A propósito de la conversación

Cuando Ustedes ve a las personas en los lugares públicos, conectadas a tantos aparatos diferentes y tan desconectadas unos de los otros, le puede surgir una pregunta: ¿tal exceso de conectividad virtual, se debe a la falta de la conversación; o, al revés, la hiperconexión es la que no permite conversar?

En realidad, es difícil responder a esta pregunta. Pero una cosa seguramente le es fácil de observar: la conversación está muy venida a menos entre nosotros.

Y, sin embargo, ella es el principal medio que tenemos no sólo para comunicarnos en el sentido práctico y utilitario de la palabra, sino, y muy principalmente, en el sentido más alto de lo que significa comunicarse.

En realidad la conversación es un verdadero arte, que otrora fue muy apreciado y practicado por todas las clases sociales y todas nuestras generaciones. No era fuera de lo común que al “sonar las campanas a las 12” en la torre de la iglesia, los amigos que habían parado a conversar con otro amigo, se despidieran sorprendidos de cómo el tiempo les había pasado sin notarlo, entretenidos como estaban en la conversación.

Ella aún resiste en pequeños ambientes los últimos ataques del individualismo. Y, naturalmente el ambiente donde la conversación aún debe ser más cultivada es precisamente en la familia, pues es allí donde todos comenzamos a comunicarnos, a oír, a hablar y a ser escuchados.

No es exagerado decir que una de las razones por las cuales los matrimonios muchas veces duran muy poco tiempo es por la falta de cultivar la conversación entre los esposos. Similar situación se da entre padres e hijos; la conversación muchas veces es breve, esporádica y trata casi exclusivamente sobre temas estrictamente prácticos e inmediatos.

Siendo tan importante cultivar este arte de la conversación para la elevación de la vida de la familia y de la sociedad en su conjunto, quiero señalar algunas reglas que lo podrán ayudarles a tener elementos para poder practicarla junto a los suyos.

Para ello nos serviremos de un interesante manual sobre el arte de la conversación escrito por un sacerdote francés, el Padre José María Huguet, el año 1895.

Lo antiguo de la publicación no le quita actualidad al tema, ni a los principios que ahí se dan. Las cosas no son oportunas porque sean viejas o nuevas, sino por ser verdaderas y necesarias. Pasamos por lo tanto a dar algunos de los principios que nos da el religioso francés en su libro.

El primer principio es muy básico, pero bastante olvidado en nuestro medio. Se trata de la importancia de una buena pronunciación. “La pronunciación, dice el autor del libro, es una cosa muy importante para hacerse entender y en consecuencia para escuchar. El tono de la voz, los gestos, la mirada, las palabras son los intérpretes de nuestras emociones y de nuestros pensamientos; a menudo ellas tienen más fuerza que las propias palabras”.

En palabras más simples, una buena pronunciación le da a nuestras ideas la buena apariencia de una persona que se presenta bien vestida. Debemos cuidar de ella como cuidamos de nuestra propia apariencia.

Otro principio de oro que nos entrega la obra que comentamos es la siguiente: “Es necesario hablar consideradamente, es decir con reflexión. La primera regla para hablar bien, es pensar bien. Cuando sus ideas estén ordenadas y precisas, sus palabras serán claras”. “El hombre justo, dice el Profeta David, ordena todas sus palabras por la prudencia”. Y agrega el Eclesiastés, “El corazón de los insensatos está en su boca, y la boca de los sabios está en su corazón”.

¡Cuán oportuno sería que los comentadores y contertulios de TV, los periodistas y los opinólogos de todo tipo y forma tomaran esto en cuenta, antes de dirigirse al público! La pobreza del vocabulario es muchas veces consecuencia de la pobreza de la reflexión.

San Francisco de Sales, un gran predicador y escritor del siglo XVII decía que le gustaría tener sus labios abotonados, para tener la necesidad de desabotonarlos cada vez que hablase y de ese modo tener más tiempo para meditar lo que debía decir.

