.

En el verano de 1943, tras pasar por la prisión en Leningrado, llegaba al campo el capitán Oroquieta para encontrarse con unos hombres que acusaban las penalidades y la fatiga, pero iba a permanecer solo unas semanas con ellos. Los resistentes/rebeldes de Makarino continuarían con la misión aceptada.

La respuesta a este incremento de la actividad rebelde se concretó por parte de las autoridades de los campos en dos decisiones que tendrían continuidad durante años: primera, aislar a los revoltosos sometiéndolos a un régimen aún más duro que el que ya padecían (su jornada de trabajo sería prolongada varias horas mientras los demás descansaban), agrupándolos en la llamada oficialmente «barraca fascista», lo que debería servir como ejemplo disuasorio; segunda, la puesta en marcha del «Grupo Antifascista» cuyo objetivo sería atraer al resto de los prisioneros a sus filas. En ese espacio se iba a librar el combate entre ambos grupos.

Prisioneros trabajando en el Gulag

La tensión en que iban a vivir en los años siguientes, las reacciones que provocaban las acciones de resistencia, contribuyeron, sin lugar a dudas, a evitar que los españoles, por el peso de los años de cautiverio y la pérdida de la esperanza en la liberación, fueran subsumidos en lo que en el GULAG era la asunción de una mentalidad específica, la mentalidad de prisionero de estos enclaves, en la que los hombres quedaban despersonalizados, convertidos en meros autómatas cuyo horizonte era el trabajo y la supervivencia por el trabajo. Ahora bien, además del factor represivo los campos soviéticos tenían otra faz: la reeducación. En el caso de los prisioneros de guerra esta pasaba por su atracción a las filas comunistas. Las actividades de los resistentes, a lo largo del cautiverio, por el valor de ejemplo, por la atracción que estas despertaban, contribuyeron decisoriamente a evitar que, en la mayor parte de los casos, se completara el ciclo de atracción o de imposición de esa mentalidad. Reiteremos la evidencia: sin la decisión y el ejemplo de este grupo de resistentes nada de lo que sucedió después hubiera pasado y la mayor parte de los españoles hubieran acabado dominados por la imposición de la mentalidad de habitante del «país del GULAG».

En julio de 1943 el total de los encerrados en la «barraca fascista» por intentar promover una huelga sumaba 38 hombres (a los mencionados se sumaban: Luicio Saldaña, Luis Ayala, José Luis Casado, Alfredo Carreno, Rafael Martínez, Adrián Amoros, José Martínez, Martín Gabipe…), dedicados según los testimonios a hacer sabotajes, no cumplir órdenes y hacer proselitismo entre sus compañeros.

Llegados a este tiempo podemos anotar que entre los prisioneros españoles se habían configurado dos focos de resistencia: el primero el de Makarino; el segundo, el denominado Campo n.º 27. A lo que cabría añadir las resistencias aisladas entre aquellos que fueron enviados a otros campos.

El grupo de Makarino continuó creciendo a lo largo de 1943 (Gumersindo Pestaña, Manuel Soba, Antonio Torres, Luis Ayala, Jerónimo Arias, Antonio Román, Miguel Sáez, Antonio Echeverría, Victoriano Rodríguez, Miguel Torrea, Andrés Alcover, Jorge Mayoral, Nicanor Gutiérrez, Julio Olaya, Jorge Mayoral, Rafael López, Miguel Sáez, Guillermo Moyano, Rafael López, Sisinio Arroyo, Desiderio Morlán, Gerardo García…). Su resistencia continuaría sin la presencia de sus oficiales, los soviéticos señalarían como sus «jefes» a Salamanca, Alpañés, Ramos, Juncos, Mendez y Cantarino. Sufrirían durísimos castigos siendo conducidos a la que bautizarían como «la isla de los 70», donde 9 españoles declararon una nueva huelga y algunos perdieron la vida o salieron con su salud seriamente afectada. Otros llegaron a campos especiales o de castigo, como le sucedió a Victoriano Rodríguez. Después los españoles recorrerían diversos campos en la región de Vólogda.

