Chile: 30 años del asesinato de Jaime Guzmán

Decía nuestro fundador Gonzalo Fernández de la Mora que seguramente el más hispánico de los países iberoamericanos es Chile. Corren tiempos muy difíciles en la nación hermana, en la que se acaba de elegir una «Convención Constitucional» que elaborará la constitución que sustituirá al texto actual de 1980. En este grotesco proceso «constituyente», generado por la violencia callejera izquierdista de 2019 y por las concesiones de ese paradigma de la pseudoderecha entreguista llamado Sebastián Piñera, el último hito por ahora ha sido la elección de la mencionada Convención, en la cual la participación popular no ha llegado al 42 % (y sólo 38 % tras descartarse votos inválidos), poniendo así en evidencia la clamorosa falsedad de una pretendidamente incontenible demanda social de cambio. Lo peor es que, dentro de la minoría que ha votado, los más movilizados han sido los votantes que han dado el triunfo a las opciones de izquierda y extrema izquierda, incluidos comunistas y otros revolucionarios autodenominados «independientes». Estos ya se disponen a confeccionar, sin oposición digna de mención, una nueva constitución política (como se dice un tanto pleonásticamente en Hispanoamérica) con todos los tópicos de moda en la subversión del siglo XXI: expropiaciones, composición paritaria, feminismo, ideología de género, indigenismo y pueblos originarios, emergencia climática…

Jaime Guzmán

En esta sombría situación es más necesario si cabe recordar que se acaba de cumplir el trigésimo aniversario del vil asesinato de un personaje fundamental de la vida pública chilena, el senador Jaime Guzmán Errázuriz, que tuvo lugar en el día 1º de abril de 1991 a manos de la banda terrorista comunista Frente Patriótico Manuel Rodríguez. Estos criminales dieron así trágico fin a una de las más fulgurantes carreras políticas del Chile de su tiempo, la de un hombre que, sin llegar a cumplir cuarenta y cinco años de edad, había sido uno de los más destacados inspiradores del régimen político de su país, cerebro fundamental en la confección de una nueva constitución para el mismo, y fundador del principal partido político de la derecha. A continuación veremos cómo Jaime Guzmán puede ser considerado como una de las más figuras más extraordinarias de la derecha de la segunda mitad del siglo XX, no ya en Chile, sino en el más amplio ámbito hispanohablante y quizá incluso en todo el mundo occidental.

Nacido en 1946, fue alumno de la Universidad Católica, en la que después sería profesor de Derecho constitucional, y en cuyo entorno desarrollaría su actividad académica y, en buena medida, también la política. Ferviente católico, viajó a Europa en los años sesenta y quedó especialmente impresionado con la España de entonces, siendo un gran admirador del Movimiento Nacional de 1936 y del Generalísimo Franco. Discípulo del sacerdote tradicionalista P. Osvaldo Lira, en la base de su pensamiento, de su «gremialismo», siempre estará su fe cristiana, la función subsidiaria del Estado, y la distinción del ámbito social y del propiamente político, que tan insoportable resulta a la mentalidad revolucionaria. Desde la Universidad Católica impulsaría su movimiento gremial, primero como un destacado dirigente estudiantil y luego como docente. Y, cuando en 1973 las Fuerzas Armadas derrocan el Gobierno marxista de la Unidad Popular y lo sustituyen, el nuevo poder lo coopta como consejero en asuntos jurídicos.

Guzmán

Aún no tenía treinta años, pero no tardó en convertirse en el asesor civil más importante del general Augusto Pinochet y, por extensión, del Gobierno Militar que configuraría las grandes líneas del Chile de los últimos cincuenta años. Y es que una de las características más llamativas de Jaime Guzmán fue la juventud con la que obtuvo tantos logros y, sobre todo, tanta influencia en la política de su país. Fue uno de los autores de la Declaración de Principios del Gobierno Militar de marzo de 1974, un extraordinario documento que reivindicaba explícitamente la tradición cristiana e hispánica de Chile, declaraba al mundo la militante vocación antimarxista del país, y disponía unos objetivos de desarrollo fundamentados en el papel subsidiario del Estado. Pero, sobre todo, Jaime Guzmán fue el principal inspirador de la gran obra jurídica del Gobierno Militar, la Constitución de 1980 que, con modificaciones, ha sido la norma fundamental del sistema político chileno, desde que la Junta Militar entregó el poder a los partidos en 1989-90 hasta el momento actual.

