Apuntes sobre los contenidos sexuales llevados al cine

Lo primero de todo en este intento de vertebración de una crítica cinematográfica, para que ningún lector se lleve a engaño, es que habría de reconocer que la índole moral que subyace en el fondo de la crítica que pretendo llevar a buen puerto puede limitar o circunscribir el ámbito de interés de esta nota a las personas confesantemente católicas. Dicho con otras palabras: los aficionados al cine para quienes poco o nada importa la moral católica, sin duda ponderarán este bosquejo de crítica cinematográfica algo así como una «parida que mea fuera del tiesto, mezcladora de churras con merinas, máxime teniendo en cuenta la mentalidad secularizada-descristianizada y paganizada imperante en nuestros días». Asimismo, no es mi propósito en esta reflexión «muy por libre» aventurar teorización alguna sobre la historia de lo sexual humano (permítaseme la expresión) llevado al cine, y los distintos códigos de censura que en la mayor parte de la historia cinematográfica han pretendido regular o normativizar tal presencia.

La segunda consideración me lleva a recordar que hace años conocí, traté un poco y sobre todo recibí clases de una joven religiosa, consagrada en una orden de vida apostólica o activa, a la que recuerdo con agrado, gratitud -aunque yo no sea ya propiamente un progre, solo que para mí, como para el añorado José Antonio Labordeta, antes que las ideas importan las personas-, y con la convicción de que tenía una sólida formación bíblica y teológica.

Pues bien: esta joven mujer «de aires claramente feministas y aperturistas» tuvo ocasión de alabar en varias ocasiones la película española de Iciar Bollaín Te doy mis ojos, cinta estrenada en 2003, con Laia Marull y Luis Tosar como protagonistas principales de la historia. La página digital Filmaffinity puntúa Te doy mis ojos con un 7,4, nota que -tratándose de la página de que se trata- en verdad equivaldría lo menos a un 8. Porque en efecto, la cinta es, también a mi juicio, muy buena; sin duda, de los mejores alegatos contra la violencia doméstica -que viene a ser la misma que la llamada violencia de género- producidos por el cine español en los últimos decenios, si no el mejor (con el permiso de otro título que trata la violencia doméstica y que me encanta: Solas, de Benito Zambrano, cinta de 1999, 7,6 en Filmaffinity). Cierto que participa en alguna medida de la mentalidad o ideología progre imperante en la inmensa mayoría de las producciones cinematográficas españolas actuales, pero en lo estrictamente cinematográfico el título de Iciar Bollaín me parece indudablemente bueno.

Indudablemente bueno, rayano en lo excelente, por más que también conozco la opinión (habrá quienes digan el prejuicio, habrá quienes acusen a estas buenas y valientes mujeres de mojigatas) de otras religiosas jóvenes de corte más conservador o tradicionalista que, incluso sin haber visto la película, me han dicho que la rechazan, la descartan, que nunca la verían, justamente por las escenas de sexo, eróticas o de desnudos que contiene. Recordemos: las escenas de cama de la pareja protagonista interpretada por los citados Luis Tosar y Laia Marull, y desde luego toda la secuencia final en que el personaje ultramachista, tan convincentemente interpretado por Luis Tosar (uno de mis actores españoles actuales preferidos; otro, Benicio del Toro, que es también español aunque sea puertorriqueño de nacimiento), degrada, humilla y agrede con desprecio infinito al personaje femenino no menos estupendamente interpretado por Laia Marull, y prácticamente la arrastra por su cabello desnuda ella hasta el balcón, y la maldice ahí mismo, enloquecido por los celos, y como que la bota con brutal y despiadado desprecio en el frío suelo del balcón y la expone desnuda (y en efecto ella aparece integralmente como su madre la trajo al mundo en toda esta secuencia), para así «castigarla con que todos puedan verla desnudada a la fuerza y degradada». Y todo ello desde luego se constituye en una de las secuencias más desgarradoras del cine español último.

