Ciento por uno

No podemos seguir por más tiempo sumidos en nuestros pecados. Son, además de ofensa a Dios, una completa vergüenza, porque a cambio de ellos, Nuestro Señor nos regala cientos de dones.

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En el Evangelio de San Marcos, cuando los apóstoles preguntan a Jesús qué les tocará a ellos que lo han dejado todo por Él, Nuestro Señor les asegura que «ciento por uno» en referencia no sólo a los sacerdotes y religiosos que han renunciado al mundo para dedicarse exclusivamente a predicar el Evangelio –lo que por desgracia hoy muchos de ellos no hacen y que, aunque sacerdotes y religiosos, demuestran un apego a lo mundano evidente–, sino también a los seglares que lleven una vida de acuerdo a Sus mandamientos.

Pero hay otra posible interpretación complementaria de dicho pasaje que de un tiempo a esta parte nos viene una y otra vez a la mente. Y es ese ciento de dones que Nuestro Señor, en demostración palpable de su infinita paciencia y misericordia, nos otorga por cada uno de nuestros pecados con que le ofendemos.

Son constantes nuestros pecados, ofensas y negligencias para con Él, pero más constantes y mayores son los dones que Él nos otorga.

Nosotros le ofendemos y sin embargo Él nos da el sacramento de la Confesión para que, cumpliendo con lo exigido, nos perdone y volvamos a Él, así como el de la Comunión con el derroche de Gracia que implica.

Nosotros le ofendemos, pero Él nos sigue permitiendo respirar, hace latir nuestro corazón y nos mantiene con vida retrasando su inapelable juicio; que de haber sido la ofensa grave nos condenaría al Infierno.

Nosotros le ofendemos, pero Él nos sigue alimentando e incluso nos regala buenos momentos y éxitos.

Nosotros le ofendemos y si nos fijamos, por cada ofensa, por cada uno de nuestros pecados, Él nos sigue otorgando cien dones, cien gracias, cien ayudas, cien apoyos.

De ahí ese ciento por uno no sólo para sacerdotes, religiosos y seglares que vivan de acuerdo con Sus mandamientos, sino incluso para los pecadores, prueba tangible de su infinita paciencia y misericordia, y de que quiere a toda costa, incluso a costa de Su sufrimiento, nuestra salvación.

¿No nos da vergüenza? ¿Podemos seguir pecando, cayendo una y otra vez en las mismas torpezas? ¿Podemos seguir abusando de su misericordia y paciencia? ¿Qué hacemos nosotros con los que nos ofenden? ¿Cómo respondemos a sus ofensas? ¿Cómo en cambio lo hace Él con nosotros?

Meditemos sobre ese ciento por uno, esos cientos de dones de todo tipo que Dios nos regala –cada cual sabrá cuáles son– incluso por cada uno de nuestros pecados, de nuestras ofensas, y, llenos de vergüenza, arrepintámonos de una vez de verdad, aborrezcamos nuestras caídas, pidamos el total desapego al pecado y regalemos a Nuestro Señor obediencia a Sus mandamientos, que eso, y no otra cosa, es el amor como Él mismo manifestó con rotundidad.

¿Por qué no regalarle a Él ciento por uno pero al revés de como lo hacemos ahora, es decir, por cada don suyo, cien superaciones de nuestras tentaciones y defectos, y cien obras buenas por amor a Él?

 

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