Prisioneros trabajando en el Gulag

El campo n.º 27 estaba en la zona moscovita, al mismo llegarían los oficiales en mayo de 1943 (Altura, Molero, Navarro, Martín, Palacios y Castillo, encontrándose con el capitán de aviación Andrés Asensi Álvarez-Arenas. A partir de aquí se encontrarían con oficiales prisioneros de otras nacionalidades, fundamentalmente alemanes e italianos (entre ellos algunos ya prácticamente atraídos por los soviéticos). En ese campo compartieron espacio con otros divisionarios, la mayor parte de desertores o soldados que al ser capturados afirmaron serlo, que llegaron para ser «reeducados» y utilizados por los soviéticos. Como en otras ocasiones se preparaba un libro «Luz» con cartas y confesiones de los prisioneros. En esta ocasión José del Castillo destruyó las cartas manuscritas con las declaraciones. Es en este campo donde los oficiales españoles se niegan a trabajar. Dada la posición de los oficiales (Palacios, Altura, Molero, Castillo, Martín y Navarro) se decidió su traslado como «peligrosos» al campo n.º 160 Súzdal. Aquí Palacios inició su costumbre de elevar cartas de protesta a las autoridades de los campos, lo que también haría en otros el capitán Oroquieta. Por si fuera poco, en una de las reiteradas proyecciones, al aparecer Franco, rompieron en aplausos y vítores. Fue en ese campo donde el grupo de oficiales se quebró iniciándose la «traición» del alférez Navarro, mientras que comenzaba a quebrarse mentalmente el teniente Honorio Martín Batuecas, cada vez más hundido sicológicamente. A Súzdal llegaría el capitán Oroquieta tras su separación. En Oranki, el teniente Rosaleny también se había negado a trabajar acabando en el calabozo siendo enviado a Monastirka, donde continuaría con sus huelgas y visitas al calabozo. La destrucción de propaganda, las negativas a trabajar, las huelgas y las visitas al calabozo serían constantes durante los años siguientes. Hasta 1947 no se reencontrarían con parte de sus soldados en el campo n.º 7149-2 en Járkov.

Una parte de los prisioneros peregrinaron por otros campos, incluyendo los de Karagandá. Las muestras de rebeldía continuaron. Hasta prácticamente 1948-1949 no volverían a ser concentrados, un gran número de suboficiales y soldados con sus oficiales en los campos de Bovorosky y Borovichi, reorganizándose la cadena de mando, pero hasta ese momento en el gran grupo de prisioneros la autoridad moral la ejercieron algunos suboficiales y soldados. Los primeros oficiales en volver a asumir el mando sobre sus hombres serían el capitán Oroquieta y el teniente Altura, este último, por sus continuas acciones se convertiría en una leyenda para los prisioneros.

Entre el verano de 1943 y 1948 cristalizará la pugna, básicamente sicológica, entre los resistentes y los antifascistas. Los grupos antifascistas reunieron a desertores y militantes comunistas enviados como guardianes de los españoles. A los campos de Makarino y la Isla arribaron los desertores, ya con uniforme enemigo, José Vera, Valeriano Gautier, Barrigón y Félix Carnicero, junto con dos Comisarios Políticos del Ejército Popular de la República, el teniente Civil y el sargento Pulgar, que atrajeron a otros como Lucas, Romualdo, Valeriano, Rafael Torcuato o José González. Los enfrentamientos entre los resistentes y los antifascistas continuaron.

Más allá de los episodios, de lo que podemos considerar «combates» o «acciones de guerra» en los campos comunistas, lo fundamental es el hecho de que, pese al poderoso poder de convencimiento que en esos años, entre 1943 y 1948, tenían los antifascistas, derivado de las malas condiciones de vida, de la falta de una alimentación suficiente (las condiciones de vida en la URSS fueron muy duras tras el final de la II Guerra Mundial), cuando un poco más de ración, cuando una mejora en la ropa o en el calzado, cuando unas jornadas de descanso en la enfermería, cuando un trabajo más liviano, implicaba la posibilidad de salvar la vida, lo que hacía flaquear la voluntad y a no pocos inclinarse por acudir a las reuniones o asistir a las actividades antifascistas, lo importante es que esos cruces de la línea no eran definitivos, sino temporales. Pese a que la muerte fue una acompañante permanente en esos años, ya que sobre del 70% de los que dejaron la vida en los campos lo hicieron entre 1943 y 1948 (tuberculosis, distrofia, agotamiento, desnutrición, disentería…), no se quebró la resistencia de aquel grupo de hombres que constituían un faro moral. Fueron los años más duros, donde todas las situaciones extremas se vivieron, en los que la moral de los prisioneros más debió sufrir y mayor debió de ser la pérdida de la esperanza, pero sin llegar a quebrar de forma definitiva a aquellos cautivos.

Antonio Gullón, divisionario prisionero que regresó en el Semiramis (1983)

La realidad es que la batalla, la guerra psicológica, que los resistentes mantuvieron con los antifascistas, que nunca lograron éxitos realmetne decisivos, se libró sobre el resto de los prisioneros. Lo que marca el arco narrativo es que, precisamente, el paso del tiempo no implicó una reducción del grupo resistente y su influencia, como era lo lógico, sino una ampliación constante, sobre todo a partir de 1949, pese a que en ese año varios desertores que habían ejercido como autoridad con ellos en los campos o en puestos de confianza, fueron liberados, pero habían pasado entre 5 y 9 años en los campos. Sobre los resistentes cayó el maltrato, los castigos, las condenas internas, la reducción de la ración alimentaria, el calabozo, las palizas (en su uso destacaron Antonio Algaba y Antonio Romero el cojo), los interrogatorios que alternaban las preguntas con las palizas (24 horas continuas de este tipo de tortura sufrieron Cantarino y Alpañes). Y, finalmente, procesos judiciales que implicaban condenas a trabajos forzados de 10 a 25 años o a pena de muerte conmutada por trabajos forzados, para los que eran considerados líderes de las acciones de sabotaje y resistencia. 69 españoles fueron sentados ante un tribunal.