La tercera consideración prolonga muy directamente la segunda (en verdad, todas las consideraciones que aventuraré en este escrito, ni que aclarar que están estrechamente vinculadas). Esto es: las jóvenes consagradas y conocidas por mí que se manifiestan como no dispuestas a ver una cinta como Te doy mis ojos por causa o culpa de las escenas de contenido erótico o sexual que contiene la película, me recuerdan la invitación permanente de la Iglesia a vivir la castidad, la pureza de vida, de costumbres, a huir del peligro de las tentaciones sea cual sea el estado de vida del fiel católico… Por eso no tengo ni la más mínima duda a la hora de rechazar y condenar el llamado cine pornográfico: es basura, inmoralidad en grado sumo, degradación del hombre y de la mujer, y no merece por ende justificación de ninguna clase, por muy artístico que supuesta o realmente sean algunos de sus títulos, y por mucho que nos puedan interesar datos históricos como que en los orígenes mismos del cine fueran algunos muy adinerados burgueses y hasta aristócratas bien conocidos de la época quienes se encargaban de costear económicamente las producciones pornográficas del naciente séptimo arte, de la incipiente industria cinematográfica.

Lars von Trier

De modo que henos aquí ante una cuarta consideración. Hace un par de años me llegó por algún cauce la noticia de que el director y guionista danés Lars von Trier (tal vez el principal impulsor del movimiento cinematográfico Dogma 95) se había caído del caballo a lo san Pablo: abandonaba su ateísmo para abrazar el catolicismo. Recuerdo perfectamente que yo reaccioné y discurrí así: «Vaya con Lars von Trier, siempre un espíritu libre, provocativo, con que católico ahora… Desde luego, debe ser de los pocos católicos residentes en la muy secularizada Dinamarca, ¿cómo se le ha ocurrido hacerse católico?, qué extravagante, qué raro me parece. Pero en fin, si se confiesa  católico ahora, bienvenido a la fe de la Iglesia (total, para bien del propio Lars von Trier y de muchos nunca está de más recordar que la católica es la única religión verdadera, y que fuera de la Iglesia no hay salvación, porque solo Cristo salva, solo Cristo es el Señor, etcétera), salvo que a ver cómo explica él la manera como concilia el alto voltaje de erotismo y escenas sexuales de la práctica totalidad de sus películas (incluso en su muy provocativa y nihilista Los idiotas, de 1998, cinta que se pasó con total normalidad en las salas comerciales, también en nuestro Monopol en Gran Canaria, hay escenas de sexo real o pornográfico, esto es, no simulado), con la propuesta moral de la Iglesia.» Mas fuera cierta o no esta noticia que me llegó hace apenas un par de años, la Wikipedia sigue presentando a Lars von Trier como ateo. Ateo o católico el director de obras tan irreverentes y polémicas como Antichrist (presentada en Cannes 2009), la pregunta que ha de hacerse el católico que se siente interpelado por la fe de la Iglesia, ante el cine del muy celebrado cineasta danés, es la que ya nos imaginamos todos: ¿es legítimo ver su cine? La indudable calidad artística o cinematográfica de su cine, con títulos que ya son clásicos en la cinematografía europea y aun mundial, ¿es razón suficiente para que un católico que desea cada día ser mejor católico, en un proceso de conversión que no cesa nunca hasta la muerte, pueda verlo con total tranquilidad de conciencia?

Me gustaría que algún que otro sacerdote cinéfilo y bloguero presente en Internet (haberlos, haylos: así a bote pronto me vienen a la mente al menos dos, además jóvenes) se pronunciara al respecto. A la espera de tal breva o guinda, henos aquí ante la pregunta del millón (y de paso, quinta consideración). Así, a bote pronto, me vienen a la mente además de Los idiotas, ya citada de Lars von Trier (un grupo de amigos decide hacerse pasar por idiotas compartiendo para ello un fin de semana en una casa que parece como de campo; no siendo idiotas, actúan como tales, simulan serlo, no se cortan un pelo, se muestran descaradamente groseros con los vecinos, y llegan a consentir incluso un sexo grupal y brutal, se supone que el propio de personas idiotas o con las facultades mentales lesionadas), la española Lucía y el sexo, de Julio Medem (estrenada en el 2001, puntuada con un 6,3 en Filmaffinity), El imperio de los sentidos, del japonés Nagisa Oshima (estrenada en 1976, película de las llamadas de culto, puntuada con 6,3 por Filmaffinity), Calígula, de Tinto Brass (abigarradamente erótica, estrenada en 1979, puntuada con un 5,4 por Filmaffinity, protagonizada por actores consagrados de la talla de Peter O’Toole, Malcolm McDowell, Hellen Mirren) y Nine Songs (cinta inglesa del año 2004, dirigida por Michael Winterbottom, puntuada con un 4,8 en la misma web para cinéfilos que es mi preferida desde siempre). Pasadas en las salas de cine comerciales de todo el mundo, contienen escenas de sexo real o explícito, y ciertamente algunos de tales títulos son tenidos por películas de culto (si no obras maestras, próximas a esta categoría), de modo que entonces, siempre volvemos al punto de partida con la misma pregunta: ¿qué debe hacer ante la posibilidad u oferta de visionado de estas películas el cinéfilo que antes que cinéfilo es católico, pero que no quiere dejar de ser cinéfilo?

