Breve semblanza del Capitán Saturnino Martín Cerezo, héroe de Baler

Saturnino Martín Cerezo

Saturnino MARTÍN CEREZO. Segundo teniente de la Escala de Reserva del Batallón de Cazadores Expedicionario núm. 2. Cruz de 2ª clase, Laureada. Real orden de 11 de julio de 1901 (Diario Oficial del Ministerio de la Guerra, núm. 150/1901). Guerra de Filipinas. Defensa del destacamento de Baler, del 1 de julio de 1898 al 2 de junio de 1899.

Al fallecer el jefe del destacamento el 22 de noviembre, se hizo cargo de su mando y a pesar de las bajas tenidas, tanto causadas por el enemigo cuanto por las enfermedades epidémicas que se desarrollaron, la escasez de víveres y la falta de vestuario y comunicaciones, pudo prolongar tan notoria defensa, manteniendo la disciplina, repri­miendo algún intento de sublevación en sus tropas, imponiendo duro correctivo a los promovedores y rechazando repetidas intimaciones de rendi­ción, hasta que, después de once meses de asedio, el 2 de junio de 1899, capituló.

Rogelio Vigil de Quiñones

Componían el destacamento del poblado de Baler, al empezar el mes de julio de 1898, 50 hombres del Batallón de Cazadores Expedicionario núm. 2, al mando del segundo teniente don Juan Alonso Zayas, quien tenía, además, a sus órdenes al de igual empleo don Saturnino Martín Cerezo, al médico provisional don Rogelio Vigil de Quiñones, y a un cabo y un soldado indígenas y otro europeo, los tres del Cuerpo de Sanidad.

Enrique de las Morenas y Fossi

Era comandante político-militar del distrito del Príncipe, con residencia en Baler, el capitán de infantería don Enrique de las Morenas y Fossi, reduciéndose la población europea a los ya citados y al cura párroco fray Cándido Gómez Carreño.

Desde que el destacamento se había establecido, muy raras veces había habido comunica­ción con la capital, y ésta había cesado por completo en el mes de junio, cuando habían desertado los sanitarios indígenas y un cazador, y se había notado, por días, que los vecinos del poblado lo abandonaban.

Todo esto llevó al ánimo del comandante del destacamento al convencimiento de que ocurrían en la isla sucesos de importancia, y se dispuso a poner en condiciones de defensa el puesto que le habían confiado.

La iglesia fue ocupada por todos los europeos y en ella se almacenaron los víveres y municiones existentes; se construyeron fosos y aspilleras, se extremó la vigilancia y se practicaron reconocimientos, comprobándose la existencia de grupos de insurrec­tos en los alrededores del poblado.

El primero de julio se presentaron en el poblado numerosas partidas, con gran aparato de guerra y algunos cañones antiguos, intimando al destacamento a que se rindiese. Se les contestó enérgicamente, y el mismo día empezó el fuego y el sitio, quedando la iglesia rodeada por un círculo de trincheras.

Los sitiados empezaron aquella heroica defensa dispuestos a resistir hasta la muerte los ataques de que pudieran ser objeto; faltaban carne y sal, pero tenían agua, arroz, algunos centenares de cajas de sardinas y abundantes municiones.

La iglesia de Baler entonces y ahora
La iglesia de Baler en la época

Así pasó el mes de julio y el de agosto, respondiendo al fuego noche y día, sin que decayese el espíritu de los sitiados. Durante el mes de septiembre se declaró una epidemia, a consecuencia de la cual fallecieron: el 25, el cura párroco; el 18 de octubre, el segundo teniente Alonso, y el 22 de noviembre el capitán De las Morenas; además, estaban heridos varios soldados, el médico y el segundo teniente Martín Cerezo que, desde la muerte de su compañe­ro, mandaba el destacamento.

Cinco meses y medio llevaban encerrados, resistiéndose a escuchar las intimidaciones que, a menudo, les dirigían los insurrectos; el 14 de diciembre, 15 hombres del destacamento, mandados por un cabo, pretendieron realizar la empresa de incendiar el poblado para despejar el campo de tiro y quitar abrigo a los sitiadores; para conseguirlo salieron con machete armado y juramentados; el éxito coronó sus esfuerzos y a los pocos momentos las llamas, empujadas por furioso viento, envolvían los edificios; los insurrectos, llenos de pánico, huían en todas las direcciones y, mientras tanto, fueron trasladadas a la iglesia algunas provisiones y frutas frescas.

