¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

La reciente publicación del último Informe PISA ha vuelto a poner bajo el foco de la opinión pública la prolongada crisis del sistema educativo en nuestro país. Dejando aparte la distinción entre “regiones del norte” y “regiones del sur”, así como el factor del alumnado de origen inmigrante, los resultados de PISA ponen ante nuestros ojos una decadencia de la educación en España que, por cierto, se inscribe dentro de una caída general de los sistemas educativos europeos —incluidos los escandinavos— frente a la pujante ética del trabajo de los sistemas asiáticos. Dada la confusión de ideas reinante en tantos ámbitos de nuestra vida pública, nos parece que no vendrá mal reunir algunas reflexiones de fondo sobre el tema, referidas ante todo a la concreta situación de nuestro país.

Parafraseando una vez más la archiconocida pregunta de Vargas Llosa, podemos preguntarnos “cuándo se jodió la educación en España”. Para empezar, cabría referirse a esa popular —y certera— opinión según la cua nuestros institutos hace tiempo que se convirtieron en “guarderías para adolescentes”. Existe hoy un amplio consenso acerca de que, desde 1960 hasta la década de 1980, la educación pública en España cumplió eficazmente su función como “ascensor social”, permitiendo el progreso estrictamente meritocrático de los alumnos procedentes de las clases obreras y populares. No es que la situación existente hasta entonces hubiese sido perfecta, que no lo era; pero operaban una serie de factores positivos que compensaban de manera bastante digna otros posibles fallos del sistema.

Retrotraigámonos a la España de 1970. La sociedad todavía presenta un aspecto bastante informal, aún no fosilizado o anquilosado por las rigideces del burocratismo estatal. Tras terminar la educación básica, muchos adolescentes empiezan a trabajar y a formarse como aprendices en pequeñas empresas y talleres de todo tipo. Existe, además, una red público-privada de escuelas y academias de capacitación profesional. Las Escuelas de Comercio forman contables y peritos mercantiles. Aún no se advierten síntomas de la titulitis contemporánea. Los institutos de bachillerato conservan su prestigio. La universidad todavía no se ha masificado y devaluado. No pretendemos pintar una situación idílica, pero sí señalar que, en muchos sentidos, era bastante mejor que la que tenemos hoy.

Por otra parte, y como ha señalado entre nosotros Pérez-Reverte, el Bachillerato de 1957, vigente entre nosotros hasta principios de la década de 1970, cuando es sustituido por la Ley General de Educación o Ley Villar Palasí, sirvió para proporcionar durante más de quince años una excelente formación general a varias generaciones de estudiantes que luego fueron, durante décadas, la columna vertebral de las clases medias de nuestro país. Tampoco ahora pretendemos incurrir en una fácil idealización del pasado; pero es un hecho que, cuando echan la vista atrás, muchos brillantes profesionales españoles hoy ya más que sexagenarios comentan en sus tertulias de café lo bastante que se salía sabiendo de aquel bachillerato de seis años. Tal vez lo critiquen a la vez por motivos ideológicos, pero no dejan de reconocer —lo cortés no quita lo valiente— todo lo que le deben.

Por otra parte, y más allá del sistema educativo de enseñanzas medias stricto sensu, existía un conjunto de factores sociales y culturales que favorecía por aquel tiempo la formación de nuestros adolescentes. La entonces todavía amplia vigencia de tradiciones de todo tipo, así como de la vida rural y de vecindario. La existencia de miles de salas de cine. La influencia de Televisión Española en lo que cabe considerar su Edad de Oro (aproximadamente, 1966-1982). El maravilloso mundo de los tebeos. La época de las enciclopedias de papel en los muebles de salón y de los álbumes de cromos. Y todo ese universo de enciclopedias juveniles y clásicos ilustrados del que aún existen rastros en rincones olvidados de nuestras bibliotecas públicas y en las cada vez menos numerosas librerías de viejo, mina de tantos hallazgos reveladores para cualquier detective cultural.