Que no quiere dejar de ser cinéfilo (sexta consideración), entre otras razones porque la mentalidad clerical la reputa como muy dañina, espantadora, esterilizadora de la fe. Mentalidad clerical, sí, esto es, esa mentalidad, instalada sobre todo en ciertos clérigos y religiosos consagrados  -aunque también se hace presente en seglares del tipo más papistas que el papa-, que les lleva a desentenderse, despreciar, ignorar lo que en términos muy generales, genéricos y comunes denominamos cultura. Estoy hablando del típico o clásico cura (o religioso, religiosa…) que no tiene ni pajolera idea de cine, arte, música, literatura, teatro, actividades culturales múltiples… Y lo que acaso sea peor: te mira con cara de póquer y de querer como condenarte por tus aficiones seculares, igual para él irremisiblemente mundanas e intrínsecamente no reconciliables con Dios. Creo haberme encontrado con algunos de estos especímenes a lo largo y ancho de mi vida, y desde luego no me han ayudado en el camino de la fe en Cristo y en su Iglesia sino todo lo contrario. Y con esto no estoy afirmando que lo hayan hecho adrede para fastidiar, no, para nada, seguramente que no lo hicieron adrede; y hasta puede que actuaran de muy buena fe, con la mejor de las intenciones (así que saludos y mis respetos a todos ellos desde aquí), solo que tal mentalidad clerical a que me refiero no casa para nada con mi interés por la música (clásica, jazz, blues, rock, canción de autor, música popular brasileña, folk, country…), el cine, el teatro, la literatura, los idiomas siempre pendientes de ser bien aprendidos hasta dominarlos, la filosofía, la historia del movimiento obrero, la política, los medios de comunicación, mi modesta obra literaria (y no es inmodestia, ay, reconocer esto), el deporte, el senderismo, la protección del medio ambiente…

Porque además ante todo esto que me suscita dudas y desconfianzas suelo esgrimir una perplejidad o pregunta, a saber, qué es más dañino para la fe católica, apostólica y romana, ¿cultivar la cinefilia o declararse independentista? Desde luego, yo mismo conozco incluso curas que se confiesan independentistas, ¡échale hilo a la cometa! Independentistas, sí, nada menos al aparato. Ante los cuales uno no puede sino preguntarse: ¿serán conscientes estos individuos del alcance devastador del cristianismo a que dan lugar las doctrinas separatistas o independentistas dondequiera que tomen asiento? Pensemos en Cataluña, sin ir más lejos: el separatismo catalán ha acabado matando la fe católica, extirpándola de raíz. Y ojo: hasta obispos independentistas ha habido y hay en el País Vasco, en Cataluña…

Séptima consideración. Cito las últimas películas que he visto, por orden de antigüedad, no por el orden en que las he visto (mejor, vuelto a ver, pues salvo la chilena En la cama, todas las demás ya las había visto). Son estas: Breve encuentro, de David Lean (producción británica de 1945, una de las cinco joyas del cine británico para la historia toda del cine, con Trevor Howard y Celia Johnson como pareja protagonista), Estación Termini, de Vittorio de Sica (1953, con puntuación de 6,4, protagonizada por Montgomery Clift y Jennifer Jones), Almas sin conciencia, de Federico Fellini (producción italiana del año 1955), Cinema Paradiso, de Giuseppe Tornatore (Italia, 1985,  8,3 en Filmaffinity), En la cama (Chile, 2005, cinta de Matías Bize, con Blanca Lewin y Gonzalo Valenzuela como pareja principal y únicos actores de la cinta, que se desarrolla en una habitación alquilada, casi siempre sobre una cama, todo el tiempo folleteo y palique, de ahí obviamente su título, más muy de pasada el baño y la sala de estar de la propia vivienda; puntuada con un 6,3 donde de costumbre), Valor de ley, de los hermanos Coen (2010, puntuada con un 7,1 ni que decir ya dónde, con un magistral Jeff Bridges, actor icónico de los genialmente irreverentes, y tantas cosas más, hermanos Coen), Los hermanos Sisters, de Jacques Audiard (Francia, 2018, 6,9 donde ya sabemos).

