ESCUCHAR NOTICIA:Hasta la aparición en escena de Antonio Gramsci, nadie había descrito con precisión la arquitectura invisible que subyacía bajo la construcción política de la sociedad occidental. La realidad es que su análisis resulta perturbador por elocuente, e inquietante por verosimil. Un marxista convencido como él, vio lo que hasta entonces ninguno de sus compañeros había visto con clarividencia. Pero, sobre todo, puso las bases para la transformación real que se ha producido en las mentes de los habitantes del llamado mundo occidental.
Antonio Gramsci
En gran medida, no sería descabellado afirmar que el comienzo de la modernidad cultural y su corolario actual de postmodernidad liquida, hueca y maloliente, tiene su origen en las ideas del pensador italiano. De igual forma que en su momento, la llegada de Maquiavelo, represento una ruptura total con la forma de comprender la actividad y el pensamiento político que existía anteriormente.
¿En qué consistió su singular aportación? Una aportación que moldearía conciencias y transformaría la naturaleza antropológica, filosófica e ideológica europea y mundial hasta llegar al mundo que vivimos. Pues ni más ni menos que en el concepto de “hegemonía cultural” ¿En que consiste, por tanto, esta?
Gramsci comprendió que la revolución comunista era imposible según los enunciados y preceptos del viejo maestro alemán creador de la doctrina “científica”. Es decir, la revolución de los trabajadores se había producido precisamente donde era menos probable que se produjese, en Rusia. Un país con un capitalismo solo balbuceante, con un desarrollo social aún deficitario, y con una clase proletaria industrial poco numerosa cualitativamente en comparación con los países más desarrollados de Europa.
Lo cierto, es que Gramsci, uno de los fundadores del Partido Comunista italiano, había comprendido, por tanto, que los trabajadores de las sociedades capitalistas europeas, no solo no apoyaban la revolución marxista en sus respectivos países, sino que incluso en muchos casos estaban abiertamente en contra de ella. Los partidos comunistas no terminaban de cosechar fracasos electorales, y la perspectiva de una inevitable revolución por simple consecuencia final de las contradicciones del sistema capitalista, era una pura quimera, solo existente en la mente y en los papeles escritos por Marx.
Por tanto, el problema no era de carácter económico, como la ortodoxia marxista se empeñaba en proclamar. Sino de invisible carácter cultural. Es decir, de ambiente, de entorno cultural. El pensador italiano comprendió que cualquier proyecto político que no tomara en cuanta la dimensión cultural del poder, estaba condenado a fracasar. Independientemente de la razón de sus argumentos.
Según el viejo esquema conceptual marxista la estructura económica era la base real de la sociedad, al generar unas relaciones sociales determinadas que respaldaban a esa misma sociedad que las creó retroalimentándola y manteniendola estable. Por tanto, eran los medios de producción y su propiedad lo que determinaría la naturaleza social y el destino de la sociedad en su conjunto. Tomando el control de estos instrumentos por la clase trabajadora, el resto de los elementos que componen la sociedad, la llamada superestructura ideológica-cultural, es decir la cultura, la educación, la ideología, la política, o las creencias, se acomodarían por sí solos y podrían ser redirigidos en la dirección correcta, según el planteamiento teórico marxista.
Este esquema fue considerado por Gramsci un grave error de análisis, y subvertido para darle la vuelta completamente afirmando todo lo contrario. O sea, para él, la llamada superestructura (ideas, valores creencias) no son una consecuencia de la estructura económica, sino su causa, su puro sustento, su origen. Los elementos superestructurales no son solo consecuencias de un determinado orden económico, sino que son las condiciones previas necesarias para la existencia de ese orden económico supuestamente injusto. De tal forma ella, la llamada en lenguaje marxista, superestructura, es la que hace posible que ese orden se reproduzca día tras día sin necesidad de violencia constante.
