«Carrero Asesinado. Clave de la Transición», del Col. José Mª Manrique García

José Mª Manrique

Por fin, y cómo no de la mano de SND Editores, llega a nosotros una obra fundamental, muy posiblemente la más completa y audaz de todas las existentes hasta ahora sobre aquel hecho tan vil como transcendental para nuestra historia como fue el magnicidio del Almirante D. Luis Carrero Blanco. Y como tampoco podía ser de otra forma «Carrero Asesinado. Clave de la Transición» lo firma nuestro querido y admirado colaborador el Col. José Mª Manrique García, posiblemente máximo especialista sobre tal asunto que, como todos saben, ofrece regularmente a nuestros seguidores magníficos artículos.

Sobre esta nueva aportación, podemos asegurarles que tanto el autor como la editorial se han superado a sí mismos, consolidándose, cada uno en su parcela, como el no va más del momento.

La obra, que además cuenta con una edición de lujo gracias a la profesionalidad, sí, pero aún más a la pasión que caracteriza a SND Editores, no sólo no tiene desperdicio, sino que además no se deja ninguna de las aristas de aquel crimen sin tocar, incluida, y esto es especial novedad, la norteamericana y la de la Masonería, como tampoco la de la Corona. Este trabajo lo dice todo, nada calla, va directo al grano, desvela lo oculto, cuadra lo que no se entendía.

Además, cuenta con un extraordinario prólogo de Fernando Paz, otro acierto de SND Editores, del cual vamos a transcribir algunos párrafos, porque mucho mejor alguien como él que nosotros para disolver las dudas, si es que las tienen todavía, por adquirir ya este gran trabajo historiográfico del Col. Manrique, así como de SND Editores, que con él se consolidan aún más, si es que hacía falta, a la vanguardia de la cultura y de la verdad.

«En la mañana del 20 de diciembre de 1973, pocos minutos después de conocido el magnicidio que le costó la vida al almirante Carrero Blanco, alguien entró en su despacho y vació la caja fuerte en la que el presidente guardaba las notas personales y los documentos más confidenciales. Quién fuese, aún hoy se ignora, pero es seguro que se trató de alguien con mando en plaza. Gonzalo Fernández de la Mora aseguró que esa mañana una persona ya había llegado a esas tempranas horas a presidencia: Laureano López Rodó, hombre muy cercano a Carrero y del que Julio Merino – que de esto sabe un rato – reveló que entregó dichos documentos a la viuda del almirante. Sea quien fuere, tuvo que atravesar la antesala, para él conocida, que comunicaba con el despacho del almirante y no pudo por menos que advertir los retratos del general Prim y de Cánovas del Castillo, Canalejas y Dato, colgados en una de las paredes.

(…)

¿Qué quería decir Franco al atribuir el magnicidio a “los masones”?

Evidentemente, no se estaba refiriendo a los autores materiales del asesinato, sino a los que movían los hilos de la conspiración, en la que se entremezclaban numerosos intereses de toda guisa. Pero, sobre todos esos intereses, aludía a aquel que había tomado la decisión. Al apuntar a “los masones” como responsables, estaba señalando que la autoría intelectual radicaba en instancias foráneas; las logias españolas, como bien sabía Franco, no han sido nunca más que una correa de transmisión de los intereses sajones en la que los elementos locales han oficiado de fámulos.

(…)

La reivindicación enviada a los medios por ETA tras el crimen reveló la notable estupidez política de la banda terrorista, hasta el punto de que Jesús María de Leizaola, el autodenominado “presidente de Euskadi” en el exilio, se negó a creer en la autoría de ETA, lo que motivó que esta tuviera que emitir un segundo comunicado insistiendo en ello. En dicho comunicado, los terroristas explicaban el asesinato por causas de índole nacional; matar a Carrero eliminaba toda posibilidad de continuidad del régimen, una línea argumental sostenida, seguramente no por casualidad, por una pléyade de periodistas y prohombres de nuestra izquierda patria. Una línea argumental que difícilmente puede disociarse de una cierta legitimación del propio crimen.

(…)

Para Juan Carlos, quien ya tenía en mente al ambicioso Adolfo Suárez como su hombre de futuro, lo esencial era que quien quisiera que heredase como jefe de gobierno se dejase hacer y, prontamente, cesar sin más resistencias. Por eso recibió con evidente disgusto la designación de Arias al frente del gobierno. Nadie tuvo en cuenta al futuro rey en el nombramiento, entre otras cosas porque quien se encargaba de tener en cuenta al rey en las decisiones políticas, acababa de ser asesinado.