Sin más que ligeros tiroteos terminó el año, entrando en el nuevo 1899 con igual espíritu, no quebrantado por la situación tristísima en que se hallaban, ni por algunas deserciones; desde entonces fue preciso reducir la ración, pues los víveres habían disminuido considerablemente.

Cinco meses más duró tan épica lucha que llenara de orgullo a cuantos contribuyeron a ella; no se dio oídos a las proposiciones de los contrarios mientras quedaron víveres y municiones. Hubo en este tiempo un intento de sedición que, descubierto y conocidos los autores (un cabo y dos soldados) fueron mandados fusilar por Martín Cerezo, que, al fin, después de agotar completamente los víveres, teniendo casi todos los supervivientes heridos y anémicos, y no quedando ya municiones, entró el 1 de junio en tratos con el enemigo, imponiéndole condiciones que aceptaron, convencido de que el destacamento de Baler estaba dispuesto a no ceder. Los que lo componían no fueron hechos prisioneros, y en triunfo salieron de la iglesia donde yacían enterrados muchos de sus compañeros, atravesando la Isla de Luzón para llegar a Manila, y siendo objeto de grandes muestras de admiración por parte de cuantos les habían combatido o conocían la bravura de aquellos valientes, cuyos nombres y, singularmente, el de su jefe, asociados al poblado de Baler, jamás serán olvidados por los que de corazón amen las glorias de España.

Aguinaldo firmó un decreto referente al hecho, que decía lo siguiente:

Emilio Aguinaldo

«Habiéndose hecho acreedoras a la admiración del mundo las fuerzas españolas que guarnecían el destacamento de Baler, por el valor, constancia y heroísmo con que aquel puñado de hombres aislados y sin esperanzas de auxilio alguno, ha defendido su bandera por espacio de un año, realizando una epopeya tan gloriosa y tan propia del legendario valor de los hijos del Cid y de Pelayo; rindiendo culto a las virtudes militares e interpretando los sentimientos del Ejército de esta República que bizarramente les ha combatido, a propuesta de mi Secretario de Guerra y de acuerdo con mi Consejo de Gobierno, vengo en disponer lo siguiente: 

ARTICULO UNICO

Los individuos de que se componen las expresadas fuerzas no serán considerados como prisioneros, sino, por el contra­rio, como amigos, y en su consecuencia se les proveerá por la Capitanía General de los pases necesarios para que puedan regresar a su país. Dado en Tarlak a 30 de junio de 1899.

El Presidente de la República, Emilio Aguinaldo.

El Secretario de Guerra, Ambrosio Flores

El 1 de septiembre desembarcaron en Barcelona y al día siguiente fue licenciada la tropa del destacamento (Fig. 51). Tres días después, el alcalde de Barcelona, don Antonio Martínez Domingo, saludaba y felicitaba al destacamento con las siguientes palabras dirigidas a Martín Cerezo por medio de oficio:

«El Excmo. Ayuntamiento que me honro en presidir, al hacer constar en actas la intensa satisfacción con que vio la llegada a esta capital de los 33 defensores de Baler, resto del heroico destacamento que tan alto sostuvo el pabellón español en Filipinas, en consistorio del día 11 del actual acordó que una Comisión de su seno, en relación con la autoridad militar superior de Cataluña, les visitase para ofrecerles el testimonio de admiración de este Cabildo municipal y les transmitiese el acuerdo de referencia.

La perentoriedad con que dicho destacamento abandonó esta ciudad no dio lugar a que se llevase a cumplimiento el transcrito acuerdo, y por ello esta Presidencia desea que llegue a conocimiento de los interesados, por considerarlo genuina expresión de los sentimientos que en los barceloneses todos produjeron los señalados hechos por ellos realizados, lo notifica a V.S. como digno jefe que fue de aquella fuerza, felicitando al propio tiempo en el de V.S., el heroísmo de todos sus individuos que, en medio de los desastres que han afligido a España, supieron añadir una página más al libro de oro de su Historia

El mismo 4 de septiembre (Diario Oficial del Ministerio de la Guerra núm. 195) el general Polavieja, ministro de la Guerra, firmó la siguiente real orden:

