Ángel Salamanca Salamanca. Medalla Militar Individual

Ángel Salamanca (2014)

Ángel Salamanca Salamanca (1919-2015), toledano, nació en Escalonilla a finales de 1919. Soldado con sólo diecisiete años en la columna de Castejón, veterano en los frentes de Madrid y Teruel, sargento provisional en el Ebro, y con el mismo empleo voluntario de la División Azul. Permaneció cautivo en los campos de concentración de la URSS durante once años, desde febrero de 1943 que cayó prisionero en Krasny Bor hasta abril de 1954 que llegó a Barcelona a bordo del buque Semiramis. Una vida y una historia talladas a fuego y hielo por el buril lacerante de la guerra.

No fue fácil para Ángel Salamanca incorporarse como combatiente a la División 250, pero su firme voluntad de proseguir la lucha allí donde las armas se hallasen empeñadas fue superior a los obstáculos que para otros hubieran resultado insalvables.

-Tuve mis problemas para incorporarme a la División Azul, a pesar de que ya era sargento y con tres años de guerra. Ya en 1940 pedí, mediante carta, al agregado militar alemán una plaza en la Wermacht, pero me contestó diciendo que no era posible en aquel momento. Cuando me enteré unos meses más tarde que se estaba formando una unidad española para combatir en Rusia al mando del General Muñoz Grandes, no me lo pensé dos veces: cursé la solicitud desde mi regimiento. Esta vez fue mi padre quien se interpuso en mi camino. No quería de ningún modo que un hijo suyo volviera a la guerra y se las arregló para que en reconocimiento médico previo al alistamiento me dieran por inútil. Sería ya en la segunda expedición, en el verano de 1942 cuando saltándome todas las barreras me presenté en Logroño, donde se estaba formando un batallón de marcha, y esta vez sí lo conseguí.

-¿Qué ambiente había por aquellos días entre los voluntarios que ibais a partir para el frente ruso, el más duro de cuantos tenían abiertos los alemanes en la II Guerra Mundial’

-Muy bueno, de excelente camaradería. Allí en Logroño me encontré con otros tres sargentos que ya tenían alojamiento en la ciudad. Los muy graciosos habían alquilado habitaciones en una pensión que se llamaba “Las ánimas”, un nombre ideal para pasar la última noche en España y emprender la marcha hacia la guerra.

-Una marcha larga y peligrosa cruzando casi toda Europa, ¿qué recuerdos tienes de esa aproximación al frente?

-Hubo de todo. Al cruzar Francia había lugares donde nos tiraban piedras e insultaban con los más duros epítetos de la lengua gala, sin embargo, en las estaciones, tomadas por los alemanes, era todo lo contrario; unas enfermeras rubias y elegantemente uniformadas nos obsequiaban con golosinas y artículos de aseo personal. Los militares igualmente se deshacían en atenciones, así durante varios días, hasta llegar a la ciudad Bávara de Hoff.

-¿Terminó el viaje?

-Al menos en tren, sí. Este lugar era el punto de recepción, y para muchos la primera y última etapa del viaje. En el reconocimiento que nos hicieron los médicos alemanes varios voluntarios fueron rechazados y devueltos a España; no aceptaban ni una muela picada, nada. A los que quedamos ya se nos dio el uniforme de la Wermacht con las divisas equivalentes en el caso de oficiales y suboficiales.

Ángel Salamanca (1937)

-Parece chocante que un ejército que recibe tropas voluntarias para nutrir sus filas en guerra se muestre tan exigente en el aspecto sanitario; más bien cabría pensar en un “todo vale”.

-Los alemanes eran así, hasta el extremo que en mi grupo vino uno que padecía paperas y para evitar la propagación de la enfermedad nos dejaron en cuarentena a todo el batallón. Permanecimos en Hoff un mes aproximadamente, el tiempo necesario para que a la hora de partir hacia el frente todas las camareras de los bares de Hoff tuvieran ya un novio español.

