Breve sinópsis del interminable conflicto palestino-israelí

Los orígenes de Israel, de los judíos, como pueblo, se pierden en la noche de los tiempos, por lo que no vamos a retrotraernos a ellos. Sobre su existencia como nación histórica no cabe duda. Menos aún para nosotros, los católicos, como pueblo elegido por Dios, objeto de grandes providencias de Su parte, recogidas en el Antinguo Testamento que en buena medida es su historia pura… y dura. Ahora bien, también su historia se recoge con pelos y señales en el Nuevo Testamento, punto de inflexión fundamental para comprender buena parte de lo que ocurre hoy.

Y es que el que fuera pueblo elegido se convirtió, por su dura cerviz, en pueblo maldecido por no reconocer al Mesías nacido en su seno y, peor aún, por asesinarlo colgándolo de un madero. Y todavía más por sentenciarse a sí mismo para siempre cuando sus sacerdotes, ante Pilato, exclamaron «Que Su sangre caiga sobre nosotros y nuestros hijos». Puede que para los no creyentes lo dicho no tenga importancia, pero para nosotros la tiene total. El pueblo elegido se convirtió en deicida y no conforme con ello, falto del mínimo arrepentimiento, se maldijo a sí mismo para siempre. Por eso, el pueblo judío no encontrará paz mientras no se arrepienta de aquel gravísimo pecado. Por eso, desde entonces, y tras la destrucción del templo de Salomón por los romanos, profetizada entre lágrimas por Nuestro Señor, vino la diáspora que duró siglos. Por eso, a pesar de haber conseguido una tierra en la que formar un Estado, no alcanza ni alcanzará la paz mientras no se arrepienta de su pecado, se convierta y reconozca al Mesías nacido en su seno.

Dicho lo anterior, que para nosotros explica lo interminable del conflicto que ha vuelto a los titulares con fuerza, vamos a recoger con brevedad, la evolución de lo ocurrido durante el siglo XX y lo que llevamos del XXI para que se pueda también comprender lo que ocurre.

Tras la Primera Guerra Mundial, la Sociedad de Naciones asignó los territorios de Palestina a Gran Bretaña, quien se comprometió a instituir un Estado judío en su momento; bien que sin concretar ni fronteras ni fecha.

Tras la Segunda Guerra Mundial, y a raíz de la fiebre independentista que asoló el mundo deshaciendo chapuzaceramente, por  no decir otra cosa, los imperios coloniales existentes, la ONU creyó poder resolver el problema  –agudizado por el terrorismo judío contra los británicos–  dictando en 1947 la partición del territorio en dos Estados: uno judío, Israel, y otro árabe, Palestina, con un régimen internacional especial para la ciudad de Jerusalén reclamada por ambos.

La ira y al tiempo decepción de los árabes, llevó tanto a los palestinos como a los países del entorno a rechazar incluso con la armas tal hecho, dando lugar en 1948 a la priemra guerra árabe-israelí en la que el naciente Estado de Israel no sólo consiguió la victoria consolidando su existencia y fronteras, sino que fue más  allá y se comió casi un cuarto del territorio asignado por la ONU al que debería ser también naciente Estado palestino; el resto quedó bajo control de Jordania y Egipto; además, dicha guerra provocó la diáspora de al menos la mitad de la población palestina. Con todo ello, el que debió ser Estado palestino quedó en agua de borrajas.

En 1967, los palestinos, contando con el respaldo de los países árabes, creyeron llegado el momento de restablecer la situación provocando la que se denominó «guerra de los seís días». El resultado fue una nueva victoria israelí y la consiguiente nueva expansión de Israel que no se conformó con lo conseguido en 1948, sino que se comió el resto del territorio asignado al Estado palestino, es decir, la denominada «franja de Gaza», Cisjordania y la parte Este de Jerusalén, y de paso la península del Sinaí egipcia y los Altos del Golán sirios.

En 1978 se firmaron por parte de Egipto e Israel, con la supervisión de los EEUU, los denominados «Acuerdos de Camp David» que en síntesis determinaban:

  • En primer lugar, Israel abandonaría el Sinaí por completo, incluido el desmantelamiento de las colonias instaladas, devolviendo la plena soberanía del mismo a Egipto que no podría mantener más que un número reducido de fuerzas militares en la zona, firmándose la paz seis meses más tarde. A su vez, Egipto reconocería la existencia del Estado de Israel. Egipto fue el primer país del mundo árabe en hacerlo, lo cual le supuso el descontento de los demás países árabes.
  • En segundo lugar se firmó un acuerdo básico que establecía el calendario y un mínimo de competencias para negociar el establecimiento de un régimen autónomo en Cisjordania y en la franja de Gaza. Al mismo tiempo se estableció el franco paso de buques en el canal de Suez y otras cuestiones menores.

