Carta abierta al presidente de México sobre aztecas y entrañas humanas

Estimado señor presidente de la República de México don Andrés Manuel López Obrador. El pasado 13 de agosto, en ocasión de cumplirse el 500.º aniversario de la liberación –para usted, caída– de Tenochtitláncitó textualmente, sin nombrarme, un párrafo de la entrevista que el diario ELMUNDO tuvo a bien realizarme el viernes 23 de julio a raíz de la publicación en España de mi libro Madre Patria. Desmontando la leyenda negra desde Bartolomé de las Casas hasta el separatismo catalán.

López Obrador

En su discurso usted afirmó: «Hay asuntos que deben aclararse en la medida de lo posible. Por ejemplo, hace unos días un escritor promonárquico de nuestro continente afirmaba que España no conquistó a América, sino que España liberó a América, pues Hernán Cortés, cito textualmente, “aglutinó a 110 naciones mexicanas que vivían oprimidas por la tiranía antropófaga de los aztecas y que lucharon con él”». Usted también me acusó sin ningún tipo de pruebas –y sin haberse tomado siquiera la molestia de ojear mis antecedentes académicos o de recabar información sobre mi trayectoria política antimperialista– de ser un representante del pensamiento colonialista.

Coincidiendo con su apreciación de que hay asuntos que deben aclararse quisiera recordarle que, como afirma el arqueólogo mexicano Alfonso Caso, quien fuera rector de la Universidad Nacional Autónoma de México, «el sacrificio humano era esencial en la religión azteca». Es por ese motivo por lo que en 1487, para festejar la finalización de la construcción del gran templo de Tenochtitlán –del cual usted, el pasado 13 de agosto, inauguró una maqueta monumental– las víctimas del sacrificio formaban cuatro filas que se extendieron a lo largo de la calzada que unía las islas de Tenochtitlán. Se calcula que en esos cuatro días de festejo los aztecas asesinaron entre 20.000 y 24.000 personas.

Sin embargo Williams Prescott, poco sospechoso de hispanismo, da una cifra más escalofriante. «Cuando en 1486 se dedicó el gran templo de México a Huitzilopochtli, los sacrificios duraron varios días y perecieron 70.000 víctimas». Juan Zorrilla de San Martín en su libro Historia de América relata que «cuando llevaban los niños a matar, si lloraban y echaban lágrimas, más alegrábanse los que los llevaban porque tomaban pronósticos que habían de tener muchas aguas en aquel año».

«El número de las víctimas sacrificadas por año», tiene que reconocer Prescott, uno de los historiadores más críticos de la conquista española y uno de los más fervientes defensores de la civilización azteca, «era inmenso. Casi ningún autor lo computa en menos de 20.000 cada año, y aún hay alguno que lo hace subir hasta 150.000». Marvin Harris en su famosa obra Caníbales y reyes relata: «Los prisioneros de guerra, que ascendían por los escalones de las pirámides, […] eran cogidos por cuatro sacerdotes, extendidos boca arriba sobre el altar de piedra y abiertos de un lado a otro del pecho con un cuchillo […]. Después, el corazón de la víctima –generalmente descrito como todavía palpitante– era arrancado […]. El cuerpo bajaba rodando los escalones de la pirámide.».

¿A dónde iban a parar los muertos que sacrificaban?

¿Dónde eran llevados los cuerpos de los cientos de seres humanos a los cuales, en lo alto de las pirámides, se les había arrancado el corazón? ¿Qué pasaba luego con el cuerpo de la víctima? ¿Qué destino tenían los cuerpos que día a día eran sacrificados a los dioses? Al respecto, Michael Hamer que, ha analizado esta cuestión con más inteligencia y denuedo que el resto de los especialistas, afirma que «en realidad no existe ningún misterio con respecto a lo que ocurría con los cadáveres, ya que todos los relatos de los testigos oculares coinciden en líneas generales: las víctimas eran comidas».