-¿Pasasteis por algún periodo de instrucción previo a vuestra incorporación al frente, tal como ocurrió con la primera expedición?

-Inmediatamente de llegar a Rusia nos presentamos al puesto de mando del General Esteban Infantes. A las pocas horas salíamos hacia el 2º Batallón del regimiento 262, donde nos destinaron a las distintas compañías; a mí, concretamente, a la 5ª que mandaba el Capitán Teodoro palacios Cueto.

En el frente

-El Capitán Palacios tenía fama de duro entre los que le conocían, ¿cuál fue tu primera impresión sobre él’

-Malísima, me recibió con una bronca y un arresto. Ya me esperaba bien “informado” por un alférez muy conocido mío desde el frente de Teruel. Le presenté los 12 soldados de mi pelotón y por orden suya pasé al bunker de suboficiales con la prohibición de salir de él bajo ningún concepto. Al día siguiente los rusos tomaron la posición del Capitán Iglesias y nuestra compañía fue requerida para recuperarla. A la formación previa acudieron todos menos yo, al ver que faltaba, Palacios fue a por mí, y después de un intercambio de aclaraciones me levantó el arresto; creo que entonces empezamos a simpatizar. Palacios fue un militar como la copa de un pino, y un caballerazo. Siempre le recordaré con admiración.

-¿Qué misión desempeñaba como sargento de la 5ª compañía?

-Mandaba un pelotón de fusileros con misione de todo tipo, escuchas, golpes de mano, servicios… lo que se prodigaba por allí, pero siempre movidos, no nos faltaba trabajo.

-¿Recuerda con especial nitidez alguna de aquellas misiones asignadas a su pelotón?

-Siempre hay episodios en la vida de un soldado que dejan más huella que otros; por ejemplo, en mi caso, de aquel invierno del 42/43 recuerdo la eliminación de un bunker enemigo desde el que nos paqueaban a diario. El Capitán palacios me encargó suprimirlo. Permanecía tres días observando desde la posición de Huidobro sin ver salir a nadie. Al anochecer del tercer día, con los soldados Segura y Lasso, todos vestidos de blanco, aguardamos pegados a la nieve con una pértiga a la que habíamos atado 6 ó 7 bombas. Cuando entró la noche logramos llegar hasta el objetivo sin ser vistos. La tronera de la casamata estaba tapada con un saco, introdujimos por ella lasa granadas y tiramos de una cuerda preparada para explosionarlas. Minutos después, entre el humo y la polvareda encontramos los cadáveres de los que tantas bajas nos habían causado. Cogimos sus fusiles y como pudimos regresamos a nuestras líneas, esto debió ocurrir sobre el 26 ó 27 de enero de 1943.

-Poco después, el 9 ó 10 de febrero, tendría lugar en vuestro sector el gran duelo de Krasny Bor, ¿cómo viviste aquellas trágicas jornadas?

-Puedo decir que si existe el infierno habrá de ser parecido a Krasny Bor, peor, no. Allí perdieron la vida 2.000 españoles, otros 400 aproximadamente caímos en cautiverio y el número de heridos no ha podido ser contado. Un desastre y una epopeya en la que se puso a prueba el valor de los españoles más allá de los tópicos y de las palabras.

Krasny Bor

-Ángel Salamanca enmudece al conjuro del fatídico nombre. Tomamos un respiro en nuestra charla.

-Era el 9 de febrero, acabábamos de comer. En el bunker yo estaba recostado, dormitando un poco, cuando llegó un enlace del Capitán Palacios; tenía que presentarme inmediatamente a él. “Coge dos soldados –me dijo—y sal ahora mismo hacia las líneas rusas. Con lo que veas redactas un informe detallado. Buena suerte”. Otra vez se presentaron voluntarios Segura y Lasso. Se veía mal, sólo nieve y sombras cada vez más largas, porque a esa hora comenzaba ya a anochecer. Teníamos un kilómetro aproximadamente hasta el objetivo. Cuando alcanzamos una loma desde la que podíamos ver al enemigo, agazapados en la nieve contemplamos un panorama aterrador: allí había cientos de camiones, piezas de artillería, carros de combate, hombres que se movían de un lado para otro sin aparente orden ni concierto; aquello era la más potente máquina de guerra que yo había visto en mi vida militar, y lo peor es que se estaba poniendo a punto para machacarnos a nosotros.

