Cómo el cristianismo destruyó el mundo clásico ¿de verdad?

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NIXEY, Catherine: La edad de la penumbra. Cómo el cristianismo destruyó el mundo clásico, Taurus, Madrid, 2018, 320 págs.

Catherine Nixey

La tesis de Catherine Nixey es que los cristianos antiguos, a quienes compara con los yihadistas de Estado Islámico, destruyeron una gran cantidad de templos, de libros de filosofía y literatura y ciencia, machacaron a sabios y filósofos y así, en general, destruyeron la cultura clásica.

Repite que hemos perdido el 90% de los textos griegos antiguos y el 99% de los textos latinos. No queda claro cómo hace su cálculo. En el libro dice, sobre la tarea de los monjes y cristianos que conservaron textos clásicos: «Si esto es preservar —como se dice— es asombrosamente incompetente. Si es censura, fue brillamente eficaz».

¿Censura o incompetencia? Claro que hay otra posibilidad… se llama caída del Imperio, invasiones bárbaras, terremotos brutales, epidemias, guerra continuada con los persas, incendios habituales en cualquier cultura agraria y paso del tiempo. El papiro era difícil de conseguir y el fuego, el agua y los bichos lo destruyen. Solo se conserva bien el papiro en zonas sequísimas, de desierto. El pergamino era caro, se hacía con piel: matar a una cabra daba para cuatro páginas. Un libro costaba un rebaño. Si no se copia y recopia se pierde. ¿Y quién tiene tiempo y dinero y capacidad para eso? Copiar y recopiar textos es un lujo. Se hace cuando se puede y con los textos más necesarios: los que se usan para aprender a leer y escribir, como Homero. Lo más copiado es lo que más sobrevive.

Averil Cameron

Averil Cameron, una reputadísima experta de la Universidad de Oxford en Antigüedad Tardía y Bizantina, respondió al libro en The Tablet: «¿Los cristianos antiguo destruyeron templos paganos? Algunos lo intentaron, pero no muchos, ni tan intensamente como ellos presumían. Muchos templos se convirtieron en iglesias, pero en velo-cidades distintas en regiones distintas y rara vez por mera hostilidad. ¿Los cristianos, incluyendo monjes, participaron en tumultos urbanos? Ocasionalmente, pero solo en circunstancias muy particulares. ¿Los emperadores cristianos dictaron leyes duras contra los herejes, ordenando quemar libros y prohibiendo que los paganos trabajaran en puestos públicos? Sí, pero la ley era más cosa de retórica que de aplicarse. ¿Los Padres de la Iglesia usaron un lenguaje violento para condenar desviaciones de la doctrina oficial? Sí, ciertamente. Pero, ¿todo eso llevó a la destrucción del mundo clásico a manos del cristianismo, como dice el subtítulo chillón de Nixey? Difícilmente». ¿Dónde se ha documentado Nixey, periodista y crítica de arte? «Un rápido repaso a las citas de Nixey muestra lo que ha estado leyendo, con varias referencias a los mismos nombres de un grupito de historiadores de mentalidad similar igualmente hostiles al cristianismo. Da poca atención a otras fuentes. También falta toda la montaña de evidencia arqueológica que muestra la extensión verdadera de la reutilización cristiana y adaptación de edificios paganos».

Peter Thonemann

Peter Thonemann, un joven experto en estudios griegos clásicos de la Universidad de Oxford, afirma que «Nixey evoca vívidamente las hogueras fundamentalistas que «ardían a través del imperio con libros prohibidos desapareciendo en llamas». Qué inconveniente que no tengamos evidencias de que ni un solo poema de Ovidio o Catulo fueran echados al fuego. Ovidio, admite ella a regañadientes, continuó siendo copiado y leído con entusiasmo durante el periodo medieval». Y sigue machacando los datos: «Nixey dedica muchas páginas horrorizadas a la destrucción del templo de Serapis, «el mayor edificio del mundo», a cargo de una turba cristiana en Alejandría en el 392. De nuevo, la realidad es más compleja: de los 700 templos que conocemos dedicados a los viejos dioses en la Galia Romana, solo 10 (1,4%) parecen haber sufrido un final violento en el siglo IV o V, no ciertamente a manos de cristianos».

Philip Jenkins

Philip Jenkins, profesor de Historia y Religión en la Universidad Estatal de Pensilvania, recuerda que el paganismo del siglo IV y V no se parecía mucho al de la Edad Dorada de dos o tres siglos antes. Estaba agotado y debilitado en un imperio en crisis y lleno de neo-platónicos que despreciaban el mundo o lo material. La acusación de que el cristianismo estableció mil años de opresión teocrática contra la ciencia «no la apoya ningún historiador académico serio». También critica la acusación de que cristianismo causó la decadencia imperial desde que lo despenalizó Constantino en el año 313. La caída de la civilización clásica es un proceso largo que empieza hacia el año 230 y llega hasta el 560: «Implicaría una variedad de factores: cambio climático, en parte por erupciones volcánicas titánicas; plagas repetidas a escala comparable a la Peste Negra en Europa; el colapso de la frontera romana que permitió la incursión en masa de paganos bárbaros, cuyas depredaciones destruyeron incontables ciudades antiguas y textos. Nixey menciona esos factores brevemente, solo para desdeñarlos como temas menores en comparación con el tumor maligno del cristianismo, como hizo Gibbon antes que ella». El historiador anticristiano Edward Gibbon es una de sus fuentes más citadas… un autor del año 1776.