Los numerosos trabajos científicos –tesis doctorales, libros publicados por prestigiosos académicos de fama mundial– con los que contamos hoy no dejan lugar a dudas de que en Mesoamérica había una nación opresora, la azteca, y cientos de naciones oprimidas, a las que los aztecas no sólo les arrebataban sus materias primas –tal como han hecho todos los imperialismos a lo largo de la historia–, sino que les arrebataban a sus hijos, a sus hermanos… para sacrificarlos en sus templos y, luego, repartir los cuerpos descuartizados de las víctimas en sus carnicerías, como si fuesen chuletas de cerdo o muslos de pollo para que esos seres humanos descuartizados sirvieran de sustancioso alimento a la población azteca.

La nobleza se reservaba los muslos, y las entrañas se dejaban al populacho. Las evidencias científicas con las que contamos hoy no dejan lugar a dudas. Era tal la cantidad de sacrificios humanos realizados entre los pueblos esclavizados por los aztecas que con las calaveras construían las paredes de sus edificios y templos.

Es por eso por lo que, el 13 de agosto de 1521, los pueblos indios de Mesoamérica festejaron la caída de Tenochtitlan. Como usted, señor presidente, tuvo que reconocer en su discurso, a regañadientes y entre líneas, es materialmente imposible que, con apenas 300 hombres, cuatro arcabuces viejos y algunos caballos, Hernán Cortés pudiera derrotar al ejército de Moctezuma integrado por 300.000 soldados disciplinados y valientes. Hubiese sido imposible, aunque los 300 españoles hubiesen tenido fusiles automáticos como los que hoy usa el Ejército español.

Miles de indios de las naciones oprimidas lucharon, junto a Cortés, contra los aztecas. Por eso, su compatriota José Vasconcelos afirma que «la conquista la hicieron los indios».

¿Y que aconteció después de la conquista, después de esas primeras horas de sangre, dolor y muerte? Todo lo contrario de lo que usted afirma. España fundió su sangre con la de los vencidos y con la de los liberados. Y recordemos que, fueron más los liberados que los vencidos. México se llenó de hospitales, colegios bilingües y universidades. España envió a América a sus mejores profesores, y la mejor educación fue dirigida hacia los indios y los mestizos. Permítame recordarle, señor presidente, que los libertadores españoles –perdón: los conquistadores– fueron tan respetuosos de la cultura de los mal llamados pueblos originarios que en 1571 se editó en México el primer libro de gramática de lengua nahualt, es decir, 15 años antes de que en Gran Bretaña se publicara el primer libro de gramática de lengua inglesa. Todos los datos demuestran que, al momento de su independencia de España, México era mucho más rico y poderoso que los Estados Unidos.

Una idea para el presidente mexicano

Perdóneme usted, señor presidente, que me vaya un poco por las ramas, pero quisiera sugerirle, con todo respeto, que el próximo 2 de febrero, cuando se cumpla un nuevo aniversario del ignominioso tratado de Guadalupe Hidalgo –por el cual los Estados Unidos arrebataron a México 2.378.539 kilómetros cuadrados de su territorio– usted realice un gran acto como el que organizó para el 13 de agosto. Me permito sugerirle también que, para realzar el mismo, invite al presidente de los Estados Unidos Joseph Biden, y en un gran discurso, cuando esté ante el presidente estadounidense, le exija que pida perdón al pueblo mexicano por haberle robado Texas, California, Nuevo México, Nevada, Utah, Colorado y Arizona, tierras que fueron indiscutiblemente parte de México.

Por último, estimado presidente, quisiera contarle que, como desde niño siempre me he sentido ligado sentimentalmente a los pueblos oprimidos –quizás por haber nacido en un hogar humilde de la ciudad de Rosario en la República Argentina–, si pudiese viajar en el túnel del tiempo, una y mil veces, me sumaría a los apenas 300 soldados de Hernán Cortés que, con el coraje más grande que conoce la Historia, liberaron a los indios de México del imperialismo antropófago de los azteca.