Pinochet con Allende

Hay que recordar aquí que el Gobierno Militar de Chile (1973-90), por su victoria incontestable sobre el marxismo, su larga duración, su consistencia institucional, su controlado traspaso final del poder, y sobre todo por sus logros económicos a largo plazo, puede ser considerada la dictadura militar más exitosa de las muchas que surgieron en Iberoamérica en los años 60 y 70, quizá sólo comparable ―con ventaja― al caso brasileño. Es cierto que se cometieron crímenes, en especial en las semanas que siguieron al movimiento del 11 de septiembre de 1973, al parecer debido a que los militares alzados temían la existencia de unas bandas armadas revolucionarias mucho más peligrosas de lo que en realidad eran. No deben tampoco ignorarse los inadmisibles excesos represivos de la DINA en los años siguientes que, como señala con acierto  el profesor Carlos Huneeus en su ya clásico estudio El régimen de Pinochet, se volvieron claramente en contra del propio sistema. Sin embargo, hay un hecho que de ninguna manera puede dejarse a un lado al considerar esta cuestión: en los años 70 y 80, época en que movimientos guerrilleros, sátrapas tercermundistas sanguinarios, bandas de narcotraficantes, luchas tribales o hambrunas provocadas producían muertes por decenas o centenares de miles, parecía que Chile era el país en el que más se violaban «los derechos humanos»; un Chile cuyo régimen político era quizá el más anticomunista del mundo. Es muy difícil creer en determinadas casualidades.

Guzmán con el Gral. Pinochet

Volviendo a Jaime Guzmán, son dignos de mención, aparte de hitos como los señalados, los rasgos de su pensamiento y de su trayectoria que son los que en verdad hacen de él una figura tan extraordinaria. En concreto, y frente al tan omnipresente como detestable cortoplacismo que domina las decisiones políticas, habitual sobre todo en la derecha frívola de intereses, es obligado destacar su visión de futuro al ayudar a diseñar la evolución del régimen militar. Aunque partidario y colaborador eximio del Gobierno de Pinochet, parece ser que la experiencia de la Transición española del régimen de Franco al sistema de partidos (que desde su óptica, y por supuesto desde la nuestra, no fue positiva) le hizo ver que un cambio semejante sería inevitable en Chile antes o después. Fue entonces cuando exhibió plenamente esa visión de futuro. De una parte, en su condición de principal asesor del Régimen, fue el máximo inspirador de una transición cuidadosamente planeada, con etapas y metas previamente fijadas, y con el objetivo final de que el Gobierno Militar dejase establecidas las bases esenciales del país para el momento de abandonar el poder y entregarlo a los partidos políticos. Este objetivo se logró en buena medida, al hacerse la transición según las normas de la citada Constitución de 1980, y continuar ésta su vigencia en las décadas posteriores, aunque la derrota de la candidatura del general Pinochet en el plebiscito de 1988 motivó que el proceso tuviera que anticiparse varios años.

En segundo lugar, esa clarividencia la hizo patente al rechazar puestos destacados en el Gobierno, más allá de su labor asesora y legisladora, para volcarse en la forja de un movimiento político que, cuando llegara el sistema de partidos, pudiera defender en la vida pública con posibilidades de éxito la continuidad de los principios y bases que desde el Gobierno Militar había contribuido a impulsar. Todavía más, en esta construcción de una fuerza política que defendiera esos principios e instituciones, hizo especial hincapié en dos aspectos fundamentales, a saber: la educación y formación de cuadros con vistas a la generación de una elite política; y, lo que es más llamativo y excepcional, la implantación de dicha fuerza en los sectores más populares de la sociedad. Sin duda, su condición de profesor y principal figura del movimiento estudiantil en una de las primeras instituciones académicas del país, le hacían idóneo para la primera tarea. Pero también se revelaría como vigoroso auspiciador de la segunda.

