¡Ardan los museos!

«Un crucifijo románico no era en primer lugar una escultura, la Madonna de Cimabue no era un cuadro, ni siquiera la Palas Atenea de Fidias fue primero una estatua…» André Malraux, en sus Voces del silencio, hace arrancar de esa constatación la más bella meditación museística del siglo XX. El museo es un artificio muy reciente —«algo menos de dos siglos», escribe—, que opera la puesta en marcha de un extraño artificio: la agrupación, por encima de diversidades geográficas, religiosas, intelectivas incluso, de todo aquello en lo cual nos es posible

reconocer lo que hay de universal en el intelecto humano, aquello por lo cual no somos parte sólo del rebaño de las bestias. El museo se erige así, a finales del siglo dieciocho, como un nuevo espacio catedralicio. Y alza los únicos templos que ha sido capaz de elevar el mundo contemporáneo. Y de mantener en pie. Hasta que llegó un tal Urtasun.

La barbarie tiene la piel muy dura. Lo bastante como para que un apoteósico indocumentado, con sueldo y cargo de ministro, acometa la apuesta bestial de reducir lo que el museo guarda a sus triviales anécdotas: nacionales, políticas, históricas… Y a ignorar lo único de verdad importante: que cuando una obra de arte es verdaderamente grande, no posee patria, ni propietario, ni siquiera autor. Que la obra sobrepasa infinitamente a los míseros humanos que la gestionaron y que una obra maestra es sólo patrimonio de ese milagro de la inteligencia sin fronteras que permite al animal hablante no verse condenado a su herencia animal.

Claro que, en esos templos del espíritu —en el Prado como en el Louvre, como en el Hermitage, como en el British Museum—, se almacenan obras que no fueron pensadas para tales espacios. Ninguna de ellas, en rigor, lo fue. No sólo, ni siquiera fundamentalmente, porque hayan llegado hasta allí venidas desde tierras y culturas muy lejanas y en las cuales la mayor parte de ellas jamás hubiera sobrevivido. No, no es sólo la traslación geográfica lo que hace la rara y fascinante «monstruosidad» del museo. Es su desplazamiento simbólico.

Urtasun

¿Qué hubiera sido, en sus respectivos lugares y tiempos de nacimiento, la cohabitación espacial de un Cristo gótico y una Afrodita griega? Una blasfemia. El museo los subsume bajo la autoridad de una sacralidad y una liturgia nuevas: y los trueca en momentos consagratorios del espíritu humano. El arte ha sido, durante los dos últimos siglos, el último refugio de la trascendencia: una universal religión que soñó abrigar toda expresión del absoluto y acogerla en esa emulación de las grandes basílicas que iban a ser los museos. Si la lógica del ministro de Sánchez llegara a ser aplicada, ni una sola obra de origen religioso podría, en rigor, permanecer en el Museo del Prado. Ni en ningún museo. Sólo en sus respectivos lugares de culto. Los museos serían sólo un depósito de polvo. Ese desierto profetiza un bárbaro con poderes ministeriales.

Y la barbarie que el ministro Urtasun anuncia no va a destruir sólo almacenes prodigiosos de belleza. Aspira a aniquilar la última aspiración del hombre moderno a despojarse de la bestia. «Es bello» —cerraba su solemne meditación Malraux— «que el animal que sabe que debe morir, arranque a la ironía de las nebulosas el canto de las constelaciones y que lo lance al azar de los siglos, a los cuales impondrá palabras desconocidas. En la noche en la que Rembrandt sigue dibujando, todas las Sombras ilustres […] siguen con su mirada la mano vacilante que prepara su supervivencia o su nuevo sueño». Eso es el museo.

Urtasun nada sabe de supervivencias. Anda muy ocupado por edificantes cuestiones acerca de sexos, géneros, colonias, imperios extintos… Dicta: desguacemos el Prado, retornemos a la inocente barbarie. Orden ministerial: ¡ardan los Museos!

Para El Debate


4 respuestas a «¡Ardan los museos!»

  1. Los museos, aparte de lo lo que expone el autor del artículo, son, o se utilizan, como factor de influencia en la sociedad a través de la cultura.
    Por ello, tanto las obras que se exponen, como las que se retiran -o permanecen en los fondos pero sin exponer- están en función de quienes gestionan los museos. Elegidos precisamente con esa finalidad.
    Esa y no otra es la razón por la que un homínido como Urtasun pueda determinar lo que debe o no debe formar parte de lo expuesto en un museo.
    Y eso por ejemplo es la razón por la que un enorme «truño» como el Guernica de Picasso ocupe un lugar destacado, mientras permanecen ocultas muchas obras de arte verdaderas.
    Por sujetos como Urtasun (en realidad quienes los eligen con ese fin) los museos, en lugar ce centros culturales, pretenden ser elementos de propaganda.

  2. A esta chusma destructora, inmunda y degenerada hay que echarla a patadas, pero para eso hace falta que la sociedad se conciencie en masa de lo que está realmente en juego, que es nada menos que la supervivencia de nuestra Patria y de la civilización occidental en último término y, francamente, si a estas alturas estamos como estamos, hay pocos o ningún motivo para el optimismo.

  3. Los museos, construcciones de civilizaciones anteriores, su historia, sesgan su cultura, destruyen o deforman lo que no pueden destruir, tapan todo resquicio que pueda causar emerger su verdadera historia, censuran o asesinan a los revisionistas históricos, para mantener la matriz arquetípica cultural que nos han diseñado para mantenernos dormidos. Esta matriz, mal denominada ventana de Overton o políticamente correcto, va asociada a la ingeniería social para evitar recordar nuestro origen ancestral, que es la sangre y suelo que hace emerger el espíritu patriótico de origen. En España, como burla a estos mentecatos, la llamamos memoria histérica, evidentemente, promovido por el sionismo político internacional, que se creó después de la Segunda Guerra Mundial, para impedir el despertar europeo en el recuero verdadero del nacionalismo patriótico, por eso, somos una colonia europea anglosajona sionista.

    Saludos cordiales

  4. El museo es historia verdadera, pero los amos necesitan reescribirla para que podamos todos( los que sobrevivan indemnes a las sucesivas plandemias ), vivir en la mentira relativa que más les convenga( ‘por nuestro propio bien…’ dirán sus lacayos masones )para optimizar su granja humanoide esclavista comunista global modelo chino NOS/M. Le seguirán los museos al aire libre: la arquitectura histórica, empezando por el Complejo de la Cruz. Toda verdad ha de ser hipócritamente destruida o maquillada/adulterada. De hecho, y sin darnos cuenta, hemos renunciado a gran parte de ella desde hace mucho; tal es la carne.
    Pero no contentos con malograr los templos del saber, están en adulterar en masa y completamente el templo individual del espíritu, cuando exista; para que no haya ya refugio ni paz en este mundo( no obstante, algunos perseverarán, pues está dicho/escrito ). Supongo que entonces vendrá el fin. La ‘cosa’ no ha hecho más que empezar.

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