Octava consideración. En Los hermanos Sisters aparecen unas pocas escenas de contenido sexual. Son las que retratan un burdel. El salvaje Oeste americano estuvo salpicado de burdeles por todas partes. Tales escenas no son nada hirientes, no son especialmente escabrosas, ni modo, de manera que como la cinta de Jacques Audiard es muy pero que muy buena, esas escenas pasan totalmente desapercibidas, aunque desde luego si yo hubiese sido el director de esta película, tales escenas no aparecerían, solo las simularía para que en efecto no hubiera duda de que estábamos en el interior de un burdel, pero sin necesidad de mostrar desnudo alguno ni escenas procaces, que por cierto tampoco gustaban nada al genial Luis Buñuel (ateo gracias a Dios, solía decir de sí mismo, por más que hoy sepamos que no era ni tan ateo ni tan anticlerical). Es tan bueno este western, que para mí este y el citado Valor de ley de los hermanos Coen vienen a ser dos de los que más me gustan de entre los realizados en los últimos diez años en la cinematografía mundial. Hasta el punto de que justamente por esto mismo los he vuelto a visionar recientemente, con la intención de confesarme a mí mismo «cuál y por qué razones o argumentos propiamente cinematográficos» me gusta más uno que el otro, o me gustan por igual, que también podría ser. ¡Y ha sido tan difícil decantarme por Valor de ley, de los hermanos Coen, toda vez que también el final de Los hermanos Sisters es tan dulce, sereno, lírico, humanizante, simbólico, ya vueltos los dos hermanos, al menos salvos aunque desde luego no muy sanos, al hogar donde la madre siempre espera, luego de años de ejercicio del pistolerismo en el salvaje Oeste!

Cinema Paradiso he vuelto a visionarla porque desde que me enteré de la opinión que este título ya clásico del cine italiano merece al crítico español Carlos Boyero -quien no afirma que no es que no le guste la historia firmada por Tornatore sino que cuanto más la visiona, más cree darse cuenta de ciertas trampas que contiene la película-, me ha picado la curiosidad por intentar descubrir por mí mismo cuáles pueden ser en efecto esas trampas a que se refiere el muy erudito cinéfilo Carlos Boyero. Para lo cual decidí elegir el título de Fellini ya citado aquí, en plan comparar uno y otro filme, por más que a mi gusto y a mi juicio el del cineasta de Rímini (Italia) no está entre sus títulos de primera fila, entre sus obras maestras (las que más me gustan del maestro italiano, nacido hace justamente 100 años en 1920, son Las noches de CabiriaLa stradaAmarcordLa dolce vita), pero que al menos me ha servido para ver que, en efecto, yo también creo percibir ciertas «trampas, manierismos, y una como rastreable tendencia a buscar lo sensiblero en el espectador», en Cinema Paradiso, que empero no deja de ser una estupenda película, ojo, totalmente recomendable (¡véanla, si no la han visto, es todo un clásico!), si bien el 8,3 que le regala Filmaffinity me parece claramente excesivo.

Por su parte Breve encuentro y Estación Termini me parecen dos enormes historias de amor romántico en su más pura esencia o acepción: diversas circunstancias, convenciones sociales y códigos morales más o menos estrictos impiden el apasionado amor de la pareja humana. Sin embargo, la cinta de Vittorio de Sica (autor de una obra maestra absoluta como Ladrón de bicicletas, no en balde declarada patrimonio de la humanidad por la UNESCO, como también lo es Los olvidados, de Luis Buñuel, rodada en su exilio mexicano: de 8,3, pocas películas creo haber visto más certeras en el análisis de la crueldad despiadada que anida en la naturaleza humana) es claramente inferior al Breve encuentro de David Lean, por su parte aclamada unánimemente como una de las cinco joyas que la cinematografía británica aporta a la historia del cine mundial (las otras cuatro son El tercer hombre, de Carol Reed, Oliver Twist y Lawrence de Arabia, de David Lean, Las zapatillas rojas, de Michael Powell y Emeric Pressburger). Por lo demás, en buscar cuáles podrían ser las razones o argumentos propiamente cinematográficos que elevan Breve encuentro por encima de Estación Termini he invertido las horas exigidas por los nuevos visionados que les he dispensado: acaso la música de Rajmáninov; Trevor Howard que me fascina como actor de reparto (¡qué bien está, Dios mío, en El tercer hombre, en el papel de mayor Calloway!, tras la pista de Harry Lime, interpretado por Orson Welles, el corrupto amigo del novelista autor de novelas baratas Holly Martins, a su vez interpretado por un inmenso Joseph Cotten…), ¡y en Breve encuentro es actor protagonista!; la pareja protagonista raya a mayor altura que la de Estación Termini; se despliega mayor fineza en el análisis sicológico de la pareja protagonista; la propia fotografía en Breve encuentro me parece que refleja mejor los claroscuros propios de una estación de trenes y el interiorismo de los lugares cerrados…

