A propósito del ecologismo integral

Como es sabido, el ecologismo surgió en el siglo pasado como consecuencia de, primero, el conocimiento científico resultado de la ecología, las ciencias de la Tierra, la meteorología, la zoología, la botánica, etc. Y, segundo, de la romantización de la naturaleza. Esto tiene como origen la definición presocrática de la naturaleza, es decir, que la naturaleza es la totalidad de las cosas a excepción del hombre y de las cosas del hombre.

En esencia, el ecologismo podría entenderse como una forma de progreso, ya que su prioridad es la salud del planeta. El planeta es nuestra casa, así que su mantenimiento es, a fin de cuentas, una garantía de evolución y bienestar humanos. Sin embargo, el movimiento ecologista tradicional se desmarca del progreso, precisamente por cómo define la naturaleza. Tanto es así, que para el ecologismo radical el progreso es una suerte de reiterados pecados contra la naturaleza. Así es el movimiento ecologista gestado en la década de 1970, esa ideología verde de activistas como Al Gore, Greenpeace o el papa Francisco.

El ecologismo verde o ecologismo tradicional anhela una naturaleza primitiva. Como si esa naturaleza hubiese sido mancillada por la humanidad. Es una visión infantilizada de la naturaleza. Esta idealización tiene sus consecuencias, en primer lugar intelectuales, que son las más graves, y en segundo lugar prácticas, que afectan a la economía, la política, la ciencia y la tecnología, entre otras.

Algunas de las consecuencias intelectuales del ecologismo tradicional son el pesimismo y el nihilismo. El ecologismo es un movimiento apocalíptico: agotamiento de recursos, superpoblación, pobreza, enfermedad… Y, como la mayoría de movimientos apocalípticos, tiene una actitud social y psicológica caracterizada por la aversión general al género humano. Culpa a la humanidad de la inevitable catástrofe, definiendo así a la humanidad como el cristianismo se refiere al pecado. Y no solo culpa a la humanidad, sino que solicita su retirada. Con frecuencia aluden a la humanidad como al cáncer de la naturaleza, y como tal, hay que combatir la enfermedad siguiendo una estrategia radical. La fantasía última es un planeta despoblado. Por de pronto pretenden el retroceso de las actividades humanas: la desindustrialización y el rechazo al progreso, a la ciencia y a la tecnología. Esto lo vemos en el ecologismo que rechaza la ingeniería genética, la síntesis química, la radiación wifi o la energía nuclear. Un movimiento que nació en parte como consecuencia del conocimiento científico, ahora lo contradice.

Es bien sabido que la poca bondad y solidez que aún quedan en nuestra sociedad provienen de los restos de la civilización cristiana. Esta misma civilización fundada hace dos mil años permitió a las personas construir lo que se llama la cristiandad.

Hoy, sin embargo, la clase intelectual dominante busca reemplazar la “civilización cristiana” en decadencia por una basada en una “nueva síntesis cultural”, elaborando una nueva concepción del mundo, el hombre y Dios.

Por ello, durante el siglo XX, los secularistas y los demócratas cristianos intentaron lanzar el programa que promovió un “humanismo integral” secular postcristiano, que no era religioso ni ateo, y que sin embargo ha dado como resultado la aceptación por el mundo católico de la secularización, favoreciendo así la descristianización de la sociedad.

Por consiguiente, tanto los filósofos, sociólogos, politólogos, científicos como incluso los  teólogos actuales  están luchando para inventar un “nuevo humanismo” que construya una “casa común” para salvar a la sociedad moderna de sus contradicciones y crisis.

Sin embargo, este programa contiene paradojas que bordean las provocaciones. El promocionado “nuevo humanismo” en realidad consiste en una “ecología integral” que reduce al hombre a un componente del medio ambiente. La “casa común” proyectada se reduce a un entorno socio-biológico identificado con el ecosistema de la Tierra. La deseada “nueva civilización” surgiría del abandono de los fundamentos culturales, sociales y políticos de la civilización tradicional y cristiana.

Este programa excluye cualquier referencia a la Redención, la salvación del alma, lo sobrenatural, la vida eterna o incluso a Dios. Se basa en una concepción terrenal e inmanente del mundo, del hombre e incluso de la religión.

Estos puntos de vista y sugerencias ya se pueden encontrar en la encíclica “Laudato Si”,  del Papa Francisco dedicada a la ecología, invitando al diálogo entre ciencia y religión, y al diálogo dentro de la propia ciencia, y propone combatir una crisis integral con ecología integral.

La introducción del Documento Preparatorio oficial del Sínodo propone iniciar la conversión de pueblos, estados e incluso de la Iglesia con un “proceso de desarrollo integral ecológico” destinado a fomentar la “diversidad” y el “pluralismo” en todas las áreas, no solo ambientales sino también humano, es decir, social, cultural e incluso religioso.

El Sínodo de los Obispos sobre la Amazonía de octubre pasado los ha llevado al extremo, bajo el estandarte de un nuevo paradigma: “ecología integral”.

