Ahora es el momento

Ningún hombre está seguro de su libertad ni de su vida si queriendo evitar las permanentes injusticias e ilegalidades que se producen en su país, se opone noblemente a un Gobierno legitimado por la escoria. De ahí que, en unas circunstancias como las que padecemos, si se asume la defensa de la justicia y se la pone, como es debido, por encima de todo, como conviene al hombre honrado, los hombres empeñados en ello se exponen a la pérdida de su libertad e incluso a la de su vida.

Lo curioso, hoy en España, es que, en tales circunstancias, ni el Rey, ni los peperos que dirigen la autonomía y la capital madrileñas, logran hallarse a salvo por mucho que contemporicen y eviten actuar como la situación reclama, porque, en la agenda frentepopulista, tanto la Monarquía como Madrid figuran subrayados en rojo, pues son los obstáculos que de momento impiden a los demontres alcanzar sus inminentes y más ansiados objetivos. Motivo por el que los verdugos vienen encomendándose, con inquina y rigor, a deslustrar y desmembrar el simbolismo que dichas instituciones encarnan.

El proyecto frentepopulista está firmemente trazado desde hace décadas, y sus autores lo vienen realizando de manera implacable, ayudados por la apatía, ignorancia o malevolencia de innumerables cómplices. Durante la nefasta transición sólo ha existido -con uno u otro atuendo y salvo contadas excepciones-, un único espécimen de político sin otra filosofía que la de destruir o permitir la destrucción de nuestra patria, sin ninguna capacidad para amarla ni enaltecerla.

Un solo espécimen, como digo, amigo de los fondos públicos, incapaz de gestionar rectamente los asuntos de la intendencia sociopolítica, y encaminado exclusivamente a humillar, explotar y degradar al pueblo, pues sus valores se limitan a no despegarse del puesto, persistiendo a toda costa en la mamandurria personal, partidista y clientelar.

Que los grupos políticos y los individuos empeñados en acabar con una nación consigan instalarse en el poder durante tanto tiempo y gobernarla mediante las urnas sólo es posible en una sociedad ignorante, corrompida o enferma. Tres características que, dado el antifranquismo sociológico que le han inoculado los cabilderos, en nuestra colectividad se dan, hoy, al unísono.

La casta política actual, los altos funcionarios, los lóbis clientelares, las cédulas socialcomunistas y sus okupas y emigrantes, viven de la rapiña, de la corrupción, de las ayudas subsidiadas… y todos en conjunto del engaño. El Estado es un negocio compartido entre los detentadores del Poder, que confiscan el grueso de las instituciones, y unos agentes sociales –apparatchikis- que realizan el trabajo sucio, repartiéndose al final los beneficios. Lo que se llama actividad pública es, de hecho, una empresa de delincuentes cubiertos por la impunidad de sus propias leyes, de sus propios jueces.

Los miembros de esta casta parlamentaria no se avergüenzan de ser los gobernantes más denigrados, ni tienen la dignidad de enfermar de remordimiento, de llorar por el dolor que causaron y causan sus atropellos, ni de inmolarse por no poder sobrellevar el peso de su vileza. Frente a éstos, que sólo reflexionan a la hora de proyectar sus ambiciosos planes, España necesita en esta hora políticos y prohombres civiles que estén en sus antípodas, es decir, personajes ilustrados e imaginativos, con la energía necesaria para poner por obra fructíferos designios reformadores y la habilidad suficiente para infundir nuevos principios de vitalidad a la nación.

La próxima moción de censura anunciada por VOX puede abrir las puertas a la esperanza. No para expulsar de inmediato al Gobierno de Sánchez, algo improbable, pero sí para remover conciencias o, en su caso, intereses: los de unas instituciones agónicas y de un pueblo corrupto, germen de sus podridos políticos, que camina embrutecido y ciego por la senda que le han marcado plutócratas y marxistas hacia el abismo.

Ante la magnitud del proyecto restaurador que España precisa, debemos preguntarnos con urgencia qué se puede y se debe hacer. ¿Está VOX preparado para erigirse en su referencia política? ¿Cuenta con cuadros idóneos para desembozar a quienes okupan medios e instituciones? ¿Es dueño del discurso oportuno y de la estrategia adecuada? ¿Posee el vigor necesario para exigir claridad y coherencia al poder judicial y para desahuciar de la vida pública a quienes sólo se comprometen con su ambición, nunca con la Verdad?