(…)

El de Carrero, en fin, es un magnicidio que, por la impericia desplegada por los más diversos agentes que intervinieron antes, durante y después, despierta tantas suspicacias como el de Prim. O más. Resulta punto menos que increíble que la policía, advertida en varias ocasiones y desde diferentes instancias, se negase contumazmente a investigar pistas que podrían haber abortado el crimen; que el responsable de la seguridad fuese ascendido a presidente de gobierno; que los asesinos fueron amnistiados sin siquiera haber sido juzgados y condenados, requisitos obviamente imprescindibles para aplicar una amnistía; que altos mandos militares ordenaran detener y eliminar las investigaciones independientes que se hicieron en el seno del ejército; que, además, el sumario se haya perdido, y que no se haya vuelto a encontrar, aunque algún periodista asegura haber accedido a él; y que ese mismo periodista asegure que estaba “plagado de errores bestiales”.

Uno de los jueces declaró en una revista de gran tirada que la investigación solo aclaró quiénes fueron los autores materiales y que no se quiso ir más allá, al tiempo que negó que fuese dinamita el explosivo empleado (lo que dio pie a la más que posible circunstancia de que fuese, en realidad, C-4, de exclusiva patente y uso estadounidense); también afirmaba, con plena convicción, la existencia de una conjura en el seno del gobierno -un gobierno que había declarado el estado de excepción por una revuelta universitaria, pero que ahora se negaba a hacer lo mismo -; y que había razones para pensar que la CIA estaba detrás del magnicidio y, con seguridad, que estaba informada de lo que iba a suceder.

El papel de la CIA en el crimen – en un Madrid en el que la agencia actuaba sin apenas trabas – no ha sido esclarecido a día de hoy, pero es cada vez menos dudoso: son bien conocidos los vínculos entre Langley y el nacionalismo vasco, que no excluyeron a ETA. (…)

Pero Carrero, que no habría aceptado fácilmente el sistema de partidos y mucho menos la legalización del comunismo o del separatismo, era un firme partidario de la soberanía nacional y, en consecuencia, del programa nuclear español, un asunto nada menor rematado por la negativa del presidente, en octubre de 1973, a que los estadounidenses usaran las bases en España durante la guerra del Yom Kippur. Carrero quería reformular las relaciones entre EEUU y Madrid, que juzgaba excesivamente favorables a los primeros, así que el 19 de diciembre, la víspera misma del atentado, se entrevistó con Henry Kissinger. En el séquito del secretario de estado figuraba William Nelson, responsable jefe de Operaciones Encubiertas de la CIA y cerebro de un sinfín de golpes de estado por todo el mundo, especialmente en Hispanoamérica. Kissinger, decepcionado por la tozuda negativa de Carrero a plegarse a los intereses de Washington, salió para París esa misma tarde, sin que su agenda lo justificase.

(…)

Entre otras muchas cosas en esta obra que usted, amable lector, tiene entre manos, Manrique nos refresca la trascendencia de la influencia masónica en España; su impacto en nuestra historia contemporánea, del que muy pocos han querido saber; su protagonismo en las políticas de sometimiento nacional durante el siglo XIX, causa de tantos infortunios; su paternidad republicana, que nos abocó por dos veces a la disolución de España; su infiltración incluso en el seno del propio franquismo y en no pocas de sus superiores instancias; algo que llevó a ‘Ezquerra’, uno de los ejecutores del magnicidio, a reconocer: “Hombre, sí, tuvimos apoyos…¡joder que si tuvimos! Yo diría que prácticamente oficiales, vamos, que nos los pusieron a huevo…”.

(…)

Al final, seguro que usted se siente capaz de contestar la pregunta que, al poco de su dimisión, se formulaba Adolfo Suárez: “me voy de la presidencia sin saber si ETA cobraba en rublos o en dólares”. Y quizá, hasta de darle la razón a Franco cuando atribuía el magnicidio a los masones; a los autóctonos y, sobre todo, a los de fuera. Que ya sabemos en qué moneda cobraban. (Fernando Paz, historiador, profesor y escritor)

Para comprar el libro AQUÍ

SND Editores, aplica a todos los que nos visitan una oferta especial al comprar sus libros: «un descuento del 5 por ciento y los gastos de envío gratis». Para ello, sólo tienen que ir a su web AQUÍ, seleccionar el libro que desean comprar, iniciar el proceso de compra, ir a la pestaña APLICAR CUPÓN DE DESCUENTO, entrar en ella y teclear El Español Digital y automáticamente el descuento citado se les aplicará cuando terminen de formalizar la compra del libro.


4 respuestas a ««Carrero Asesinado. Clave de la Transición», del Col. José Mª Manrique García»

  1. Masonería, lobby proyanqui, lobby promarroquí, tontos útiles de Eta… Todos quieren matar a Carrero. Existe un libro con ese título, muy acertado, desde luego.

Deja una respuesta

Su dirección de correo nunca será publicada. Si la indica, podremos contestarle en privado en caso de considerarlo oportuno.*

Esta web utiliza cookies propias para su correcto funcionamiento. Contiene enlaces a sitios web de terceros con políticas de privacidad ajenas que podrás aceptar o no cuando accedas a ellos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Más información
Privacidad