A los 85 años: ¿Caída o liberación de Barcelona? (2/2)

APARECEN MILES DE BANDERAS ROJIGUALDAS

Los escarceos de las escasas tanquetas anarquistas y comunistas de poco sirvieron. La ciudad bullía en animación y vitoreaba sin cesar a los soldados. La liberación de Barcelona, era en el fondo la ineludible primicia del fin de la guerra. Atrás quedaban tantos asesinatos, paseos, checas, hambre y demás calamidades. El mismo día 26, resueltas las escasas escaramuzas, a las 19 horas, el general Juan Bautista Sánchez, pronunciaba un discurso por la radio: «¡Catalanes! Hace pocos momentos que el glorioso Ejército español comenzó a entrar en la ciudad de Barcelona. Tomada ya totalmente la población, las fuerzas desfilan tranquilamente por las calles levantando indescriptible entusiasmo. La muchedumbre vitorea a los soldados. Ciudadanos, ¡engalanad vuestros balcones! Os diré en primer lugar a los barceloneses, a los catalanes, que os agradezco con toda el alma el recibimiento entusiástico que habéis hecho a nuestras Fuerzas Armadas. También digo al resto de españoles que era un gran error eso de que Cataluña era separatista, de que era anti-española. ¡Debo decir que nos han hecho el recibimiento más entusiasta que yo he visto! […] He asistido a la conquista de las cuatro provincias del Norte; he paseado la Bandera Nacional y el Escudo de Navarra por Aragón, por Castellón, por todas partes y en ningún sitio, os digo, en ningún sitio nos han recibido con el entusiasmo y la cordialidad que en Barcelona».

Este testimonio podría parecer manipulado e intencionado, pero ni las crónicas, ni las memorias de los republicanos, ni los testigos de esos hechos lo desmienten. El escritor inglés James Cleugh, describe el recibimiento del pueblo de Barcelona a las tropas nacionales: «Los soldados eran obstaculizados en su avance, no por la resistencia del enemigo sino por las densas multitudes de demacrados hombres, mujeres y niños que afluían desde el centro de la ciudad a darles la bienvenida, vitoreándolos en un estado que bordeaba la histeria».

O un soldado republicano que decidió permanecer en Barcelona, Joan Font Peydró, relata su vivencia: «Cuando llegamos a la Diagonal, la bandera que vimos pasar desde el balcón apenas ha podido recorrer unos metros. Los primeros soldados desaparecen entre una muchedumbre que los abraza, que los vitorea, que besa la bandera. Esto no se puede describir. Hay que vivirlo para tener una idea de tales momentos. Van llegando más tropas. Y es un río de gente el que los asalta… Un enorme trimotor vuela bajísimo a lo largo de la Diagonal. Miles de manos le saludan. Unos tanques van caminando airosos; pero casi no se les ve. El gentío se ha encaramado en ellos y tremolando banderas y vitoreando a España y a Franco, los hace desaparecer entre olas de alegría. Ya ha llegado la noticia a todas partes. Barcelona se ha lanzado a la calle. Y se desborda el entusiasmo. Llegamos a la plaza de Cataluña. Brillan algunas luces. Empiezan a rasgarse las tinieblas. Todo parece un sueño. En todas partes, el mismo entusiasmo. Y banderas españolas. ¡Muchas banderas!».

