Camino a la violencia

Büchner

El 9 de diciembre de 2013, con motivo del bicentenario de la muerte de Georg Büchner (Goddelau, 1813), en cierta universidad española tuvo lugar una mesa redonda titulada ‘¡Paz a las chozas! ¡Guerra a los palacios!’, en la que se proyectó el documental del mismo nombre y, a continuación, ponentes de diferentes universidades revindicaron la vigencia del dramaturgo alemán.

El texto que figuraba en la invitación de este acto era una declaración de intenciones: «La vigencia del legado de este joven revolucionario, doctor en medicina y escritor debiera estar a la orden del día, puesto que nuestra situación de crisis en todos los ámbitos exigiría una respuesta como la que él puso en marcha en su época…».

Esto es lo que bulle en las universidades desde hace años, de la mano de un buen número de profesores.

2013 fue el año más duro de la Gran recesión. Un momento propicio para reideologizar a una sociedad que contemplaba atónita el fin de un periodo sólido y estable 

A priori conmemorar a Georg Büchner era obligado, ese era el pretexto. Pero el enfoque, tal y como anticipaba el texto de la invitación, no era literario sino político. Y pronto asomo la idea-fuerza que animaría la jornada: las democracias liberales capitalistas estaban ejerciendo sobre los ciudadanos altas dosis de violencia. Una violencia diversificada, cuyo espectro abarcaba desde la represión de quienes se manifestaban en la calle, hasta esa otra violencia soterrada que hoy muchos, no necesariamente izquierdistas radicales, apellidan «económica», y que tiene en la omnipresente “desigualdad” y la “precariedad” sus principales consignas. Al fin y al cabo, 2013 fue el año más duro de la Gran recesión. Un momento propicio para reideologizar a una sociedad que contemplaba atónita el fin de un periodo sólido y estable.

No hay revolución sin violencia

Establecida la violencia del Estado como un hecho indiscutible, empezó a insinuarse que, para poner fin a tantas agresiones, los ciudadanos no sólo estaban legitimados para ejercer su propia violencia, sino que debían ser compelidos a proyectarla. La suya sería, en cambio, una violencia moralmente justa y necesaria que serviría para construir un orden nuevo mucho más equitativo.

Esta idea fue rematada con una cita de Büchner. Se escogió la siguiente, fruto de sus muchos momentos de agitación: «Si en nuestra época hay algo que puede ayudarnos, ese algo es la violencia».

Así, idea a idea, cita a cita, los ponentes convertían al atormentado dramaturgo alemán en el inspirador de la “legítima violencia”. Un ariete con el que embestir contra la Democracia liberal y el Estado de derecho: los palacios a los que había que llevar la guerra.

Sin embargo, el propio Brüchner advierte de la incompatibilidad entre humanidad y revolución. En la obra La muerte de Danton, su protagonista, un revolucionario atormentado por la sangre derramada, se da cuenta que, lejos de construir un orden nuevo, está contribuyendo a destruir todo cuanto le rodea, lo que le lleva a renegar de la utopía revolucionaria.

El sensual Danton, con sus vicios y excesos, con su pasión por la vida, encarna la humanidad tal cual es, mientras que el virtuoso y puritano Robespierre representa la  utopía que se sirve a sí misma.

Los remordimientos de Danton desembocan en una actitud crítica que, por supuesto, es calificada de traición. Y Danton termina en la guillotina mientras los ciudadanos del París de 1794 claman enfebrecidos:

«Ustedes nos dijeron que matásemos a los aristócratas, porque eran lobos. Lo hicimos, los colgamos de la farola. Nos dijeron que Veto [Louis XVI] se comía nuestro pan, y lo matamos. Ustedes nos dijeron que los girondinos nos hacían pasar hambre, y los guillotinamos. Pero ustedes han despojado a todos los muertos. Nosotros, en cambio, continuamos descalzos, como en el pasado. Queremos arrancarles la piel de los muslos para hacernos calzones; queremos sacarles la grasa para que nuestra sopa tenga mejor sabor. ¡Muerte a todo aquel que no tenga huecos en su ropa! ¡Muerte a todos los que saben leer y escribir! ¡Muerte! ¡Muerte! ¡Muerte a quien emigra! Miren, ahí va un aristócrata: tiene un pañuelo. ¡A la guillotina!»

La violencia y el ‘homo sentimentalis’

Hasta hace poco, los nuevos büchnerianos (neomarxistas y secesionistas) se molestaban cuando eran tachados de violentos. Lo suyo, aseguraban, era “resistencia pacífica” o “la revolución de las sonrisas”. Pero eso ha ido cambiando. Ya no disimulan demasiado sus intenciones con enrevesados discursos llenos de aristas. Sus proclamas son cada vez más nítidas porque perciben que el orden constitucional se tambalea.

Queda en pie, si acaso, un Estado huérfano de voluntad política: jueces y policías, abandonados a su suerte, que actúan como un sistema nervioso periférico que reacciona ante el peligro en un organismo descabezado.

El ciudadano común empieza a impacientarse ante tanta desidia y desorden. Mientras que otros, llevados por las fábulas, parecen emular a Victor Hugo, que, como explicaba Magris, si bien renegaba del Terror, lo aceptó como el aldabonazo final de esa violencia secular que, precisamente, lo había engendrado.

En uno de sus poemas, la cabeza cortada de Luis XVI reprocha a sus antepasados que hayan sido ellos quienes han construido, con su recalcitrante latrocinio, la máquina que le ha decapitado. Sobre esta simbología deberían reflexionar muy seriamente nuestros políticos, porque solo parecen estar interesados en salvar su patria chica: el partido. Y no la patria de todos.

Después de tanto tiempo consintiendo tropelías e ignorando que la libertad y la prosperidad demandaban horas extra que, tan ocupados como estábamos con nuestros propios asuntos, no dedicamos, ¿nos dejaremos arrastrar hacia la violencia por un puñado de enloquecidos ideólogos, caciques locales y políticos inanes?

Las revoluciones violentas no han hecho progresar a la humanidad, no alumbran repúblicas con ríos de leche y miel sino dictaduras 

En contra de la creencia general, las revoluciones violentas no han hecho progresar a la humanidad, no alumbran repúblicas con ríos de leche y miel sino dictaduras. La Francia revolucionaria vio la luz cuando, después de un baño de sangre y décadas de guerras y dictaduras, el progreso tecnológico y económico empezó a cambiar el orden social de manera inexorable. Después vino el verdadero cambio político, fruto de la voluntad de unos ciudadanos con mejores sentimientos que la envidia y de liderazgos mucho más sensatos.

Una plaza abarrotada donde ruedan las cabezas puede resultar para los académicos de izquierdas una solución muy tentadora, incluso romántica. Sin embargo, cuando se lleva la guerra a los palacios, lo que llega a las chozas no es la paz precisamente. Da igual que se le imprima una pátina de erudición, la violencia es la más burda, torpe y primitiva de las herramientas. No sirve para construir nada, ni viejo ni nuevo. Es, a lo sumo, una medida desesperada, inseparable de la calamidad. No es la salida sino la entrada a la caverna. Y, por supuesto, no dignifica al ser humano sino que lo envilece.

Estamos jugando con fuego.

Para Disdentia

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2 thoughts on “Camino a la violencia”

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