Otra de las enseñanzas que este manual de la conversación nos proporciona trata de la importancia de saber escuchar: “El talento de escuchar parece fácil de adquirir, y sin embargo, es bien escaso. Pocas personas lo poseen, porque pide una forma de abnegación de sí mismo; y sin embargo, cuánto tenemos a ganar con él. No solamente nos hace ser más amables, sino que nos hace aprovechar para nuestro goce, el espíritu de los otros”.

Seguramente o al menos es posible que ustedes  muchas veces hayan oído hablar que a algunos matrimonios les faltó comunicación y que por esta causa la unión de los esposos entró en crisis. Por eso, ¡cuán bueno sería que, antes de casarse, los novios ya tomaran el propósito de saber escuchar uno al otro! La conversación tiene un gran papel para la unión de la familia

Lo mismo puede decirse de hijos y padres, el arte de saber escuchar es tan importante cuanto el de saber hablar, pues muchas veces, las palabras que se dejan de pronunciar serían vanas e inoportunas antes de oír al hijo a quien se dirigen.

Una consecuencia de lo anterior, que no deja de tener importancia como para señalarla, es la necesidad de no interrumpir a los otros cuando ellos están hablando. “Deje decir a los otros cuando Ud. ya habló”, recomienda el autor de la obra que venimos comentando. “Dé a los otros el tiempo de responderle y tenga la fuerza de callarse cuando ellos hablan. La mayor parte de las personas piensan más en lo que ellos quieren decir que en lo que les es dicho. Ocupados de sus propias ideas, se apresuran a exponerlas, sin ninguna consideración por lo que dicen los otros. A menudo no se les deja ni el tiempo de acabar lo que han comenzado a decir”.

¿No se han encontrado Ustedes  diariamente con situaciones así? ¿Tales actitudes no le parece que matan más una conversación en vez de animarla?

Un último principio que querría agregar a los expuestos anteriormente y del cual el religioso no trata en su obra, pues en ese momento no era necesario, pero que en nuestros días se hace imperioso, es el de evitar la coprolalia.

¿Qué quiere decir eso, me preguntará Ustedes? Les doy la respuesta sacada del infaltable diccionario virtual Wikipedia: “Coprolalia o cacolalia (del griego κόπρος, significa ‘heces’ y λαλία ‘balbucear’), es la tendencia patológica a proferir obscenidades. Es una ocasional aunque poco frecuente característica en los pacientes del síndrome de Tourette. Esta tendencia circunscribe todas las palabras y frases consideradas culturalmente tabúes o inapropiadas en el ámbito social. (…) La incapacidad de controlar la vocalización puede conllevar la degradación de la vida social y laboral”.

Me parece bien acertada la definición del referido diccionario. Lo único en que no concuerdo con ella es que esta patología sea “poco frecuente”. Lamentablemente la coprolalia parece ser actualmente muy frecuente y altamente contagiable, casi se diría una plaga que no sólo degrada a las personas sino toda la convivencia social.

Para concluir este comentario: Cuiden a sus hijos; enséñeles a reflexionar antes de hablar; a hablar con claridad; a expresarse con palabras adecuadas y a no admitir la coprolalia. Ustedes así habrán contribuido, no sólo para formar bien a sus hijos, sino al enriquecimiento de toda la sociedad.


Una respuesta a «A propósito de la conversación»

  1. EL COVID-19 NOS ESTÁ VOLVIENDO SOLITARIOS, Y CREO QUE POCO SOLIDARIOS, en términos generales.
    Todos o casi todos nos estamos encerrando en nuestropequeño mundo, pues quien evita la tentación evita el pecado…, es decir quien está con el mínimo de personas posible cada día, tiene menos peligro de coger la pandemia.
    ¿No será esto lo que pretenden LOS SOCIALISTOS Y LOS COMUNISTAS DE PODEMOS, pues a una población totalmente aislada, y encerrada en sí misma, «bombardeándola» constantemente por medio de las televisiones públicas y privadas, impidiéndole pensar, etc., se la puede manipular más fácilmente…?

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