Si a todo lo anterior le añadimos una escuela primaria donde los alumnos aprendían realmente a leer y a escribir y donde apenas necesitaban algo más que las célebres Enciclopedias Álvarez, y si añadimos también unas Facultades de Filosofía y Letras de donde salían futuros profesores más que dignamente formados, resulta fácil comprender la existencia de todo un mundo que hoy, en muchos sentidos, puede antojársenos casi como un paraíso en el que, además, los maestros disfrutaban de autoridad y respeto, la estabilidad matrimonial era la regla y la presencia de la madre como ama de casa en el hogar constituían el eje vertebrador de toda la vida familiar. ¿Un mundo ideal? Pues no, en absoluto, ya que también existían muchos elementos criticables (por ejemplo, recuerdo el pavor que producía en mis compañeros de 1.º de EGB la vareta de don Ángel, con la que pegaba fuertes palmetazos de castigo en las palmas de las manos de sus aterrorizados alumnos); pero sí un pequeño universo en el que, si no existían otros factores desestabilizantes, podían desarrollarse de manera bastante razonable —también desde un punto de vista educativo— la infancia y adolescencia de los niños de aquella época.

Hoy todo lo anterior sólo es ya un lejano recuerdo. La LOGSE de 1990 supuso el final de todo un mundo. Se creó la malhadada ESO, se expulsó a los niños prematuramente de los colegios tras 6.º de Primaria, desapareció en su mayor parte el mundo de la caligrafía, el dibujo, los diccionarios, los copiados y los dictados. La ideología y la falta de sentido común entró en los libros de texto. Es entonces cuando los institutos se convierten en “guarderías de adolescentes” y los profesores de la pública empiezan a enviar a sus propios hijos a la privada (siguiendo el ejemplo de los ministros socialistas de Felipe González). Y después todo ha ido cuesta abajo, sumándose factores como el de los móviles y las pantallas (Catherine L’Ecuyer ya es completamente un tópico mainstream), el de un alumnado autóctono que llega a la escuela, cada vez más, desde un ambiente familiar enrarecido y el de una masa de alumnado de origen inmigrante que, en gran parte, está bastante poco interesado en aprender y va al instituto a pasar la mañana y a socializar.

Y bien: ¿qué hacer a partir de ahora? Existe un consenso cada vez mayor sobre la necesidad de volver a formas de enseñanza de tipo tradicional, alejadas del hechizo de las pantallas y las nuevas tecnologías. Escribir a mano, dibujar, hacer cálculo mental, tomar apuntes, buscar en el diccionario, leer cuentos y relatos de aventuras, hacer rotulaciones o trabajos manuales. Con años y años de gota a gota, haciendo este tipo de cosas en el aula y jugando a juegos de toda la vida en el patio, parece que no es posible equivocarse demasiado. Sin embargo, existen poderosas fuerzas que operan en contra de este retorno a la tradición y el sentido común anhelado hoy por tantos padres.

En primer lugar, la omnipresencia de los móviles, la as pantallas y las nuevas tecnologías en la vida de unos niños y adolescentes que ya han crecido en el universo de las redes sociales. Todo este conglomerado tecnológico dispersa la capacidad de atención de las nuevas generaciones, así como de los adultos en general. Y como, además, mueve miles y miles de millones de euros, cualquier intento de revertir nuestra lamentable situación educativa debe contar con la hostilidad de unas multinacionales tecnológicas que viven de vampirizar la atención de las nuevas generaciones, dentro de lo que se ha llamado precisamente una “economía de la atención”.

En segundo lugar, la ruina del antiguo estilo de vida comunitario. La vida del barrio, del vecindario, con un nutrido grupo de niños que se bajan todas las tardes a jugar a la calle, en un entorno no copado por los coches y el negocio urbanístico. Todo esto se encuentra hoy en día en proceso de extinción. La bajísima natalidad en Occidente, el ocio electrónico en casa, la desaparición de los vecindarios y de los lugares semiurbanizados donde poder jugar en la calle, la desaparición del tipo de televisiones públicas que existían en Europa en la década de 1970. Cualquier intento de reversión de la hecatombe educativa ha de chocar con un entorno social de familias de hijo único, parejas divorciadas, vecindarios vacíos de niños y espacios públicos donde ya no quedan espacios informales para jugar. El ocio electrónico online del hijo único en casa o las actividades extraescolares, así como unos deberes y tareas escolares muchas veces excesivos y donde también se ha perdido el sentido común. Todo esto opera también en contra de cualquier intento de dar un golpe de timón para cambiar el rumbo de la educación.