No se nos ocurre ninguna pregunta. Ángel Salamanca parece haber atravesado el tiempo haciendo presente el pasado. Entorna los ojos, crispa levemente los dedos y tras un paréntesis concedido a la memoria, prosigue su singular relato.

-La temperatura debía rondar los 30 bajo cero. Retrocedíamos dando tumbos sin sentir frío ni calor. El espectáculo que acabábamos de contemplar nos había dejado inmóviles más tiempo del que aconsejaba la prudencia. Al llegar a nuestras líneas nos reanimaron con frotes de nieve y sorbos de coñac; estábamos semicongelados. En cuanto pude redacté el informe que fue inmediatamente entregado a Palacios y éste a Pallarés, el comandante del batallón. Nuestras observaciones coincidían con las de otros escuchas, había que prepararse para lo que nos venía encima.

-Y lo que se os vino a las ocho compañías españolas fueron las divisiones rusas 72 de infantería ligera, 63 de la guardia y 45 acorazada, 15.000 hombres con 63 carros de combate, 120 baterías de artillería con 800 piezas de gran calibre, además del acompañamiento.

-Más o menos esas cifras se han barajado después. Nosotros, los que soportamos todo eso, pudimos empezar a contar desde el amanecer del día 10. Estábamos parapetados bajo tierra y con las armas a punto cuando un treno sin fin estalló a lo largo de las 7 kms de frente. Durante dos horas o algo más las baterías enemigas descargaron sobre nosotros miles de proyectiles. El fuego era arrollador, constante; las explosiones no se distinguían unas de otras, un ruido infernal que no puede describirse. Después vino la aviación, que también nos do un buen repaso; al fin hubo una pausa y entre el humo y el polvo, saltando sobre los embudos y alambradas rotas, apareció una auténtica nube de soldados rusos avanzando hacia nosotros sin protección alguna; debían creer que no quedaba nadie con vida. Fue entonces cuando empezamos nosotros a disparar, ametralladoras, morteros y fusiles individuales quemaban los cañones sin poder detener aquella masa humana que nunca se acababa.

-¿No intentasteis algún movimiento de retroceso al ver que carecíais de medios para frenar el avance enemigo?

-La orden era tajante: resistir hasta la muerte, y sí lo estábamos haciendo. A las pocas horas habían desaparecido totalmente varias compañías. Mi trinchera fue desbordada y hubo un momento que sólo quedaba un soldado a la ametralladora, todos eran baja. Tras cuatro o cinco oleadas de infantes aparecieron los carros, el soldado Montaña, mi único tirador, perdió un ojo; los rusos estaban ya encima y decidí retirarnos.

-¿En qué condiciones se halaba tu compañía a esas alturas de la batalla?

-Debía estar muy mal, porque parte del sector esta siendo invadido; de todas formas, el Capitán Palacios todavía tenía ganas de pinchar: “Ya te has arrugado”; me dijo al verme llegar. Aquello me fastidió. “No tenía a nadie –le contesté—pero si me da dos soldados tomo de nuevo la posición”.

-¿Y te los dio?

-Sí que me los dio, y yo cumplí mi palabra. Volvimos al bunker y allí estaban los rusos comiéndoselo todo, al pasta de dientes, los plátanos con cáscara,… debían tener un hambre atroz. Entramos arrojando bombas y dando gritos. Lo conseguimos, y al regresar, recuerdo que Palacios me dijo: “Desde este momento eres Medalla Militar Individual”. “Un gesto por su parte, pero ¿quién vivirá para verlo?” Le dije.