La firma de los acuerdos supuso el establecimiento de un régimen doble: el Estado de Israel y los Territorios Ocupados de Palestina, estos últimos gobernados militarmente. Los acuerdos aseguraban la soberanía de Israel, restringiendo la capacidad de los palestinos de acceder a su espacio económico y político. Como resultado, a lo largo de los años ochenta, se consolidó la resistencia y oposición palestina a tal hecho que culminó en la Intifada de 1987.

Mientras tanto, en el seno de la comunidad palestina, tanto en los territorios como en la diáspora, nacieron los grupos radicales que, siguiendo la ya para entonces abandonada senda terrorista de la OLP (Al Fatah) convertido en Autoridad Nacional Palestina, embrión del que debió ser de seimpre Estado Nacional Palestino conforme a lo acordado por la ONU, dieron lugar a la creación de Hamas y Hezbollah; en no pocas ocasiones incluso con enfrentamientos de estos dos contra aquél, en una guerra civil larvada pero no por ello menos cruenta.

Sin embargo, y a pesar de lo firmado, los enfrentamientos entre Israel y los palestinos no desaparecieron, y ello pese a iniciativas como la Conferencia de Paz de Madrid de 1991 o los Acuerdos de Oslo de 1993.

Aquí hay que resaltar que la existencia de Hamás fue vista desde el principio e incluso hasta no hace mucho como algo positivo por parte de las máximasa autoridades israelíes: «La Autoridad palestina es una carga (para Israel), Hamás es un activo» (Bezabel Smotrich en 2015, hoy ministro de Finanzas israelí) y “Quien quiera frustrar el establecimiento de un Estado palestino tiene que apoyar a Hamás” (Banjamín Netanyahu en 2019, primer ministro israelí). Lo eue no quita que desde 2008 se hayan registrado cuatro duros y directos enfrentamientos entre Israel y Hamás, ni que comoha ocurrido en otros casos, los israelíes se pasaran de listos y el monstruo que creyeron controlar se les haya ido de las manos, como ocurrió también con el hoy denominado ISIS en buena medida nacido con el respaldo israelí como forma de socavar la estabilidad de su enemigos, principalmente de Siria o como excusa y justificación para arrearles utilizando al ISIS como pantalla.

Un hecho de vital importancia que conviene también señalar es que la ONU tiene dictadas desde 1947 más de mil resoluciones en las que considera a Israel como “potencia ocupante” de los territorios que deberían desde hace décadas conformar el Estado palestino, las cuales de nada han servido, entre otras cosas porque los EEUU, incondicional aliado y amparador de Israel, lo viene impidiendo; ese mismo EEUU que, por ejemplo, tanto acusa a Rusia de vulnerar el derecho internacional en el caso del Dombás, o que él mismo vulnera cuando le interesa, caso, entre muchos, de la injustificada creación de Kosovo donde ha colocado  la base militar estadounidense más grande de todas las que posee en el extranejro, y para qué decir la invasión de Afganistán, la destrucción de Libia, etc., etc.

También hay que recordar que la denominada «Primavera árabe», acontecida entre 2010 y 2012, dejó sin enemigos naturales a Isarael al poner patas arriba a los países árabes que más se han distinguido en su beligerancia contra él y a favor de los palestinos; maniobra, la de la citada «primavera», en la que sin duda estuvo la mano del propio Israel.

Con ello, y con los cambios geopolíticos evidentes en la zona y en el mundo, la causa palestina venía decayendo desde hacía años, así como el apoyo de los países árabes, tanto, que incluso muchos de ellos, a excepción de Siria e Irán (que no es árabe, sino persa), vienen optando decididamente no sólo por reconocer a Israel, lo que no habían hecho nunca, sino incluso por establecer relaciones diplomáticas y comerciales con él; caso último el de Marruecos, mientras Arabia Saudí estaba ya a punto de lo mismo lo que sin duda va, o iba, a ser un aldabonazo.

