Breve historia de Chipre: una espina turca en el talón europeo

Afrodita

La isla donde, como nos dice Homero, nació Afrodita, evoca «un perfume, hecho de sus bosques, de la espuma de sus cálidos mares», pero también el cobre, el cuprón en latín, del que la isla era tan rica que todavía lleva el nombre del metal. Su historia es más que tumultuosa. Muchos estratos extranjeros han impregnado la isla: minoicos, micénicos, asirios, egipcios, persas, romanos, bizantinos, cruzados, venecianos, turcos, británicos. Pero Chipre pertenece, sin duda, al mundo helénico.

Guido de Lusignan

El reino franco de los Lusignan fue, según Rolinat, un «hijo de las Cruzadas». Tras la caída, una a una, de las plazas francas de Tierra Santa, sólo quedó un reino «latino» en la región, el de Chipre, gobernado durante casi tres siglos por la dinastía Lusignan, hasta la invasión veneciana de 1489. Lusignan es una encantadora ciudad medieval de Poitou, con unos 2.600 habitantes, cuyos señores habían participado en la Reconquista de España. Fue el Rey de Inglaterra, Ricardo Corazón de León, quien vendió Chipre a los Lusignan después de, en un primer momento, haberla concedido a los templarios, odiados por los habitantes.

Los turcos, que habían finiquitado al imperio bizantino, exigieron en 1570, a través del sultán Selim II, la cesión de la isla, entonces bajo soberanía veneciana, que pronto cayó en sus manos en un baño de sangre. Veinte mil personas de un total de 160.000… murieron a manos de los otomanos. La larga noche otomana estaba a punto de caer en la isla de Afrodita. El comienzo del siglo XIX estuvo marcado, en toda Grecia y también en Chipre, por levantamientos populares que fueron aplastados por las autoridades turcas.

En 1821, 400 notables chipriotas fueron masacrados, incluyendo al arzobispo, que fue colgado de una morera. Pero las consideraciones geopolíticas iban a cambiar la situación. Desde la guerra de Crimea (1853-1856), los franceses, británicos y turcos habían estado luchando contra el imperio ruso. Para preservar la alianza, aunque provisional, con los británicos, el sultán accedió a ceder Chipre a los británicos.

Izado de la bandera británica en 1878 en Nicosia

Así, el 12 de julio de 1878, la Union Jack fue izada en Nicosia. En 1915. Grecia, requerida para entrar en la guerra junto a los aliados, con la promesa de recuperar Chipre, se negó inicialmente a unirse a la coalición. Esto fue un grave error del gobierno de Atenas. Cuando Grecia se unió al campo aliado en 1917, ya era demasiado tarde. El Tratado de Sèvres convertiría a la isla en una colonia de Londres y el 10 de marzo de 1925, un gobernador reemplazó al alto comisionado. Esto duró hasta 1960. Este siglo se caracterizó por fuertes tensiones entre las autoridades británicas y los grecochipriotas, quienes exigían la Enosis , la reincorporación a la madre patria. En 1931, el Palacio del Gobernador en Nicosia fue quemado y las autoridades locales griegas llamaron a la resistencia pasiva. Como represalia, las autoridades británicas promulgaron una ley de excepción, mediante la que expulsaron a dos obispos, encarcelaron a mil sospechosos y prohibieron la enseñanza de la historia griega. Durante la Segunda Guerra Mundial, muchos grecochipriotas se unieron al ejército griego después de la agresión italiana y el ataque de la Wehrmacht (30.000, un número enorme). Churchill las hizo algunas buenas promesas que, por supuesto, no cumplió.

Milicias de le EOKA
Makarios

Furiosos, los chipriotas organizaron un plebiscito semiclandestino el 15 de enero de 1950, dirigido sobre todo por la Iglesia Ortodoxa, que dio 215.108 votos a favor de la Enosis sobre 224.747 votantes. Pronto, un movimiento clandestino, la EOKA, iba a iniciar la lucha armada en 1955 a favor de la independencia, lo que permitiría, se pensaba, que la isla se uniera a la madre patria. El nuevo gobernador británico impuso un estado de sitio, ahogó con multas a la población griega y creó una fuerza especial formada por turcos, acentuando así el divorcio étnico, preludio de futuras particiones. Las prisiones y los campos de detención (iba a escribir «campos de concentración», un invento británico en Sudáfrica durante la guerra de los Bóers) estaban llenos hasta los topes. El gobernador, al darse cuenta de que había llegado a un punto muerto, decidió comenzar las discusiones con el inspirador de la resistencia, el obispo Makarios. Esta conversaciones fracasaron. La represión británica aumentó. Makarios fue deportado a las Seychelles y dos miembros de la EOKA fueron ahorcados, lo que provocó una huelga general. Los turcos asesinaron a varios aldeanos griegos y quemaron y saquearon diversas iglesias ortodoxas. Todos los griegos de la isla llevaban brazaletes negros en señal de luto. La radicalidad había prevalecido, la violenta lucha entre griegos y turcos no encontraría otra solución que la separación física. El principio de una república independiente, bicomunal, pero unida, se promulgó el 11 de febrero de 1959. El obispo Makarios regresó triunfante después de tres años de exilio.

