¿Ceguera política o táctica de desgaste?

La política en España, tal vez también en otros países, adolece de ceguera en cuanto a su finalidad. Algunos dirán que la política tiene como meta llegar al poder y que no es ciega sino ambiciosa. Pero ¿es eso todo lo que cabe esperar de la política? En 1978, casi el 90% de los votantes dimos el sí, en referéndum, a la Constitución, incluido el Estado de las Autonomías. Con ciertos temores respecto a futuros conflictos territoriales, que ya se habían manifestado en la Segunda República, pero la aprobamos, en aquellas fechas en las que el terror de ETA campaba a sus respetos por España.  El Estado de las autonomías se desarrolló y aportó cosas buenas tales como descentralizar el poder local y malas tales como el crecimiento excesivo de la administración y de los cargos políticos. Sin embargo, hubo algunas autonomías, sensiblemente la catalana y la vasca, que empezaron a utilizar su poder de forma espuria, anteponiendo su interés al general y tomando un camino que cada vez más las iba alejando de los restantes territorios. Mala cosa la descoordinación de servicios básicos educativos, sanitarios y otros; la proliferación de normativas que fueron perjudicando la unidad de mercado y el funcionamiento de las empresas; el énfasis en identidades que iban diluyendo “la patria común” constitucional.  Hasta en Andalucía, referente internacional de España, su bandera blanca y verde fue expulsando de sus fiestas a la tradicional banderita española “como el vino de Jerez y el vinillo de Rioja”. En política nacional, las autonomías, en especial la vasca “unos mueven el árbol y otros recogen las nueces” y la catalana “la del seny, sentido común”, empezaron a chantajear cada de forma más intensa al Gobierno del Estado.

En 1993, Felipe González perdió la mayoría absoluta de la que gozaba hasta entonces y tuvo que comprar los apoyos, catalanes y vascos, para ser investido. En 1996, Aznar también tuvo que volverlo a comprar y pagó un precio muy superior al de González. Lo chocante es que esos chantajes se podrían haber evitado fácilmente. Hubiese bastado con un pacto entre PSOE-PP, que excluyese tomar en consideración, en la investidura del Presidente, a los diputados nacionalistas. El PP se abstendría cuando el PSOE tuviera la mayoría minoritaria en el Congreso y viceversa. Pero no se hizo así y, tanto el gobierno de la nación como los autonómicos y locales, siguieron haciendo concesiones a los nacionalistas, incluso cuando PSOE y PP tenían mayoría absoluta, con la finalidad de congraciarse con ellos y de buscar una pretendida imagen de moderados y dialogantes. Transferencias de competencias, presupuestos generales, fondo de liquidez autonómica, etcétera fueron, y siguen siendo, los instrumentos utilizados para hacer de España, cada vez más, un reino de taifas.  ¿Qué se consiguió, qué se consigue con ello? Nada. La prueba la hemos tenido en la declaración unilateral de independencia del año 2017, precedida por la ilegal consulta de Mas, en 2014. También en el País Vasco donde la bandera española “no está ni se la espera”. La misma deriva está ocurriendo en Baleares, Valencia, Galicia y Navarra. Lo contrario sucede en la vecina Francia, donde ondea, casi de forma absoluta, la bandera nacional tricolor, tanto en el llamado Euskadi Norte “las provincias del norte” como en la Occitania “catalana”. Hoy, España parece un barco a la deriva, que se acerca peligrosamente a unos arrecifes, cada vez más sólidos y agresivos, que la esperan para que se estrelle y se hunda.

Los partidos españoles deberían entender esto y considerarlo el problema actual más grave de nuestra nación. El primero que hay que enfrentar. Sin embargo, hasta ahora, los partidos constitucionalistas no han querido formar gobiernos de coalición, ni tampoco tolerar el gobierno en minoría del partido ganador. Obviamente con la condición de que se enfrente, de forma clara y firme, al separatismo, que es el problema principal que afecta a la estabilidad política y al futuro de España. Si se tuviera visión de Estado, los acuerdos en torno a este tema facilitarían también la gobernabilidad en los niveles autonómicos y locales. La realidad es que, ante el separatismo disgregador, quedan difuminados, como problemas menores, la economía y el resto de temas políticos.

