Aquelarre pirómano feminista

Goya quiso expresar, según algunos autores, que cuando la razón se adormece aparecen las visiones fantasmagóricas, las alucinaciones con seres monstruosos salidos de la oscuridad. Cuando la razón deja de estar atenta a la lógica y se dejar llevar por la fantasía, las pasiones o los instintos, genera «monstruos», es  decir, puede llegar a concluir ideas irracionales y peligrosas. La razón debe poner freno y límite a esas pasiones porque cuando no lo hace, surge el odio como ocurrió en las sucesivas ocasiones en que se desahogó bárbaramente quemando libros. De ello tenemos varios ejemplos.

De todas las bibliotecas de la Antigüedad y del Medievo, la de Alejandría es, quizás, la que suscita más pasión por lo que supuso para el mundo de la cultura y las ciencias y por el volumen de libros de todas las ramas del saber hasta entonces conocidas que se guardaba en ella. La Antigua Biblioteca de Alejandría fue, en conjunto, una auténtica revolución para la época.

En el año 391, siendo obispo de Alejandría el intransigente (más bien fanático) Teófilo, el emperador promulga un decreto por el que se autorizaba la demolición de todos los templos paganos de Alejandría. El objetivo inicial de Teófilo fue el templo de Dionisio. La importante población pagana que aún existía en la ciudad, asustada y aterrada, se refugió en el recinto que creían más seguro: el Serapeum, donde se encontraba la Biblioteca. Teófilo en persona condujo a su ejército hasta el Serapeum donde leyó el edicto y, en nombre del emperador, él mismo se encargó de destruir, de poner el primer martillazo, en la estatua del dios Serapis. Lo demás lo hizo la multitud.

Y de nuevo la multitud enardecida por el discurso lleno de odio del líder estudiantil nacionalsocialista Herbert Gutjahr. “Hemos dirigido nuestro actuar contra el espíritu no alemán. Entrego todo lo que lo representa al fuego”, gritó el joven estudiante arrojando una pila de libros a la llamas de un hoguera alimentada por miles de libros. En la tarde del 10 de mayo de 1933, una multitud de 70 mil personas reunida en el Opernplatz de Berlín procedieron a quemar más de 20 mil libros, obras de autores tan renombrados como Heinrich Mann, Erich Maria Remarque o Heinrich Heine. En toda Alemania se recuerda hoy la quema de libros perpetrada por los nazis a la que llamaron «Acción contra el Espíritu antialemán«.

En el exterior las reacciones a la quema de libros fueron de espanto. La revista norteamericana Newsweek lo llamó entonces un Holocaust of books (Holocausto de libros). «Donde se queman libros se terminan quemando también personas«, había predicho Heinrich Heine. El poeta, de origen judío, era uno de los tantos autores que los nazis querían hacer desaparecer de las bibliotecas. La frase de Heine, muerto en 1856 en su exilio parisino, resultó profética. Solo algunos años más tarde, comenzaría el genocidio contra todo tipo de minorías y personas consideradas indeseables, entre ellos seis millones de judíos. Ese genocidio es conocido como holocausto.

Entre los intelectuales y artistas alemanes comenzó en 1933 un éxodo sin precedentes. La nación a la que desde el exterior a menudo se refería con admiración como país de poetas y pensadores obligó a muchos de sus talentos a la emigración: los hermanos Thomas y Heinrich Mann, los hijos del primero Erika, Klaus y Golo, los escritores Anna Seghers y Lion Feuchtwanger y tantos otros de su talla. Muchos se organizaron para luchar contra los nazis. El premio Nobel Thomas Mann, cuyos libros aún se habían salvado ese 10 de mayo, habló a través de las ondas de la emisora británica BBC a los oyentes en Alemania. “Es una voz de advertencia. Advertirles es el único servicio que un alemán como yo puede prestar hoy”, alertó.

Almeida

Y las feministas, arrastradas por su propia monstruosa razón se dedican a emular a los incendiarios de libros. Últimamente fue la fundadora de Izquierda Unida, Cristina Almeida quien lo alentó al manifestar que estaba por prender fuego a los libros «de César Vidal y del otro y del otro». Y es que la destrucción la llevan en sus genes políticos.

Las izquierdas ya empezaron a quemar valiosísimas bibliotecas antes de un mes de comenzada la II República española, anticipándose en tres años a los nazis, que tampoco llegaron a quemar bibliotecas enteras En la quema de conventos de mayo de 1931 ardía en Madrid la biblioteca de los jesuitas, con un tesoro de más de 20.000 libros. En 1934 arrasaron con dinamita y fuego la biblioteca de la universidad de Oviedo (más de 42.000 volúmenes, muchos de un valor incalculable) y otra en Portugalete, una de las más importantes de Europa conservadas en palacios, también destruidos, así como innumerables obras de arte. Al recomenzar la guerra en 1936, la afición pirómana se desbordó, y cientos de bibliotecas particulares, como la del palacio de Zabálburu, en Madrid, fueron saqueadas, despojadas de decenas de libros de extraordinario valor y otras antiguas y valiosísimas de monasterios fueron pasto de las llamas o destrozadas de otros modos, con «alegría republicana», como recuerda encomiásticamente Alberti en sus célebres versos:

«¡Palacios, bibliotecas! Estos libros tirados, estos inesperados

retratos familiares

en donde los varones de la casa, vestidos de los más innecesarios jaeces militares,

nos contemplan partidos, sucios, pisoteados,

con ese inexpresable gesto fijo y oscuro

del que al nacer ya lleva contra su espalda el muro de los ejecutados».