-Pocos quedasteis, efectivamente, pero palacios y tú lo pudisteis contar, aunque tarde. ¿Cómo acabó la batalla?

-Sólo sé que todavía pudimos emplazar una máquina en un embudo, hasta que un proyectil me derribó, yo era entonces el tirador. Cuando recobré el conocimiento me había curado Palacios –sabía algo de medicina—y estaba rodeado de heridos que cargaban cintas de ametralladoras a mano porque se había estropeado el aparato cargador. Fue entonces, cuando yo también cargaba cintas, cuando llegó un enlace del capitán diciendo que saliésemos todos del bunker que acabábamos de caer prisioneros. Serían las tres de la tarde, aunque el tiempo es una dimensión que allí perdió su sentido. Acababa de empezar un cautiverio que duraría once años, toda mi juventud.

Prisionero

-Recuerdo que estaba anocheciendo, debían ser las primeras horas de la tarde cuando salimos del bunker. Lo primero que vimos fue un grupo de rusos que nos encañonaban. Seríamos 25 ó 30 de Palacios más otros 10 ó 20 del Capitán Huidobro, muerto en su posición. También estaban los tenientes Altura y Molero, y el Sargento Matías Oliva.

-¿Quedasteis retenidos sobre el mismo campo u os condujeron a algún otro lugar?

-La batalla había terminado, allí no había más que cadáveres y ruina. Un oficial mongol nos condujo hasta Kolpino en una marcha alucinante porque pudimos ver cómo a los heridos los asesinaban con un tiro en la nuca. Creímos que serían de los nuestros, pero pronto nos dimos cuenta que eran de ellos. Al llegar a Kolpino estaban todas las mujeres en la calle esparándonos para lincharnos. La escolta tuvo que imponerse muy seriamente para evitarlo; allí vimos contadas nuestras horas.

-¿Fue aquel lugar vuestro primer campo de concentración?

-No debía haber donde alojarnos, en Kolpino nos aguardaban unos camiones sobre los que cruzamos el lago Ilmen completamente helado. Al amanecer paramos en unas islas muy pequeñas, y en dos de ellas nos metieron a todos; tan apretados que algunos debieron quedarse fuera. Iban a desinfectarnos ¡y con qué eficacia!

Ángel Salamanca vistando el museo de la División y en él la recreación de uno de los camastros donde en el Gulag dlrmían los prisioneros como él

-¿Sanos y heridos pasasteis por la desinfección?

-Cuando creyeron haber baldeado a todos preguntaron por los heridos. Lógicamente nadie quería salir después de lo que habíamos presenciado. “No salgáis que nos matan” se decía entre el grupo, pero ellos insistían. Primero salimos el Capitán Oroquieta y yo, después, poco a poco, todos los demás. Fue una situación muy tensa, muy tensa.

-¿Qué os tenían reservado, se cumplió vuestro temor en algún caso?

-No, matar no mataron a nadie, aunque hubo quien se acordó de la muerte como liberación. Nos llevaron a un hospital de Leningrado donde unas fornidas mujeres nos desnudaron y tras raparnos en vivo todo lo que se pareciese al pelo, nos fueron metiendo uno a uno en un gran barreño de agua caliente. Después de secarnos pasamos a la sala de curas, allí con un hisopo nos rociaron con zotal a modo de profilaxis. Aquella operación resultó tan dolorosa que Oroquieta, herido en el bajo vientre por metralla, cuando llegó a la cama traía todo el pelo blanco. A los pocos días casi todos criábamos gusanos en las heridas.

-¿Duró mucho vuestra recuperación en aquel hospital de Leningrado?

-A los ocho o diez días nos dieron el alta a casi todos. Pasamos al campo de concentración de Nakarino, donde estaban ya los demás españoles. Poco después palacios y otros oficiales fueron trasladados. Al despedirse de mí, me dijo: “le responsabilizo a usted de estos hombres –unos 300 españoles—esto tiene que marchar, no lo olvide”. Allí quedamos los sargentos Camba, Alcocer, Arroyo, Quintela… y toda la tropa. ¡Qué podíamos hacer nosotros!