Gramsci, recuperó la palabra “hegemonía” para darle un nuevo significado, que sería la clave de todo su andamiaje ideológico, un andamiaje que ha salpicado a todo el pensamiento actual incluyendo el de personas que nunca han oído hablar de este personaje.
La hegemonía, por tanto, es la capacidad de un determinado grupo social para presentar su propia visión del mundo como si fuera la visión única posible. De hacer que sus valores específicos parezcan simplemente los únicos valores humanos posibles, y de transformar la perspectiva sobre lo que es justo o injusto. De este modo, los trabajadores no querían la revolución porque habían internalizado los valores de la clase dominante, habían aceptado de forma inconsciente una visión del mundo que servía a los intereses de quienes los explotaban. Obedecían naturalmente porque creian que el orden conceptual existente era legítimo. Eso es lo que Gramsci denomina “hegemonía cultural”. Según su razonamiento, se trata de un proceso tan sutil como efectivo, porque articula el conjunto de valores, narrativas, categorías y marcos interpretativos que una clase dominante logra instalar sobre el conjunto de la sociedad.
Por tanto, si la dominación es cultural antes que política, entonces la revolución marxista debería ser cultural antes que política. Se trataba de desmontar el andamiaje hegemónico de la sociedad premarxista, para ensamblarlo posteriormente desde otros principios.
Así pues, para alcanzarlo había que construir antes una “hegemonía cultural alternativa” ¿Pero donde se encuentra el terreno propicio para edificar esa nueva hegemonía? Gramsci, localizó cinco territorios fundamentales para excavar los cimientos de la nueva sociedad, que son al mismo tiempo los baluartes de la hegemonía actual que es preciso destruir: La educación, los medios de comunicación, el arte y la cultura, la religión y la familia.
Cinco instituciones que transmiten hegemonía, cada una a su manera, pero que conforman el código social, moral e ideológico del mundo actual. El plan era avanzar lenta pero sistemáticamente colonizándolas, controlándolas, dominándolas… y destruyéndolas. El proceso aún continúa.
La primera, La escuela y la universidad, se trata de instituciones que no transmiten un conocimiento neutro. Transmiten un visión del mundo, formulan las preguntas autorizadas, y dan las respuestas aceptables. Y eso lo hacen desde que el individuo en un libro en blanco a partir de su infancia. La escuela determina que personajes son admirables y que perspectiva es la conveniente para acercarse al mundo. Por tanto, quien controla los contenidos educativos, los planes de estudio y la formación de los docentes, controla la narrativa conceptual que se instala en la sociedad. La invasión en este campo ha sido todo un éxito, con planes de enseñanza ideologizados, teorías pedagógicas progresistas, y perspectivas inclusivas por doquier.
La segunda, los medios de comunicación. Los medios no solo informan de la realidad, la enmarcan decidiendo que es noticia y que no lo es. Los medios controlan el vocabulario, la controversia y la opinión, modulan el tono y emiten los términos del debate político y social. En última instancia catalogan al ciudadano según sus puntos de vista, pudiendo apartarlo a la periferia si estos son inconvenientes, mediante el simple procedimiento de silenciar su voz. Es la llamada cancelación, anteriormente conocida como ostracismo.
La tercera es el arte y la cultura. El arte no argumenta pero forma intelectualmente a la persona. Películas, novelas, ensayos e imágenes gráficas no formulan elementos objetivos pero crean intuiciones morales que construyen simpatías de forma emocionalmente muy poderosa. Se trata de un modo sutil de influir en el pensamiento social y de dirigirlo hacia un destino programado. Quizás sea el ámbito de acción para el cambio de conciencias mas eficaz a largo plazo. Los intelectuales que pululan en este ámbito son la mejor demostración del éxito gramsciano.