Pero no había terminado con el atolladero de Chipre…

La independencia de Chipre se proclamará el 19 de febrero de 1960. Pero los acuerdos contenían algunas bombas retardadas. Así, Grecia, Turquía y Gran Bretaña podrían intervenir en caso de que la nueva república se viera amenazada. Un presidente griego y un vicepresidente turco estarían a la cabeza del estado, cada uno con derecho de veto, y así sucesivamente. Este rompecabezas, obviamente, llevará a bloqueos sucesivos. Los enfrentamientos entre las dos comunidades se reanudarían, con Turquía arrojando aceite al fuego y exigiendo la partición. Los griegos, de golpe, revivieron su sueño de la Enosis. ¡Menudo embrollo!

Ambos lados se radicalizarán. A finales de 1959, los griegos representaban el 78,8% de la población, los turcos el 18,5%, los armenios y los maronitas el 2,7%. Hubo muchos enfrentamientos entre las dos comunidades. En Pafos, donde vivían 6.000 griegos y 3.000 turcos, las casas de estos últimos fueron atacadas con bazucas. Un nuevo maquis, basado en la EOKA, se formó por toda la isla. Makarios temía un desembarco turco y movilizó a 30.000 grecochipriotas en la Guardia Nacional. El desembarco se producirá, pero diez años después. Los griegos y los turcos se estaban matando entre ellos. De hecho, nunca hubo ninguna confraternización. Como escribe Jean-Claude Rolinat, «la ósmosis entre las dos etnias nunca se había logrado; no se celebrar ningún matrimonio mixto. Si un chico griego hubiera salido con una chica turca, o viceversa, habría sido inmediatamente excluido de la comunidad». El 29 de diciembre de 1967, un «gobierno provisional turcochipriota» se instaló en Nicosia, a apenas cuatro kilómetros del palacio de Makarios. La «partición o la muerte» exigió el núcleo duro del campo turco. El Chipre unitario, fantaseado por el Foreing Office, nació muerto. Se estaba a punto de sumergirse, de nuevo, en la guerra civil, tal y como había sucedido en Grecia con el levantamiento comunista de las posguerra, que fue aplastado por el ejército real ayudado por los británicos.

Georgios Papadopoulos

Después de una interminable crisis política, que paralizó a Grecia durante meses, el 21 de abril de 1967 el ejército salió de sus cuarteles. La mayoría de los ministros y líderes de los partidos políticos fueron arrestados, todos los puntos estratégicos de la capital fueron ocupados, y se estableció un toque de queda. Un gobierno compuesto principalmente por militares, incluyendo al coronel Papadopoulos, gestor del golpe, futuro y efímero presidente de la República griega, prestó juramento ante el joven rey Constantino. Se lanzaron llamamientos a la resistencia desde una radio clandestina y el poderoso Partido Comunista denunció, a instancias del Pravda, que «la conspiración se remite a la CIA». Ocho mil arrestos habían tenido lugar, incluyendo el de Mikis Theodorakis, el autor-compositor de la música de Zorba el griego. El rey, ¿había alentado o consentido el golpe? No lo sabemos, pero intentó un contragolpe siete meses después, que fracasó miserablemente. Lo que le quedaba era hacer las maletas y, con su familia, refugiarse en Roma en un lujoso exilio. El Ejército aún tenía siete años para dirigir Grecia. Pero en la madrugada del 25 de noviembre de 1973, otro golpe militar, esta vez organizado por los generales, derrocó a Papadopoulos. Siguieron unos meses de total confusión. Jean-Claude Rolinat lo dice muy bien: «Con o sin él (Papadopoulos), el régimen militar era una dictadura en el vacío: sin ideología precisa, sin horizonte político». Hasta la catástrofe de julio de 1974, «la vida política griega se asemejaba a la deriva de un perro muerto arrastrado por la corriente», comenta. El 15 de julio de 1974, los oficiales griegos que supervisaban la Guardia Nacional chipriota derrocaron al presidente Makarios, lo que proporcionó un pretexto de oro para que los turcos intervinieran, a su vez, en la isla. La inconsistente dictadura militar griega estaba a punto de derrumbarse de nuevo, lo que llevó al colapso del lado grecochipriota, que había tratado de forzar la Enosis, con un insensato golpe de póquer: un verdadero desastre para Chipre y para Grecia. Constantin Caramanlis, un viejo zorro socialista que se había refugiado en París, fue llamado para formar el nuevo gobierno griego. Un balance brillante.