En las crónicas se relata que la primera bandera nacional que se colgó en Barcelona, fue a instancias de una enfermera que la alzó en la iglesia de Pompeya, en la Diagonal, que había sido reconvertida en Policlínica. Aunque posiblemente la primera bandera española fue colgada por otra mujer, la señora Suriá, que era esposa del señor Vives, padre de una famosa saga de carlistas catalanes. El matrimonio vivía en un edificio municipal de la Plaza Lesseps, y en él ondeaba la bandera republicana. La señora Suriá, mientras que todavía corrían tanquetas republicanas por las calles, se subió al asta de la bandera, ayudada por un hijo pequeño Luís, y con un cuchillo rajó la bandera republicana sustituyéndola por la bandera nacional. Esta mujer, catalana de pura cepa, había guardado celosamente una bandera bicolor durante toda la guerra. Hoy esta bandera todavía se conserva familiarmente como una reliquia. Pero no fue el único caso. El día 26, los balcones de Barcelona se engalanaron con banderas que muchas familias habían conseguido guardar, a pesar de los innumerables registros en los que el descubrimiento de las telas les habría acarreado la cárcel y la muerte. Y los que no tenían banderas españolas, las componían colgando en las ventanas y balcones prendas de vestir amarillas y rojas.

EL RECICLAJE DE REPUBLICANOS EN FRANQUISTAS

Cuenta Solé Caralt en sus memorias que, al final de la guerra, volvió a su casa en la comarca del Baix Penedés. Allí, sorprendido, se encontró a los izquierdistas del pueblo gritar «¡Viva Franco!». Un amigo suyo se encargó de la depuración, que fue muy limitada. Aunque se dio la sorpresa de que los dirigentes republicanos se delataban entre sí. Un articulista de El Noticiero Universal comentaba el 22 de marzo de 1939: «algunos empleados [de la Administración pública] que después de una actuación francamente marxista durante dos años y medio adaptados a la política de aquel tiempo, siguen tan tranquilos en el desempeño de su cargo y ahora son los primeros en manifestar su entusiasmo por la España de Franco y hasta alguno intenta encuadrarse en Falange». En Barcelona, el que estuviera interesado en escuchar la historia de los mayores habrá oído muchas anécdotas de anarquistas conocidos de los barrios que, al día siguiente de la llegada de las tropas franquistas, ya se estaban afiliando al Movimiento. En la red de espionaje de la Gestapo en Barcelona, uno de sus más famosos colaboradores fue el jefe de los camareros del Ritz, Emiliano Bartolomé, que durante la guerra había estado en el frente en una milicia de la CNT. El rápido reciclaje político daría para muchos volúmenes, y sólo es comparable a la infinidad de franquistas y falangistas que se hicieron demócratas nada más morir Franco.

Al leer las actuales historias nacionalistas sobre el franquismo en Cataluña, los autores suelen plantear el tema como una invasión. Sin embargo casi ninguno se atreve a plantear la cuestión tan sencilla de cómo consiguió el franquismo organizar y gobernar casi un millar de ayuntamientos sin apoyos en Cataluña. El hecho es que muchos políticos se reciclaron rápidamente en franquistas y pudieron conservar sus cargos. En Hospitalet de Llobregat el alcalde franquista fue un antiguo militante del Partido Republicano Radical. Del mismo partido procedían regidores de los Ayuntamientos de Badalona y Esparraguera. Olot contó con un regidor del Casal Català, militante del antiguo partido Acció Catalana. En Barcelona hubo un regidor de la Unió Socialista de Catalunya y en Tarragona de la vieja ERC.

Otro tema que conviene mencionar es el papel de muchos catalanistas conservadores en la constitución de esos consistorios. Esta participación fue posible porque ya anteriormente muchos de los hombres de la Lliga, especialmente de poblaciones menores y cuadros intermedios, habían colaborado en el Ejército Nacional o habían sufrido persecución en la Cataluña republicana y, por tanto, contaban con el beneplácito del Régimen. José María Fontana en su obra Los catalanes en la Guerra de España lo señala con toda claridad: «Ni uno de los dirigentes o militantes destacados de la Lliga en su órgano político, o en los culturales que controlaban, estuvo al lado de la Generalitat […] bastantes, entre sus juventudes, lucieron la estrella de alférez provisional y muchas jerarquías locales y provinciales de la Falange catalana salieron de los cuadros lligueros […] En Lérida y Gerona, sobre todo, dieron un porcentaje elevadísimo —casi total— en las listas de Caídos por Dios y por España».

