Anatomía patológica de una democracia

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El desequilibrio mental del presidente del gobierno, aparente desde un principio, se ha ido manifestando de forma creciente con el paso de los años. Esto debería alarmarnos, mas no sorprendernos, pues el peligro del poder radica no sólo en su potencial corruptor de la moral y de la capacidad de juicio, (…) sino en el hecho de que atrae al psicópata como un imán al hierro. En palabras de Robert Hare, el experto que estandarizó la prueba de diagnóstico de la psicopatía, “aunque muchos políticos sean simplemente mentirosos sin ser forzosamente psicópatas, la política es un medio fantástico para que se desarrollen los psicópatas, el mejor ambiente, el ideal”. (…)

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Los inquietantes efectos que provoca la patología del poder en perfiles psicopáticos explican las contradicciones sobre las que el presidente del gobierno cabalga a lomos de su sectarismo, contradicciones que a ojos de personas normales rechinan como una uña arañando una pizarra. Así, a la vez que propone olvidar delitos muy recientes como los asesinatos de ETA o el golpe sedicioso catalán del 2017, mantiene vivo el revanchismo de una lejana Guerra Civil perdida hace casi un siglo y cuya versión maniquea no admite amnistía alguna para “los otros”, sino una condena peor que la cadena perpetua, pues persigue más allá de la tumba. Del mismo modo, mientras ensalza el diálogo “con todos” crea un apartheid que excluye a la oposición y a la mitad de la población que la ha votado, a la que detesta.

Merece la pena detenerse un poco más en el perfil psicológico de Sánchez. Su abuso de la mentira y su cinismo crónicos son comportamientos típicos del psicópata, que se sonríe ante la estupefacción que provocan sus quiebros y requiebros, sus traiciones y su permanente transgresión de toda norma. Simultáneamente, vive en una tensión constante entre la imagen que intenta trasladar a la opinión pública de moderación y sonrisa y su verdadera naturaleza, que reprime sin cesar. Sin embargo, sus actos (y a veces sus rictus) le traicionan y muestran al desnudo su matonismo pendenciero, su carácter despreciativo y vengativo, su agresividad y sectarismo, su amor a la confrontación y su naturaleza profundamente divisiva, que huye de la concordia como el vampiro del agua bendita y sólo busca la destrucción del adversario. Finalmente, su estilo provocador, típicamente narcisista, tiene como objetivo buscar el eco admirativo de su espejito mágico, pero también logra hundir en el estupor y la desmoralización a la oposición, que ve que no aplica regla moral o lógica alguna. (…)

La psicopatía de Sánchez alcanza su paroxismo con la inversión de conceptos que tan bien definió Shakespeare en Macbeth como característica de lo maligno, palabra que no utilizo a la ligera. Así, al igual que en sus admiradas tiranías bolivarianas, es el gobierno el que acorrala, persigue y controla a la oposición y no la oposición la que controla al gobierno. La mentira es verdad, y la verdad, mentira; la trampa es juego limpio, y el juego limpio, pacatería; la desigualdad ante la ley es convivencia, el agredido debe pedir perdón al agresor, los asesinos son hombres de paz y los manifestantes pacíficos, personas violentas. Y, naturalmente, el ejercicio del poder no sujeto a la ley, arbitrario, mentiroso e irrestricto no es antesala de la tiranía, sino democracia.

(…) la alarmante situación que atraviesa España no es fruto de la sorpresa (…), sino el desencadenamiento de una tormenta que comenzó a formarse desde el momento en que se aprobó la Constitución, un texto lleno de ambigüedades, contradicciones y carencias, una «improvisación constante», como me reconoció hace tiempo uno de sus “padres” (…).

El objetivo más importante de una Constitución, esto es, la limitación del alcance del poder para evitar que la mayoría tiranice a la minoría, no se cumplió. (…) no supo arbitrar un eficaz equilibrio de poderes ni concebir instituciones verdaderamente independientes. Entre otras cosas, hizo casi impracticable la imprescindible separación de poderes, de modo que la distinción entre el ejecutivo y el legislativo se limitó a tapizar de distinto color los asientos del Congreso (azul y rojo) y la independencia del judicial quedó seriamente mermada. Esto se confirmó cuando el Tribunal Constitucional dictaminó que la reforma del sistema de elección de jueces impulsada por el PSOE en 1985 (y mantenida por el PP con mayoría absoluta) era perfectamente constitucional a pesar de castrar dicha independencia de modo flagrante. Por tanto, la Constitución contenía ya el germen de su autodestrucción al permitir una peligrosa concentración de poder en la figura de un solo individuo, el presidente de gobierno. (…). Décadas de abuso por parte de los dos grandes partidos políticos en su afán colonizador del poder total hicieron el resto. Como observara Julián Marías, la Constitución no creó unos partidos para el Estado, sino un Estado para los partidos, y los parásitos han acabado controlando al huésped.

En paralelo a las deficiencias de su texto constitucional, España se ha visto enormemente debilitada por un pensamiento histórico casi hegemónico que ha retratado la Historia de España como un período oscuro que no vio el amanecer hasta 1978. Esta creencia ha logrado carcomer nuestra identidad nacional y socavar nuestra autoestima, ha dado la razón al argumentario nacionalista y ha transformado los cimientos de una nación milenaria en unos pies de barro. Así, hemos llegado a cuestionar la propia existencia de España (que no del “Estado español”) y ninguneado sus hazañas, algunas sin paragón, culminando con un Himalaya de falsedades (en acertada expresión de Julián Besteiro) (…).

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La combinación de un débil andamiaje constitucional y de un déficit de cultura política e histórica ha abonado la llegada al poder de un psicópata armado con dinamita y dispuesto a encender la mecha entre carcajadas enloquecidas, abocándonos a una situación límite: en el último medio siglo, nunca habíamos estado tan cerca de la ruptura de la convivencia y de la tiranía. (…)

(…) La gravedad de lo que nos jugamos hace que ya no quepa ocultarse tras las caretas e imposturas exigidas por la etiqueta de la corrección política. Diagnostiquemos, por tanto, con realismo y sin miedo la patología de nuestro sistema político, único modo de curarla.

Para fpcs.es


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