«Enterada S.M. (q.D.g.) de que han llegado a la Península los oficiales y soldados que restan de los que formaron parte de la guarnición de Baler (Filipinas), al mando del segundo teniente de la escala de reserva D. Saturnino Martín Cerezo; considerando que dicha guarnición ha sufrido más de un año de riguroso asedio incomunicada con la Patria y dando señaladas pruebas de su amor a ella y de su culto al honor de las armas; considerando que a las muchas intimidaciones que se le hicieron para rendirse contestó negativamente con heroica entereza hasta que, agotados los víveres y municiones, capituló con todos los honores de la guerra, el Rey (q.D.g.), y en su nombre la Reina Regente del Reino, se ha servido disponer que sin perjuicio de recompensar a cada uno de los oficiales, cabos y soldados del destacamento según sus merecimien­tos, se les den las gracias en su Real nombre, y se publique en la Orden general del Ejército la satisfacción con que la Patria ha visto su glorioso comportamiento, para que sirva de ejemplo a cuantos visten el honroso uniforme militar. Es asimismo voluntad de S.M., que se abra juicio contradicto­rio en la Capitanía general de Castilla la Nueva, para poder acordar la concesión de la cruz de la real y militar Orden de San Fernando a los que se hubiesen hecho acreedores a ella, según su reglamento

La Cruz de San Fernando se le concedería al capitán Martín Cerezo en el mes de julio de 1901.

El 8 de septiembre Martín Cerezo se trasladó a Tarragona para dar cuentas a la comisión liquidadora del Batallón al que había pertenecido, y posteriormente marchó a Madrid, donde fue recibido por el ministro de la Guerra y por un jefe del Cuarto Militar de S.M. el Rey.

El 28 de septiembre de 1899 (Diario Oficial del Ministerio de la Guerra, núm. 215/1899) se publicaron dos reales órdenes por las que se recompensaba a los heroicos defensores de Baler. En la primera de ellas, por los servicios prestados hasta el 7 de agosto de 1898, se concedió a Cerezo el ascenso a primer teniente, y a los dos cabos, corneta y 28 soldados supervi­vientes la Cruz al Mérito Militar con distinti­vo rojo pensionada con 7,50 pts. al mes, vitalicia; en la segunda, para premiar los servicios prestados desde el 8 de agosto de 1898 al 2 de junio de 1899, se ascendió a Cerezo al empleo de capitán y concedió a la tropa otra Cruz pensionada y vitalicia al Mérito Militar.

El recibimiento que se le hizo en Miajadas, su pueblo natal, fue apoteósico. El Ayuntamiento celebró el 23 de octubre una sesión extraordinaria a la que asistió Martín Cerezo, durante la que se adoptaron los acuerdos siguientes:

«Primero. Variar el nombre de la calle en que nació el valiente defensor de Baler, poniéndole el suyo, y que a la calle de Mesones se la conozca con el de la calle de la Reina en lo sucesivo, que es el nombre que actualmente lleva la que se ha de conocer desde hoy con el de Martín Cerezo.

Segundo. Que en el Salón de Sesiones de este Ayuntamiento se coloque una lápida de mármol con una inscripción conmemora­tiva de este acto, y otra de hierro fundido en la casa en que nació el sufrido y heroico hijo de este pueblo.

Lápida colocada en su casa

Tercero. Que por el Ayuntamiento se encabece una suscripción con cincuenta pesetas, a la cual podrán adherirse cuantos lo deseen, debiendo hacerse pública, y que tendrá por objeto regalar al Capitán D. Saturnino Martín Cerezo un sable de honor como recuerdo de sus paisanos

El Ayuntamiento de Cáceres no quiso ser menos, y en sesión de 9 de enero de 1900 acordó nombrarle «Hijo adoptivo» de la ciudad. A este homenaje se sumó también la ciudad de Trujillo, que ofreció un banquete al héroe y cuyo Ayuntamiento, en sesión de 12 de febrero del mismo año, le nombró también «Hijo adoptivo».