Ejemplo de ello, es el encuentro  que no  hace ni un año, que el 4 de octubre de 2019 se realizó en el Vaticano como acto de Celebración del Tiempo de la Creación y consagración del sínodo para la Amazonia a San Francisco de Asís. Un grupo de indígenas amazónicos, a los que se unió un religioso franciscano, celebraron un ritual del “pago de la Tierra”. Según Vatican News, se vivió un momento “lleno de simbolismos” en el que ellos expresaron “su amor a lo que representa la Tierra Madre… rezando en comunión directa con la Madre Tierra”,  la especie de divinización de la naturaleza que están queriendo imponernos los movimientos ecologistas es una de las consecuencias que está trayendo el virus chino y  tendrá que ser enviada al baúl de los recuerdos.

En efecto, se nos ha querido inculcar que la naturaleza ‒o como dicen, la “Madre tierra”‒ pura y originalmente no contaminada, posee un equilibrio idílico que el hombre con su contaminación se ha transformado en su destructor. Esto haría que la naturaleza se vengaría del hombre con toda especie de catástrofes naturales. Y como, para ellos, el hombre es parte de la naturaleza, su destrucción sería también la ruina del equilibrio dentro del propio hombre.

No nos dejemos engañar: la idea de que el hombre y la creación son una misma cosa, no es otra cosa que la reedición de las antiguas patrañas del panteísmo.

La realidad de esta epidemia nos muestra que la naturaleza produce desequilibrios y enfermedades. No es el hombre quien debe servir a la naturaleza sino que debe gobernarla con sabiduría y hacerla servir a sus necesidades.

En el libro del Génesis 1,28 se nos dice: “Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó. Y bendíjolos Dios, y díjoles Dios: “Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves de los cielos y en todo animal que serpea sobre la tierra.”  Enseñándonos que la creación fue confiada al cuidado y al gobierno del hombre en vista del fin último que es Dios. El hombre tiene el derecho, porque tiene el deber, de administrar la creación material, gobernarla y tomar de ella lo que es necesario y útil para el bien común. Dios confió la creación al hombre, a su intervención según la razón y a su capacidad de dominación.

Consiguientemente el  hombre debe ser el regulador de la creación y no al revés.

No dejemos a nuestros lectores engañarse con la calificación de “integral” tras del uso de la palabra ecología. Tales maniobras dan la impresión de que es una ideología integral, que no es reduccionista y partidista, sino más bien equilibrada y coherente, ya que trata todos los aspectos de la realidad.

Por el contrario, esta ecología no está integrada en la visión cristiana, sino que esta última, como hemos visto, está integrada en un programa ecológico. La religión, la cultura y la civilización se reducen a factores ambientales en el ecosistema, identificados con el planeta Tierra, como se encuentra claramente en el Documento Preparatorio.

Este ecologismo es una ideología que pretende anular la visión jerárquica tradicional de la relación entre el mundo, el hombre y Dios. La Revelación Divina coloca la Creación al servicio del hombre, el hombre al servicio de la Iglesia y la Iglesia al servicio de Dios. El nuevo programa ecológico invierte esta secuencia, poniendo a Dios y a la Iglesia al servicio de la integridad del hombre, y al hombre al servicio de la integridad de la naturaleza. Esta integridad natural consiste en la biodiversidad cósmica y el equilibrio ambiental. El documento antes mencionado intenta justificar este nuevo arreglo al afirmar que “todo está interconectado” en la Creación. Todos los elementos de este esquema están relacionados de forma igualitaria.

Al tratar de seducir a las masas y los pueblos, los ecologistas deben explotar los sentimientos e instintos primarios y atávicos del hombre, incluidos los religiosos o pararreligiosos. Aunque a menudo es promovida por ateos o agnósticos, la “ecología integral” profesa implícitamente un tipo de religión propia: el culto a la Madre Tierra, como se concreta en la cosmolatría o en el “culto de Gea”.

Los ecologistas también tienen su propio (falsario) profetismo de tipo apocalíptico, que se manifiesta en predicciones de catástrofe ambiental inminente. Aunque estos pronósticos son periódicamente negados por los hechos, los ecologistas siguen presentándolos como inminentes mientras los empujan obstinadamente a una fecha futura.

Esta obsesión apocalíptica se asemeja tanto al fanatismo de los Testigos de Jehová que los eco-catastrofistas ahora son tildados de “Testigos de Gea” o de la Madre Tierra. Ambos testigos piden al público que tenga una fe ciega en sus predicciones terroríficas, aunque estos eventos nunca ocurren y se posponen constantemente. Además, como dicen los psicólogos, “los que gobiernan el miedo gobiernan la sociedad”.

Por lo tanto, tal ecologismo es realmente una idolatría antinatural y va en contra de la civilización. Presupone una visión del mundo, del hombre y de Dios situada entre el materialismo moderno y el panteísmo “posmoderno”. Es por eso que “integrar la ecología” es en realidad un factor de desintegración de la religión, la cultura y la sociedad.


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