La cuarta, es la religión. El propio Gramsci reconocía que la iglesia católica era el mejor ejemplo de éxito de una institución dedicada a la hegemonía cultural en occidente, y en gran medida se convertía en un modelo a seguir para la culminación de su estrategia. No se trataba de combatirla frontalmente, sino de vaciarla de contenido doctrinal y llenarla de contenido político. Convertir las instituciones religiosas en guardianes de la nueva moral que sustituiría a la antigua. A la vista está que lo ha conseguido. El concilio Vaticano II, la teología de la liberación, y los dos últimos ocupantes de la silla de San Pedro, son la mejor muestra de ello.
La quinta, es la familia, la institución que transmite valores de generación en generación sin intermediarios, sin que el estado, la escuela y los medios de comunicación puedan intervenir directamente en el proceso (aunque en la actualidad los algoritmos del teléfono móvil, están cambiado esta situación). La familia, por tanto, es el obstáculo final del proyecto de hegemonía cultural marxista. Se trata de redifinirla gradualmente ampliando su significado, su contenido y sus características, cuestionando su papel en la transmisión de valores como algo autoritario y tradicional, anacrónico y antiguo. Adulterando el matrimonio, transformando la identidades filiales y ampliando su naturaleza, la familia es un constante objetivo para su deconstrucción por el poder hegemónico.
Gramsci puso la teoría, sentó las bases de la estrategia, y definió los objetivos. Luego llegaría la Escuela de Fankfurt, con sus intelectuales y su metodología táctica. Ellos pusieron en marcha el proceso deconstructivo según los principios del pensador italiano… Por lo que se ve con gran éxito de crítica y publico.
Tanto la izquierda, como la derecha comulgan con la misma rueda de molino ideológica. El pensamiento de una gran masa de personas del mundo actual deriva de estos hechos. Como hojas movidas por el viento, ellos no lo saben ni tienen idea de de semejante circunstancia, pero huérfanos de sentido crítico y sonámbulos en medio de la realidad, siguen su camino por la senda trazada muchos años antes por los ingenieros de la construcción social.Pulse para escuchar el textoHasta la aparición en escena de Antonio Gramsci, nadie había descrito con precisión la arquitectura invisible que subyacía bajo la construcción política de la sociedad occidental. La realidad es que su análisis resulta perturbador por elocuente, e inquietante por verosimil. Un marxista convencido como él, vio lo que hasta entonces ninguno de sus compañeros había visto con clarividencia. Pero, sobre todo, puso las bases para la transformación real que se ha producido en las mentes de los habitantes del llamado mundo occidental.
Antonio Gramsci
En gran medida, no sería descabellado afirmar que el comienzo de la modernidad cultural y su corolario actual de postmodernidad liquida, hueca y maloliente, tiene su origen en las ideas del pensador italiano. De igual forma que en su momento, la llegada de Maquiavelo, represento una ruptura total con la forma de comprender la actividad y el pensamiento político que existía anteriormente.
¿En qué consistió su singular aportación? Una aportación que moldearía conciencias y transformaría la naturaleza antropológica, filosófica e ideológica europea y mundial hasta llegar al mundo que vivimos. Pues ni más ni menos que en el concepto de “hegemonía cultural” ¿En que consiste, por tanto, esta?
Gramsci comprendió que la revolución comunista era imposible según los enunciados y preceptos del viejo maestro alemán creador de la doctrina “científica”. Es decir, la revolución de los trabajadores se había producido precisamente donde era menos probable que se produjese, en Rusia. Un país con un capitalismo solo balbuceante, con un desarrollo social aún deficitario, y con una clase proletaria industrial poco numerosa cualitativamente en comparación con los países más desarrollados de Europa.
Lo cierto, es que Gramsci, uno de los fundadores del Partido Comunista italiano, había comprendido, por tanto, que los trabajadores de las sociedades capitalistas europeas, no solo no apoyaban la revolución marxista en sus respectivos países, sino que incluso en muchos casos estaban abiertamente en contra de ella. Los partidos comunistas no terminaban de cosechar fracasos electorales, y la perspectiva de una inevitable revolución por simple consecuencia final de las contradicciones del sistema capitalista, era una pura quimera, solo existente en la mente y en los papeles escritos por Marx.
