Aleluyas a la Resurrección del Señor

Cuando yo vine, ya estabas arriba,

Rey celestial, en tu corte festiva.

 

Gran Capitán de la cruz levantada

y al frente ya de tu hueste dorada.

 

Firme en el puño sobre la blanca bandera,

Emperador de la paz duradera.

 

Sobre la trágica noche de duelo,

gran forzador de la puerta del cielo.

 

Mi «Jaungoica», Señor de lo alto,

conquistador de la gloria al asalto.

 

Sobre la muerte, el infierno y la oscura,

tierra, Señor en el aire y la altura.

 

Pero yo vine en la flor de la aurora,

cuando ya era pasada tu hora.

 

Y abierto al aire, el sepulcro vacío,

cubierto lo hallé de reciente rocío.

 

Y ensangrentado y envuelto el sudario

Conmemoraba la flor del Calvario.

 

Ni hacer la cruz que te veía en el pan

por lo que todos te conocerán.

 

Porque ni supe subir a Emaús

ni emparejé con mi Cristo Jesús.

 

¡Ay, cuántas veces mi culpa te niega

y en crudo llanto el dolor no me anega!

 

Pero aún espero, a las once del día,

desde la barca, en la pesca baldía.

 

¡Oír la voz, que de tierra nos manda!

«Larga el retel a estribor, por la banda».

 

Y con el copo, ya izado y colmado,

sentir, Señor, que otra vez me has mirado.

 

Y, cual Simón, cuando nadie lo espera,

ver que eres Tú quien está en la ribera.

 

Y que, otra vez, por mi nombre me llamas,

y me preguntas tres veces: ¿Me amas?

 

Y voy a ti, por el agua, cansado

–que no soy mozo, aunque mucho he nadado–.

 

Y junto al ascua y al frito de peces,

«Señor, te quiero», te digo tres veces.

 

Pero aun si así, mi Señor, no te vemos,

aun por tu gracia resucitaremos.

 

Que te haya visto o que no te haya visto,

siempre serás mi Señor Jesucristo.

 

Siempre yo sé que, después de la muerte,

Rey del amor, justiciero, he de verte.

 

Tenme, Señor, en tu sano servicio

y que, al oír las trompetas del Juicio,

Sitio seguro a tu diestra me salga

–¡Nuestra Señora la Virgen me valga!–

 

¡Gloria a la Madre, que es mía y es tuya!

«¡Regina coeli, laetare, Alleluia!»


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