En la medida que las tropas nacionales iban tomando ciudades y municipios se iban nombrando juntas gestoras que con el tiempo regularizarían los futuros gobiernos municipales. Entre los gestores de los ayuntamientos, se buscaron, en primer lugar, personas que ya habían formado parte de los ayuntamientos durante la Dictadura Primo de Rivera o en el período de suspensión del Estatuto después del 6 de octubre de 1934. También se recurrió a los falangistas anteriores a la guerra, de los que tampoco había tantos en Cataluña. Además se buscó a ex combatientes, ex cautivos, familiares de caídos y combatientes nacionales, así como a funcionarios de confianza. La inmensa mayoría la formaban catalanes, aunque no catalanistas. Aun así, los catalanistas de la Lliga tuvieron su parcela de poder; sobre todo en aquellos consistorios donde era más difícil encontrar hombres de confianza ajenos al catalanismo. La colaboración de estos catalanistas, hay que subrayarlo, fue entusiasta. Ello no quita, también, que muchos catalanistas integrados en la estructura de poder franquista acabaran siendo los más arduos conspiradores en favor del pretendiente Juan de Borbón.

Encontramos casos como el de la ciudad de Sabadell. Dos altos funcionarios del Ayuntamiento, y conocidos catalanistas, recibieron a las autoridades militares y se ofrecieron para poner en marcha la administración local. Se trataba de Pere Pascual Salichs, que ya había sido alcalde entre 1918 y 1922, y Francesc de Paula Avellaneda Manaut, uno de los fundadores de la Lliga en la ciudad. Los dos participaron en las pertinentes depuraciones y Pere Pascual colaboraría en la prensa local de FET-JONS con el pseudónimo de Nihil. El delegado del Frente de Juventudes, el ex combatiente Pedro Riba Doménech, también había militado de joven en la Lliga. Allí donde antes de la guerra los hombres de la Lliga habían tenido equipos preeminentes, después de la contienda consiguieron mantener su influencia, por ejemplo en Badalona, Granollers y Santa Coloma de Gramanet. En Badalona, el primer Ayuntamiento tras la guerra tuvo como tenientes de alcalde a dos ex lligueros, uno ex combatiente y el otro ex cautivo. En Granollers, en el Ayuntamiento dirigido por Francisco Sagalés, entre 1941 y 1947, tres de cuatro tenientes de Alcalde eran también viejos militantes catalanistas. El primer alcalde de Santa Coloma, Francisco Badiella, había sido militante entusiasta de la Lliga, ex cautivo, fugitivo y ex combatiente. Y entre sus concejales ocho de nueve eran antiguos militantes del partido catalanista. Igualmente, el presidente de la junta gestora de Vic, José Vilaplana Pujolar, provenía de la Lliga Regionalista.

MITOS DEL CATALANISMO Y DEL EXILIO

Esta participación del catalanismo en la política municipal fue posible porque muchos de sus hombres colaboraron en la guerra con el bando nacional. Se calcula que hubo unos 6.000 catalanes que combatieron con las tropas sublevadas, así como 4.000 o 5.000 ex cautivos. Por eso, el nuevo Régimen pudo incorporar a catalanistas de la Lliga. A decir verdad, muchos de ellos no tuvieron ningún reparo en afiliarse a FET y de las JONS. La organización política fruto de la unificación —forzada— de la Falange y el carlismo contaba en Cataluña, en octubre de 1940, con 25.953 inscritos, de los cuales unos 10.000 eran militantes y el resto adheridos. La necesidad de completar los cargos públicos en los ayuntamientos permitió que el Régimen pusiera menos pegas de las que cabía suponer a la incorporación de hombres de la Lliga. Por poner un ejemplo, la provincia de Barcelona necesitaba cubrir 303 alcaldías y unas 2.000 regidorías. No podemos olvidar que esos cargos por aquel entonces no eran remunerados y, por tanto, no todo el mundo estaba dispuesto a ejercer responsabilidades que ocupaban mucho tiempo.