Por tanto, el problema no era de carácter económico, como la ortodoxia marxista se empeñaba en proclamar. Sino de invisible carácter cultural. Es decir, de ambiente, de entorno cultural. El pensador italiano comprendió que cualquier proyecto político que no tomara en cuanta la dimensión cultural del poder, estaba condenado a fracasar. Independientemente de la razón de sus argumentos.
Según el viejo esquema conceptual marxista la estructura económica era la base real de la sociedad, al generar unas relaciones sociales determinadas que respaldaban a esa misma sociedad que las creó retroalimentándola y manteniendola estable. Por tanto, eran los medios de producción y su propiedad lo que determinaría la naturaleza social y el destino de la sociedad en su conjunto. Tomando el control de estos instrumentos por la clase trabajadora, el resto de los elementos que componen la sociedad, la llamada superestructura ideológica-cultural, es decir la cultura, la educación, la ideología, la política, o las creencias, se acomodarían por sí solos y podrían ser redirigidos en la dirección correcta, según el planteamiento teórico marxista.
Este esquema fue considerado por Gramsci un grave error de análisis, y subvertido para darle la vuelta completamente afirmando todo lo contrario. O sea, para él, la llamada superestructura (ideas, valores creencias) no son una consecuencia de la estructura económica, sino su causa, su puro sustento, su origen. Los elementos superestructurales no son solo consecuencias de un determinado orden económico, sino que son las condiciones previas necesarias para la existencia de ese orden económico supuestamente injusto. De tal forma ella, la llamada en lenguaje marxista, superestructura, es la que hace posible que ese orden se reproduzca día tras día sin necesidad de violencia constante.
Gramsci, recuperó la palabra “hegemonía” para darle un nuevo significado, que sería la clave de todo su andamiaje ideológico, un andamiaje que ha salpicado a todo el pensamiento actual incluyendo el de personas que nunca han oído hablar de este personaje.
La hegemonía, por tanto, es la capacidad de un determinado grupo social para presentar su propia visión del mundo como si fuera la visión única posible. De hacer que sus valores específicos parezcan simplemente los únicos valores humanos posibles, y de transformar la perspectiva sobre lo que es justo o injusto. De este modo, los trabajadores no querían la revolución porque habían internalizado los valores de la clase dominante, habían aceptado de forma inconsciente una visión del mundo que servía a los intereses de quienes los explotaban. Obedecían naturalmente porque creian que el orden conceptual existente era legítimo. Eso es lo que Gramsci denomina “hegemonía cultural”. Según su razonamiento, se trata de un proceso tan sutil como efectivo, porque articula el conjunto de valores, narrativas, categorías y marcos interpretativos que una clase dominante logra instalar sobre el conjunto de la sociedad.
Por tanto, si la dominación es cultural antes que política, entonces la revolución marxista debería ser cultural antes que política. Se trataba de desmontar el andamiaje hegemónico de la sociedad premarxista, para ensamblarlo posteriormente desde otros principios.
Así pues, para alcanzarlo había que construir antes una “hegemonía cultural alternativa” ¿Pero donde se encuentra el terreno propicio para edificar esa nueva hegemonía? Gramsci, localizó cinco territorios fundamentales para excavar los cimientos de la nueva sociedad, que son al mismo tiempo los baluartes de la hegemonía actual que es preciso destruir: La educación, los medios de comunicación, el arte y la cultura, la religión y la familia.
Cinco instituciones que transmiten hegemonía, cada una a su manera, pero que conforman el código social, moral e ideológico del mundo actual. El plan era avanzar lenta pero sistemáticamente colonizándolas, controlándolas, dominándolas… y destruyéndolas. El proceso aún continúa.
