ESCUCHAR NOTICIA:Hemos tenido noticias del esperpento litúrgico, ahora, en el monasterio trinitario de Suesa (Cantabria), que se une a los del Cardenal Cobo y del párroco de Torrelavega.
Unidos los tres episodios, la cuestión litúrgica adquiere otra dimensión. Ya no estamos ante tres extravagancias independientes, sino ante tres manifestaciones distintas de una misma crisis de la liturgia, del sacerdocio, y, también, de la credibilidad de la Iglesia.
En el caso del cardenal Cobo, lo significativo es el gesto durante la consagración, al introducir una iniciativa propia justamente en el momento en que debería desaparecer más completamente detrás de las palabras y los gestos propios de la Misa. Pero Cobo no es solamente un sacerdote, es cardenal y arzobispo de Madrid. Su comportamiento compromete, por tanto, la autoridad de la jerarquía que representa.
En Torrelavega aparece otra modalidad, el párroco se abre al espectáculo, al folclore y a una comprensión cada vez menos nítida de la acción sagrada. La propia programación oficial anunciaba expresamente la actuación de un grupo de danzas en conexión con la celebración solemne de la Asunción. Aquí no actúa un miembro de la alta jerarquía, sino un párroco. En él aparece representado el clero que celebra diariamente ante los fieles y que forma, o deforma, su comprensión de la Santa Misa.
Imagen Infovaticana
En Suesa se da un paso todavía más grave (AQUÍ). Ya no se trata solamente de gestos añadidos alrededor de la liturgia, sino de intervenir deliberadamente sobre la propia plegaria eucarística y las palabras de la consagración A ello se añade la posición adoptada por las religiosas alrededor del altar. En este caso es la vida religiosa la que aparece implicada, precisamente aquella que debería ofrecer a la Iglesia un testimonio singular de obediencia, adoración, recogimiento y entrega total a Dios.
Por tanto, no estamos solamente ante tres abusos litúrgicos. En Cobo aparece representada la jerarquía; en el párroco de Torrelavega, el clero; y en las religiosas de Suesa, la vida consagrada. Los tres episodios alcanzan así a tres realidades fundamentales de la estructura visible de la Iglesia. La enfermedad no permanece localizada en un sacerdote extravagante o en una comunidad aislada, sino que aparece extendida por el cuerpo eclesial y se manifiesta en quienes deberían custodiar, celebrar y honrar los misterios de Dios.
Estamos ante una enfermedad grave y prolongada, y no encontramos el médico dispuesto a diagnosticarla y aplicar el remedio. Los años pasan, los abusos se suceden y la reacción de la autoridad eclesiástica, con demasiada frecuencia, se reduce al silencio.
Cobo puede pensar que su gesto solamente hace más expresiva la consagración. Mientras que el párroco de Torrelavega puede pensar que introducir determinados elementos hace la celebración más cercana al pueblo. Las religiosas de Suesa pueden pensar que feminizar y horizontalizar las fórmulas hace la Misa más participativa y menos “patriarcal”. Pero el problema de fondo es precisamente que todos se consideran autorizados para intervenir sobre una realidad sagrada que no les pertenece.
Nos preguntamos: ¿qué clase de sacerdote se considera autorizado a actuar así? ¿Qué clase de vigilancia episcopal permite que determinadas prácticas se consoliden? ¿Dónde está el Dicasterio para el Culto Divino cuando estos hechos dejan de ser excepcionales y comienzan a formar una cadena?
La secuencia sigue imparable, nadie la frena: El sacerdote introduce, la comunidad aplaude, el obispo tolera, y Roma no corrige.
Y así el abuso de ayer termina convirtiéndose en la normalidad de mañana. El demonio no necesita suprimir la Misa; le basta con conseguir que vaya perdiendo, poco a poco, la conciencia de adoración, de sacrificio y de temor de Dios. Para ello no hacen falta grandes rupturas, sino que bastan gestos públicos, improvisaciones toleradas y abusos que, a fuerza de repetirse sin corrección, terminan pareciendo normales.
La situación litúrgica Novus Ordo ha alcanzado todos los niveles de desacralización, arbitrariedad, irreverencia, desobediencia, exhibicionismo, banalización y verdadera insolencia ante lo sagrado. Pero los casos de Cobo, Torrelavega y Suesa muestran que la crisis no es exclusivamente litúrgica. Es también sacerdotal, jerárquica, religiosa y, en último término, eclesial y de fe. Porque la forma de celebrar revela inevitablemente la forma de creer y la idea que se tiene de la Iglesia.