Y, finalmente, las campañas de ingeniería social que llevan décadas en marcha dentro del sistema educativo. Si se quiere —como se quiere— implantar un verdadero Nuevo Orden Mundial en el mundo, es necesario crear un nuevo tipo humano, más dócil y moldeable que nunca. Y la escuela constituye un lugar privilegiado para esta nueva clase de ingeniería social y cultural. Crear jóvenes individuos sin más horizonte vital que una existencia solipsista y encapsulada, ya sin perspectivas reales de crear una familia y desarrollar una vida independiente propia. Unas nuevas generaciones prefiguradas en Japón por los hikikomoris encerrados en sus dormitorios y que ya sólo se relacionan con el mundo a través de internet. Sin futuro, sin ideales, sin proyectos, sin ilusión de vivir. Adaptados a la idea de vivir en un mundo-colmena donde sólo aspiran a una renta básica de supervivencia proporcionada por el Estado y a una conexión estable a la Red. Sin amor, sin familias, sin hijos. Con una oferta pornográfica infinita, con sexo virtual, en un próximo futuro con avatares y robots sexuales. Una masa humana a la que se pretende robar toda su energía espiritual y toda su alegría de vivir en beneficio de un Tecno-Estado Mundial de súbditos tecnológicos completamente dependientes.

Tales son, muy en resumen, los grandes enemigos con los que debe enfrentarse cualquier intento de crear un nuevo universo educativo para nuestros hijos. Y no olvidemos tampoco los propios intereses del establishment educativo en sí, cuya fortísima inercia y apego a las rutinas opera como un formidable factor de resistencia a cualquier cambio de verdadero calado dentro de la educación.

Así las cosas, creemos que sólo una situación de absoluta emergencia a nivel mundial puede sacudir los cimientos de un sistema podrido y que no va a regenerarse por sí mismo. Condición, sin embargo, necesaria pero no suficiente. Hace falta, además, una nueva mirada sobre el mundo, la voluntad de construir un nuevo mundo. Una nueva metafísica, una nueva mirada asombrada e ingenua ante el universoese enigma de belleza extraordinaria que nos interroga como la vieja Esfinge. Y es que, sin una verdadera voluntad de penetrar metafísicamente en el significado de las cosas —una estrella, la luz de la mañana, una ola del mar—, ¿qué tipo de educación puede haber después para unos niños que quieren saber precisamente eso: qué significa la estrella, la luz de la mañana, la ola del mar?

El futuro del mundo es de los niños, los locos y los poetas. Y tal vez lo sea también el futuro de nuestras escuelas y el de nuestro propio corazón.

Para El Manifiesto


3 respuestas a «¿Cómo hemos llegado hasta aquí?»

