Antonio Gullón Fernández, el divisionario que resucitó del frío

P. D. Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Me llamó el padre D. Juan Manuel diciéndome que quería verme. Nada extraño, pues nos vemos regularmente, pero es verdad que en esta ocasión noté algo en su tono que me inquietó. Quería que fuera cuanto antes.

Me presenté en su casa el día y a la hora acordada y me recibió como siempre, con una amplia sonrisa y con su sotana; que yo creo que es su verdadera piel.

Tras unos rápidos saludos, fue directo al grano. Estaba impaciente.

-He recibido tu correo pidiendo colaboraciones para celebrar, como se merece, el centenario de la llegada del Semiramis a España. Magnífica iniciativa.

-No es mía, padre, es de un buen amigo y también colaborador de la web.

-Da igual. Mira lo que tengo aquí.

Y me señaló unos papeles que tenía esparcidos por la mesa, a los que miré con cierta indiferencia.

-Una joya, Paco. Una joya. Son de un divisionario que conocí hace mucho, uno de los del Semiramis, los tenía casi olvidados, pero aquí están.

Pegué un respingo. Entre sorprendido y ávido, miré al padre y a los papeles varias veces, esperando que se explicara.

Unos segundos de silencio.

-Cuénteme, padre, cuénteme.

Antonio Gullón (1993)

-En mi primer año de la Escuela Naval, en 1977, fui a una jura de bandera en Pontevedra. Al terminar, me acerqué a un grupo de señores mayores que habían jurado al final de todos. Uno de ellos tenía un porte especial, se distinguía en todo, incluso mucho más marcial que los demás. Eran veteranos que volvían a jurar bandera. Unas palabras y allí acabó la cosa; entre otras razones porque me apremiaban para subir al autobús de vuelta a la Escuela Naval.

A los pocos días fui a la sede de la Hermandad de la Legión, en Vigo, la más cercana a la Escuela Naval, pues a mí la Legión siempre me ha tirado… Bueno, la Legión, Legión, ya me entiendes, la de verdad. Y allí estaba aquel hombre. No lo dudé y me acerqué a él. Enseguida me reconoció y mostró su alegría.

Fue el comienzo de una gran amistad.

Era Antonio Gullón Fernández, había sido voluntario con 18 años en la División Azul y… uno de los prisioneros, sí, como lo oyes, de los que permanecieron doce años en el Gulag y, claro, de los que volvieron en el Semiramis. ¡Madre mía! Antonio Gullón, a quien Dios tenga en su Gloria, que bien que se lo merecía.

Su historia, que me contó siempre con sencillez, humildad, sin afectación, sin darle importancia, como el que no quiere la cosa, me dejó impresionado; y más casi por esa forma de contarla.

Antonio Gullón (círculo rojo) con los demás repatriados en la cubierta del Semiramis

Fue hecho prisionero durante la batalla de Krasni Bör y… dado por desaparecido y muerto, y así se lo habían comunicado a sus familiares, que no volvieron a saber de él hasta 1949, y aún así de forma vaga, a través de terceros, para luego nada hasta que supieron, en 1953, que su nombre figuraba en la lista de los que venían en el Semiramis. Impresionante. No hay palabras. El dado por muerto resucitaba.

Recordaba mil historias de aquella gran y tremenda hazaña que fue la División Azul y de aquella terrible batalla que fue la de Krasni Bör, donde participó y, claro, cómo no, de aquella otra batalla, la más dura sin duda, pero al tiempo casi la más heroica, que fue la de los doce años en el Gulag.

Recordaba cada nombre, cada rostro, cada risa, cada voz, cada palabra de todos los que conoció durante aquella etapa de su vida. Tenía de todos admirable concepto e imborrable recuerdo. Y lo mejor: lo hacía siempre con serenidad, con calma, sin dolor, con alegría. Siempre dijo que habían sido los mejores años de su vida, incluso a pesar de los sufrimientos sin cuento y de toda clase, de los físicos, y peor aún morales, del Gulag, de aquel eterno Gulag, del que creyó que, al no poder escapar, sería lo último que viera en la tierra, nada de lo cual fue, sin embargo, capaz para que perdiera el ánimo, el valor, la fuerza, ni la alegría y el deseo de vivir, incluso de sufrir, pues cada día se decía que todo aquello era también, por Dios y por España. Que nada importaba, que mientras tuviera un halito de vida, y pues era español, jamás se rendiría, y con paso firme, impasible el ademán, inasequible al desaliento, cara al Sol, no había ruso, ni comunista, capaz de rendir a aquel español.