Por todo ello, la desesperación palestina venía en aumento desde hacía tiempo, no sólo por lo dicho, sino también por la forma en la que los israelíes vienen actuando desde siempre con ellos, como Juan Manuel de Prada ha denunciado con certeza y valentía en ABC hace unos días:

«DESDE la partición de Palestina en 1948, y más todavía desde las terribles matanzas y usurpaciones de territorio perpetradas en 1967, la situación de los palestinos no ha hecho sino degradarse, hasta convertirse en una hecatombe silenciosa sobre la que prensa sistémica calla malignamente.

Los palestinos han sufrido, año tras año, constantes expropiaciones de tierras; han sido sometidos a un inhumano sistema de discriminación y ‘limpieza’ étnica; han sido enjaulados detrás de muros y alambradas, mientras sus templos y escuelas eran bombardeados. Sólo este año, antes de que Hamás lanzase este ataque desesperado, el ejército israelí había asesinado a más de 250 palestinos, muchos de ellos niños y mujeres indefensas; y Netanyahu había ‘legalizado’ – pasándose por el escroto todas las resoluciones internacionales – decenas de ‘puestos de avanzada’, embriones de futuras ‘colonias’ en territorio palestino.

Y todas estas atrocidades se suceden mientras los palestinos son sometidos a un bloqueo ignominioso. Después de haber sido despojados y expulsados de la tierra de sus ancestros y hacinados como chinches en un territorio siempre decreciente, los palestinos son privados por los israelíes de los medios de subsistencia básicos. Gaza es el territorio con mayor densidad de población del planeta, pero los palestinos ni siquiera pueden construir nuevas casas, porque Israel les impide el acceso a los materiales de construcción. También les prohíbe el comercio y la pesca y les quema las cosechas; también les corta el suministro eléctrico, les roba el agua y les escatima el combustible. En los hospitales de Gaza y Cisjordania se realizan las operaciones quirúrgicas sin electricidad ni asepsia; y los enfermos carecen de medicinas.

Esta situación oprobiosa de los palestinos – entre los que hay muchos cristianos – es una ofensa a Dios y a la justicia de magnitudes cósmicas que la prensa sistémica oculta; y que las colonias europeas aceptan sumisamente porque así lo ordena el tío Sam. El ataque de Hamás es, desde luego, fruto de una desesperación rabiosa. Pero no creemos que Hamás haya atacado por sorpresa Israel para luego esperar estólidamente sus salvajes represalias. A Israel no le bastará con reducir a escombros Gaza; los palestinos lucharan entre los escombros, con multitud de pérdidas para el ejército israelí. Y Hamás ha tomado cientos de rehenes entre los ‘colonos’ israelíes que serán victimados. Eso suponiendo que los palestinos de Cisjordania no se sumen a las hostilidades, suponiendo que Hizbolá no decida atacar por otro flanco, suponiendo que Irán no resuelva prestar a los palestinos un apoyo pleno. Entonces tendremos servida la III Guerra Mundial. Y el culpable será Occidente, que ha tolerado que los palestinos sean tratados como perros sarnosos por un estado – creado artificialmente para acallar su mala conciencia – que ha ejercido durante décadas un poder omnímodo y brutal al margen de la ley».

A ello hay que añadir la constante proliferación de asentamientos israelíes en los territorios destinados a los palestinos.

Bien es verdad también, que la paupérrima situación tradicional de los palestinos tiene no poco que ver, y todo hay que decirlo, con la corrupción e ineptitud de las autoridades palestinas incapaces de hacer lo mejor, a pesar de las dificultades, limitándose a una actitud pedigüeña e incluso de abandondo de sus propios ciudadanos tanto en la franja deGaza como en Cisjordanía, con lo que han dado alas a los radicales islamistas de Hamás y Hezbollah para los cuales  –igual de corruptos e ineptos para consttruir–  la única opción es la violenta, no sólo por sus creencias ya de por sí radicales, sino también porque han convertido tal actitud en su seña de identidad y más aún en su forma de vida y justificación ejerciendo no poca tiranía (terror) sobre los propios ciudadanos palestinos.

Desde el aspecto histórico, y sin ahondar en multitud de otros aspectos, creemos que no es posible ni una solución ni menos aún la paz. Por un lado, por esa automaldición judía (israelí) que permanecerá hasta el final. Por otro, porque en los dos lados hay razones, pero también culpas y no pequeñas. También, no cabe duda, porque ha corrido ya demasiada sangre y se han producido demasiados y crueles excesos por ambas partes del todo injustificables, como para que el odio acérribo engendrado desaparezca.


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