¿Cada uno en su religión? Entonces, ¿para qué la Cruz?
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Del punto 53[1] de la Nota “UN CAMINO DE ESPERANZA. Sesenta años de diálogo y fraternidad interreligiosa a la luz de la Declaración conciliar Nostra aetate”, nos detenemos en las dos primeras frases:
“En realidad, no se trata de fundar una gran religión mundial en la que todas las creencias queden niveladas. Esa posibilidad debe descartarse por respeto a uno mismo y a los demás”.
Y ahora, nos fijamos en la segunda frase, tremendamente reveladora porque su formulación descansa en un principio no propiamente católico.
Al rechazar la idea de una gran religión mundial en la que todas las creencias queden niveladas, la Nota no apela a la unidad en Cristo, a la verdad revelada ni a la necesidad de la salvación, sino al “respeto a uno mismo y a los demás”. Aquí está la clave.
Desde la fe católica, una religión mundial sincrética no debe rechazarse simplemente porque atente contra identidades distintas, sino porque falsearía la verdad sobre Dios y la obra redentora de Jesucristo. Cristo no es una identidad religiosa entre otras. Es el Salvador.
Sin embargo, la alternativa que propone la Nota no es conducir las religiones a Cristo, sino construir “una sociedad fraterna capaz de aceptar las diferencias”. El objetivo práctico pasa a ser la permanencia de religiones distintas dentro de una convivencia pacífica.
Entonces, ¿para qué murió Cristo en la Cruz? Murió para redimir al hombre del pecado, reconciliarlo con Dios y abrirle la vida eterna. De esa Redención nace la misión de la Iglesia: anunciar a Cristo, llamar a la conversión, bautizar y conducir a la salvación.
Si el horizonte práctico deja de ser éste y pasa a ser la convivencia estable entre diferencias religiosas. La Redención, simple y llanamente, ha quedado vaciada de sentido.
¿Qué diferencia hay entre «respeto a uno mismo» y «respeto a los demás»?
“Respeto a uno mismo”, entendemos que puede significar no renunciar a la propia identidad religiosa, no diluir las propias creencias ni aceptar una especie de religión común en la que todo quede mezclado. Es decir: el católico sigue siendo católico, el musulmán, el judío, etc.
Y, en cuanto a “Respeto a los demás”, debe significar no querer, ni mucho menos exigir, que el otro abandone su identidad religiosa y reconocer su diferencia, permitiendo ser como es.
La conclusión nos parece evidente: la razón que da la Nota para rechazar una religión mundial no es porque hay una verdad revelada que no puede mezclarse con el error -la única Verdad que solo enseña la Iglesia-, sino porque hay que respetar la identidad propia y la ajena de cada religión.
Entonces, nos preguntamos una vez más, ¿para qué murió Cristo en la cruz?
Nuestra fe católica nos enseña que el respeto al otro no significa considerar deseable que permanezca siempre en una religión distinta de Cristo. Se respeta absolutamente su libertad y su dignidad, pero se desea que llegue a la plenitud de la verdad en el bautismo en la Iglesia católica. Esta verdad es irrenunciable.
[1] En realidad, no se trata de fundar una gran religión mundial en la que todas las creencias queden niveladas. Esa posibilidad debe descartarse por respeto a uno mismo y a los demás. Se trata, en cambio, de construir una sociedad fraterna capaz de aceptar las diferencias. Esta intención sigue siendo el núcleo del diálogo interreligioso, tal y como ya lo era en la Declaración Nostra aetate y en los esfuerzos en este sentido que han caracterizado las décadas posteriores a su promulgación. Dialogar no consiste solo en exponer las propias doctrinas o en comparar las propias visiones del mundo; hoy, frente a quienes fomentan divisiones y preparan conflictos, los creyentes de las distintas tradiciones y, en primer lugar, sus líderes, conscientes de sus diferencias irreconciliables, están llamados a buscar, con lucidez y esperanza, las condiciones para una convivencia pacífica.
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Del punto 53[1] de la Nota “UN CAMINO DE ESPERANZA. Sesenta años de diálogo y fraternidad interreligiosa a la luz de la Declaración conciliar Nostra aetate”, nos detenemos en las dos primeras frases:
“En realidad, no se trata de fundar una gran religión mundial en la que todas las creencias queden niveladas. Esa posibilidad debe descartarse por respeto a uno mismo y a los demás”.