La primera, La escuela y la universidad, se trata de instituciones que no transmiten un conocimiento neutro. Transmiten un visión del mundo, formulan las preguntas autorizadas, y dan las respuestas aceptables. Y eso lo hacen desde que el individuo en un libro en blanco a partir de su infancia. La escuela determina que personajes son admirables y que perspectiva es la conveniente para acercarse al mundo. Por tanto, quien controla los contenidos educativos, los planes de estudio y la formación de los docentes, controla la narrativa conceptual que se instala en la sociedad. La invasión en este campo ha sido todo un éxito, con planes de enseñanza ideologizados, teorías pedagógicas progresistas, y perspectivas inclusivas por doquier.
La segunda, los medios de comunicación. Los medios no solo informan de la realidad, la enmarcan decidiendo que es noticia y que no lo es. Los medios controlan el vocabulario, la controversia y la opinión, modulan el tono y emiten los términos del debate político y social. En última instancia catalogan al ciudadano según sus puntos de vista, pudiendo apartarlo a la periferia si estos son inconvenientes, mediante el simple procedimiento de silenciar su voz. Es la llamada cancelación, anteriormente conocida como ostracismo.
La tercera es el arte y la cultura. El arte no argumenta pero forma intelectualmente a la persona. Películas, novelas, ensayos e imágenes gráficas no formulan elementos objetivos pero crean intuiciones morales que construyen simpatías de forma emocionalmente muy poderosa. Se trata de un modo sutil de influir en el pensamiento social y de dirigirlo hacia un destino programado. Quizás sea el ámbito de acción para el cambio de conciencias mas eficaz a largo plazo. Los intelectuales que pululan en este ámbito son la mejor demostración del éxito gramsciano.
La cuarta, es la religión. El propio Gramsci reconocía que la iglesia católica era el mejor ejemplo de éxito de una institución dedicada a la hegemonía cultural en occidente, y en gran medida se convertía en un modelo a seguir para la culminación de su estrategia. No se trataba de combatirla frontalmente, sino de vaciarla de contenido doctrinal y llenarla de contenido político. Convertir las instituciones religiosas en guardianes de la nueva moral que sustituiría a la antigua. A la vista está que lo ha conseguido. El concilio Vaticano II, la teología de la liberación, y los dos últimos ocupantes de la silla de San Pedro, son la mejor muestra de ello.
La quinta, es la familia, la institución que transmite valores de generación en generación sin intermediarios, sin que el estado, la escuela y los medios de comunicación puedan intervenir directamente en el proceso (aunque en la actualidad los algoritmos del teléfono móvil, están cambiado esta situación). La familia, por tanto, es el obstáculo final del proyecto de hegemonía cultural marxista. Se trata de redifinirla gradualmente ampliando su significado, su contenido y sus características, cuestionando su papel en la transmisión de valores como algo autoritario y tradicional, anacrónico y antiguo. Adulterando el matrimonio, transformando la identidades filiales y ampliando su naturaleza, la familia es un constante objetivo para su deconstrucción por el poder hegemónico.
Gramsci puso la teoría, sentó las bases de la estrategia, y definió los objetivos. Luego llegaría la Escuela de Fankfurt, con sus intelectuales y su metodología táctica. Ellos pusieron en marcha el proceso deconstructivo según los principios del pensador italiano… Por lo que se ve con gran éxito de crítica y publico.
Tanto la izquierda, como la derecha comulgan con la misma rueda de molino ideológica. El pensamiento de una gran masa de personas del mundo actual deriva de estos hechos. Como hojas movidas por el viento, ellos no lo saben ni tienen idea de de semejante circunstancia, pero huérfanos de sentido crítico y sonámbulos en medio de la realidad, siguen su camino por la senda trazada muchos años antes por los ingenieros de la construcción social.