La barbarie crematoria la continuó el Ministerio de Instrucción Pública, por orden de 2 de septiembre de 1937, al mandar reducir a pasta de papel 300 toneladas de documentación archivística y veinte toneladas más de libros escritos por «elementos fascistas». Anteriormente, en diciembre de 1936 habían sido quemados los fondos al necesitarse para servicios de guerra los sótanos en que estaban custodiados (Pío Moa). Claro que cuando las izquierdas volvieron al poder en 1982, una de sus primeras medidas fue reducir nuevamente a pasta de papel los fondos de la Editora Nacional, que había publicado libros de gran valor.

Bien es cierto que en los casos reseñados los pirómanos no se diferenciaban por su sexo, sin embargo, recientemente un grupo de mujeres feministas se ha lanzado a la “gloria” del aquelarre quemando al más puro estilo de nazis y comunistas, decenas de libros que, supuestamente, ayudan a las personas LGBTI a dejar “su forma de vida” y para que no quedara duda, lo hicieron al grito de “fuera machos”. Todo fue parte de una numerosa protesta con cánticos y puños al aire que recorrió los pasillos de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) con la intención quizá de llamar la atención para que se defiendan los derechos de la diversidad.

El libro que más atrajo sus iras fue “Pisco-Terapia Pastoral”, de Juan Manuel Rodríguez y Misael Ramírez, que exponen muchas terapias de reconversión que prometen “cura” a la homosexualidad. A continuación, hicieron una fogata con ellos y con una serie de copias en donde se incluían fotografías y datos de algunos autores que han sido señalados a través del movimiento #MeToo como acosadores y de realizar actos de violencia contra las mujeres. Así, la protesta también iba en contra de las editoriales y directoras de la FIL que han permitido que decenas de escritores que han sido denunciados por supuestos acosos sexuales formen parte de la Feria, en un capítulo del movimiento MeToo que se abrió en México hace unos cuantos meses y que ha salpicado a diferentes artistas.

No hay movimiento totalitario que no haya dirigido su odio y su barbarie contra los libros, a menudo quemándolos. La justificación era siempre que los libros quemados eran incorrectos. Lo que pocos cuentan es que el origen ideológico totalitario de actual feminismo de género, lleva a censurar hasta ‘La Caperucita roja’ y 200 cuentos porque no le gustan al feminismo izquierdista.

Se unen en la realización de esta última cremá, tres fuerzas: feminismo, masonería y LGTBI. Para comprender la relación que las unen, hay que recordar que la ideología de género surgió del feminismo radical que apoyó y potenció la masonería; la «liberación gay», la revolución sexual y la teoría queer, hunden sus raíces filosóficas en el ateísmo, el marxismo y el nihilismo, contravalores que desarrolló con gran afán la masonería. Coinciden todas estas ideologías en su odio al cristianismo; la ideología de género repudia a la persona como una unidad de cuerpo y alma, creada hombre o mujer y hecha para estar en relación. Rechaza el significado de la sexualidad, el matrimonio y la familia natural y se rebela contra la «normatividad de género y sexual».

La masonería, »religión de Lucifer», se introdujo desde el primer momento en los movimientos pioneros del feminismo y ha ido radicalizándolos y extendiéndolos a través de los distintos sistemas educativos, mediante una ingeniería social atroz como es el movimiento LGTBI del que no permiten apartarse, porque su objetivo es conseguir la destrucción de la familia, último baluarte de la humanidad.

Es una de las muchas formas de maldad en que se expresa. El bien y el mal están en una lucha permanente en la conciencia humana, y debemos identificarlos. Para ello, la Asociación Internacional de Exorcistas (AIE), católica y reconocida por la Iglesia, ha publicado una nota recordando la enseñanza del Catecismo, del Papa Pablo VI y de la tradición eclesial: La existencia real del diablo, como sujeto personal que piensa y actúa y que hizo la elección de rebelarse a Dios, es una verdad de fe que forma parte desde siempre de la doctrina cristiana”, añade la citada nota de los exorcistas publicada en Religión en Libertad. Conviene tenerlo presente.

Para valentinaorte.com


Deja una respuesta

Su dirección de correo nunca será publicada. Si la indica, podremos contestarle en privado en caso de considerarlo oportuno.*