En 1904 publicó la obra El Sitio de Baler (Notas y Recuerdos), en la que dejaba ver su dolor por la desconsideración con que se le había tratado en los primeros momentos. Derribados por el infortunio -escribía- caídos en el apocamiento y el descrédito, considero, pues, de oportunidad estas páginas, humilde apunte para la historia de aquellos días luctuosos y debido tributo a mis valerosos compañeros. Limpio de resquemores y no deseando ni la censura ni la crítica, sólo ha de valorarlas mi sinceridad al escribirlas; sea ello mérito para la benevolencia en su lectura. A esta primera edición seguirían otras más.

Por ley de 6 de marzo de 1908 se concedió una pensión vitalicia de 60 pesetas mensuales a toda la tropa que había compuesto el destacamento, excepto a los desertores y fusilados, que sería transmisible a las esposas e hijos o padres de los que hubieran muerto o falleciesen en lo sucesivo.

El 8 de noviembre de 1910, el periódico El Mercantil, de Manila, publicó la siguiente carta del general norteamericano Frederic Funston, en la que agradecía se le hubiese remitido una traducción al inglés del libro de Martín Cerezo:

«El relato tiene especial interés para mí, por dos razones: Yo estaba en San Fernando de la Pampanga en julio de 1899, cuando los 32 supervivientes de aquel heroico puñado de soldados españoles pasaron las líneas norteamericanas en dirección de Manila, y siete meses más tarde establecí la primera guarnición norteamericana en Baler, en cuya pequeña iglesia, de piedra, contemplé con asombro y admiración el escenario de lo que probablemente ha sido la más gallarda defensa de un puesto, comprobada en la historia militar. Por centenares de yardas a todos lados, la tierra había sido materialmente removida, con trincheras, defensas y reductos, algunas de las primeras a 40 metros de la misma iglesia.

Eustaquio Gopar Hernández (a la izquierda), y el también héroe de Baler José Hernández Arocha (a la derecha) en el desfile de la Victoria de 1946 (Preside el Gral. García Escámez)

En cuanto a ésta, no había en sus paredes exteriores un solo hueco tan ancho como la palma de la mano, que no estuviera acribillado de balazos, ni un metro cuadrado que no presentara las señales de una granada. En este reducido espacio y entre las paredes arruinadas del convento adjunto, un pequeño puñado de héroes, menos de cincuenta al comenzar, con raciones que consumiéndose ordinariamente habrían durado tres meses, se sostuvo por once meses terribles contra una fuerza de 200 a 800 hombres, provistos de media docena de piezas de Artillería, una de ellas de modelo moderno. Durante ese tiempo no hubo tregua un solo día en el fuego de Artille­ría e Infantería. Un oficial filipino que tomó parte en el sitio, me dijo en 1901 que los filipinos perdieron, entre muertos y heridos, durante esos once meses, seis veces el número de la fuerza sitiada.

La ropa de éstos se les caía literalmente a pedazos; tenían que hacer salidas para proveerse de grama y hierbas que comer, pero no daban oídos a términos de rendición. Por último, cuando el teniente Cerezo, el único sobreviviente de los tres oficiales de aquel destacamento se convenció por números de los periódicos de Madrid, enviados por los sitiadores, que la soberanía de España en las islas Filipinas ya había cesado hacía varios meses, consintió, no en rendirse, sino en una evacuación del puesto, lo que se le permitió, quedándose con su bandera y sus papeles y todos los honores de la guerra, y estipulando que se le dejaría rebasar las líneas americanas para Manila.

Los insurrectos, para honra suya, respetaron estos términos y los cumplieron, y aquel pequeño puñado de bravos retornó a España, para recibir los merecidos honores, después de haber dado a su patria uno de los más gloriosos episodios de la historia.

Deseo que cada uno de los oficiales y soldados de nuestro Ejército lea este libro. El que no se sienta animado a grandes hechos por este modesto y sencillo relato de heroísmo y devoción al deber, debe verdaderamente tener el corazón de liebre

Como en 1904 se le había concedido a la viuda del capitán Las Morenas una pensión de cinco mil pesetas anuales, transmisible a sus hijos, y de esta última disposición habían sido excluidos los dos oficiales del destacamento y el médico, con fecha 3 de mayo de 1911 el diputado José Rosado Gil presentó al Congreso la siguiente proposición de ley:

«Meritorio fue conceder una pensión anual de 5.000 pesetas a la viuda, transmisibles a los hijos, del Comandante político-militar del distrito del Príncipe, D. Enrique de Las Morenas y Fossi, que falleció el 22 de Noviembre de 1898 (en la primera mitad del sitio de Baler, islas Filipinas), sufriendo, por consiguiente, una parte de él; y meritorio, en justo y sumo grado, es que se haya concedido otra pensión mensual de 60 pesetas a la pobre tropa del destacamento, que tuvo que arrostrar las privaciones y penalidades más terribles conocidas, en aquella lucha tan desesperada, constante y desigual (100 contra 1), donde desnudos y sin apenas dormir ni comer, perdieron más de la mitad de su existencia, quedando casi imposibilitados para poderse dedicar a las rudas tareas de su profesión, constituyendo, a la par que una gloria, una calamidad para sus familias que, faltas de recursos, tenían que sufrir la doble pena de verlos morir por no poder costear los gastos que ocasionan enfermedades tan largas.

P. Cándido Gómez Carreño, que formó parte de los asediados hasta su muerte por beri-beri en Diciembre de 1898

El destacamento de Baler sufrió más de un año de riguroso asedio, incomunicado por completo, y desde el 30 de junio de 1898 al 2 de julio de 1899, el enemigo estrechó tanto el cerco, que la acción de nuestras fuerzas quedó reducida a defenderse en la iglesia.

El Capitán Las Morenas contaba con la iniciativa de los dos oficiales del destacamento y el concurso eficaz del ilustrado médico provisional D. Rogelio Vigil de Quiñones y Alfaro, mientras que el entonces Teniente Martín Cerezo, sin contar más que con la suya (puesto que el Comandante del referido destacamento, también Teniente, D. Juan Alonso Zayas, había fallecido el 18 de Octubre de 1898, encargándose este día del mando del mismo), prolongó la defensa seis meses y medio más, durante los cuales tuvo que hacer titánicos esfuerzos, realizando acometividades, las más arriesgadas empresas de quema del pueblo, salidas, emboscadas y sorpresas, que unidas a la perseverancia inquebrantable en la prolonga­ción del sitio, hicieron alcanzar a éste las cumbres de la fama en el mundo entero, que se extrañaba de cómo un pequeño destacamento que empezó con 50 hombres se había podido defender hasta diez meses después de perdido el Archipiélago, de una insurrección triunfante y dueña de todo el territorio donde se había rendido nuestro Ejército, facilitándola en abundancia armamento de todas clases, municiones y pertrechos de guerra; y, en cambio, en el destacamento, a medida que el tiempo transcurría, los escasos recursos disminuían hasta acabarse, haciendo cada vez más penosa e imposible la defensa.

Y como los pueblos se honran, tanto al perpetuar en mármoles y bronces la memoria de sus muertos ilustres como al enaltecer y premiar en vida de sus hijos distinguidos los extraordinarios servicios que éstos les prestan, para subsanar al mismo tiempo la omisión de que han sido objeto los dos oficiales y el precitado médico al concederse gracias extraordinarias a todos los demás del destacamento, y con el fin de alejar la idea de que en nuestro país existe el preconcebido propósito de preterir a los que a España dieron gloria, no dedicando la debida atención ni concediéndose la merecida importancia a nuestros hechos heroicos, que reverde­cen los laureles de la Patria, el Diputado que suscribe tiene el honor de rogar al Congreso se sirva tomar en consideración y aprobar la siguiente: 

PROPOSICION DE LEY

Artículo único. Se concede una pensión anual de 5.000 pesetas, compatible con cualquier otro haber que perciban del Estado y transmisibles a sus esposas e hijos, a los dos oficiales del destacamento de Baler (islas Filipinas), D. Saturnino Martín Cerezo y D. Juan Alonso Zayas, así como al médico director de la enfermería, D. Rogelio Vigil de Quiñones y Alfaro; siendo transmisible dicha pensión a la esposa e hijos de los que hubieran muerto o fallezcan en lo sucesivo, y de no tenerlos a sus padres

Parece ser que esta proposición de ley no llegó a prosperar.

En cuanto a la iglesia entre cuyos muros tuvo lugar la heroica defensa, fue reconstruida, fijándose en 1939 en su fachada principal una placa recordato­rio de los hechos, en la que en lengua inglesa se recogía el siguiente texto (Fig,s. 52 y 53).