Hasta la aparición en escena de Antonio Gramsci, nadie había descrito con precisión la arquitectura invisible que subyacía bajo la construcción política de la sociedad occidental. La realidad es que su análisis resulta perturbador por elocuente, e inquietante por verosimil. Un marxista convencido como él, vio lo que hasta entonces ninguno de sus compañeros había visto con clarividencia. Pero, sobre todo, puso las bases para la transformación real que se ha producido en las mentes de los habitantes del llamado mundo occidental.
Antonio Gramsci
En gran medida, no sería descabellado afirmar que el comienzo de la modernidad cultural y su corolario actual de postmodernidad liquida, hueca y maloliente, tiene su origen en las ideas del pensador italiano. De igual forma que en su momento, la llegada de Maquiavelo, represento una ruptura total con la forma de comprender la actividad y el pensamiento político que existía anteriormente.
¿En qué consistió su singular aportación? Una aportación que moldearía conciencias y transformaría la naturaleza antropológica, filosófica e ideológica europea y mundial hasta llegar al mundo que vivimos. Pues ni más ni menos que en el concepto de “hegemonía cultural” ¿En que consiste, por tanto, esta?
Gramsci comprendió que la revolución comunista era imposible según los enunciados y preceptos del viejo maestro alemán creador de la doctrina “científica”. Es decir, la revolución de los trabajadores se había producido precisamente donde era menos probable que se produjese, en Rusia. Un país con un capitalismo solo balbuceante, con un desarrollo social aún deficitario, y con una clase proletaria industrial poco numerosa cualitativamente en comparación con los países más desarrollados de Europa.
Lo cierto, es que Gramsci, uno de los fundadores del Partido Comunista italiano, había comprendido, por tanto, que los trabajadores de las sociedades capitalistas europeas, no solo no apoyaban la revolución marxista en sus respectivos países, sino que incluso en muchos casos estaban abiertamente en contra de ella. Los partidos comunistas no terminaban de cosechar fracasos electorales, y la perspectiva de una inevitable revolución por simple consecuencia final de las contradicciones del sistema capitalista, era una pura quimera, solo existente en la mente y en los papeles escritos por Marx.
Por tanto, el problema no era de carácter económico, como la ortodoxia marxista se empeñaba en proclamar. Sino de invisible carácter cultural. Es decir, de ambiente, de entorno cultural. El pensador italiano comprendió que cualquier proyecto político que no tomara en cuanta la dimensión cultural del poder, estaba condenado a fracasar. Independientemente de la razón de sus argumentos.
Según el viejo esquema conceptual marxista la estructura económica era la base real de la sociedad, al generar unas relaciones sociales determinadas que respaldaban a esa misma sociedad que las creó retroalimentándola y manteniendola estable. Por tanto, eran los medios de producción y su propiedad lo que determinaría la naturaleza social y el destino de la sociedad en su conjunto. Tomando el control de estos instrumentos por la clase trabajadora, el resto de los elementos que componen la sociedad, la llamada superestructura ideológica-cultural, es decir la cultura, la educación, la ideología, la política, o las creencias, se acomodarían por sí solos y podrían ser redirigidos en la dirección correcta, según el planteamiento teórico marxista.
Este esquema fue considerado por Gramsci un grave error de análisis, y subvertido para darle la vuelta completamente afirmando todo lo contrario. O sea, para él, la llamada superestructura (ideas, valores creencias) no son una consecuencia de la estructura económica, sino su causa, su puro sustento, su origen. Los elementos superestructurales no son solo consecuencias de un determinado orden económico, sino que son las condiciones previas necesarias para la existencia de ese orden económico supuestamente injusto. De tal forma ella, la llamada en lenguaje marxista, superestructura, es la que hace posible que ese orden se reproduzca día tras día sin necesidad de violencia constante.
Gramsci, recuperó la palabra “hegemonía” para darle un nuevo significado, que sería la clave de todo su andamiaje ideológico, un andamiaje que ha salpicado a todo el pensamiento actual incluyendo el de personas que nunca han oído hablar de este personaje.