-A partir de este momento cabría decir que se organizó vuestra vida como prisioneros. ¿Qué hacíais cada día?

-Trabajo hasta el agotamiento, y lo que podríamos denominar acoso político. Desde nuestras primeras jornadas de cautiverio hasta la misma escalerilla del Semiramis, once años más tarde, la obsesión de los comisarios y grupos antifascistas era que renunciásemos a nuestra ideología y nos hiciésemos a la suya.

-¿Lo consiguieron en algún caso?

-Desgraciadamente el ser humano es frágil, el exceso de trabajo, la mala alimentación y un trato a veces inhumano, hicieron mella en los más débiles y algunos cayeron; firmaron documentos solicitando la nacionalidad rusa o colaboraron con guardias y comisarios. Muchos se retractaron, otros se quedaron allí para siempre, de todo hubo. Pero hay que decir que los vencidos fueron una insignificante minoría.

-¿Os sometieron a frecuentes interrogatorios?

-Muchas veces, y siempre de forma parecida. ¿Por qué viniste a Rusia? ¿Qué armas teníais en Krasny Bor? No podían comprender que la resistencia hubiese sido a base de ametralladoras, morteros y fusiles. Nunca lo creyeron.

-¿Cuándo comenzaron las primeras repatriaciones de prisioneros?

-No lo sé exactamente. Al terminar la guerra se nos anunció a bombo y platillo una y otra vez; después, la URSS se encerró sobre sí misma y pareció que el mundo se hubiese terminado. Creo que fueron los alemanes allá por 1946 los primeros en marchar. A los españoles nos estaba prohibida esa esperanza; según los rusos era Franco quien no quería que nos liberasen. Nos dijeron tantas cosas…

La última revuelta

Un respetuoso silencio deja en el aire las palabras de Ángel Salamanca; es un mutismo tácito, un homenaje al recuerdo y una respetuosa pausa a la historia viva que va desgranando ante nosotros.

-Pasaban los años y vosotros continuabais perdidos en el inmenso gulag soviético sin aparente posibilidad de regresar a España. ¿Cómo soporta el hombre esa situación de desesperanza?

-Nosotros éramos cautivos, pero no esclavos sin idea de redención. Pensábamos que algún día tendríamos que volver, por eso nos revelamos en la medida que podíamos. Nunca perdimos totalmente la esperanza.

-¿Era posible quejarse de algún modo en un mundo donde la privación de libertad y el silencio sobre vuestro paradero facilitarían cualquier desaparición?

-En varias ocasiones y siempre con carácter individual expresamos nuestras protestas, bien por el trabajo, el trato, la alimentación, etc. Podíamos recibir un duro castigo, pero nada más. Sería en 1951 cuando la expresión de queja se hizo colectiva, y entonces las cosas cambiaron radicalmente.

-¿Por qué en esa ocasión os pusisteis de acuerdo todos los prisioneros, cuando duraba vuestro cautiverio ocho años?

-El malestar se venía gestando desde tiempo atrás entre los españoles. Algunos repatriados alemanes informaron sobre nuestra existencia y la de otros compatriotas suyos en el campo de Borovichi que llamábamos “Chinchilla”. A través de una perfecta organización de la Iglesia Evangelista nos mandaban paquetes de comida y algún que otro mensaje, pero nuestros carceleros se los quedaban. A finales de marzo un compañero descubrió el papel de uno de esos envoltorios y pudo comprobar que iba dirigido a un español; fue entonces cuando decidimos ponernos en huelga de hambre. A mí me tocó organizar la estrategia, primero nos negaríamos a comer y a trabajar un pequeño grupo, y sucesivamente todos los que quisieran hacerlo.

-¿Fue secundada la huelga por muchos españoles?