«ASEDIO DE LA IGLESIA DE BALER

Una guarnición española de cuatro oficiales y cincuenta hombres fue asediada en esta iglesia por insurgentes filipinos desde el 27 de junio de 1898 hasta el 2 de junio de 1899. Ofertas de paz y peticiones de rendición fueron rechazadas en cinco ocasiones. Por los periódicos arrojados dentro del patio por un emisario del general Ríos el 29 de mayo, la guarnición supo por primera vez que España había perdido las Filipinas y que desde hacía muchos meses no había ninguna bandera española en Luzón, excepto la que ondeaba sobre la iglesia de Baler. Destrozado por el hambre y las enfermeda­des tropicales, el agotado grupo acordó una tregua con los insurgentes, abandonó la iglesia y se dirigió a través de las montañas hacia Manila el 2 de junio de 1899. De la guarni­ción original dos oficiales, el capellán y doce hombres habían muerto de enferme­dad; dos hombres habían muerto por balas insurgen­tes; dos hombres habían sido ejecutados; dos oficiales y catorce hombres habían sido heridos; seis hombres habían desertado. La resistencia de esta guarnición fue alabada por el general Aguinaldo en un documento público enviado a Tarlac el 20 de junio de 1899. A su regreso a España, los supervivientes fueron recompensados por la Reina Regente en nombre de Alfonso XIII y de la Nación Española.»

El 14 de abril de 2000 tuvo lugar en Baler un emocionan­te acto al que asistió el embajador de España en Filipinas, durante el cual fue este templo declarado Patrimonio Artístico Nacional.

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Martín Cerezo de General al final de sus días

Saturnino MARTÍN CEREZO. Nació en 1866 en Miajadas (Cáceres), en el número 23 de la calle de la Reina -nombre que, posteriormente, sería cambiado por el del héroe-. Desde pequeño sintió gran pasión por los libros, pero la pobre situación económica de la familia le impidió cursar largos estudios y le obligaron a dedicarse a las tareas del campo.

A los diecinueve años ingresó en el Ejército como soldado, ascendiendo sucesivamente a los empleos superiores, hasta que en 1897 alcanzó el de segundo teniente de la Escala de Reserva por pase al Ejército de Filipinas.

En septiembre de 1899 se le concedie­ron, sucesivamente, los empleos de primer teniente y capitán por méritos de guerra, pasando destinado con este último al Batallón de Reserva de Cáceres, del que en 1901 fue trasladado al de Madrid.

En 1904 fue destinado a la Zona de Madrid, donde continuó al ascender a comandante en 1909 y a teniente coronel en 1912, quedando agregado a la misma al ser ascendido a coronel en 1917.

En 1928 pasó a la situación de disponible en la 1ª Región Militar y dos años después se acogió a la situación de reserva. En 1931 fue promovido al empleo de general de brigada, fijando su residencia en Madrid, donde se encontraba en el mes de abril de 1936. Al estallar el alzamiento entraron en su casa milicianos del Frente Popular para llevárselo con ellos, pero lo encontraron postrado en cama, y al no poder hacerlo prendieron a uno de sus hijos, de diecisiete años, al que asesinaron en Paracuellos.

Falleció en Madrid en 1945. Estuvo casado con doña Felicia Bordallo de la Oliva. Actualmente conservan el nombre de Martín Cerezo sendas calles de las ciudades de Cáceres y Madrid, y la primera de ellas otra dedicada a los Héroes de Baler.

Entre los objetos relacionados con este héroe que se pueden contemplar en el Museo del Ejército, se encuentra una copia del real decreto de concesión de la Laureada, una fotografía de la iglesia de Baler, un estuche con condecoraciones y un sombrero que usó durante el sitio.

Enrique de las MORENAS y FOSSI

Enrique de las MORENAS y FOSSI. Capitán comandante político-militar del Distrito del Príncipe. Cruz de 2ª clase, Laureada. Real orden de 5 de marzo de 1901 (Diario Oficial del Ministerio de la Guerra, núm. 51/1901). Guerra de Filipinas. Defensa del destacamento de Baler, del 1 de julio al 22 de noviembre de 1898 (Fig. 87).

Nació en Chiclana (Cádiz) el 23 de mayo de 1855, concediéndosele en el mes de junio de 1874 la gracia de cadete en la Academia de Infantería de Madrid, con destino en el Regimiento de la Constitución.