La hegemonía, por tanto, es la capacidad de un determinado grupo social para presentar su propia visión del mundo como si fuera la visión única posible. De hacer que sus valores específicos parezcan simplemente los únicos valores humanos posibles, y de transformar la perspectiva sobre lo que es justo o injusto. De este modo, los trabajadores no querían la revolución porque habían internalizado los valores de la clase dominante, habían aceptado de forma inconsciente una visión del mundo que servía a los intereses de quienes los explotaban. Obedecían naturalmente porque creian que el orden conceptual existente era legítimo. Eso es lo que Gramsci denomina “hegemonía cultural”. Según su razonamiento, se trata de un proceso tan sutil como efectivo, porque articula el conjunto de valores, narrativas, categorías y marcos interpretativos que una clase dominante logra instalar sobre el conjunto de la sociedad.
Por tanto, si la dominación es cultural antes que política, entonces la revolución marxista debería ser cultural antes que política. Se trataba de desmontar el andamiaje hegemónico de la sociedad premarxista, para ensamblarlo posteriormente desde otros principios.
Así pues, para alcanzarlo había que construir antes una “hegemonía cultural alternativa” ¿Pero donde se encuentra el terreno propicio para edificar esa nueva hegemonía? Gramsci, localizó cinco territorios fundamentales para excavar los cimientos de la nueva sociedad, que son al mismo tiempo los baluartes de la hegemonía actual que es preciso destruir: La educación, los medios de comunicación, el arte y la cultura, la religión y la familia.
Cinco instituciones que transmiten hegemonía, cada una a su manera, pero que conforman el código social, moral e ideológico del mundo actual. El plan era avanzar lenta pero sistemáticamente colonizándolas, controlándolas, dominándolas… y destruyéndolas. El proceso aún continúa.
La primera, La escuela y la universidad, se trata de instituciones que no transmiten un conocimiento neutro. Transmiten un visión del mundo, formulan las preguntas autorizadas, y dan las respuestas aceptables. Y eso lo hacen desde que el individuo en un libro en blanco a partir de su infancia. La escuela determina que personajes son admirables y que perspectiva es la conveniente para acercarse al mundo. Por tanto, quien controla los contenidos educativos, los planes de estudio y la formación de los docentes, controla la narrativa conceptual que se instala en la sociedad. La invasión en este campo ha sido todo un éxito, con planes de enseñanza ideologizados, teorías pedagógicas progresistas, y perspectivas inclusivas por doquier.
La segunda, los medios de comunicación. Los medios no solo informan de la realidad, la enmarcan decidiendo que es noticia y que no lo es. Los medios controlan el vocabulario, la controversia y la opinión, modulan el tono y emiten los términos del debate político y social. En última instancia catalogan al ciudadano según sus puntos de vista, pudiendo apartarlo a la periferia si estos son inconvenientes, mediante el simple procedimiento de silenciar su voz. Es la llamada cancelación, anteriormente conocida como ostracismo.
La tercera es el arte y la cultura. El arte no argumenta pero forma intelectualmente a la persona. Películas, novelas, ensayos e imágenes gráficas no formulan elementos objetivos pero crean intuiciones morales que construyen simpatías de forma emocionalmente muy poderosa. Se trata de un modo sutil de influir en el pensamiento social y de dirigirlo hacia un destino programado. Quizás sea el ámbito de acción para el cambio de conciencias mas eficaz a largo plazo. Los intelectuales que pululan en este ámbito son la mejor demostración del éxito gramsciano.
La cuarta, es la religión. El propio Gramsci reconocía que la iglesia católica era el mejor ejemplo de éxito de una institución dedicada a la hegemonía cultural en occidente, y en gran medida se convertía en un modelo a seguir para la culminación de su estrategia. No se trataba de combatirla frontalmente, sino de vaciarla de contenido doctrinal y llenarla de contenido político. Convertir las instituciones religiosas en guardianes de la nueva moral que sustituiría a la antigua. A la vista está que lo ha conseguido. El concilio Vaticano II, la teología de la liberación, y los dos últimos ocupantes de la silla de San Pedro, son la mejor muestra de ello.