Pero quizá la cuestión más grave ya no sea preguntarse hasta dónde puede llegar la creatividad de un sacerdote o de una comunidad. La pregunta es otra:
¿Hasta dónde piensa permitir León XIV que la liturgia continúe siendo alterada, la fe deformada y la autoridad eclesiástica desacreditada?
Porque cuando el abuso es conocido, público y reiterado, el silencio de la autoridad deja de ser un dato secundario. La autoridad también gobierna mediante aquello que decide no corregir. Y cuando el abuso permanece impune, el silencio deja de ser neutral: lo tolera, lo normaliza y prepara su repetición.Pulse para escuchar el textoHemos tenido noticias del esperpento litúrgico, ahora, en el monasterio trinitario de Suesa (Cantabria), que se une a los del Cardenal Cobo y del párroco de Torrelavega.
Unidos los tres episodios, la cuestión litúrgica adquiere otra dimensión. Ya no estamos ante tres extravagancias independientes, sino ante tres manifestaciones distintas de una misma crisis de la liturgia, del sacerdocio, y, también, de la credibilidad de la Iglesia.
En el caso del cardenal Cobo, lo significativo es el gesto durante la consagración, al introducir una iniciativa propia justamente en el momento en que debería desaparecer más completamente detrás de las palabras y los gestos propios de la Misa. Pero Cobo no es solamente un sacerdote, es cardenal y arzobispo de Madrid. Su comportamiento compromete, por tanto, la autoridad de la jerarquía que representa.
En Torrelavega aparece otra modalidad, el párroco se abre al espectáculo, al folclore y a una comprensión cada vez menos nítida de la acción sagrada. La propia programación oficial anunciaba expresamente la actuación de un grupo de danzas en conexión con la celebración solemne de la Asunción. Aquí no actúa un miembro de la alta jerarquía, sino un párroco. En él aparece representado el clero que celebra diariamente ante los fieles y que forma, o deforma, su comprensión de la Santa Misa.
Imagen Infovaticana
En Suesa se da un paso todavía más grave (AQUÍ). Ya no se trata solamente de gestos añadidos alrededor de la liturgia, sino de intervenir deliberadamente sobre la propia plegaria eucarística y las palabras de la consagración A ello se añade la posición adoptada por las religiosas alrededor del altar. En este caso es la vida religiosa la que aparece implicada, precisamente aquella que debería ofrecer a la Iglesia un testimonio singular de obediencia, adoración, recogimiento y entrega total a Dios.
Por tanto, no estamos solamente ante tres abusos litúrgicos. En Cobo aparece representada la jerarquía; en el párroco de Torrelavega, el clero; y en las religiosas de Suesa, la vida consagrada. Los tres episodios alcanzan así a tres realidades fundamentales de la estructura visible de la Iglesia. La enfermedad no permanece localizada en un sacerdote extravagante o en una comunidad aislada, sino que aparece extendida por el cuerpo eclesial y se manifiesta en quienes deberían custodiar, celebrar y honrar los misterios de Dios.
Estamos ante una enfermedad grave y prolongada, y no encontramos el médico dispuesto a diagnosticarla y aplicar el remedio. Los años pasan, los abusos se suceden y la reacción de la autoridad eclesiástica, con demasiada frecuencia, se reduce al silencio.
Cobo puede pensar que su gesto solamente hace más expresiva la consagración. Mientras que el párroco de Torrelavega puede pensar que introducir determinados elementos hace la celebración más cercana al pueblo. Las religiosas de Suesa pueden pensar que feminizar y horizontalizar las fórmulas hace la Misa más participativa y menos “patriarcal”. Pero el problema de fondo es precisamente que todos se consideran autorizados para intervenir sobre una realidad sagrada que no les pertenece.
Nos preguntamos: ¿qué clase de sacerdote se considera autorizado a actuar así? ¿Qué clase de vigilancia episcopal permite que determinadas prácticas se consoliden? ¿Dónde está el Dicasterio para el Culto Divino cuando estos hechos dejan de ser excepcionales y comienzan a formar una cadena?
La secuencia sigue imparable, nadie la frena: El sacerdote introduce, la comunidad aplaude, el obispo tolera, y Roma no corrige.
Y así el abuso de ayer termina convirtiéndose en la normalidad de mañana. El demonio no necesita suprimir la Misa; le basta con conseguir que vaya perdiendo, poco a poco, la conciencia de adoración, de sacrificio y de temor de Dios. Para ello no hacen falta grandes rupturas, sino que bastan gestos públicos, improvisaciones toleradas y abusos que, a fuerza de repetirse sin corrección, terminan pareciendo normales.