Y ahora, nos fijamos en la segunda frase, tremendamente reveladora porque su formulación descansa en un principio no propiamente católico.
Al rechazar la idea de una gran religión mundial en la que todas las creencias queden niveladas, la Nota no apela a la unidad en Cristo, a la verdad revelada ni a la necesidad de la salvación, sino al “respeto a uno mismo y a los demás”. Aquí está la clave.
Desde la fe católica, una religión mundial sincrética no debe rechazarse simplemente porque atente contra identidades distintas, sino porque falsearía la verdad sobre Dios y la obra redentora de Jesucristo. Cristo no es una identidad religiosa entre otras. Es el Salvador.
Sin embargo, la alternativa que propone la Nota no es conducir las religiones a Cristo, sino construir “una sociedad fraterna capaz de aceptar las diferencias”. El objetivo práctico pasa a ser la permanencia de religiones distintas dentro de una convivencia pacífica.
Entonces, ¿para qué murió Cristo en la Cruz? Murió para redimir al hombre del pecado, reconciliarlo con Dios y abrirle la vida eterna. De esa Redención nace la misión de la Iglesia: anunciar a Cristo, llamar a la conversión, bautizar y conducir a la salvación.
Si el horizonte práctico deja de ser éste y pasa a ser la convivencia estable entre diferencias religiosas. La Redención, simple y llanamente, ha quedado vaciada de sentido.
¿Qué diferencia hay entre «respeto a uno mismo» y «respeto a los demás»?
“Respeto a uno mismo”, entendemos que puede significar no renunciar a la propia identidad religiosa, no diluir las propias creencias ni aceptar una especie de religión común en la que todo quede mezclado. Es decir: el católico sigue siendo católico, el musulmán, el judío, etc.
Y, en cuanto a “Respeto a los demás”, debe significar no querer, ni mucho menos exigir, que el otro abandone su identidad religiosa y reconocer su diferencia, permitiendo ser como es.
La conclusión nos parece evidente: la razón que da la Nota para rechazar una religión mundial no es porque hay una verdad revelada que no puede mezclarse con el error -la única Verdad que solo enseña la Iglesia-, sino porque hay que respetar la identidad propia y la ajena de cada religión.
Entonces, nos preguntamos una vez más, ¿para qué murió Cristo en la cruz?
Nuestra fe católica nos enseña que el respeto al otro no significa considerar deseable que permanezca siempre en una religión distinta de Cristo. Se respeta absolutamente su libertad y su dignidad, pero se desea que llegue a la plenitud de la verdad en el bautismo en la Iglesia católica. Esta verdad es irrenunciable.
[1] En realidad, no se trata de fundar una gran religión mundial en la que todas las creencias queden niveladas. Esa posibilidad debe descartarse por respeto a uno mismo y a los demás. Se trata, en cambio, de construir una sociedad fraterna capaz de aceptar las diferencias. Esta intención sigue siendo el núcleo del diálogo interreligioso, tal y como ya lo era en la Declaración Nostra aetate y en los esfuerzos en este sentido que han caracterizado las décadas posteriores a su promulgación. Dialogar no consiste solo en exponer las propias doctrinas o en comparar las propias visiones del mundo; hoy, frente a quienes fomentan divisiones y preparan conflictos, los creyentes de las distintas tradiciones y, en primer lugar, sus líderes, conscientes de sus diferencias irreconciliables, están llamados a buscar, con lucidez y esperanza, las condiciones para una convivencia pacífica.
Del punto 53[1] de la Nota “UN CAMINO DE ESPERANZA. Sesenta años de diálogo y fraternidad interreligiosa a la luz de la Declaración conciliar Nostra aetate”, nos detenemos en las dos primeras frases:
“En realidad, no se trata de fundar una gran religión mundial en la que todas las creencias queden niveladas. Esa posibilidad debe descartarse por respeto a uno mismo y a los demás”.
Y ahora, nos fijamos en la segunda frase, tremendamente reveladora porque su formulación descansa en un principio no propiamente católico.

