Aniversario del combate de Edchera

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El pasado 13 de Enero se cumplió el 62 aniversario del combate de Edchera en el Sahara Español en el que la XIII Bandera de La Legión sufrió un duro descalabro, bien que al mismo tiempo se cubrió de gloria y escribió una página más de su brillante historia. Rememoramos dicho acontecimiento en el que hubo gran heroísmo junto a varios errores.

(Para más detalles y fotografías inéditas recomendamos vívamente el libro de José Mª Manrique «Ifni-Sáhara 1958: sangriento combate en Edchera» editado por Galland Books)

Preocupado el mando español por conocer con la mayor exactitud posible la verdadera potencia del enemigo, así como también dónde se encontraba su centro neurálgico, de forma idéntica a como se había realizado el 22 de Diciembre de 1957, ordenaba un nuevo reconocimiento por la fuerza para el que en esta ocasión organizó una potente columna formada por la XIII Bandera de la Legión, la 2ª Cía. de la IV Bandera, un destacamento del Grupo de Policía Indígena núm. 3, una sección de automóviles y dos vehículos-radio del Regimiento de Transmisiones de El Pardo.

Rivas Nadal
Jaúregui

La citada Bandera legionaria, que ya venía operando con éxito desde el comienzo del conflicto, y que acababa de cosechar un rotundo éxito en el reconocimiento del 22 de Diciembre, estaba mandada por el Cte. Ricardo Rivas Nadal, de 38 años, con amplia experiencia de combate desde los 17 años en la Cruzada y tras ella en la División Azul; la Bandera estaba integrada por una Cía. de Plana Mayor y Servicios mandada por el Cap. Adrián Casado Castell y tres Cía,s de Fusiles mandadas por los Cap,s Fernando Girón Mainar, Agustín Jáuregui Abellán y Venerando Pérez Guerra, y una Cía. de Armas de Apoyo al mando del Tte. Ismael del Barco Villar. En total, la XIII Bandera contaba con unos 500 hombres –más cinco guías indígenas mandados por un Sargento– armados según su categoría y encuadramiento con el mosquetón Mauser Coruña 1943 de 7,92 mm, subfusiles Star Z-45 de 9 mm, pistolas Star de 9 mm, algunos fusiles-ametralladores FAO y granadas de mano PO-I y PO-II; la Cía. de Armas de Apoyo estaba dotada con ocho ametralladoras Alfa-44 de 7,92 mm, seis morteros Valero de 81 mm, seis cañones sin retroceso de fabricación norteamericana de 75 mm –que no pudieron utilizarse al impedirlo el terreno– y un cañón de acompañamiento 75/13 Placencia Modelo 1945 perteneciente a la Cía. de Máquinas del Tabor de Tiradores. Para su desplazamiento, la Bandera contaba con Jeeps Willis CJ-3A, camiones Ford K, orugas blindados COB y semiorugas White M-3A1 armados con una ametralladora Alfa. La misión de la Bandera era «…Obtener información de contacto, mediante servicios de exploración, en dirección Mesaid-Edchera (al sureste de El Aiún) y curso del Uad el Jat… mediante patrullas a pie de pequeña entidad… Realizar movimientos en fuerza… para consolidar el dominio de la costa y garantizar la libre disposición de la pista en el sector asignado…».

Patrulla motorizada legionaria

De acuerdo a lo ordenado, la columna se puso en marcha en la madrugada del 13 de Enero de 1958 partiendo de El Aiún por su salida norte, atravesando el cauce de la Saguia el-Hamra, girando hacia el sureste. La Bandera se dispuso en orden de combate avanzando en tres núcleos: un primer núcleo formado por la 2ª Cía. del Cap. Jáuregui –llevando como extrema vanguardia sobre jeeps a la sección del Tte. Martín Gamborino– y la 3ª Cía. en misión de flanqueo; un segundo núcleo, a cierta distancia, formado por la Cía. de Plana Mayor y la 5ª Cía.; otro tercer núcleo, como retaguardia, algo más retrasado que los otros, formado por la 1ª Cía.; a su vez cada núcleo llevaba desplegada su propia vanguardia, flanqueo y retaguardia para darse seguridad a sí mismo.