Ángel Salamanca en 2012 (imposición de la Medalla Militar)

-Por todos. El primer día fuimos 50 y como consecuencia, yo al calabozo. El segundo día otros 50 y al tercero todos los demás. Los oficiales, Oroquieta y Altura, que quisimos mantenerlos al margen por temor a las represalias contra ellos, también acabaron en las celdas de castigo, por tomar parte en la huelga.

-¿Cómo reaccionaron las autoridades del campo ante una situación así, os podían haber fusilado?

-Sabíamos que a tanto no llegarían. Durante una semana inentaron por todos los medios hacernos comer. A mí concretamente, que tenía bigote, me arrancaron las guías tratando de abrirme la boca; otros perdieron dientes y muelas, pero no lo consiguieron. El jefe del campo se la estaba jugando y recurrió, por orden de las autoridades de Leningrado, al castigo corporal. Unos 50 soldados al mando del jefe, armados de fustas, se dirigieron a los barracones; uno de los nuestros que estaba de guardia, avisó, y entonces… todos, levantándose de los jergones, arrancaron tablas de las camas. Al entrar los rusos se liaron a palos con ellos, los otros a fustazos y al cabo de un rato de refriega el jefe del campo corría por el patio seguido por su tropa y tras ellos más de un centenar de espectros enloquecidos profiriendo gritos y dando tablazos a diestro y siniestro. No se recuerda un caso similar en la historia penitenciaria de la URSS. Los españoles y el nombre de nuestra patria llegaron a Moscú, a las más altas esferas del poder político de Kremlin.

-¿Conseguisteis vuestro objetivo, recibir aquellos paquetes que iban dirigidos a vosotros?

-De todo hubo, el jefe fue trasladado, sobre los prisioneros españoles se dio la orden de que no hubiese en toda la URSS más de diez juntos en el mismo campo. Quedamos dispersos, unos recibieron los paquetes que les remitían los evangelistas alemanes y otros, los recibimos de los rusos.

-Como por ejemplo tú, como cabecilla de la rebelión.

-Algo me tocó en el reparto, sólo 25 años de trabajos forzados en el campo de Ditrarca, al norte de los Urales. La verdad es que aquello no era diferente a los demás campos conocidos. Llegué a mi nuevo destino a finales de 1951, tenía entonces 32 años de edad.

-¿Quién había en aquel penal, sólo condenados por delitos de alta peligrosidad?

-El sistema penitenciario d Ditrarca era el común, trabajo en una fábrica y lo de siempre. Allí me encontré con un coronel alemán del cuerpo jurídico, a través de él conseguí que mi familia supiera que yo estaba vivo.

Ángel Salamanca se emociona en este pasaje de su narración. No pude evitar el silencio por unos momentos, se le quiebra la voz y los ojos diríase que se le empañan con una leve catarata d recuerdo.

-¿Fue difícil ese primer contacto entre dos mundos tan distantes como los Urales y tu tierra toledana?

-Y tan difícil. El coronel alemán tenía contactos con los evangelistas de su país. Los españoles no podíamos escribir ni dar señales de vida, menos un condenado como yo. A instancias de él reparé un mensaje relativamente críptico, en una tarjeta dirigida a una dirección convenida escribí: “Amigo Jon, espero que sigas guardando los libros de Cervantes que te presté. A Plan y Daniel, gracias por los puros. No sabes cómo echo de menos las cacerías en Escalonilla2. El coronel alemán lo tradujo a su idioma y yo copié el texto con mi letra por si llegaba a mis padres. La tarjeta llegó a Colonia, los evangelistas la pasaron a un profesor español y éste a un hijo suyo que estudiaba en Madrid. El mensaje fue entendido perfectamente y mis padres pudieron ver mi letra. Unos meses más tarde y por la misma vía, recibía yo el acuse de recibo en forma de latas de conserva procedentes de España. Ya no estaba muerto para los míos.

– ¿Fomentó tu esperanza aquella “correspondencia” con tus padres?