El coche de Guzmán tras ser tiroteado

Este movimiento político sería la Unión Demócrata Independiente (UDI), el partido conservador gremialista que él mismo definiría, en pocas palabras, como un partido popular, de inspiración cristiana, y que propugna una economía social de mercado. La UDI sobrevivió a Jaime Guzmán, y ha sido durante mucho tiempo el partido más fuerte y popular de la derecha chilena, incluso por algunos años el primer partido del país, aunque por sí solo nunca ha tenido fuerza para elegir un presidente de la República. Por desgracia, el paso de los años, la ausencia del fundador, y la debilidad y los complejos ante las tendencias predominantes en el tiempo presente, han producido en ella una intensa degeneración en forma de alejamiento de los postulados fundacionales. No es algo nuevo ni extraordinario, y en España lo sabemos bien. La Alianza Popular que fundaron, entre otros, Gonzalo Fernández de la Mora, Federico Silva, Pedro Mendizábal o Julio Iranzo, es hoy el Partido Popular de Alberto Núñez Feijóo y Teodoro García Egea.

La tumba de Guzmán viene siendo profanada constantemente

Ya se ha dicho que Jaime Guzmán es una figura extraordinaria. Lo es en el Chile de hoy, donde es un personaje quizá tan discutido como el propio general Pinochet. De vez en cuando reaparece el odio de la izquierda con miserables que celebran en público su asesinato, pero, sobre todo, hay que insistir en que el disparatado y suicida proceso constitucional que se mencionaba al principio tiene como propósito principal enterrar su fecundo legado. Pero Jaime Guzmán debe ser una figura de referencia también en España, donde hemos de aprender de su firmeza en sus convicciones y de su agudo sentido político. La derecha, si quiere tener un futuro, tiene que reafirmarse en una rotunda inspiración cristiana de sus propuestas, por supuesto, pero también debe volcarse en la formación de dirigentes, y en construir un genuino discurso social que le permita implantarse en sectores amplios de la población, de todas las clases sociales, y en especial de las medias y de las más populares. Ésta es la gran enseñanza de Jaime Guzmán.

Para Razón Española Nº226. Revista bimestral en papel sólo para subscriptores. 65€ al año. Telf.- 91 457.18.75 o al correo electrónico fundacionbalmes@yahoo.es


2 respuestas a «Chile: 30 años del asesinato de Jaime Guzmán»

  1. Es un engaño, la constitución , define las reglas del juego, y sirve para proteger a uno, frente a todos, lo demás son mentiras, porque escribas que todos tienen derecho a bienes, sino, los generas es imposible que existan, los que prometen bienes y derechos, son embaucadores que lo que quieren es vivir del estado, explotando a sus semejantes, ver el caso de la dictadura que hay en la Habana, por ejemplo.- La democracia, es representación y separación del gobierno, los representantes y los jueces, para que puedan vigilar los abusos .

  2. Artículo muy interesante.
    La verdadera democracia es la democracia orgánica, en la cual la participación del pueblo en su gobierno, tiene lugar mediante las organizaciones naturales: familia, municipio y sindicato.
    Supongo que ese “Gremialismo” de su teoría política, está inspirado en la España surgida del 18 de julio de 1936 que tanto le admiró.
    Ciertamente hoy en día es muy difícil mantener en vigor unos fundamentos políticos basados en la doctrina social de la Iglesia, cuando en la GM II se alzó con el triunfo un enemigo que hoy marca la agenda política, económica, social y moral a “escala global”
    El llamado NOM.

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