«Al que tiene se le dará y al que no…»

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De las múltiples frases y reflexiones que podríamos hacer sobre el Evangelio de San Mateo 25-14,30, el llamado «de los talentos», elegimos centrarnos en las dos últimas que además de parecer un contrasentido, resultan para muchos aún hoy incomprensibles, sobre todo la penúltima: «Porque al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese empleado inútil echadle fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes.»

¿Cómo es que dice Nuestro Señor que «al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene.»? ¿Cómo se puede quitar al que no tiene? Qué poco católico suena todo ello.

Pues bien, nada más cierto, como siempre, lo que dice Nuestro Señor, quien, como tantas otras veces nos habla de lo importante, de lo que de verdad nos tiene que interesar, de lo que eligió María y no Marta, de lo que debemos buscar que son las cosas del cielo y no las de este mundo, es decir, de lo espiritual y no de lo material. Jesús nos dice lo que nos va a pasar con los bienes espirituales. Y es que todos los dones y bendiciones espirituales con que Dios nos colma, si los aprovechamos, más se nos darán; si los desperdiciamos, si los abandonamos, si no los cultivamos, no sólo los perderemos, sino que aún los que no tenemos se nos negarán hasta incluso causarnos la muerte del alma, nuestra perdición.

Un caso real e importantísimo, el que más, es el que nos ocurre con la oración. La persona que cada día dedica un poco de tiempo a rezar, comienza a disfrutar tanto sus ratos con el Señor, que sin sentir irá aumentando el tiempo que pasa con Él, lo que traerá consigo el aumento de las gracias que recibe en estos encuentros. Le sucede algo curioso, mientras más se acerca a Dios, más cerca de Él está y más quiere estar y por ello recibe cada día más y más gracias. Luego al que tiene se le dará.

En cambio, alguien que dice que no tiene tiempo de orar y a duras penas dedica muy de vez en cuando un rato a la oración, provoca que se vaya enfriando su relación con Dios, va perdiendo el gusto por conversar con Él y cuando menos lo espera se da cuenta, o incluso no, que lleva meses o años lejos de Él. Lo poco que tenía se le quitó y aún lo que no tenía, porque no se le dará, luego se le quita.

Más: el que se confiesa cada quince o veinte días, se fortalece contra las tentaciones; el que lleva años y meses sin confesarse llega hasta a perder el sentido del pecado. A aquél, se le da más; a éste se le quita hasta lo que ya no tiene.

Cuanto más y mejor rezamos, más queremos y, muy importante, más nos fortalecemos y menos entramos o caemos en la tentación y, mejor aún, menos pecamos. Por el contrario, cuanto menos y peor rezamos, más se nos seca el alma, más débiles somos, más tentaciones nos llegan y más caemos en pecado. Lo vemos a nuestro alrededor todos los días. Aquel que lleva una vida espiritual activa, perseverante, sólida, mejora cada día más; el que se apartó de Dios, el que abandonó la práctica religiosa, el que no lee libros espirituales, vidas de santos, etc., el que no va a Misa diariamente y el que no reza el Rosario cada día, vemos cómo entra en barrena indefectiblemente. Lo último es lo que hoy, por desgracia, abunda, y así les va y nos va.

Por todo ello no seamos necios: oración, oración y oración todos los días; Misa todos los días o las veces que se pueda en la semana, no sólo el Domingo y fiestas de guardar; y el Rosario a Nuestra Madre, eficacísima intercesora, todos los días, todos, y no me digan que no tienen veinte minutos para fortalecerse con arma tan eficaz contra la tentación y el pecado porque me mentirían; otra cosa es que opten por perder hasta lo que no tienen. 

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