En 1875 fue promovido al empleo de alférez y destinado al Regimien­to de la Lealtad, con el que luchó en la provincia de Gerona contra los carlistas, intervi­niendo, entre otras, en las acciones de Molins del Rey y de Seo de Urgel, ganando el grado de teniente por méritos de guerra y marchando posteriormente con su Regimiento a combatir en la provincia de Pamplona.

Durante 1876, estando de guarnición en Pamplona, se le concedieron cuatro meses de licencia por asuntos propios para Cabra y otros dos meses al año siguiente, terminados los cuales pasó dos meses más en dicha localidad con uso de licencia por enfermo, pasando a la situación de reemplazo por voluntad propia en Cabra.

Tras permanecer cerca de dos años en esta situación, en 1879 fue destinado al Batallón de Depósito de Montilla, concediéndosele poco después dos meses de licencia por asuntos propios en Chiclana.

En 1880 se trasladó con su Batallón a Lucena y al año siguiente pasó otra vez voluntariamente a la situación de reempla­zo, hasta que en 1882 fue destinado al Batallón Disciplinario de Melilla.

En 1883 disfrutó de tres meses de licencia por asuntos propios en Baena y antes de incorporarse a su Cuerpo causó baja por ascenso a teniente, siendo trasladado al Batallón de Depósito de Baza, en el que antes de finalizar el año solicitó pasar a la situación de reemplazo, en la que se mantuvo los siguientes tres años.

Tras ser destinado en 1886 al Batallón de Reserva de Huelva, en ese mismo año se le concedió el ingreso en la Escala de Reserva y el traslado al Batallón de Reserva de Lucena, en Baena. En 1892 pasó a servir a la Zona de Montoro de la que al año siguiente fue trasladado a la de Jaén.

En 1896 fue ascendido a capitán de la Escala de Reserva, pasando antes de finalizar el año al Distrito de Filipinas, con destino en el Batallón de Cazadores Expedicionario núm. 9. A su llegada a las Islas pasó a prestar servicios de campaña en Cabanatuán (Luzón).

Plaza a él dedicada en Madrid

En el mes de febrero de 1898 causó baja en el Batallón de Cazadores y fue nombrado comandante político-militar del Distrito de Príncipe, cargo que ocupó hasta su fallecimiento en Baler el día 22 de noviembre de 1898, víctima del beri-beri.

Desde el 1 de julio al 22 de noviembre de 1898 le correspon­dió la gloria de la defensa del destacamento de Baler, rechazando durante estos cuatro meses y veinticinco días las intimaciones de rendición que el enemigo le hizo en tres distintas fechas, quedándo­se en la última con los parlamen­tarios; negativas que revelan tanta más energía, cuanto que estaba seguro de la gran superioridad numérica de aquél y no podía contar con el espíritu levantado de su escasa tropa, en la que tuvo deserciones de indígenas y peninsulares.

Durante su mando sostuvo varios combates, que le ocasionaron bajas, además de las que sufrió por enfermedades y deserciones, que dejaron reducida la fuerza a 39 defensores de los 57 con que contaba al comenzar la defensa.

A través de una real orden de fecha 28 de septiembre de 1899 (Diario Oficial del Ministerio de la Guerra núm. 215) se le concedió al capitán Las Morenas el ascenso a comandante por méritos de guerra. Posteriormente se le abriría el correspondiente expediente de concesión de la Cruz Laureada de San Fernando, que se le concedería en el mes de marzo de 1901.

El Ayuntamiento de Madrid, por acuerdo de 11 de enero de 1901, dio su nombre a la Plaza de la Caza, correspondiente al Distrito de Palacio, situada entre las calles Mayor, Costanilla de Santiago y Plaza de Herradores.

El Ayuntamiento de Baena (Córdoba) sustituyó el 28 de diciembre de 1901 el nombre de la calle Nietas por el de Enrique de las Morenas; también dio su nombre a una de sus calles la ciudad de Cádiz.

Con fecha 1 de febrero de 1904, y suscrita por José Canalejas Méndez, Julián Suárez Inclán, José Ortega Munilla, Ramón Nocedal, Eduardo Dato, Baldomero Vera de Seoane y Natalio Rivas, se presentó al Congreso la siguiente proposición:

«Ningún español ha olvidado la heroica defensa del poblado de Baler por unos cuantos héroes al mando del Comandante D. Enrique de Las Morenas.