La situación litúrgica Novus Ordo ha alcanzado todos los niveles de desacralización, arbitrariedad, irreverencia, desobediencia, exhibicionismo, banalización y verdadera insolencia ante lo sagrado. Pero los casos de Cobo, Torrelavega y Suesa muestran que la crisis no es exclusivamente litúrgica. Es también sacerdotal, jerárquica, religiosa y, en último término, eclesial y de fe. Porque la forma de celebrar revela inevitablemente la forma de creer y la idea que se tiene de la Iglesia.
Pero quizá la cuestión más grave ya no sea preguntarse hasta dónde puede llegar la creatividad de un sacerdote o de una comunidad. La pregunta es otra:
¿Hasta dónde piensa permitir León XIV que la liturgia continúe siendo alterada, la fe deformada y la autoridad eclesiástica desacreditada?
Porque cuando el abuso es conocido, público y reiterado, el silencio de la autoridad deja de ser un dato secundario. La autoridad también gobierna mediante aquello que decide no corregir. Y cuando el abuso permanece impune, el silencio deja de ser neutral: lo tolera, lo normaliza y prepara su repetición.
Hemos tenido noticias del esperpento litúrgico, ahora, en el monasterio trinitario de Suesa (Cantabria), que se une a los del Cardenal Cobo y del párroco de Torrelavega.
Unidos los tres episodios, la cuestión litúrgica adquiere otra dimensión. Ya no estamos ante tres extravagancias independientes, sino ante tres manifestaciones distintas de una misma crisis de la liturgia, del sacerdocio, y, también, de la credibilidad de la Iglesia.
En el caso del cardenal Cobo, lo significativo es el gesto durante la consagración, al introducir una iniciativa propia justamente en el momento en que debería desaparecer más completamente detrás de las palabras y los gestos propios de la Misa. Pero Cobo no es solamente un sacerdote, es cardenal y arzobispo de Madrid. Su comportamiento compromete, por tanto, la autoridad de la jerarquía que representa.
En Torrelavega aparece otra modalidad, el párroco se abre al espectáculo, al folclore y a una comprensión cada vez menos nítida de la acción sagrada. La propia programación oficial anunciaba expresamente la actuación de un grupo de danzas en conexión con la celebración solemne de la Asunción. Aquí no actúa un miembro de la alta jerarquía, sino un párroco. En él aparece representado el clero que celebra diariamente ante los fieles y que forma, o deforma, su comprensión de la Santa Misa.
Imagen Infovaticana
En Suesa se da un paso todavía más grave (AQUÍ). Ya no se trata solamente de gestos añadidos alrededor de la liturgia, sino de intervenir deliberadamente sobre la propia plegaria eucarística y las palabras de la consagración A ello se añade la posición adoptada por las religiosas alrededor del altar. En este caso es la vida religiosa la que aparece implicada, precisamente aquella que debería ofrecer a la Iglesia un testimonio singular de obediencia, adoración, recogimiento y entrega total a Dios.
Por tanto, no estamos solamente ante tres abusos litúrgicos. En Cobo aparece representada la jerarquía; en el párroco de Torrelavega, el clero; y en las religiosas de Suesa, la vida consagrada. Los tres episodios alcanzan así a tres realidades fundamentales de la estructura visible de la Iglesia. La enfermedad no permanece localizada en un sacerdote extravagante o en una comunidad aislada, sino que aparece extendida por el cuerpo eclesial y se manifiesta en quienes deberían custodiar, celebrar y honrar los misterios de Dios.
Estamos ante una enfermedad grave y prolongada, y no encontramos el médico dispuesto a diagnosticarla y aplicar el remedio. Los años pasan, los abusos se suceden y la reacción de la autoridad eclesiástica, con demasiada frecuencia, se reduce al silencio.
Cobo puede pensar que su gesto solamente hace más expresiva la consagración. Mientras que el párroco de Torrelavega puede pensar que introducir determinados elementos hace la celebración más cercana al pueblo. Las religiosas de Suesa pueden pensar que feminizar y horizontalizar las fórmulas hace la Misa más participativa y menos “patriarcal”. Pero el problema de fondo es precisamente que todos se consideran autorizados para intervenir sobre una realidad sagrada que no les pertenece.
Nos preguntamos: ¿qué clase de sacerdote se considera autorizado a actuar así? ¿Qué clase de vigilancia episcopal permite que determinadas prácticas se consoliden? ¿Dónde está el Dicasterio para el Culto Divino cuando estos hechos dejan de ser excepcionales y comienzan a formar una cadena?