También antiguos catalanistas se pudieron incorporar a la política municipal gracias a que en muchos ayuntamientos se abrieron las puertas a miembros de la Acción Católica. La Falange buscaba consensos con otras fuerzas sociales de confianza en el movimiento de la Acción Católica, en la que se habían integrado muchos viejos catalanistas católicos. Así, hombres como Sallarés Llobet, antiguo hombre de la Lliga y factótum de la Acción Católica, llegaron a Teniente de Alcalde en la ciudad de Sabadell. Para ser sinceros hay que decir que otros antiguos militantes de la Lliga simplemente dejaron la política y no opusieron la más mínima resistencia al franquismo. Un informe del Gobierno Civil de Tarragona rezaba: «La Lliga si hubiera podido nos hubiera combatido en todos los pueblos. Pero los mejores hombres de esta antigua organización están ahora con nosotros o en sus casas […] No se discute ni al Caudillo ni al Régimen, aparentemente, pero se suspira por el partidismo político y las libertades liberales, señalándose con astucia nuestros defectos. Y ni aun así han logrado nada». La historia de la etapa de Primo de Rivera y el catalanismo se repetía. Tendría que pasar una generación para que el catalanismo volviera a resurgir.

La historiografía nacionalista más radical intenta convertir la liberación de Barcelona en la causa de un éxodo masivo a Francia tras la llegada de las fuerzas nacionales. Se suelen repetir cifras del estilo que más de 200.000 catalanes huyeron al exilio; otros incluso hablan de 300.000 y los más exagerados de 500.000. La cifra real debe ser difícil de calcular, pero si atendemos a historiadores reconocidos (incluso entre los nacionalistas) como Borja de Riquer y Joan B. Culla la cifra rondaría entre 60.000 y 70.000. Los cálculos ciertamente son difíciles y fáciles de manipular por el nacionalismo, pues muchos de los que marcharon al exilio desde Barcelona no eran catalanes, sino refugiados en Cataluña de zonas que el Frente Popular había perdido ante el avance nacional. Igualmente, excepto los que habían cometido delitos de sangre o se habían empeñado en su exilio, muchos regresaron a España a los tres o cuatro años de haber acabado la guerra. Las fuerzas vencedoras celebraron juicios sumarísimos y ejecutaron a unos 3.200 republicanos sobre las que recaían delitos de sangre. Companys dejaba tras de sí 8.500 asesinados en la retaguardia republicana la mayoría sin juicio.

Por acabar este breve bosquejo de las impactantes jornadas en la Barcelona de finales de enero de 1939, hay una anécdota que vale la pena recuperar, para ver cómo actúa la Ley de «Memoria Histórica». Como hemos reiterado, las tropas nacionales entraron en Barcelona el 26 de enero de 1939. Ya entonces existía en la Ciudad Condal una calle llamada «26 de enero», conmemorando la «batalla de Montjuic», en la que las tropas de Felipe IV habían sido derrotadas en 1641. Al llegar la democracia y su correspondiente represalia sobre el nomenclátor de la ciudad, algún político inculto pensó que la calle estaba dedicada a la llegada de las tropas nacionales y se decidió cambiar su nombre. Esta es una estupenda metáfora de la recreación falsificada de la historia.

Parte 1/2

Para somatemps


Una respuesta a «A los 85 años: ¿Caída o liberación de Barcelona? (2/2)»

  1. O como el Malo, mediante la constancia y oro, en apenas dos generaciones puede convertir la verdad en mentira, gracias a sus hijos predilectos, los labradores arrendatarios asesinos, y a los lacayos masones que les sirven en todas partes.
    Esa generación salvó la vida de milagro y a costa de mucho sufrimiento, pronto olvidaron las siguientes lo que no vivieron. La vida nos ha demostrado que por mucho que los padres puedan decir la verdad a sus hijos, pesa más el entorno que les rodea fuera de casa, en las aulas y en las calles; un entorno controlado por la ingeniería social.

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