No será, por tanto, necesario evocar la memoria de aquel trágico suceso, uno de los más gloriosos de la campaña de las islas Filipinas.

Muerto el Comandante Las Morenas defendiendo aquel pedazo de tierra española, luchando con la falta de víveres y municiones, la Patria debe premiar los altos servicios en la viuda e hijos de tan heroico militar.

Por estas consideraciones, los Diputados que suscriben ruegan al Congreso se sirva tomar en consideración la siguiente

Proposición de ley

Artículo único. Se concede a doña Carmen Alcalá Buelga, viuda del Comandante D. Enrique de las Morenas, la pensión anual de 5.000 pesetas, transmisible a sus hijos y sin perjuicio de la que por Montepío le correspondiese con arreglo a las disposiciones vigentes

Esta proposición fue aprobada por ambas cámaras y se promulgó con fecha 9 de mayo de 1904 (Diario Oficial del Ministerio de la Guerra núm. 108).

Al capitán Celestino Rey Joly, destacado historiador, se debe el haber solicitado a través de las páginas de El Nacional el traslado a España de los restos mortales del héroe, que, por fin, embarcaron en Manila el 14 de febrero de 1904, llegaron a Barcelona el 25 de marzo y al día siguiente fueron depositados provisional­mente en Madrid en el Cementerio de la Almudena. Por real orden de 24 de marzo de 1904 fueron inhumados con los de Santocildes y Vara de Rey en el Panteón de Nuestra Señora de Atocha, de Madrid.

Estuvo casado con doña Carmen Alcalá Buelga. Cuatro hijos suyos fueron militares, Enrique y Carmelo de Infantería, este último perteneciente al Servicio Aeronáutico, y Diego y Rafael de Caballería. Enrique murió durante la Guerra Civil con el empleo de comandante. Su hija doña Cecilia de las Morenas Alcalá, residía en 1930 en Madrid, calle de Granada núm. 4, y en 1940 en Santander.


4 respuestas a «Breve semblanza del Capitán Saturnino Martín Cerezo, héroe de Baler»

  1. Magnífico trabajo de recopilación del Coronel Isabel y del editor del mismo.
    Un apunte, buceando en su muy nuevas y poco difundidas ilustraciones, veo que el pie de la que figuran dos tenientes «estampillados», corresponde al «Desfile de la Victoria de 1946 (Tenerife)» y en ella aparece Eustaquio Gopar Hernández (a la izquierda), y del también héroe de Baler José Hernández Arocha (a la derecha)

  2. Enhorabuena al Coronel Isabel por este maravilloso y emocionante trabajo de los héroes de ESPANA!!!!!!

    Os recuerdo:
    Hace veinte años la coalición Estados Unidos y Reino Unido invadía el Iraq de Sadam Hussein bajo el pretexto de que acumulaba “armas químicas de destrucción masiva” y que daba soporte a los terroristas islámicos del 11-M.
    José María Aznar López, presidente de España en ese momento y miembro destacado de la logia Hathor Pentalpha prestaba su apoyo a los criminales presidentes de esos países.
    Por supuesto, las dos razones para invadir Iraq se revelaron como dos mentiras absolutas.
    Ninguno de los responsables ha pedido perdón al pueblo iraquí y los Estados Unidos continúa robándoles su petróleo…
    Y todo ello en nombre de la “democracia”.
    La “democracia” es a todos luces, un “arma de destrucción de países”
    España por Cristo

  3. Exhaustivo artículo sobre un hecho heroico que, aunque conocido, al leerlo despierta nuevamente el orgullo de ser español y pertenecer a su glorioso ejército.
    La lectura de este magnífico artículo del coronel Isabel me ha suscitado una consideración.
    El contraste del noble comportamiento del enemigo con los heroicos defensores de Baler, frente a la vileza de quienes quieren ahora profanar los sepulcros de los también heroicos defensores del Alcázar de Toledo.
    Esta infamia deja en evidencia a los enemigos que actualmente “okupan” el Gobierno de España.
    Herederos y correligionarios de los infames que asesinaron al hijo de 17 años del héroe.

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