La quinta, es la familia, la institución que transmite valores de generación en generación sin intermediarios, sin que el estado, la escuela y los medios de comunicación puedan intervenir directamente en el proceso (aunque en la actualidad los algoritmos del teléfono móvil, están cambiado esta situación). La familia, por tanto, es el obstáculo final del proyecto de hegemonía cultural marxista. Se trata de redifinirla gradualmente ampliando su significado, su contenido y sus características, cuestionando su papel en la transmisión de valores como algo autoritario y tradicional, anacrónico y antiguo. Adulterando el matrimonio, transformando la identidades filiales y ampliando su naturaleza, la familia es un constante objetivo para su deconstrucción por el poder hegemónico.
Gramsci puso la teoría, sentó las bases de la estrategia, y definió los objetivos. Luego llegaría la Escuela de Fankfurt, con sus intelectuales y su metodología táctica. Ellos pusieron en marcha el proceso deconstructivo según los principios del pensador italiano… Por lo que se ve con gran éxito de crítica y publico.
Tanto la izquierda, como la derecha comulgan con la misma rueda de molino ideológica. El pensamiento de una gran masa de personas del mundo actual deriva de estos hechos. Como hojas movidas por el viento, ellos no lo saben ni tienen idea de de semejante circunstancia, pero huérfanos de sentido crítico y sonámbulos en medio de la realidad, siguen su camino por la senda trazada muchos años antes por los ingenieros de la construcción social.
5 respuestas a «Antonio Gramsci y el marxismo cultural»
Excelente artículo. El veneno del marxismo cultural, iniciado por Gramsci y continuado por los 6 intelectuales que crearon la Escuela de Frankfurt, se ha extendido por todos loa paises del mundo occidental hasta tal punto que personas que pertenecen a otras civilizaciones se sorprenden de que tantos ciudadanos del mundo occidental odien o desprecien a su propia civilización. Carl Sagan expresó certeramente que un organismo (como es una civilización) que está en lucha consigo mismo está condenado a la desaparición.
El marxismo cultural no es más que el cambio táctico que tuvo que hacer el socialismo al comprobar que los atentados, los asesinatos y los destrozos que habían desde la llamada «lucha armada» ya no servían.
Y la gente pica
Excelente articulo. Otro articulo podría explicarnos que no es el comunismo, es el mundo anglosajón liberal, el Instituto Tavistock, y USA con sus universidades, medios de comunicación y entertaiment, los grandes propagadores de las ideas de Gramsci.
Excelente artículo. El veneno del marxismo cultural, iniciado por Gramsci y continuado por los 6 intelectuales que crearon la Escuela de Frankfurt, se ha extendido por todos loa paises del mundo occidental hasta tal punto que personas que pertenecen a otras civilizaciones se sorprenden de que tantos ciudadanos del mundo occidental odien o desprecien a su propia civilización. Carl Sagan expresó certeramente que un organismo (como es una civilización) que está en lucha consigo mismo está condenado a la desaparición.
El marxismo cultural no es más que el cambio táctico que tuvo que hacer el socialismo al comprobar que los atentados, los asesinatos y los destrozos que habían desde la llamada «lucha armada» ya no servían.
Y la gente pica
Excelente articulo. Otro articulo podría explicarnos que no es el comunismo, es el mundo anglosajón liberal, el Instituto Tavistock, y USA con sus universidades, medios de comunicación y entertaiment, los grandes propagadores de las ideas de Gramsci.
Lacayos del CAPITAL con mayúsculas; empezando por Marx. Como dicen los Protocolos, hipocresía infinita.
17 tiros debió pegarle Mussolini a este elemento.