Y por fin llegamos a la novena y última consideración, en la que me detendré en el título chileno En la cama. Con algunos premios de certámenes cinematográficos celebrados en España, Italia, Alemania y Usa, es de justicia, me creo, reconocer que los dos y únicos actores protagonistas, ella y él ( Blanca Lewin en el papel de Daniela, Gonzalo Valenzuela en el de Bruno) están bastante bien: duelo actoral de notables quilates. La historia es creíble, intensa, sincera: los 89 minutos de metraje los salvan con excelencia interpretativa dos jóvenes actores que están desnudos o semidesnudos todo el tiempo; tiempo que invierten en mantener relaciones sexuales que, desde la perspectiva de la moral católica, son una mera fornicación, toda vez que él y ella al parecer se acaban de conocer en una fiesta, tal vez fuera en una cafetería, en todo caso dos perfectos desconocidos, y gustándose como empezaron a sentir que se gustaban deciden alquilar una habitación de hotel o de motel -para los efectos, lo mismo da, obvio- para fornicar hasta que el cuerpo aguante durante toda una noche. Para más inri -siento perpetrar spoiler-, ella, Daniela, para en seco a Bruno, hacia el final de la historia, a un Bruno que medio se acaba enamorando de ella luego del sexo, las confidencias, la intimidad total con nocturnidad y alevosía, al soltarle a bocajarro la confidencia de que en cuestión de días tiene fijada la fecha de boda con su prometido de «toda la vida», y hasta una despedida de soltera justo para el día siguiente a la noche ardientemente sexual que han compartido. Qué fuerte.

En la cama, moralmente hablando es una tremenda bofetada a la moral católica; incluso, habría de entender a quienes quisieran sentenciar que es una vergüenza, una inmoralidad injustificable que se haga este tipo de cine. Y que si se hace es porque la sociedad en Chile, en Argentina, en España, en todas partes en que se realizan películas con tanta carga sexual, está secularizada, progrestizada, paganizada, corrompida, descristianizada. Y porque además hay espectadores que las ven.

Entonces, si la chilena En la cama es inadmisible, injustificable desde la perspectiva de la moral católica, a pesar de las buenas críticas que sin duda recibió en su momento y de los premios cinematográficos que ponen de manifiesto la excelencia de su guion, puesta en escena, actuación de sus dos actores, etcétera, ¿habría alguna razón o justificación que ahora mismo a mí se me escapa para que un católico que se confiesa cinéfilo, pero que sobre todo desea ser buen católico, vea esta clase de películas?

Al menos por lo que a mí respecta, no he podido verla sin sentir una mezcla de perplejidad, incitación o atisbo de excitación sexual, duda, extrañeza. Lo siento: los actores Blanca Lewin y Gonzalo Valenzuela hacen un buen trabajo, desnuda cada uno su alma además de su cuerpo, pero la inmoralidad intrínseca de una cinta como esta, al menos quien estas líneas escribe no logra salvarla por más que aplauda su excelencia actoral, el buen guion, los hallazgos en el análisis sicológico de los personajes, la puesta en escena, la fotografía…

Porque a uno le queda como un regusto amargo. ¿El regusto amargo que se siente cuando uno lee, escribe, visiona, contempla, escucha, degusta contenidos alejados de la bondad, la verdad, el bien y la justicia ? Tal vez (estaría bien que repasase uno el ideal de belleza platónico).