Para El Manifiesto


4 respuestas a «Carta abierta al presidente de México sobre aztecas y entrañas humanas»

  1. Casi con toda seguridad cabe suponer que el marxista cultural de López Obrador no lee EL ESPAÑOL DIGITAL (desde luego, no sabe lo que se pierde). Sin embargo, parafraseando una cita del «Talmud», reconocemos que «el amigo de mi amigo tiene un amigo, y este a su vez otro amigo; por lo tanto sé… ‘comunicativo’ «. Es decir, da la noticia, para que esta pase de boca boca, y pueda llegar al actual presidente mexicano. Así sí.

    Empero, el original del «Talmud» dice «y por lo tanto sé prudente» -se entiende que para que un secreto que se supone que guardas no sea difundido conta tu voluntad y consentimiento por la malicia o maledicencia de terceras personas-. Pero en este caso, insisto, más bien es para que se enteren todos, especialmente el mandatario mexicano Manuel López Obrador, que tan acostumbrados nos tiene, por desgracia, a soltar soflamas llenas de tópicos y directas falsificaciones sobre la acción de la Corona de Castilla sobre el llamado Nuevo Mundo. También para que se acaben enterando hasta las piedras, o que estas terminen proclamando verdades como las contenidas en esta «Carta abierta al presidente de México sobre aztecas y entrañas humanas», tan magníficamente redactada por Marcelo Gullo.

    Asimismo de paso, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, harían muy bien en leer esta carta abierta los adalides y simpatizantes todos de la leyenda negra contra el descubrimiento, conquista y evangelización del continente iberoamericano. Y ello sería para sí mismos y para con sus relaciones con la verdad de la historia.

    En general desaforadamente hipercríticos con la conquista y evangelización efectuadas por España y Portugal sobre el continente descubierto, por contra mantienen un sepulcral y desde luego sospechoso o directamente cómplice silencio sobre las monstruosidades genocidas en este caso de pueblos como el de los aztecas, cuyas víctimas totales de sacrificios humanos ofrecidos a los dioses es imposible casi calcular, considerando los cientos de años que permanecieron los aztecas en el actual territorio mexicano y en gran parte de la actual Centroamérica, llegando hasta la zona actual del Caribe venezolano y colombiano.

    Porque es que los progres, encantados de haberse conocido a través del marxismo cultural heredado de Antonio Gramsci y sobre todo de la Escuela de Franckfurt, aplican descaradamente una doble vara de medir. A saber: para todo lo que remite a la hispanidad y al catolicismo, palo, leña al mono, sospechas y condenas sumarísimas; para todo lo que remite al supuesto paraíso ideal de los aborígenes precolombinos, máxima comprensión, manga ancha, idealización en claves muy «rousonianas», aunque entre esos grupos civilizatorios precolombinos estuvieran los feroces aztecas.

    Y lo mismo hacen con la historia de las poblaciones «guanches» en la Canarias prehispánica. A mucha menor escala que con América, claro. Quiero decir que los aborígenes canarios tampoco eran ningún dechado de respeto a los derechos humanos por ejemplo, tal como los entendemos al menos hoy día en Occidente hijo de Grecia, Roma y el cristianismo, de suerte que entre sus castigos que aplicaban más brutales había uno que consistía en colocar tendido sobre el suelo rocoso al condenado, y acto seguido reventarle los sesos, la cabeza toda, con una enorme piedra.

    Porque es que el estudio y análisis de la historia, llena de luces y sombras, aciertos y errores, trigo y cizaña, «yin y yang», exige inevitablemente un movimiento de contextualización, sin el cual no cabe entender todo el complejo andamiaje de móviles que impulsaron a ejecutar acciones y estrategias que, vistas con nuestra mentalidad actual, serían impensables, inconcebibles.

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