Elementos extremistas de una EOKA incontrolada e incontrolable atacaron pueblos turcos durante esos días y mataron a sus habitantes. Un formidable pretexto para la intervención de Turquía, que puso en marcha la largamente planeada Operación Atila (VÍDEO); con un bombardeo aéreo y naval de las posiciones griegas, desembarcando en Kyrenia, con un lanzamiento de cientos de paracaidistas y los tanques trucos Patton tomando el camino hacia Nicosia. «Un viento de locura soplaba sobre Atenas, la ciudad de Pericles», dice Rolinat, que estaba presente en la capital griega. Unos 300 vehículos blindados turcos, de 30 a 40.000 hombres y docenas de aviones atacaban a un ejército chipriota muy escuálido. Fue, por supuesto, un desastre. Doscientos mil grecochipriotas estaban a punto de huir ante en avance de las tropas turcas, abandonando repentinamente sus hogares. Al mismo tiempo, 40.000 turcos tomarán el camino hacia el norte. Turquía lograría sus objetivos. Habían logrado «homogeneizar» un territorio de aproximadamente 3.200 km2, el equivalente a Luxemburgo, permitiéndoles instalar «su propio estado». Hoy en día, la «cicatriz turca» corta 180 kilómetros en la cara de la isla de Afrodita. Esta zona norte, que antes de la guerra albergaba el 80% de los griegos, siempre ha sido la más rica de la isla con un 60%-70% de tierra cultivable y la mitad de sus recursos hídricos. Diez mil campesinos turcos de Anatolia fueron «importados» para cultivar esta tierra, mientras que al menos 17.000 soldados turcos disuadían cualquier intento de reunificación en el sur. Los turcos ocuparon el 33% de la superficie de la isla, aunque como mucho sólo representan el 20% de la población. La TRNC, la República Turca de Chipre del Norte es, de hecho, un «sujeto legal no identificado» que tiene la apariencia de estado (el 60% del presupuesto lo aporta el hermano mayor turco), los colores de un Estado, la administración y la policía de un Estado, pero no es un Estado (sino un protectorado turco) a los ojos de la comunidad internacional; con la excepción de Turquía y de sus camaradas de Bangladesh y Azerbaiyán. El viceprimer ministro turco, que era entonces el nacionalista Erbakan, lo expresó con un nervio increíble: «Se establecerá un Estado turco independiente en la isla. Los países que quieran reconocerlo serán nuestros amigos. Si la ONU lo admite, tanto mejor. Si no, no lo convertiremos en una enfermedad». Cuarenta y cinco años después, aquí estamos.

La «dictadura en el vacío», en palabras del periodista de Le Monde Paul-Jean Francceschini, «murió de impotencia y desorden». Los coroneles miopes, incapaces de impregnar con una ideología sólida y arraigada los diversos estratos de la sociedad, dice Rolinat, querían regular el largo del cabello de los chicos y el largo de las faldas de las chicas: un programa ambicioso… También pretendían moralizar la vida pública, pero sin dar ejemplo: paralización, corrupción, compromisos que deshonraron a la jerarquía ante los ojos asustados de los oficiales subalternos, a menudo «de línea dura». Obviamente terminarán mal, desfilando hasta el agujero de la prisión, antes de ser perdonados con el tiempo. Papadopoulos, por su parte, permaneció internado hasta su muerte en 1999, a la edad de ochenta años, negándose a pedir perdón.

Del artículo del autor sobre el libro «Chypre, l’épine turque dans le talon européen» de Jean-Claude Rolinat, publicado en el Nº 227 de Razón Española, revista bimestral (65€/año) sólo en papel y para subscriptores. Telf.- 617.326.123 ó fundacionbalems@yohoo.es

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