Casus belli

No hay más que poner la televisión para que alguno de los economistas oficiales del reino nos deleite con una respuesta profética sobre la recuperación de la crisis del COVID-19. Nuestros gurús económicos han nombrado al tipo de recuperación que prevén para el fututo post-pandemia como recuperación en K, o lo que es lo mismo, una recuperación que va a dejar atrás a muchas empresas y va a permitir que otras sigan creciendo exponencialmente, sobre todo las empresas que, en los tiempos que corren, han incidido en la natural tendencia humana a dejar pensar a otros por sí mismos.

Las verdades del barquero de nuestra época las cuentan las empresas que triunfan, las plataformas de televisión que emiten series que todos consumimos. Ellas son las que piensan por nosotros y crean la historia como más les conviene. Son las plataformas audiovisuales las que han complementado a Hollywood como propagadores oficiales de los arquetipos sociales contemporáneos, el modelo social que nos repiten en sus numerosas producciones, de entre las que se encuentra la “Red Social”, hollywoodiense película, repetida en las plataformas televisivas hasta la saciedad, donde se caracteriza a Mark Zuckerberg como un joven de Harvard que pasa de ser un friki de tres al cuarto al máximo exponente de la revolución de la BigTech con Facebook.

La “Red social”, como todas las películas y series, es un medio para un fin, una película repetida incesantemente para concienciar a las mentes contemporáneas de que Zuckerberg no era solo un joven brillante sino el pionero en enviar un mensaje de liberación al mundo contra los medios de comunicación tradicionales y las verdades establecidas. La “Red Social” de Zuckerberg era la primera red social, nacida para otorgar libertad informativa a la humanidad. Facebook y las demás redes sociales se consideraron una victoria de la comunicación frente a los medios tradicionales y la oficialidad, quienes siempre han tenido el uso del lenguaje como un arma de dominación.

El uso del lenguaje como arma política siempre ha sido utilizado por el poder y, el actual estado de cosas, ha invitado a que las redes sociales, que venían a liberarnos, sean las cómplices de los poderosos y sus medios tradicionales para estigmatizar a los nuevos perseguibles, a los que el diccionario post-moderno ha bautizado como negacionistas y conspiranoicos. Los nuevos perseguibles son los negacionistas y los conspiranoicos porque son los que se alejan de las tesis oficiales de pensamiento expuestas por el poder mediante sus medios de comunicación, los medios tradicionales y modernos que propagan las ideas que les convienen mientras censuran a quienes no comparten el discurso oficial.

La estigmatización de nuestro tiempo se personifica en los negacionistas del COVID-19 y en los conspiranoicos del 11-S, el 11-M, la guerra de Irak, la creación del ISIS o la guerra de Siria, entre otros sucesos. Ellos son los malos de las películas de Hollywood y de las series de nuestras plataformas televisivas. Los conspiranoicos son los miserables de la actualidad que surgen por todos lados, los perseguibles de la post-modernidad, que florecen a diestro y siniestro para difundir su mensaje alternativo, muy a pesar de reconocer que la censura puede llegar a prohibirles su derecho a la libertad de expresión, como ya se está haciendo.

Las teorías conspiranoicas adquieren especial relevancia en momentos clave de la historia, como con el 11-M de España, cuando los conspiranoicos defendían que lo que contaba la prensa oficial de la voladura de los trenes que mataron a casi doscientas personas en Madrid no era cierto. Los perseguibles no llegaban a comprender que unos magrebíes residentes en Lavapiés pudieran perpetrar un atentado de tal magnitud. Ellos creían que una operación de tal calado tenía que haber sido ideada por un servicio secreto, lo más probable que marroquí con el apoyo de Francia, que elaboraron un plan de alta inteligencia con el fin de evitar la reelección de Aznar para así vengar Perejil y, sobre todo, debilitar el crecimiento de España y su protagonismo internacional.

Los perseguibles españoles y sus teorías no fueron los primeros ni eran los últimos en alimentar teorías alternativas a la oficial. De hecho, los conspiranoicos se han reproducido por millares en los últimos meses en EEUU ante el –dicen- fraude electoral ideado por China y ejecutado por los demócratas con las ayudas de las BigTech entre otros. La injerencia china en las elecciones es la teoría conspiranoica de moda, conocida por muchos, defendida por pocos y oficializada por nadie, porque, de ser convertida en oficial, sería motivo más que suficiente para que los EE.UU. declarasen la guerra interna a los defraudadores y externa a China, una realidad que, en un acto quizás cobarde pero sensato, Trump conocía y ha querido dejar pasar para mantener la paz y, de paso, desconsiderar a Unamuno, quien nos dijo que prefería “verdad en guerra, que mentira en paz.”


2 respuestas a «Casus belli»

  1. Excelente reflexión, que comparto toalmente.
    Creo que a Trump le faltó valor para decir la verdad, que estamos en la tercera guerra mundial, una guerra que ha declarado China al resto del mundo, una guerra biológica y que, hoy, por hoy, ESTÁ GANANDO.
    Tal vez -nunca se sabe-, si hubiera actuado así, los americanos le hubieran apoyado masivamente, pues en situaciones de guerra es cuando más se despierta el patriotismo de la población…

  2. El reducir el 11M a manos marroquíes con ayudas francesas es no saber quién gobierna el mundo
    Mas certero y lógico es pensar en manos sionistas (sajonas incluidas) con peones españoles (y no solo filoetarras)

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