Así pues En la cama me ha dejado un sabor agridulce; no, amargo, muy amargo. Tan amargo que nada más acabar de verla me he puesto a sopesar cuánto me gusta, interesa, satisface, colma y reconcilia con la vida y con mi fe católica una peli como El árbol de los zuecos (Italia, 1978, 7,7 en Filmaffinity), la obra maestra de Ermanno Olmi. Alguna que otra voz crítica especializada se empeña en señalar que El árbol de los zuecos acaba siendo una historia de acomodación o resignación del hombre rural ante la injusticia de un mundo de ricos (burgueses, propietarios de los medios de producción…). No aprehendo de esta hermosísima historia tal orden de cosas en clave marxista o de lucha de clases, de suerte que lo que para mí importa más de esta maravilla de Olmi es la presentación del hombre (varón y hembra) reconciliado con Dios, con su prójimo, con la tierra, con el mundo rural; en definitiva, con el orden moral y natural creado por Dios. De manera que por esto mismo me deja siempre que la he visto un muy grato sabor de boca, como que me reconcilia con el misterio de la vida (no en balde, la música de J. S. Bach que compone su banda sonora solo puede reconciliarte con Dios, con Cristo, con la belleza, con la armonía del universo, con la vida…), en tanto historias como la contada en la chilena En la cama me crispan, me perturban, no me ayudan a reconciliarme con Dios. Y desde luego, me hablan de una visión de la sexualidad humana basada en el mero hedonismo, la inmoralidad, el relativismo moral, la desacralización y descristianización de la sociedad, la búsqueda egoísta del placer sin compromiso: ¡los frutos no muy sanos que digamos de la revolución sexual de los años 60 del pasado siglo XX!

Como cinéfilo que me confieso y reivindico, aplaudo la libertad creativa, ética y estética de los cineastas, lo cual quiere decir que una película como Muerte entre las flores (cine negro, mafia, drama, crimen y años 20…), probablemente obra maestra de mis admirados hermanos Coen, me fascina. O dicho con otras palabras: no estoy reivindicando un cine confesionalmente católico, no; pero sí que reivindico un cine que, además de técnica y artísticamente bueno, contenga lo que comúnmente se llaman valores.

Un cine que trate de los grandes temas o asuntos que ennoblecen la naturaleza y la cultura de la humanidad, con toda suerte de contenidos referentes a la compleja naturaleza humana: amor y odio, compasión y venganza, crueldad y ternura, civismo y anarquía, sed de justicia, sed de eternidad y de infinito, sed de Dios, celos, envidias, santidad de vida, historias de héroes de la humanidad de todo tiempo y lugar…

Muy al contrario de lo que experimento con títulos como En la cama, desde luego mi espíritu se eleva cada vez que veo obras maestras como El séptimo sello, de Ingmar Bergman (un 8,2 en Filmaffinity, menos que la nota de Cinema Paradiso, ¡no puede ser!, para una de las cintas con mayor fuerza visual de entre todas las que he visto en mi vida), Francisco, juglar de Dios, de Roberto Rossellini (para mí, más allá del 7,2 que le pone de nota mi página digital para cinéfilos de siempre preferida, una de las películas sobre temática religiosa más auténticas, franciscanamente desnudas y bellamente filmadas de toda la historia del cine), La noche del cazador, la única película que dirigió el genial Charles Laughton (el más perverso cuento de hadas de que tengo noticia de la cinematografía de todos los tiempos, ambientada toda la historia en la Gran Depresión norteamericana o Crisis del 29), Ordet, de Carl Theodor Dreyer (¡Dios mío!, inolvidable personaje de Johannes Borgen, uno de los tres hijos del granjero Morten Borgen, hijo al que califican de loco por creerse Jesucristo tras imbuirse de las ideas de Kierkegaard), y un largo etcétera compuesto por cientos de inolvidables títulos del séptimo arte, acaso porque los ideales que ennoblecen al hombre (varón y hembra) quedan resaltados en tales títulos. Y asimismo cuando en todos esos títulos clásicos que han pasado por mi vida, y descansan por días y más días en la retina de mi memoria, se resaltan las injusticias y los males que en verdad son también propios de la condición humana, se hace sin el recurso al sexo fácil más o menos explícito, por lo cual las películas que expresan la mera lujuria mediante escenas de sexo más o menos erótico, descarnado o explícito…