– Sin duda, máxime cuando unos meses después, en el campo de Ditrarca recibimos ropa nueva y la orden de embarcar hacia Moscú. En el mismo campo de Riviske Mori se nos dijo que iban a repatriarnos, pero pasó un año, ya sin trabajar y con mejor trato, y la repatriación no llegaba. Sería a primeros de 1954 cuando un nuevo viaje nos trasladó hasta el campo de Krasnipol, cerca de Stalingrado. Allí estaban todos los españoles. Habían transcurrido once años desde que nos separamos. De aquel lugar pasamos a Odessa y sin creérnoslo todavía, al puerto, donde embarcaríamos rumbo a España. Los vagones de aquel nuestro último tren, quedaron grabados a punta de clavo por los antifascistas españoles que no pudieron volver. Allí marcaron las direcciones de sus padres y mensajes a escondidas de los rusos, porque éstos, en un ejercicio de maldad inaudita, les obligaron a prepararnos el tren que nos habría de llevar a la patria.

España

A bordo del Semiramis y después de una larga singladura los repatriados llegaban a Barcelona. Desde Mallorca escuchaban ya Radio Nacional de España y a través de las ondas de esta emisora supieron del recibimiento que les aguardaba en la ciudad condal.

-Fue apoteósico, indescriptible, el puerto estaba lleno de pequeñas embarcaciones que nos escoltaban haciendo sonar sus sirenas. Durante la maniobra de atraque del Semiramis, muchos de aquellos marineros subieron hasta cubierta ayudados por nosotros, de modo que al llegar se había duplicado el pasaje. Cuando se instaló la escalerilla durante un rato nadie pudo subir ni bajar por el enorme tapón que se formó en ella. Aquello fue grandioso, grandioso.

-¿Estaba prevista alguna recepción por parte de las autoridades?

Ángel Salamanca reunido con su familia en 1954

-Supongo que sí, pero yo no me enteré. El Capitán Palacios me había ordenado agrupar los hombres en listas de 50 para embarcar en unos autobuses que supuestamente nos aguardaban; pero fue imposible llegar a nada. En el puerto se produjo tal dispersión que nadie pudo volvernos a controlar una vez en tierra. Los repatriados nos distribuimos por Barcelona y España entera sin que nadie pudiera hacer nada para evitarlo. Barcelona y sus gentes nos acogieron maravillosamente, fue un recibimiento inolvidable.

-¿Cómo fue el encuentro con tu familia?

-Puedes figuráterlo, ya en Barcelona me aguardaban mis hermanos Carlos y Julio. En Madrid estaba mi padre, y en la estación de Torrijos pude abrazar a mi madre. Después, tres kilómetros antes de llegar al pueblo toda Escalonilla me estaba esperando; coches, caballos, gente a pie… se organizó una auténtica procesión en la que parecía que el santo era yo. Nunca agradeceré lo suficiente a mis paisanos aquel recibimiento.

-Tú eras sargento de Infantería desde 1938, como unos cuantos compañeros más, habían transcurrido 16 años desde vuestro ascenso. ¿Qué hicieron las autoridades militares con vosotros una vez repatriados?

-En mi caso quedé en Escalonilla, bajo los cuidados de mi madre que se empeñó en reponerme a base de ponches de huevo y leche; y lo consiguió. Pasaron uno, dos meses y el Ejército no saba señales. Yo sabía que Palacios y demás oficiales habían sido ascendidos a comandantes, pero de los sargentos ni una palabra.

-¿Os pusisteis en contacto con Capitanía General o Gobierno Militar recordando que estabais aquí?

-Hasta tres veces escribí al Gobierno de Madrid. A la tercera me contestaron que como era provisional tenía que hacer el curso de transformación junto con los demás compañeros repatriados. Pero entonces yo estaba trabajando en el Instituto Nacional de Previsión, ocupando un empleo que me ofrecieron a cambio del dinero que había mandado Alemania en concepto de indemnización por los muertos en la campaña, entre ellos los prisioneros.

-¿Hiciste el curso de transformación?