Febrero 1943 en Krasni Bor; la letra del pie es del propio Gullón

Mucho me contó, pero lo he olvidado. Nunca, sin embargo, lo olvidaré a él. Muchas tardes pasamos juntos mientras yo cursaba mis estudios en la Academia Naval, él, contándome su vida y andanzas en la División y en el Gulag, yo, escuchando boquiabierto, aprendiendo lo que es, de verdad, ser español.

Lo mejor de todo fue siempre cuando rememoraba lo del Semiramis. Entonces sí que se le quebraba la voz.

Me dijo que cuando embarcaron lo hicieron con alegría, cantando, pletóricos de orgullo, de sana satisfacción por el deber cumplido durante aquella década de encierro que todos tomaron como prolongación natural de la guerra, de la batalla de Krasni Bör, juramentados en ser dignos de los caídos, de los que habían derramado su sangre, de los que ya no estaban, de los ausentes, de los que brillaban en los luceros que, desde la estepa rusa, en las noches interminables de frío y desolación, se ven relucir mejor.

El viaje se les hizo lento, pesado, aburrido, eterno, a pesar de que los que les acompañaban, médicosy enfermeras españoles, hacían lo imposible por calmar su impaciencia; todo inútil. Me dijo que nunca había dormido tan poco en toda su vida, ni siquiera durante los rigores del Gulag, como en aquellos días de travesía por el mar cuyas aguas bañaban, él lo sabía, las tierras de España.

Me dijo que cuando anunciaron que se había efectuado el primer contacto por radio con Barcelona, los gritos al unísono de todos fueron como el estruendo del mayor cañón que el hombre hubiera podido fabricar jamás.

Gullón con unas enfermneras alemanas

Ah, y tambiçén me dijo que cuando se avistó tierra, allá en lontananza, siendo aún tan sólo una tenue franja desdibujada, apenas nada, se desató tal vendaval, tal tumulto, tal algarada, que Antonio Gullón creyó estar sobre la Santa María cuando Pinzón dio la voz de ¡Tierra a la vista! Siempre pensó, me decía, que la cosa tuvo que ser igual; incluso, con humor, que menor, pues aquellos marinos llevaban varios meses en medio de la nada, sin esperanzas, mientras que su travesía había durado más de una década en peores circunstancias.

Y repetía: “Juan Manuel, no hay palabras”. Aquel momento, aquel instante, aquel ver tan escasa como indefinida línea de España, no se podía narrar. Hubo, eso sí, un movimiento general de todos hacia proa, tan brutal, tan descontrolado, que la tripulación llegó a insinuar que creyeron que el barco pudiera muy bien haberse hundido y perderse en el mar.

Era verdad. No tenía palabras. Allí acababa durante unos minutos, y siempre, su relato.

“Una locura, Juan Manuel, una locura”, decía, cuando recobraba el ánimo y pretendía continuar, para volver, siempre, siempre, a interrumpirse de inmediato al decir “Y entramos en Barcelona, y… ya no puedo más”.

Yo permanecía entonces callado, aguantando el tipo como podía, que era muy poco. Aquel silencio era estruendoso, un clamor, pues a través de sus ojos yo contemplaba aquella inenarrable escena de la que supe, por él, que las fotografías que existen, con ser tremendas, no llegan ni por asomo a dar fe, pues si no había palabras, tampoco ni mil imágenes, esta vez, valían.

Antonio Gullón rehízo su vida. Cuando yo intimé con él era ya mayor. Yo terminé la Escuela Naval y nuestros destinos se separaron; eso sí, siguió puntualmente felicitándome por Navidad. Hasta que un día…

Antonio Gullón con un profesor de la Escuela Naval

Un día me sorprendió con su visita inesperada, que no me había anunciado. Me dijo que quería darme una sorpresa; y vaya que lo fue. Me dijo también que había estado esperando en una cafetería frente al portal de mi vivienda hasta verme entrar. Me dijo que no quería

molestar y que, aunque yo le insistía que se quedara, que no podía. Fueron minutos breves, no sé si diez o quince o a lo sumo veinte. Me dijo que me consideraba su camarada y me dio los papeles que hoy te doy yo a ti, Paco. Como verás no son muchos, ni tampoco especialmente significativos, a no ser que se valore la historia que llevan detrás, porque cuando así se hace alcanzan, en su sencillez, un valor sin par. Y me dijo que ya no nos volveríamos a ver más, al menos… “aquí abajo”, pues estaba… “dando su batalla final”, y sabía que a pesar de poner en ella el mismo coraje que en todas aquellas de Rusia y del Gulag… “no pasaré de las alambradas, no podré ocupar la posición, pues, querido Juan Manuel, a la Parca no hay quien la venza”.