Fuerte de Edchera
Cap. Casado

Sobre las 10,15 h., cuando la columna se encontraba a unos dos kilómetros de Edchera, una docena de rebeldes emboscados comenzaron a hacer fuego sobre los jeeps de la sección del Tte. Martín Gamborino. Conforme se responde al fuego, los atacantes retroceden a la carrera hacia un área cercana plagada por los clásicos barrancos de la zona, en los cuales se ocultan, toman posiciones y, ahora mejor protegidos, vuelven a hostigar a la vanguardia española. Informado por radio el Cte. Rivas, detuvo el avance del grueso de la columna y ordenó al Cap. Jáuregui que cerrara sobre el enemigo; es en ese momento cuando el Cap. Adrián Casado Castell, jefe de la Cía. de Plana Mayor, y por ello segundo jefe de la Bandera y de la columna –quien durante la Cruzada fuera Alférez Provisional, hombre de gran valía personal y también curtido en la guerra–, aconsejó a Rivas que revocara la orden pues según su experiencia de acuerdo a como se habían desarrollado los acontecimientos lo que el enemigo quería era precisamente que la vanguardia persiguiera a los tiradores para que se introdujera en esa zona de barrancos laberínticos en donde era muy probable que tuviera bien preparada una emboscada de gran envergadura; no obstante lo aconsejado por el Cap. Casado, el Cte. Rivas mantuvo la orden de avance dada al Cap. Jáuregui.

Flecha azul.- Itinerario de la XIII Bandera hasta el momento en que comenzó a ser hostigada Rectángulos azules.- Posición de las Compañías de la XIII Bandera de la Legión Flechas rojas.- Moros insurrectos que abrieron fuego contra la Sección de Martín Gamborino retirándose después a los riscos.

El Cap. Jáuregui, de acuerdo a lo ordenado por Rivas, desplegó a su 2ª Cía. y cerró sobre los rebeldes que, de repente, desaparecieron como si se los hubiera tragado la tierra. Detenida la Compañía al borde de los riscos, el Capitán ordenó una serie de reconocimientos en varias direcciones, encontrándose algunos camellos ensillados que los legionarios mataron, pues sin duda pertenecían a los rebeldes; no obstante tan extraña situación, el Capitán tenía la certeza de que el enemigo debía seguir por las inmediaciones, pues había huido a pie.

Insurgentes saharauis

Conforme la Compañía de Jáuregui continuó con sus reconocimientos y se introducía en el cauce seco de la Saguia, la 1ª Cía. del Cap. Girón, que iba en misión de flanqueo, se adelantó para ayudarla y protegerla en su busca del enemigo pero, transcurridas varias horas sin que se diera con los rebeldes, el Cap. Girón ordenó el repliegue de su unidad. Al observar dicho movimiento, que Jáuregui no esperaba, dicho Capitán comunicó alarmado por radio al Cte. Rivas «Mi Comandante, Girón que se va para arriba y yo que estoy aquí solo, ¿por qué no me deja a alguien?».

De acuerdo con la petición de Jáuregui, el Cap. Girón ordenó a la Sección que mandaba el Brigada Francisco Fadrique Castromonte –veterano de la División Azul– que acudiera en apoyo de aquél, para lo cual se introdujo también en los barrancos. Fue entonces, cuando la Cía. del Cap. Girón se había retirado, y permanecían en el interior del lecho seco de la Saguia buena parte de la Compañía de Jáuregui y la Sección del Brigada Fadrique, cuando el enemigo creyó llegado su momento y, saliendo de lugares donde de forma inverosímil había permanecido oculto cogiendo por sorpresa a los legionarios sobre los que hizo un fuego intensísimo y muy eficaz tanto de frente como de flanco desde posiciones dominantes bien elegidas con antelación «Sobre las 14,30 h. la estación (de radio) de vanguardia (que iba con el Cap. Jáuregui) comunicó… que estaba siendo rodeada por el enemigo, por lo cual solicitaba apoyo por orden del jefe de la exploración (es decir del Cap. Jáuregui) enviando también a los ayudantes en busca de refuerzos, por lo que se quedó el Cabo 1º solo, manteniendo el enlace en lo posible, dado que ya había sido ametrallado el vehículo e incapacitado para el repliegue; el citado Cabo 1º se parapetó, haciendo fuego al enemigo, sin alejarse del equipo ni perderlo de vista…»; sobre las 16,00 h. la radio resultaría destruida por los disparos de los rebeldes.

Flechas azules continuas.- Movimiento de las unidades que se vieron directamente implicadas en la emboscada mora Flechas azules de puntos.- Movimientos de las unidades que acudieron en ayuda de las anteriores Flechas rojas.- Rebeldes moros
Fadrique

El combate se generalizó rápidamente, bien que a su inicio las primeras comunicaciones de Jáuregui denotaban gran confianza en poder solventar la situación, no obstante lo cual, y por estar a la escucha el mando en El Aaiún, como quiera que se consideraba que el enemigo podía muy bien tener gran fortaleza y parecía que se había tomado contacto serio con él, se ordenó la inmediata salida de una Compañía de la IV Bandera para que acudiera a reforzar a la XIII.