¿Será capaz de describir desde la tribuna parlamentaria los horrores del Poder y de transmitir al pueblo que su mayor peligro proviene del Gobierno y de sus adláteres, pues constituyen un fraude sistemático e hipócrita, cuyo único objetivo es el medro personal? ¿Está preparado para explicar que, de la mano de las totalitarias izquierdas resentidas, España no ha avanzado hacia el futuro, sino que ha retrocedido hasta los años 30 del pasado siglo, con el panorama de atrocidades que ello representa?

¿Está VOX preparado para proclamar que el Gobierno es fuerza despótica y descarnada, la Iglesia un cisma, la Justicia un desorden prevaricador? ¿Para exponer incluso la duda de si el secuestro que sufren la Monarquía o el Ejército, es obligado o voluntario, indigno y reprobable en cualquier caso? Porque salvando su discurso del 3-X-2017, contra «determinadas autoridades de Cataluña», el Rey ha sido un hombre débil, lo mismo que ha sido endeble la actitud del Ejército.

Pero ahora las cosas deben cambiar, y casos como el acto de entrega de despachos a los nuevos jueces así lo exigen. Si el Gobierno impide la presencia real en Barcelona, el Rey debiera corresponder a las camarillas frentepopulistas negándose a refrendar las decisiones gubernamentales que por su contenido inmoral, inconstitucional o imprudente, el presidente okupa le ponga en el futuro sobre la mesa, incluidos los previstos indultos a los separatistas.

Lo innegable es que la fuerza de Sánchez nace de la indiferencia y de la cobardía ciudadanas, y que ante un frentepopulismo resurgido gracias a ellas, además de a la complicidad y la sandez, no es hora ni lugar de disimulos, ni es posible cerrar los ojos. Al hilo de la moción de censura, es el momento del Rey, de las FF.AA, de VOX y de la honrada elite de intelectuales y profesionales del mundo civil. Todos ellos -cada cual en su terreno- deben dirigirse a la ciudadanía con prudencia y claridad, es decir, hablando bien. Pero sólo habla bien quien dice la verdad. La verdad en todos los aspectos, porque todo es esencial si es verdadero.

Los hombres como Pedro Sánchez no pueden parar hasta que su misma ambición los destroza. La última batalla es la que decide el conflicto, y esa aún no la han ganado los frentepopulistas.

Los españoles de bien, hartos de mentiras, necesitan un hombre -un partido, un movimiento- que no se deje impresionar por las argucias dominantes. Alguien que comprenda que el futuro de España, y con él el de la Monarquía, depende en gran parte de las repercusiones -a todos los niveles y en todos los ámbitos- de la próxima moción de censura. Y que ésta no será suficiente ni oportuna si se limita a dar largas a la situación o a montar un espectáculo artificioso.

Lo peor que en esta hora pueden hacer la Monarquía, las FF.AA, la elite civil y VOX es especular. De nada vale la mera rumorología. No es este el momento de noticias vagas, sino de confirmaciones. Este es el momento de todos ellos, de quienes estén dispuestos a subrayar la excelencia, frente a unos adversarios saciados de ignominia, no de gloria.

Se necesita una jugada maestra, un envite inesperado y contundente para arrebatar la iniciativa y forzar la estrategia del Gobierno y de sus cómplices. Eso, o se perderá una gran ocasión: la de iniciar la tarea regeneradora de nuestra sociedad y de nuestras instituciones.


Una respuesta a «Ahora es el momento»

  1. Estimado don Jesús: ¡Dios le oiga!

    La herencia del franquismo se ha dilapidado ya en su mayor parte; y la cosecha humana de los cuarenta años de «democracia», no parece dar para muchas alegrías ni esperanzas (presentes o venideras). Es lo que hay, nos guste o no.

    Veremos lo que da de sí este Vox de las ilusiones que, en las dos primeras semanas de confinamiento, me ha privado del noventa por ciento de la fe que había depositado en esa formación.

    Así pues, me reitero en lo dicho, ¡Dios le oiga!

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