La secuencia sigue imparable, nadie la frena: El sacerdote introduce, la comunidad aplaude, el obispo tolera, y Roma no corrige.
Y así el abuso de ayer termina convirtiéndose en la normalidad de mañana. El demonio no necesita suprimir la Misa; le basta con conseguir que vaya perdiendo, poco a poco, la conciencia de adoración, de sacrificio y de temor de Dios. Para ello no hacen falta grandes rupturas, sino que bastan gestos públicos, improvisaciones toleradas y abusos que, a fuerza de repetirse sin corrección, terminan pareciendo normales.
La situación litúrgica Novus Ordo ha alcanzado todos los niveles de desacralización, arbitrariedad, irreverencia, desobediencia, exhibicionismo, banalización y verdadera insolencia ante lo sagrado. Pero los casos de Cobo, Torrelavega y Suesa muestran que la crisis no es exclusivamente litúrgica. Es también sacerdotal, jerárquica, religiosa y, en último término, eclesial y de fe. Porque la forma de celebrar revela inevitablemente la forma de creer y la idea que se tiene de la Iglesia.
Pero quizá la cuestión más grave ya no sea preguntarse hasta dónde puede llegar la creatividad de un sacerdote o de una comunidad. La pregunta es otra:
¿Hasta dónde piensa permitir León XIV que la liturgia continúe siendo alterada, la fe deformada y la autoridad eclesiástica desacreditada?
Porque cuando el abuso es conocido, público y reiterado, el silencio de la autoridad deja de ser un dato secundario. La autoridad también gobierna mediante aquello que decide no corregir. Y cuando el abuso permanece impune, el silencio deja de ser neutral: lo tolera, lo normaliza y prepara su repetición.
8 respuestas a «Cobo, Torrelavega y Suesa: cuando la crisis de fe se hace liturgia»
Y EL OBISPO DE SANTANDER,
¿a qué coño se dedica…?
Tanto el párroco como las «monjas», DEBERÍAN SER REDUCIDAS AL ESTADO LAICAL,
si persisten en sus herejías.
Pero, con un Obispo inane…
Ahora los derribaCRUCES del Vaticano lo hacen a cara descubierta ante la indiferencia de los bautizados. Roma está tomada por los seguidores de la perdición.
Ni España es de los españoles, ni el Vaticano es de los católicos.
Eso sí, a las clarisas de Belorado, excomunión
Y vean/escuchen al hereje santanderino hablando de la Asunción y del Cielo… llegará a obispo, seguro. https://youtu.be/9B45UkNqo9E?is=CPJM_Hffc_-pT6vj
Me siento excomulgado (esa no es la Iglesia y, por tanto, no es mi Iglesia) como Viganó, la FSSPX, el P. Vegara, las clarisas de Belorado y tantos otros
Y EL OBISPO DE SANTANDER,
¿a qué coño se dedica…?
Tanto el párroco como las «monjas», DEBERÍAN SER REDUCIDAS AL ESTADO LAICAL,
si persisten en sus herejías.
Pero, con un Obispo inane…
A perseguir a los que creen en Garabandal.
Para eso le han puesto y para eso sí sirve
Ahora los derribaCRUCES del Vaticano lo hacen a cara descubierta ante la indiferencia de los bautizados. Roma está tomada por los seguidores de la perdición.
Ni España es de los españoles, ni el Vaticano es de los católicos.
Eso sí, a las clarisas de Belorado, excomunión
Y vean/escuchen al hereje santanderino hablando de la Asunción y del Cielo… llegará a obispo, seguro.
https://youtu.be/9B45UkNqo9E?is=CPJM_Hffc_-pT6vj
Me siento excomulgado (esa no es la Iglesia y, por tanto, no es mi Iglesia) como Viganó, la FSSPX, el P. Vegara, las clarisas de Belorado y tantos otros
¡Ah! y no sea inocente: Prevost no es que permita, es que impulsa.
Como Bergoglio y otros «santos súbitos»
Ahí tienen a las «excolugadas» de Belorado.
Vean y comparen
https://www.youtube.com/watch?v=76d6Kvl53FI
Buenas tardes, deben de rectificar la foto del sacerdote que han puesto, pues no es de Torrelavega – Santander.
La foto es del P. Arturo Lopez Cornejo.
Que es de Jalisco – Mexico
Su canal de Youtube es:
https://m.youtube.com/channel/UCmpFfNYZNHoOH83QcJVsSOg
Estimado señor: hecho. Mil disculpas. Gracias. Atte.