A partir de 1949-1950, tras la liberación de algunos desertores que habían ejercido su autoridad sobre los prisioneros en los campos, como José Vera, el Grupo Antifascista tendrá un nuevo líder en la persona del desertor de la división César Astor Betoret, que conseguirá atraer de forma definitiva al alférez Navarro. En los años precedentes había continuado la presión sobre parte de los resistentes más destacados, enviándolos a campos de castigo como el de Karabás (Saldaña, Moreno, Mayoral, Cantarino, Mackle, Alpañés) o a los más duros de los establecidos en Karagandá (Méndez, Santos Ganga, Arroyo, Moral, Amorós, Castañeda). En algunos momentos algunos resistentes consiguieron la «infiltración», acabando de jefes de los grupos de españoles mejorando sus condiciones de vida.

Con Astor al frente, los antifá centraron sus esfuerzos en destruir ante los españoles la autoridad moral de los oficiales intentando romper su unidad desde el campo de Járkov. Por razones difíciles de explicar, más allá de la reducción del número de campos para prisioneros de guerra por las sucesivas liberaciones de italianos y alemanes, los españoles comenzaron a ser concentrados nuevamente en la zona de Cherepovéts, en el número 474 de Bovorosky y después en los campos de Borovichi. Probablemente porque en 1947 se habían comenzado contactos con España para una posible liberación. A Bovorosky y al n.º 7437 de Cherepovéts llegaron unos 250 prisioneros, además del grupo de desertores. El objetivo de los antifá pasó a ser conseguir que los españoles aceptaran la nacionalidad soviética para lo que desarrollaron campañas específicas de propaganda.

Es en esta época, sobre 1949, cuando a través de diversos testimonios Franco tuvo sobre la mesa de su despacho informes concretos de la situación de sus soldados en los campos. En ellos se indicaba que el grupo de prisioneros estaba compuesto por unos 500 hombres; que los oficiales Asensi, Oroquieta y Altura estaban en el campo de Cherepovéts; que 7 hombres (Saldaña, Alpañés, Moreno, Cantarino, Cano y Aguirre…) habían sido condenados a trabajos forzados como «agitadores fascistas»; que el objetivo de los soviéticos era que los prisioneros aceptaran la nacionalidad soviética para alcanzar la libertad, lo que les obligaría a quedarse en la URSS. Conoció la última campaña de firmas realizada por Vera y Pulgar, que consiguió mediante presión un número elevado de firmas, entre 80 y 100; los que no lo hicieron sufrieron maltrato. Estas firmas no debían de tener resultado efectivo, porque desde 1948 las campañas fueron continuas, pero en el informe que Franco tenía se indicaba que existía un amplio número de resistentes: «unos eran y siguen siéndolo buenos soldados, que preferían pasar necesidades y sufrir opresiones a desviarse de su recto camino; por estos hablo yo aquí. Los otros eran desertores, criminales, traidores, espías de la MVD, que vendían a sus más próximos camaradas por un plato de sopa».

Imagen de prisioneros en Borovichi

Borovichi, el campo n.º 270, vio llegar en 1949 a gran parte de aquellos españoles. En 1950 se encontraban en la zona algo más de 300 españoles (ya habían muerto más de 130 prisioneros) siendo distribuidos en 3 instalaciones. La mayoría permanecieron en el campo n.º 270 bautizado por los españoles como Chinchilla, otros acabaron en el más duro por su trabajo en las minas y en el n.º 3. Allí aún actuaba como jefe José Vera y sus antifá (Carnicero, Barrigón, Gautier, Landete, Lucas,  Pérez y el antiguo sargento del Ejército Popular Gonzalo Barrera), cada vez con menos autoridad debido al desafío continuo de los resistentes (Salamanca, Ramos, Méndez, Moreno, Quintela, Casado, Saldaña, Alonso, Junco, Alpañés, Moreno, Ventaja, Santos, Pinilla…), el grupo que llevaba luchando contra él desde los tiempos de Makarino. A Borovichi llegaron también el capitán Oroquieta y el teniente Altura, este inició inmediatamente nuevas huelgas y negativas a trabajar fuera del campo. El el campo de castigo en que se convirtió La Mina, sería el destino de parte de los rebeldes destacados (Palacios, Rosaleny, Castillo, Victoriano, Cavero, Gabipe, Moreno, José María González, Saldaña, Emilio Rodríguez, Maroto, Fernández Armesto, José Mena…). Hasta marzo de 1950 los antifá no consiguieron reorganizarse, lo que sucedió cuando asumieron el liderazgo de los mismos César Astor y el alférez Navarro.