-En el regimiento de Infantería Inmemorial Nº1, por cierto que con un trato poco caballeresco por parte del coronel y alguno más. Al cabo de cinco meses nos hicieron efectivos, negándonos el ascenso que nos equiparase a los compañeros de activo. Después de numerosas reclamaciones fuimos convocados al curso de Brigadas y una vez aprobado creo que todos nos volvimos a incorporar a nuestros destinos de carácter civil, de los que nos hallábamos en excedencia mientras asistíamos a los cursos.

-Hasta ahora nada has dicho de la Medalla Militar, ¿cómo fue su concesión?

-La Medalla me fue concedida en 1969, quince años después de regresar a España. Un buen día me encontré en la calle con el General Laureado Gómez de Zamalloa, él sabía que yo había sido propuesto para la condecoración y me preguntó por ella. Al decirle que no sabía nada me prometió comentarlo con el ministro del Ejército. Tras una serie de gestiones oficiales se descubrió que los papeles estaban en casa del General García Rebull. ¡Allí podían estar! Poco después, en el D.O. nº 69 me salía la concesión.

Una deuda pendiente

Un gesto de amargura se trasluce en el rostro de Ángel Salamanca, no quiere tocar este tema que evidentemente le produce daño. Insistimos en aclarar este último capitulo de la historia militar del héroe.

Ángel Salamanca de paisano al pie de la tribuna principal en el desfile de 2012

-Por entonces ya era laureado el Capitán Palacios, la cruz le fue impuesta por el Caudillo en Santander el 16 de julio de 1968. En el acto de la apertura de la Semana Naval, ¿cuándo y por quién fue impuesta a ti la Medalla Militar?

-Nunca y por nadie.

-¿Estás diciendo que tienes una altísima condecoración, la que llevas en miniatura prendida en el ojal de la chaqueta, y todavía no te ha sido impuesta oficialmente?

-Así es. Según el reglamento de la Medalla ésta debe ser impuesta al menos ante un batallón formado. Yo solicité en su día que me fuese impuesta al menos por alguna autoridad militar, el Gobierno de Madrid me contestó diciendo que se trataba por mi parte de una petición viciosa ya que nadie puede reclamar para sí mismo ningún tipo de honores. Aún conservo ese escrito, mi última comunicación con el Ejército, pero, en fin, esto más vale ni tocarlo ya.

Hasta aquí el testimonio de un soldado que ha servido a su patria con las armas en la más cruenta confrontación armada de nuestra historia contemnporánea.


6 respuestas a «Ángel Salamanca Salamanca. Medalla Militar Individual»

  1. ¡¡¡Que pena!!!
    Tras el heroísmo en combate, y el superior heroísmo de su constancia en el largo cautiverio, ver como tratan a un soldado. Algo tristemente frecuente.
    Siempre le quedaría la íntima satisfacción del deber cumplido.
    Sargento Ángel Salamanca Salamanca:
    ¡¡¡PRESENTE!!!

  2. Le dieron la MMI poco mernos que de tapadillo. Si hubieran podido le habrían enviado por un mensajero en moto. Al menos le dejaron ponerse el uniforme y decir unas palabras. Le ascendieron creo q a teniente y pasó a «destinos civiles», pero no nos engañemos, a los generalotes y a los políticos les viene grande todo esto. Si será inútil a laburocracia que a mi padre bien entrados los años le abrieron expediente por no haberse incorporado con su reemplazo en 1938 ¡cuando llevaba MESES combatiendo como voluntario! Fue a la vista con miniaturas de sus medallas -Cruz Roja MM, Medalla Campaña y M. Sufrimientos por las Patria- en la solapa de la chaqueta. Se las dejaron los de Herm. Excombatientes.

  3. Que buen vasallo si tuviese buen señor, es la pura realidad de nuestro querido ejército, no tenemos derecho a sindicato porque se supone que tenemos a nuestros mandos que son los encargados de velar por nuestros intereses, si pero por los cojones.

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