El ataque rebelde se intensificó conforme pasaba el tiempo, seguros los moros de que tenían bien cogida a su presa, provocando que las bajas legionarias no cesaran de aumentar. El Brigada Fadrique, que observó al Cap. Jáuregui y al grupo de legionarios que le acompañaban en situación dificilísima, intentó socorrerles con su Sección, pero el fuego enemigo, siempre intenso y muy eficaz se lo impidió. Fadrique ordenó entonces la retirada de sus hombres para sacarlos de la trampa de la Saguia, pero pocos lo conseguirían pues de los 31 hombres que componían dicha unidad 20 quedaron en el campo, incluido Fadrique que entregó su vida cubriendo con un fusil-ametrallador hasta agotar las municiones la retirada de sus hombres; junto a él lo hizo también el legionario Juan Maderal Oleaga que no quiso retirarse decidiendo permanecer hasta morir junto a su jefe –tanto el Brigada Fadrique, como el legionario Maderal, serían condecorados con la Cruz Laureada de San Fernando–; su hermano José María, presidente de la Hermandad de Caballeros Legionarios de Vizcaya sería vilmente asesinado por ETA en Marzo de 1979.

Oficiales de la XIII Bandera. Dos resultaron muertos y tres heridos

Con la vanguardia de la XIII Bandera prácticamente cercada en el interior de la Saguia y siendo objeto de durísimo castigo, los rebeldes, crecidos, se decidieron entonces a atacar al resto de la Bandera que permanecía al descubierto en la llanura. Así, el grueso de la Bandera comenzó a recibir un certero fuego, incluyendo el de morteros, desde varios lados que la inmovilizó impidiendo que pudiera acudir en socorro de Jáuregui y los suyos. Son varios los testimonios de supervivientes que dan fe del dramatismo del aquellos momentos «…los jefes de pelotón habían causado baja; Vizcaíno (Teniente de 1ª Cía.) incorporó un poco el tronco, con los codos apoyados en el suelo para mirar por los prismáticos, buscando la situación de las armas enemigas, sin hacer caso del fuego que nos dirigían, hasta que recibió un impacto en el cuello que le hizo girar sobre sí mismo en el terreno, muriendo en el acto, sin pronunciar palabra y quedando inmóvil… La Compañía había quedado neutralizada; el fuego enemigo nos buscaba rozándonos la espalda… no se podía hacer nada más que dejar pasar el tiempo para replegarnos al atardecer; en espera de que mejorara la situación, me puse a rezar el «Señor mío Jesucristo»… pero el enemigo no me dejó acabar… el Jefe de la Bandera envió… a dos Secciones de la 1ª Compañía… vi llegar a nuestra altura a las dos Secciones citadas, las cuales quedaron igualmente detenidas y neutralizadas… Algunos heridos, que se desangraban, pedían agua, que no podíamos dársela porque no llevábamos cantimplora; su voz se debilitaba hasta que dejaba de oírse…» (Tte. Álvarez López, jefe de morteros). Del fuego no se libraron ni el Cte. Rivas, ni su Plana Mayor; de tal forma era su intensidad y acierto, que prácticamente todos los vehículos quedaron inmovilizados e inservibles, debiendo sus ocupantes desalojarlos para cubrirse como mejor pudieron; varios de los conductores no lo consiguieron quedando fulminados en el interior de sus cabinas.

Maderal

Cuando la situación de la XIII Bandera se hacía cada vez más insostenible, llegó al lugar del combate la 2ª Cía. de la IV Bandera que se había enviado en su ayuda, encontrándose con la cruda realidad de lo que ocurría «…el fuego era intensísimo, el enemigo había ocupado toda la parte del acantilado que cubría el frente de la Bandera desplegada y, acurrucado en los recovecos del borde de la Saguia, tenía fijadas a las unidades que lo afrontaban; había caído el Teniente Vizcaíno y estaba tan cerca del acantilado el Teniente Gamborino que no era posible el contacto con él… el Capitán Casado, de la Plana, daba saltos de desesperación…».

Es entonces cuando desde El Aaiún se ordenó al Cte. Rivas la ruptura del contacto con el enemigo y el consiguiente repliegue a posiciones más ventajosas, pero era tan grave la situación que Rivas contestó «…imposible romper el contacto, por ser muy íntimo, habiendo legionarios muy cerca del acantilado sin poderse mover por el intenso fuego enemigo…»; y es que hay que tener en cuenta que a estas alturas, después de más de cinco horas de combate intenso, las posiciones de unos y otros distaban entre los 300 y los 100 metros, algo que muy pocas veces se da, lo que provocaba que la efectividad del fuego de los fusiles de ambos bandos fuera realmente mortífero, de forma que quien osara despegarse siquiera unos centímetros del suelo era baja segura, como vimos le había ocurrido al Tte. Vizcaíno. Asimismo, lo prolongado del combate y la imposibilidad de muchos legionarios para moverse de sus posiciones había dejado a muchos sin municiones al no poderse llegar hasta ellos para suministrarles más una vez habían consumido las que llevaban de dotación; incluso uno de los pelotones de morteros de 81 mm había agotado su dotación. Otra de las razones que alegó Rivas para no ordenar el repliegue era la obligación de cumplir con el Credo Legionario que le obligaba a «…no abandonar jamás a un compañero en el combate…», lo que hubiera sucedido con los numerosos legionarios atrapados en el interior de la Saguia caso de replegarse aquellos que lo hubieran podido hacer.