Al rechazar la idea de una gran religión mundial en la que todas las creencias queden niveladas, la Nota no apela a la unidad en Cristo, a la verdad revelada ni a la necesidad de la salvación, sino al “respeto a uno mismo y a los demás”. Aquí está la clave.
Desde la fe católica, una religión mundial sincrética no debe rechazarse simplemente porque atente contra identidades distintas, sino porque falsearía la verdad sobre Dios y la obra redentora de Jesucristo. Cristo no es una identidad religiosa entre otras. Es el Salvador.
Sin embargo, la alternativa que propone la Nota no es conducir las religiones a Cristo, sino construir “una sociedad fraterna capaz de aceptar las diferencias”. El objetivo práctico pasa a ser la permanencia de religiones distintas dentro de una convivencia pacífica.
Entonces, ¿para qué murió Cristo en la Cruz? Murió para redimir al hombre del pecado, reconciliarlo con Dios y abrirle la vida eterna. De esa Redención nace la misión de la Iglesia: anunciar a Cristo, llamar a la conversión, bautizar y conducir a la salvación.
Si el horizonte práctico deja de ser éste y pasa a ser la convivencia estable entre diferencias religiosas. La Redención, simple y llanamente, ha quedado vaciada de sentido.
¿Qué diferencia hay entre «respeto a uno mismo» y «respeto a los demás»?
“Respeto a uno mismo”, entendemos que puede significar no renunciar a la propia identidad religiosa, no diluir las propias creencias ni aceptar una especie de religión común en la que todo quede mezclado. Es decir: el católico sigue siendo católico, el musulmán, el judío, etc.
Y, en cuanto a “Respeto a los demás”, debe significar no querer, ni mucho menos exigir, que el otro abandone su identidad religiosa y reconocer su diferencia, permitiendo ser como es.
La conclusión nos parece evidente: la razón que da la Nota para rechazar una religión mundial no es porque hay una verdad revelada que no puede mezclarse con el error -la única Verdad que solo enseña la Iglesia-, sino porque hay que respetar la identidad propia y la ajena de cada religión.
Entonces, nos preguntamos una vez más, ¿para qué murió Cristo en la cruz?
Nuestra fe católica nos enseña que el respeto al otro no significa considerar deseable que permanezca siempre en una religión distinta de Cristo. Se respeta absolutamente su libertad y su dignidad, pero se desea que llegue a la plenitud de la verdad en el bautismo en la Iglesia católica. Esta verdad es irrenunciable.
[1] En realidad, no se trata de fundar una gran religión mundial en la que todas las creencias queden niveladas. Esa posibilidad debe descartarse por respeto a uno mismo y a los demás. Se trata, en cambio, de construir una sociedad fraterna capaz de aceptar las diferencias. Esta intención sigue siendo el núcleo del diálogo interreligioso, tal y como ya lo era en la Declaración Nostra aetate y en los esfuerzos en este sentido que han caracterizado las décadas posteriores a su promulgación. Dialogar no consiste solo en exponer las propias doctrinas o en comparar las propias visiones del mundo; hoy, frente a quienes fomentan divisiones y preparan conflictos, los creyentes de las distintas tradiciones y, en primer lugar, sus líderes, conscientes de sus diferencias irreconciliables, están llamados a buscar, con lucidez y esperanza, las condiciones para una convivencia pacífica.
EL SINCRETISMO RELIGIOSO, no pasa de ser UNA NUEVA HEREJÍA, al menos en mi opinión.
Y el cardenal y arzobispo OMELLA, con su «tolerancia» a este tipo de manifestaciones en las parroquias de BARCELONA, no pasa de ser un propagandista de esta herejía…
¡Y que Dios me perdone si me equivoco!
CREO QUE FUE SAN JUAN PABLO II quien empezó con esta nueva «moda»…
Esta “moda” la empezó de forma pública el impostor de Wojtyla en la Basílica de Asís en 1986, pero las bases estaban en el CVII (como puede ser esta misma Declaración Nostra aetate) iniciado con el masón de Rencalli y el degenerado y criminal de Montini enemigos acérrimos de CRISTO infiltrados dentro de la Iglesia con objeto de derribarla.