Nos despedimos con un fuerte abrazo. Cantamos el himno de la División, firmes los dos, en aquel pequeño salón de mi casa. Saludamos brazo en alto. Después, como soldados. Dimos los gritos de rigor. Tras ellos, un recio ¡Viva siempre España! Y terminamos con un sonoro ¡Viva Cristo Rey!

Se fue como vino, con una sonrisa, erguido, con el porte marcial que siempre le caracterizó. No miró atrás. Su vista estaba, sin duda, puesta ya en los luceros, cara al Sol, en el más allá.

13.04.1943.- Telegrama comunicando a la madre de Gullón que su hijo había muerto en combate en Kranis Bor

No supe más de él. Tampoco hacía falta. Seguro que su final fue como debía ser: cayendo ante las alambradas, junto a tantos de sus camaradas que, seguro también, desfilaron, entre los luceros, ante él, en homenaje a aquel divisionario que resucitó del frío tras años de sepultura en el Gulag.

¡¡Dios lo tenga en su Gloria!!

El tiempo había pasado sin darme cuenta. Me fui de la casa del padre repleto de un cúmulo de sentimientos y sensaciones como hacía tiempo que no experimentaba. Y decidido a hacer el mejor uso posible de lo que me había contado y de los papeles que, con extremo mimo, llevaba conmigo, como sólo lo haría con las reliquias de un mártir.

¡¡Antonio Gullón Fernández, presente!!

NOTA.- Insertamos en PDF «los papeles» que Antonio Gullón» entregó al P. D. Juan Manuel. Merece la pena verlos.

  • 1943 Antonio Gullón con dos enfermeras alemanas poco antes de la batalla de Krasn Bor AQUÍ
  • 01.01.1943 Antonio Gullón en Krasni Bor con compañeros AQUÍ
  • 02.1943 Antonio Gullón en Krasni Bor con compañeros AQUÍ
  • 1943 Tarjeta por la que la Divi. Azul comunicó a la madre de Gullón su muerte en combate AQUÍ
  • 26.01.1943 Escrito de Falange de Vigo por el que se inscribía como «presnete» a Gullón tras caer en combate» AQUÍ
  • 13.04.1943 Telegrama oficial comunicando la muerte de Gullón en combate AQUÍ
  • 22.10.1949 Escrito de la Cruz Roja comunicando la existencia de Gullón en un campo de trabajo soviético AQUÍ
  • 24.02.1954 Escrito de la igkesia evangélica alemana comunicando la inmediata repatriación de Gullón AQUÍ
  • 03.1954 Recorte de prensa dando cuenta del prmer contacto por radio del Semiramis con Barcelona AQUÍ
  • 01.04.1954 Foto en el Semiramis de los repatriados con Gullón señalado por él mismocon un círculo AQUÍ
  • 30.04.1954 Certificado de Falange acreditando los servicios de Gullón AQUÍ
  • 12.01.1956 Tarjetas de felicitación mutua entre Gullón y el que fuera Cap. Palacios  AQUÍ
  • 27.09.1966 Carta de un amigo a Gullón AQUÍ
  • 1978 Letra de la canción «Entre alambradas» compuesta por Antono Gullón AQUÍ
  • 1979 Nota de un amigo a Gullón AQUÍ 
  • 1981 Poesía «La fe de una madre» compuesta por Antonio Gullón AQUÍ
  • 1981 Postal de la Div. Azul enviada por Gullón AQUÍ
  • 1984 Postal de Gullón AQUÍ
  • 1985 Antonio Gullón portando la corona de flores en un acto a los caídos AQUÍ
  • 1986 Postal de Gullón  AQUÍ
  • 1987 Fotografía de Gullón con el Tte. de Navío Juan Manuel Rodríguez en un almuerzo en la Hermandad legionaria AQUÍ
  • 1991 Invitación a una comida de hermandad  AQUÍ
  • 1992 Postal de Gullón AQUÍ
  • 1993  Antono Gullón hablando en una comida de hermandad AQUÍ

2 respuestas a «Antonio Gullón Fernández, el divisionario que resucitó del frío»

  1. Valor incalculable salvar del olvido y rescatar este testimonio y estos papeles para la verdadera memoria histórica. Infinitas gracias al autor y al padre

  2. Emocionante y edificante testimonio.
    Gracias al autor de estas sentidas líneas, y al Español Digital, por compartirlas.
    Frente al deprimente concepto del monumento «al soldado desconocido» con el que otros ejércitos del mundo honran y recuerdan a su muertos, la mística de la Cruzada alzó los el de «Ante Dios no serás héroe anónimo» y el de «Caídos por Dios y por España»
    Al igual que la sangre de los mártires fue semilla de cristianos, que la memoria de estos héroes de la División Azul lo sea de nuevos soldados.
    Porque sus héroes son el alma misma de España: ¡¡¡Y el alma es inmortal!!!

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