La búsqueda de acuerdos en torno al eje de “la unidad y patria común”, allanaría enormemente las negociaciones, en todos los niveles entre los partidos constitucionales, reduciría el lenguaje descalificativo, en muchos casos sin razón alguna, y podría reconducir a España por la vía del espíritu de la transición y del entendimiento. En ese camino, sería factible dejar de lado muchos de los temas que hoy en día perjudican el logro de la “convivencia pacífica”, que propugna la Constitución. Al igual que hicimos en 1978, se resaltaría la reconciliación y la superación del guerracivilismo y la política podría concentrarse en la economía (empleo, deuda y pensiones), los temas sociales (inmigración y otros), la coordinación y armonización autonómica y la proyección exterior de España.

Lamentablemente, frente a la visión de Estado parece primar la táctica de desgaste. Los partidos la aplican a quienes consideran sus adversarios, sea por la derecha o por la izquierda, y la así la “alta política” se transforma en un politiqueo, que el sentido común del ciudadano medio no entiende y desprecia. Este tipo de política va a llevar a las Comunidades de Murcia y de Madrid a que gobierne la izquierda, ya que es de esperar que Vox no acepte el ninguneo al que se le está sometiendo. O bien a nuevas elecciones que, aunque puedan irritar a los ciudadanos, clarificarán la opción política a seguir. Igual ocurre a nivel nacional. Desgastar a Sánchez es una opción táctica pero absurda porque, quien gobernó con 84 diputados, con el apoyo de comunistas e independentistas, gobernará con 123 con esos mismos apoyos. Salvo que opte, si los vientos le son favorables, por nuevas elecciones generales.

Por ello, es incompresible que ni PP, ni Cs ni Vox se hayan ofrecido a facilitar la investidura de Sánchez con la contrapartida de, al menos, no hacer concesiones al independentismo y no indultar a los posibles condenados por el procés. Cs y PP se están encerrando en una política de desgaste absurda y sin salida. Vox está perdiendo la oportunidad de ser el primero en mostrar cintura política. Debería ofrecer a Sánchez el apoyo de sus 24 diputados, para facilitar su investidura con las condiciones antes citadas. Si espera a que tomen la delantera PP y Cs, sus diputados no serán necesarios y, si no se suma, será tildado de inflexible, calificativo que se utiliza contra los partidos de “extrema derecha o extrema izquierda”. Sería una oportunidad perdida. Por su parte PP y Cs están desperdiciando su potencial de iniciativa. Sánchez los está haciendo parecer, ante los ciudadanos, como partidos incoherentes, que desprecian el interés general e incapaces de ofrecer soluciones. PP y Cs, no dejaros envolver. Ponedle a Sánchez condiciones para facilitar su investidura. Si no las acepta que cargue con la responsabilidad, pero no aparezcáis como unos políticos carentes de visión de Estado. Y tened también visión en todos los lugares donde los votos de los representantes de PP, Cs y Vox suman mayoría absoluta. Abramos los ojos. Renunciemos a las tácticas de desgaste. Tengamos primero visión de Estado.

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4 thoughts on “¿Ceguera política o táctica de desgaste?”

  1. donde dice…
    «hubo algunas autonomías, la catalana, la vasca…»
    añadase la canaria
    donde la corrupción nada tiene que envidiar a las dos anteriores mencionadas.
    P.d.entiendase corrupción como crimen organizado, no caigamos en la semántica y por ende en la banalizacion del mal.
    Gracias

    1. Estimado seguidor: bien puntualizado. Las islas afortunadas también están sujetas desde hace d´cadas a la misma opresión, esa corrupción que define usted tan bien al final de su comentario. Saludos cordiales

  2. Si hay una característica común a la inmensa mayoría de los políticos españoles, es la falta de patriotismo.
    Cosa perfectamente comprensible porque, como sabe todo el mundo, el patriotismo es «franquista». Esto puede explicar no pocas de las decisiones erróneas, tomadas por los gobernantes, desde la «Santa Transición».
    Y si, finalmente (Dios no lo quiera), la «nao» España termina estrellándose contra los arrecifes… NADIE podrá poner en duda, que una gran parte de su «tripulación» habrá colaborado (ciegamente o no) para conseguirlo.

  3. Hay que valorar que se percibe un cierto despertar en gente. Los 24 diputados de Vox son un ejemplo de ello. Recordemos que no sólo España sino la Europa entera estaba dormida ante el comunismo de la Europa del Este y Rusia. Hasta 1989 no cayó el Muro y aún hoy la izquierda presume de superioridad moral e intelectual frente a la derecha. Es necesario ser conscientes y difundir los errores no ya del comunismo sino del marxismo que es el buque insignia de la armada de la izquierda. Mientras no se derribe ese mito la derecha seguirá al rebufo. Y, además, le falta una utopía de derecha, parece que se contentan con ser meros gestores eficientes de lo que hay y eso es poco atractivo.

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