Cataluña en la encrucijada

El nacionalismo independentista, tan radical como excluyente, ha crucificado el presente y quién sabe si el porvenir de aquellas tierras hermanas, tan españolas como catalanas, tan catalanas como españolas. El próximo día 14 se celebran los comicios autonómicos de cuyo resultado dependerá el futuro inmediato de Cataluña. El escenario presentado no puede ser más esperpéntico, funesto y lamentable. Feos augurios, difíciles pronósticos y fácil diagnóstico. La anormalidad antidemocrática ha impregnado el diario acontecer de las gentes del antiguo condado.

En mitad de la tercera ola de una criminal pandemia, se convoca a los ciudadanos a votar ¿Qué hubiera importado no hacerlo en estos frágiles y peligrosos momentos? Intereses espurios del gobierno del ínclito e ilustre presidente de gobierno, Pedro Sánchez, totalmente ajeno a los intereses generales y, con desvergüenza y desdoro, se mueve guiado de egoístas caprichos políticos personales. ¿Se han dado cuenta ustedes de que la jugada “Illa” viene de largo? ¿No han reparado en que cuando éste sujeto fue nombrado ministro de Sanidad se convertiría en el títere de las artimañas socialistas? ¿Acaso no se han presentado pruebas evidentes del deseo felón de negociar con los enemigos de nuestra Patria? Sin luz ni taquígrafos, en la clandestinidad de la trastienda, en la mesa de diálogo, convertida en auténtica mesa tocinera, España es ultrajada, deshonrada y vendida miserablemente. No importa España, menos aún el sentir del pueblo español, en ese coloquio del despropósito, la traición y la deslealtad. Para los interlocutores España no vale nada, por tanto tiene precio y en conclusión está en venta. Hoy son los catalanes, mañana serán los vascos, los valencianos o cualquier otro que juegue con las mismas cartas. El proyecto social comunista de Pedro y Pablo, como los Picapiedra, es la caverna, el aldeanismo tribal y la ruptura de la unidad nacional. Baste ver las declaraciones ideológicas de principios políticos de unos y de otros.

En problema de Cataluña tiene nombre y apellidos. El independentismo, el nacionalismo y el republicanismo prehistórico. Si es la causa del embolado, jamás podrá ser la solución. Así de fácil y así de claro. Pero ¿Qué hay que negociar si todo lo legal deslegitima cualquier pretensión secesionista? ¿Acaso se pretende efectuar un golpe de mano y con el apoyo independentista transformar el modelo de estado? Creo sinceramente que por ahí vienen los tiros. El objetivo común de los traidores es el de provocar un cambio político que defina a España como una república y reconociendo a la Cataluña independentista el derecho a la autodeterminación. No puede ser de otra forma y en esta perfidia, infidelidad y canallada, actúa con renovados bríos el chavismo bolivariano podemita de Pablo Iglesias, erigido en auténtico prócer del estado español.

Los problemas reales de los catalanes son su trabajo, la sanidad, la seguridad, la educación, el futuro tranquilo y el presente esperanzador. Se ha hecho de la causa política independentista un monotema que deja en segundo plano las necesidades reales de un pueblo a la deriva económica, con empresas que abandonan el territorio, con desconfianza por parte de los inversores, con el cierre de empresas y un larguísimo etcétera de serios e incluso irreversibles contratiempos. El legado y la aportación de los nazionalistas es la división, el enfrentamiento, la ruptura de la convivencia, el autoritarismo impositivo, la discriminación y la humillación de millones de conciudadanos que quieren seguir viviendo en España.  Es inadmisible que en tales circunstancias el gobierno del Reino de España se plantee cualquier conversación, diálogo o entrevista dulzona, cariñosa y asertiva. A esto se llama traición.

España quiere y necesita a Cataluña, Cataluña quiere y necesita a España. Tierras hermanas y hermanadas con un destino común dentro de la unidad y con respeto a la diversidad, no pueden abandonar, ni abandonarse, a un futuro aciago, desgraciado, desafortunado e infeliz. La demagogia y la fantasía ilusa se impone en los discursos mitineros, grandilocuentes y victimistas, de los protagonistas del oprobio y la deshonra de quienes braman por un sueño imposible, de recorrido involutivo y prehistórico en la escena política de las democracias avanzadas. El nazionalismo cavernario pretende establecer un régimen tribal anacrónico en un mundo globalizado, que no supone la negación de la soberanía de las naciones. Desleales  y traidores pues se sientan a hacerse carantoñas, guiños obscenos y conversaciones adulteras para los soberanos del poder que pretenden representar, el  de todos los españoles. Cataluña es una cuestión que compete a todos los españoles.

La penumbra buscada, las tiniebla intencionadamente creadas, el escenario cuidadosamente trabajado, el guión escrito y los protagonistas, entre bambalinas, salen a escena. Una mala obra, “La ruptura de España”, y un pésimo reparto: Salvador Illa (PSC), como chico de los recados de Pedro Sánchez; Pere Aragonés (ERC), mayordomo de Oriol Junqueras; Laura Borrás (PxC), correveidile del fugado Puigdemont; Jéssica Albiach (ECP), interprete de Pablo Iglesias; Marta Pascual (PNC), hermanastra de los chicos de PxC; Dolors Sabaté (CUP), tan brava y canosa ella, pero sin atisbo de prudencia y moderación. Como secundarios enfrentados aparecen: Carlos Carrizosa (Cs), dispuesto a achicar aguas en un barco que se hunde de manera impepinable; Alejandro Fernández (Pp), siempre peleón y trabajador para sus jefes de Madrid y, finalmente, la irrupción de Vox, con Ignacio Garriga como candidato, valiente y entregado a un españolismo tan necesario como doliente y perseguido. A partir del 14 de febrero se inaugura un nuevo capítulo de la Historia de Cataluña y me temo, lamentablemente, que el esperpento seguirá campando a sus anchas. Mucha suerte, ánimo y recordad que Cataluña es España.


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