Hablando de Wojtyla, dejo su simbología masónica en su funeral: https://www.elmundo.es/especiales/2005/04/sociedad/papa/adios/album_ceremonia/05.html
Féretro trapezoidal con el compás y la M de maestro masón a la altura de los pies.
Ramiro,
No se equivoca
Acierta de pleno.
Cómo puede comprobar, los propios medios del Arzobispado de Barcelona hcan propaganda a la Nit de les Religions, en la que participan el Seminario Conciliar, parroquias de Sant Andreu y monasterios junto a sectas protestantes, los Hare Krisnha, la Iglesia de la Cienciologia, un grupo Espiritista, budistas, hindúes, etc.
Aquí tiene la presentación en el medio Catalunya Cristiana.
https://www.catalunyacristiana.cat/wp-content/uploads/2026/08/La-Nit-de-les-Religions-programa-2026.pdf
Lo más sorprendente es que los sacerdotes tragan. No he leído ni una queja.
Es el triunfo de la masoneria global
NO hay mucho mas que decir
Exacto. Acaba de dar en la diana.
No eran imaginaciones de Franco. Él era una persona sensible e inteligente y supo verlo.
La masonería utiliza dos vías contra la Iglesia católica, generalmente siempre se desdobla: la primera lleva a cabo la infiltración interna (estructural) y la segunda la infiltración externa (social).
Con lo cual, la Iglesia masonizada se lleva bien con lo social masonizado (encuentros, ecumenismo) y viceversa, consiguiendo vender la imagen de que su forrma de obeservar al hombre y dios es la correcta..
Pero, pero, pero. No todos pueden ser manipulados y ahí está el problema para ellos. Lo que para ellos enaltece para otros es falso y envilece.
Estando de acuerdo con D. Carlos y lo que expone y, también con los comentarios, el 25 de septiembre pasado, ante Macron, Prevost dijo:
«Libertad, igualdad y fraternidad no son simples palabras grabadas en los frontones de vuestros edificios públicos, sino que remiten a exigencias éticas universales, que encuentran también en el mensaje evangélico una fuente inagotable de inspiración y realización» …. palabras textuales, masonicas 100 %; antes papa u «okupa» del papado se hubiera atrevido a pronunciarlas.
ViVA CRISTO REY
Para que nadie piense que somos unos imaginarios conspiranoicos, es tal el descaro de los masones en su infiltración en la Iglesia que rescato una esquela ilustrativa, a la vista de todos, de un masón puesta por otro:
https://hndm.iib.unam.mx/consulta/publicacion/visualizar/558075be7d1e63c9fea1a303?pagina=558a37df7d1ed64f16df9075&coleccion=
Uno de los mayores perseguidores de los católicos en época de los cristeros, el masón José Guadalupe Zuno que como Gobernador del Estado de Jalisco (1923-1926) en los prolegómenos de la lucha Cristera, fue pionero en las medidas y ataques contra los católicos mejicanos. A la muerte de Roncalli puso una esquela en memoria de su colega Roncalli (esquela por cierto algo cutre) en el diario El Informador, México, 4 de junio de 1963, página 9, alabándolo como uno de los mejores de los suyos.
Pone en dicha esquela:
La Gran Logia Occidental Mexicana de libres y aceptados masones, con motivo del fallecimiento del Papa Juan XXIII hace pública su PENA por la desaparición de este gran hombre que vino a “revolucionar” las ideas, pensamientos y formas de actuar de la Liturgia Católica Romana. Las Encíclicas “Madre y Maestra” y “Paz en la Tierra” han revolucionado los conceptos en favor de los “DERECHOS del HOMBRE y su LIBERTAD”. La humanidad ha perdido a un gran hombre y los masones reconocemos en “ÉL” sus elevados principios, su humanitarismo y su condición de “G R A N L I B E R A L”
Guadalajara, Jal. Méx. a 3 de junio de 1963
José Guadalupe Zono Hdez.
¡Viva CRISTO Rey! ¡Viva la virgen María Reina!
Es evidente que son los lacayos ateos masones; que diría Disraeli; los que están montando el corta y pega sincrético para domesticar bien a la borreguería. Religión a la carta, que de eso saben mucho los amos marranos, y desde hace mucho.