La crítica más dura y detallada contra el libro de Nixey la hace Tim O’Neill, autor del blog Historia para Ateos. O’Neill tiene un título en historia y literatura medieval y lleva treinta años debatiendo de his-toria en Internet. Es «ateo, escéptico y racionalista» y fue presidente de la Asociación Australiana de Escépticos en su región. Afirma que «apenas hay una página del libro de Nixey que no tenga alguna forma de representación selectiva de evidencia, evasión de contraejemplos, desprecio de visiones alternativas, deformación de la información o sobreafirmación de una idea… Es una pena que con una época tan fascinante y un tema tan interesante haya producido un lío distorsionado así. Hay otros libros sobre el mismo tema muy superiores».

O’Neill recomienda The Final Pagan Generation, de Edward J. Watts, «que es todo lo que no es el libro de Nixey: equilibrado, académico, erudito, mesurado. […] Watts muestra que la transición [al cristianismo] fue gradual, en su mayor parte sin altibajos, y que los cristianos y paganos eran más parecidos de lo que un lector de Nixey podría pensar».

Para Nixey, los malos más malos son los monjes. Siempre vienen del desierto, rompen cosas, son brutos e ignorantes y huelen mal y queman libros. Hacen cosas locas subidos a columnas y flagelándose y ayunando. Nixey no menciona que también los paganos estoicos, los mendigos de la escuela cínica, que imitaban a los perros, el escanda-loso Diógenes y muchos célibes neoplatónicos alababan las mismas virtudes ascéticas y extremas de muchos monjes. Era cosa de la época y sus valores, no de la religión.

Nixey cree que la causa de la mayor parte de los males y la violencia está en que los cristianos creían en los demonios: veían demonios por todas partes y combatir contra ellos justificaba destruir templos, estatuas, etc. Lo que no escribe es que también los paganos creían en demonios, que estaban por doquier, que actuaban y que era necesario protegerse de ellos aplacándolos con magia, sacrificios, pactos, etc.

Quiere presentar a los romanos como un oasis de tolerancia y pluralidad. Para ello, no dirá nada de cómo exterminaron a todos los druidas de Galia y de Britania, o como persiguieron los cultos de Atis, de Cibeles y varias sectas de bacantes. La persecución a los cristianos la reduce al mínimo sin buscar datos modernos: la cifra de Gibbon de 1776 de unos 150 mártires anuales durante treinta años le parece bien. No se interesa en las persecuciones regionales o locales. Y aunque lee el libro de 1965 de W.H.C. Frend, que calcula que en la persecución de Diocleciano, justo antes de la despenalización, se mató a 3.000 o 3.500 personas, no menciona esta cifra para nada.

Cita la ley del emperador cristiano Teodosio del 399 que ordena destruir los templos. Pero la arqueología muestra que no se destruyeron. Los edictos imperiales pasaban por mil filtros que los descafeinaban a nivel local y regional.

En el año 2011 se publicó una detallada recopilación de artículos de Luke A. Lavan y Michael Mulryan sobre la Antigüedad Tardía y los templos paganos (The End of the Temples: Toward a New Narrative?), donde se afirma: «Se puede decir con confianza que los templos ni fueron convertidos ampliamente en iglesias ni demolidos en la Antigüedad tardía. En su estudio de todo el Imperio, [Richard] Bayliss localizó solo 43 casos [de desacralización o destrucción arquitectónica activa] de los que solo cuatro se confirmaron arqueológicamente».

De hecho, hay leyes del Código de Teodosio que piden proteger las obras de arte y estimar los edificios. Así, en Grecia, África, Italia… parece que se dedicaron muchos más recursos a mantener templos que a destruirlos.

La realidad es que en el siglo IV y V incluso los filósofos paganos neoplatónicos como Porfirio, Filostrato o Plotino criticaban los templos y sus religiones basadas en sacrificios y desfiles y buscaban contactar con lo Divino a través de sabidurías iniciáticas y filosóficas. Filostrato dedica todo un libro a criticar los sacrificios. Y sin caros sacrificios e inversiones de los ricos, los templos no se mantenían.