Sobre las 17,00 h. apareció en el aire un Heinkel He-111 «Pedro» en misión de reconocimiento y bombardeo, pero esto último fue imposible toda vez que para arrojar las bombas de 50 Kg. con que estaba dotado precisaba hacerlo desde unos 1.000 metros de altura para que las espoletas pudieran activar las cargas, lo que hacía que debido a lo reducido de la zona de combate y a la dispersión de los combatientes, así como a la cercanía de unos y otros, fuera imposible evitar que las bombas cayeran sobre los propios legionarios; incluso el avión, que realizó varias pasadas en vuelo rasante, sufrió los impactos de los disparos de los rebeldes, teniendo finalmente que alejarse ante la imposibilidad de cumplir con su misión.

Patrulla legionaria en el Sahara

Fue la llegada de la noche, así como el cansancio que igual que a los legionarios afectaba a los rebeldes, la que resolvió la situación, pues amparados en la oscuridad los rebeldes procedieron a abandonar sus posiciones y a replegarse, rompiendo el contacto con los legionarios que, a su vez, al amparo también de la misma oscuridad vieron llegado el momento de hacer lo propio organizándose una posición defensiva tipo «erizo» protegida por aquellos vehículos que aún funcionaban; Rivas envió a El Aiún en un camión a los muertos que pudo recogerse del campo, pero el vehículo se perdió, optando su conductor, sobre las tres de la madrugada del día 14, por regresar, incorporándose a la Bandera que ya dicho día pudo recoger todos los cadáveres de los legionarios fallecidos, organizarse y regresar a El Aaiún.

Con la luz del día, pero aún más al llegar a la capital del Sahara, la magnitud de la tragedia se hizo evidente. Por parte española había habido 48 muertos –40 en el combate y ocho en los días posteriores a causa de las graves heridas recibidas, entre ellos el Cap. Jáuregui, los Tte,s Vizcaíno y Gamborino, el Brigada Fadrique y los Sargentos Simón González, Arroyo Lasheras y Fernández Valverde, cuatro Cabos 1ª y cuatro Cabos–, así como 64 heridos. El consuelo, si es que lo era, es que los rebeldes habían dejado en el campo cincuenta muertos que fueron enterrados allí mismo, sin que se sepa el número de heridos que debió ser tan numeroso o más que el de legionarios. La dureza del combate de Edchera quedaba así patente.

Entierro de los caídos en Edchera

Por rigor histórico, no podemos dejar de señalar el hecho de que los trágicos resultados del combate de Edchera fueron debidos a un cúmulo de circunstancias entre las que cabe señalar, además del numeroso y bien preparado enemigo, los errores cometidos por el mando español, principalmente: la descoordinación con el Ejército del Aire al que no se había notificado el inicio de la operación por lo que no estuvo preparado para intervenir convenientemente cuando fue necesario; excesiva confianza e incluso cierto desprecio por la capacidad del enemigo a pesar de saberse que la zona de Edchera podía constituir una de sus principales bases; falta de información suficiente al no haberse realizado reconocimientos aéreos concretos; escasez de medios de transmisiones y de apoyo por el fuego, pues como sabemos ni la columna contaba con Artillería, ni la Aviación estaba alertada y cuando se envió a un avión no pudo intervenir; la 2ª Cía. del Cap. Jáuregui se introdujo en el cauce de la Saguia sin haber previamente asegurado convenientemente la parte superior de las barrancadas, quedando así expuesto, como ocurrió, a quedar copado por el enemigo; en definitiva, se aceptó un combate para el que la Bandera legionaria no estaba convenientemente preparada, motivo por el cual lo que mal empezó, mal acabó.

Todo lo anterior no sólo no resta un ápice del heroísmo de los legionarios, todos sin excepción, sino que lo hace aún mayor, y para demostrarlo nadie mejor que el enemigo al que hubo de enfrentarse «…lo que más nos admiró de vuestros legionarios fue que si uno caía, inmediatamente iba otro a sacarlo de allí, y si matábamos al segundo siempre había un tercero para jugarse la vida; pido a Alá poder mandar alguna vez soldados que sepan morir con la misma dignidad…» (Declaraciones de Mohamed el Her, uno de los jefes rebeldes que intervino en el combate de Edchera).

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