Bueno, lo dejamos en este punto. Es probable que para fieles católicos de una sobresaliente santidad de vida ni las películas clásicas que a mí me fascinan les digan gran cosa, o nada. A este respecto, la verdad es que no me imagino al santo padre Pío pasando horas de su vida visionando buen cine, solo que si a mí me prohibiesen ver el que me parece bueno y que me gusta, leer interesantes libros, escuchar bella música (la que a mí me gusta, que no siempre coincidirá con la que le gusta al por lo demás admirable y refinado melómano Benedicto XVI, pongamos), hacer deporte, escuchar la radio… En fin: tampoco ignoro que siempre alguien habrá que me quiera recomendar «pues no inviertas parte de tu tiempo en ver cine, dedícate a hacer oración, obras apostólicas…»

Como si no hubiera un tiempo para todo, según nos enseña Eclesiastés 3, 1-8: «Hay un momento para cada cosa, y un momento para hacerla bajo el cielo: Hay tiempo de nacer y tiempo para morir; tiempo para plantar, y tiempo para arrancar lo plantado…» Sabiduría veterotestamentaria que nos cantaba el grupo de folk-rock The Birds en los sesenta en su canción «Turn!, Turn!, Turn!» (un grupo de vida muy breve pero que llegó a influir directamente en los mismísimos The Beatles)… En fin, que me gusta el cine, apasionadamente, soy cinéfilo, melómano, degustador de lecturas varias y permanente aspirante a escritor, ya sea para llegar a ser el último del Parnaso. Y como imperfectísimo católico siempre en actitud de conversión, lo soy de Santa Misa, comunión y Rosario diarios, o casi diarios.

Pero enfilemos la recta final. Las películas con carga de sexo o eróticas, soy capaz de verlas sabiendo apreciar sus cualidades específicamente cinematográficas, pero la inmoralidad intrínseca o que de suyo aportan las escenas de sexo me causa conflictos de conciencia tales que solo se deben resolver en un sentido, me parece, aunque cueste: no visionarlas. Lo cual significa que si yo conozco con antelación que una película es fuerte, como decían nuestros mayores, por su contenido sexual, procuro ponerme a mí mismo varias trabas y excusas para no verla; si al final la acabo visionando, es porque en principio conozco que no es pornográfica (la pornografía ya he adelantado que es basura), y porque casi siempre se trata de «la última película de Lars von Trier», «la última película de Pedro Almodóvar» (no está entre mis cineastas preferidos, ni mucho menos, y es superprogre y de la ceja y de toda esa movida subvencionada que estimamos odiosa del cine español actual, vale, pero en justicia hay que reconocer que su cine tiene cualidades), «la última película de Bernardo Bertolucci» (pongamos Soñadores, de 2003, su penúltima película, que me gustó), por más que yo sepa que Bertolucci fue ateo, marxista confeso y muy dado a meter escenas de sexo en sus pelis: esto es, verbigracia, hay escenas bastantes fuertes de sexo en su Novecento, cierto, ¡pero aun así este título es sobresaliente!, ¡es muy bueno!, ¡para mí es uno de los títulos fundamentales del cine europeo del último medio siglo! Y sin embargo de Bertolucci ese título de culto que es su Ultimo tango en París, a mí me desagrada enormemente, ¡me parece tan asquerosa, tan degradante de la condición de la mujer, que no siento ni el más mínimo interés por volver a intentar ver esta cinta! Y ahí quedará por tanto sin ser vista del todo por siempre, y santas pascuas aleluya.

En definitiva, también con mi sarta de dudas y perplejidades, para no variar, confío en haber logrado expresar al menos alguna que otra idea valiosa para el siempre abierto debate sobre estas cuestiones disputadas. Y como habrá observado el atento lector si ha llegado hasta aquí, mi reflexión, tan subjetiva, en efecto no aspira a sentar ninguna verdad inamovible en el mundo del cine, salvo tal vez esta: por imperativos o exigencias de la siempre exigente moral sexual, los contenidos explícitos de sexo que aparecen en tantas y tantas películas son en verdad muy pero que muy difícilmente conciliables con esas mismas exigencias morales a que nos hemos venido refiriendo a lo largo y ancho de la presente reflexión.

Nada nuevo bajo el sol. Y además más de un lector podrá protestar: para llegar a esta conclusión a que has llegado, ¿necesitabas las alforjas de un puñado de folios? Pues sí, ¿por qué no?

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