Nixey cuenta que una turba de cristianos en el año 392 ataca el templo pagano del Serapeum en Alejandría. O’Neill denuncia que no cuenta lo que había pasado antes, descrito por cinco fuentes cercanas distintas, algunas paganas. Unos cristianos encontraron unos objetos en un templo abandonado. Un grupo de paganos —de la escuela neoplatónica yámblica, que era la más esotérica y dada a rituales— les atacó para recuperarlos y les mató. Después, capitaneados por líderes ricos y cultos de esta escuela, Olimpio, Heladio y Ammonio, se atrincheraron en el Serapeum, fortificado, con rehenes cristianos. Durante semanas torturaron a los presos cristianos: hambre, rodillas rotas e incluso crucifixiones. El Emperador ordenó a la guardia, al obispo y a milicias de ciudadanos y monjes cristianos que dejaran marchar a los culpables pero que destruyeran el lugar, considerando que tenía algo de maligno. Los líderes fueron a Atenas y allí trabajaron como maestros de filosofía, presumiendo de los cristianos que habían matado y torturado, como recoge el historiador Sócrates Eclesiástico, que estudió con ellos. Nixey dice que al destruir el Serapeum se destruyeron «los restos de la biblioteca de Alejandría, con miles de libros», pero lo cierto es que hay cinco crónicas sobre esa destrucción y ninguna, ni siquiera el pagano Eunapio, dice nada de libros. Hay un texto de décadas antes, de Amiano Marcelino, que ya hablaba de la biblioteca en pasado, como algo que ya no existía.

Después llegó el caso del asesinato de la filósofa pagana plató-nica Hipatia, supuestamente, según Nixey, por ser mujer, científica y pagana. Hay libros recientes sobre Hipatia muy documentados y serios: el de Maria Dzielska de 1995 y el de 2017 de Edward J. Watts. Ambos dejan claro que Hipatia muere asesinada por una turba en un conflicto político entre dos facciones, y en ambas facciones políticas había cristianos y paganos. «Era una disputa política, no era sobre religión, no era de género, no era contra la enseñanza clásica», es-cribe O’Neill.

Nixey intenta demostrar el desprecio de los cristianos antiguos contra la filosofía y la cultura clásica con frases de predicadores que ensalzan la sencillez de la fe frente a la erudición de los filósofos. Lo cierto es que hubo un debate interno en el cristianismo, y ganaron los cristianos enamorados de la filosofía y la cultura, empezando por Orígenes (pero ella sólo lo cita, y dos veces, para hablar de cuando de joven se autocastró) y San Clemente de Alejandría, con su obra Stromata (que ella ignora por completo) o San Juan Damasceno, ya el último Padre de la Iglesia, que es otro sabio que alaba la filosofía griega.

Ella insiste en que los cristianos censuraron y borraron de la historia a Demócrito, un filósofo de mil años antes (siglo V a.C.) que decía que no hay dioses y solo hay materia hecha de átomos. La realidad es que Demócrito llevaba varios siglos pasado de moda y ni siquiera lo soportaban los paganos neoplatónicos que ella alaba, paganos que creían en todo tipo de espíritus y entidades no físicas. Demócrito era absolutamente minoritario e irrelevante. El mismo Platón lo desprestigió ya en su época y los neoplatónicos no iban a llevarle la contraria a Platón. No hizo falta ninguna conspiración ni censura mil años después: simplemente, se dejó de copiar porque el pergamino y las horas de copista son caros y escasos. Los textos cristianos del siglo IV y V a veces critican y refutan a estoicos y epicú-reos, pero nunca dedican una línea a Demócrito, porque no era tema de debate. Estaba ya olvidado.

Nixey dice que eran censurados y eliminados los textos de autores antiguos que hablaban de un universo eterno, sin creación. Pero es falso: Aristóteles defendía eso y los monjes y copistas cristianos lo copiaron una y otra vez, y lo enseñaban en círculos cultos en el Oriente cristiano. El muy materialista De rerum natura de Lucrecio, epicúreo, también fue copiado y recopiado por cristianos.

Todas las afirmaciones sobre destrucción de libros Nixey las saca de una sola fuente, un libro de 2016 de Dirk Rohmann: Christianity, Book-Burning and Censorship in Late Antiquity. Cuando leen que se quemaban libros de oráculos, brujería y adivinación, Rohmann y Nixey leen «libros de filosofía o ciencia clásica». O’Neill responde que podían ser perfectamente adivinación y oráculos (que Roma persi-guió siempre, porque se usaban para provocar revueltas políticas o asesinatos) y también libros de neoplatónicos yámblicos, que eran muy amigos de los rituales secretos, invocaciones, teurgias y adivi-naciones.

Finalmente, Nixey cuenta con estilo literario tremebundo el cierre de la escuela filosófica de Atenas en el año 529, una escuela que funcionaba solo desde hacía unos 150 años, no era la de Platón. La realidad fue más prosaica. Simplemente, el Estado se negó a seguir pagando a los profesores paganos de esta ciudad. Podían enseñar, pero no a cuenta del erario público. Los filósofos paganos decidieron irse a Persia, cultura pagana, libre y soleada, a la corte de Cosroes I.

Pero allí no les fue bien y acabaron corriendo a pedir al César que les dejase volver. Finalizaron sus días como profesores en el sector privado, perfectamente libres, en el Imperio Romano de Oriente.

¿Vale la pena dar tantos datos para rebatir a esta autora? Sí, por-que los medios la jalean y ella dice que lo que escribe es historia. Y no lo es.

Publicado en el número 214 de la revista Razón Española (fundacionbalmes@yahoo.es / 91 457 18 75)

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