A propósito (también) de Ceuta y Melilla

Hasta que España no resuelva o al menos encauce adecuadamente su en verdad harto complicado expediente de litigios territoriales, no volverá a ocupar en el concierto de las naciones el lugar que corresponde a la que fue primera potencia a escala planetaria y cofundadora del derecho internacional al más noble de los títulos, la introducción del humanismo en el derecho de gentes.

Tras mi rayano en lo clásico frontispicio, si no una ley matemática desde luego que sí diplomática, se impone reconocer que la crisis general de valores que hipoteca la armonía nacional y en particular aquí lo que denominamos la hipostenia diplomática española, de la que pudiera ser sinopsis paradigmática, sin necesidad de ulteriores elucubraciones, el mil veces manido por mí déficit de nuestros contenciosos en la globalidad, cierto que crónico, como la posición internacional de España, sin “su sitio” en los centros decisorios del poder siendo nada menos que la cuarta potencia de la UE, está alcanzando extremos inéditamente preocupantes, acentuados no ya por la coyuntura sino a causa de la ausencia bastante de respuesta. Con el agravante ya típico de que, en materia de controversias territoriales, Madrid prosigue esgrimiendo una táctica pasiva, jugando con las negras en lugar de rentabilizar el empuje de las blancas, dejando a veces que los temas se deterioren hasta extremos de difícil reconducción, lo que en términos operativos aboca a una política exterior insuficiente en tan proceloso tablero.

La tragedia de la valla de Melilla, con todas las adendas que comporta, faculta, obliga a reiterar ese punto central de una técnica diplomática no ortodoxa, el no abordar los hechos cuando corresponde, el dejarlos en caída casi abierta de deterioro a veces hasta extremos de problemática reconducción, como terminamos de señalar. Ceuta y Melilla constituyen el contencioso más complicado que tiene España y requiere el análisis cabal de sus distintos parámetros para vertebrar una acción congruente, incluido si se quiere y así lo hemos propuesto, hasta elementos menores como su tratamiento académico en la Escuela Diplomática, con su incorporación al temario de las oposiciones. Y desde luego su incardinación en la política exterior primaria, fuera de su exclusiva reclusión como asunto interior, y la fuerza de los hechos, desde las aduanas hasta las aguas jurisdiccionales, culminando con el drama del límite con Nador, denunciado y no sólo a causa de su atingencia a las fronteras de la UE, así lo atestiguan.

He contado numerosas veces el proceso del contencioso, que nunca va a extinguirse porque forma parte perenne y programática del ideario vital -¨las fronteras auténticas”, “la lógica de la historia”, el tiempo hará su obra”-  del demandante reino alauita, con sus jalones, desde la potencial “espada de Damocles sobre la cabeza del gobierno español”, en la acuñación de Francisco Villar, en suspenso en Naciones Unidas desde el 13 de agosto de 1975, hasta la veintena de desenlaces de futuro que yo mismo recojo, con el corolario de la voluntad de sus habitantes, naturales no artificiales como en Gibraltar, base incuestionable de cualquier derecho internacional que se proclame moderno.

Dejamos el tema ahí no sin dejar de enfatizar que no ha sido hasta noviembre del pasado año, cuando se ha incluido la cuestión en la Estrategia de Seguridad Nacional. Ciertamente no parece fácil felicitar a los (i)responsables aunque lo sean con un punto de interrogación, con una sola r, exigencia de nuestra sobresaliente lengua, “la mejor para hablar con Dios” como es archisabido que reconocía el único emperador que hemos tenido. (Aquí surge automática una digresión, como tantas veces desde el Ávila de los caballeros, en La Serradilla, desde donde veo sus murallas y entreveo su historia y grandes personajes que yo prosigo evocando por esos mundos de Dios, para recordar al secretario perpetuo de la Academia, diríase que se está tomando el tiempo que caracteriza su augusta denominación, a lo peor ya hasta ha cambiado el titular, para responder a mis envíos sobre vocablos en desuso, o sea en riesgo de extinción, que yo intento muy modestamente claro, continuar utilizando a fin de que algunos pervivan).

Volviendo y cerrando por hoy el más prosaico asunto de los contenciosos, Madrid anuncia que por fin va a celebrarse – “a ser posible en noviembre”, se dijo primero para pasar ahora, “a inicios de enero”- la en suspenso desde el 2015 Reunión de Alto Nivel, desbloqueada por Rabat ante el apoyo español a sus tesis sobre el Sáhara. Será en verdad, como ya he dicho en anterior ocasión, una operación de alta diplomacia, casi modélica, la que Moncloa, Santa Cruz et alii tendrán que implementar para compatibilizar el objetivo central de revitalizar, y antes de reconducir, los seculares lazos con el añorado vecino del sur, en su polícroma globalidad, la de mayor complejidad de los países limítrofes, con la firmeza en los principios.


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