En Borovichi, en el campo de Chinchilla, se iba a librar la «acción de guerra» más importante o más recordada y destacada de todas por su alcance y entidad. Se inició con una nueva campaña de captación de firmas de aceptación de la nacionalidad. En 1950 tras 7 o 8 años de cautiverio, sin horizontes de liberación, se estimó que sería posible obtener la renuncia. Según los datos 107 prisioneros firmaron las instancias de renuncia a la nacionalidad, entre ellos la mayor parte de los desertores. El análisis de la documentación soviética refleja la realidad de aquel grupo de españoles (sobre unos 250): 70 desertores favorables a quedarse en la URSS; 35 prisioneros que se alistaron por razones económicas que podrían quedarse en la URSS; cerca de 60 que «no expresan sus decisiones» pero que quieren volver a España; 30 fascistas que quieren «volver con Franco». Por su parte la dirección superior de la MVD en Novgorod sospechaba que la mayor parte de las 107 peticiones de renuncia de nacionalidad no eran sinceras a la vista de los informes sobre su comportamiento habitual.

Como señalamos el número de prisioneros en la zona se fue incrementando, llegando la mayor parte de los resistentes que se propusieron recuperar a sus compañeros.

La situación en La Mina fue cada vez más complicada para los mandos del campo. La negativas a trabajar y las huelgas de hambre eran pinchazos intermitentes. Entre los más habituales activistas estaba en alférez Castillo, una y otra vez se declaraba en huelga. El capitán Palacios se solidarizaba con él. En una ocasión Palacios tuvo que ordenar a Castillo que comiera para salvar su vida. En  Chinchilla se comportaban de modo similar Altura, Pinar (capitán Roca) Oroquieta, Quintela… En La Mina la autoridad del sargento Pulgar era ya prácticamente inexistente, lo que contravenía seriamente a César Astor que intentaba hacer progresar a los antifascistas en el otro campo. En Chinchilla, el sargento Salamanca es acusado de formar un grupo fascista con Pestaña, Santos y Moral. Rosaleny, afectado por un principio de tuberculosis, cada vez más castigado es llevado a un hospital, nada más retornar protagonizará un enfrentamiento a golpes con un Comisario Político.

Prisioneros trabajando en el Gulag

Este aguijoneo constante, del que lo apuntado es solo una muestra, tendría su pico de mayor intensidad en 1951. Los españoles eran conscientes de que a España habían llegado sus mensajes. La acción de los resistentes había conseguido que la mayor parte de los que habían presentado instancia renunciando a su nacionalidad la retiraran, y que 110 prisioneros elevaran una instancia pidiendo tener los mismos derechos que el resto de los prisioneros (poder escribir a sus familias y recibir paquetes, derecho que los soviéticos nunca habían concedido a los españoles). El capitán Palacios, en nombre de todos reclamará el mismo derecho mediante escrito al Ministro de Relaciones Exteriores de la URSS. La falta de respuesta llevará a la inusual convocatoria de una huelga general en Borovichi, en el campo de Chinchilla, en abril de 1951, en la que participarían más de 200 prisioneros. En el campo de La Mina, los oficiales Palacios, Rosaleny y Castillo, junto con varios hombres, también se sumaron a la huelga de hambre. La huelga de hambre se mantuvo entre el 5 y el 15 de abril, pero continuó la negativa a trabajar.

Frente a esta acción se emprendió la represión, el encierro, el intentar hacerles comer a la fuerza… Tras el fin de la misma se recurrió a una nueva dispersión y el procesamiento de sus teóricos dirigentes siendo condenados a pena de muerte conmutada y a años de trabajos forzados, lo que implicaba que en caso de ser repatriados ellos no serían liberados. A partir de aquí, lejos de quebrarse la resistencia, esta continuó, incluyendo nuevas huelgas para conseguir que se les permitiera recibir paquetes. Pero resulta evidente que los resistentes estaban ganando la partida como referente del resto de los prisioneros.

Como grupo, los españoles estaba describiendo sicológicamente un arco contrario a lo usual: frente al movimiento curvo de hundimiento, exaltación, hundimiento, los españoles trazaron una curva de exaltación, hundimiento, exaltación.

Lo interesante o lo destacable, a diferencia de lo que sucedía con los prisioneros alemanes o italianos, es que este arco se describía en un marco en el que se asumía que la resistencia no conducía a una posible liberación que muchos de ellos ya daban en 1950/1951 por improbable, porque ellos no solo eran prisioneros de guerra sino que también representaban un enemigo ideológico.

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