  1. CUENTAME (en pocas palabras, que no hacen falta 200 capítulos) COMO PASO (realmente), como para que Barcelona toda se desgañitase saludando a Franco a su llegada de visita en la posguerra; y que hayamos llegado a esta basura del 2023 tras la Transacción/venta de España. Pues muy sencillo: en la línea que el mismo Caudillo propuso a los españoles, todo se olvidó y perdonó cristianamente (bien por lo segundo, mal por lo primero, como ha quedado demostrado). Cuando alguien peca, ha de perdonarse a si mismo también tras el propósito de enmienda pero, si olvida que lo ha hecho volverá a pecar; tantas veces como suceda.
    Así esas 2 generaciones, la de la media España ganadora y la de sus hijos de la posguerra, silenciaron «buenistamente», que no es lo mismo cristianamente; todo lo que padecieron y/o sabían a la siguiente tercera generación. Al mismo tiempo, los lacayos masones de la antítesis liberal capitalista, infiltrados a través de la permisividad y vista gorda, asociada a los intereses del «amigo americano», se hicieron, sobre todo y en primer lugar, con la enseñanza universitaria; infiltrándose al objeto de producir en pregresión geométrica, cada vez más sembradores de mentiras y odio en todos y cada uno de los ámbitos sociales y profesiones. Mientras el bando ganador ciego y sordo ante lo que se fraguaba en sus aulas disfrutaba de una programación televisiva «anestesiante»; dormitando, callando, cuando sus ya corrompidos vástagos venían y se les enfrentaban desafiantes, alardeando con su recien inyectada «mentira progre/versión adulterada de los hechos». Era ajena, por ejemplo a sucesos tan inexplicables como el nombramiento de Carrillo hijo, como Rector de la Universidad Complutense, factoría de pedros y pablos picapiedra (masones).
    Y siempre acompañando el buenismo liberal de dentro y de fuera, trufado de obedientes lacayos masones escondidos en todo tipo de medios de influencia y poder; como la televisión única, estatal; la radio y la prensa ante las narices del régimen, y todavía como suelen pletoricos de hipocresía, de cinismo, protestan/ban por la censura; censura la de sus pseudo democracias dictatoriales cínicas lacayas, como la acutal.
    Propaganda anglosionista progre Incansable en el propio régimen, subvencionada propaganda entre risas y bromas, contra sus padres para caer bien al liberal de fuera, no fuera a criticarnos…, progresia presentada como ideal a alcanzar y enfrentada necesariamente a todo lo español y tradicional. Corruptora de las siguientes generaciones de españoles ante sus/nuestras propias narices.
    Nos fueron cambiando incluso a las dos primeras generaciones (que debieron atajarlo de raíz), unos más, otros menos; tal era igualmente la nefasta y no contestada influencia de los corrompidos hijos sobre sus mayores.
    A los masones liberales se sumaron los revolucionarios durmientes, que comenzaron a salir de los armarios; voceros de nuevas versiones, cada vez más falsas y enconadas como dictan sus lavados de cerebro; se multiplicaron, sembrando el odio entre la sociedad toda a favor de la causa del anglo sionismo marrano, sus lacayos masones de izdas y dchas, y su siembra progre de escoria/minorías descontentas al efecto.

    Tomado el sistema mismo, se planeó la transición a la mentira Europea que iba a ser la global, nacida de provocadas revoluciones y guerras. Representado por unas instituciones con siglas prometedoras, que no eran, son, sino disfraces señuelos del NOS/M en marcha desde el ilustrado despotismo neoclásico.
    Y CUENTAME LO QUE ESTA PASANDO
    Después solo se siguen los protocolos de rigor, por los que han pasado antes los demás pueblos.

    Una vez puesta en marcha, y bien engrasada, la factoría de lacayos masones, habrá de acumularse tal cantidad, que llegue el momento en que pueda organizarse un caos social. Cuando ya se está en disposición de crear el caos al cabo de décadas, pues se empiezan a poner leyes cada vez más absurdas y perjudiciales bajo pretextos, así mismo, absurdos que se impondrán como necesarios y racionales bajo criterios absurdos apoyados por todos los medios de comunicación de masas. Esto llevará al enfrentamiento y la división, a la falta de entendimiento y enconamiento de las posiciones; fragmentando la sociedad hasta el caos. Todo el mundo cabreado y descontento, sin metas lógicas, entrará en colapso. Momento preciso en que, tras múltiples gobiernos (a propósito) incapaces de uno y otro lado (de una y otra antítesis) que no sirven para nada sino para empeorar la situación, aparecerá uno muy firme, de apariencia recta y dura que, a pesar de la perdida abrumadora de libertades y derechos individuales (la de confesión incluida), de la propiedad, de la justicia, etc; pondrá en marcha al fin la maquinaria social productiva, sin la oposición de un pueblo muy temeroso de recaer en la situación anterior y de las imposiciones radicales incontestables. Este gobierno atará cabos de manera que, tras un par de generaciones, se olviden esas libertades y derechos, al haberse perdido la memoria colectiva. Cuando esto suceda a escala global, estaremos ya en el NOS/M de los amos.

    El progre/masón Ferrer y Guardia, ídolo de la Masonería Internacional, fundo la Escuela Moderna; promovida y elogiada por los medios anglosionistas como ideal. En cartas privadas a sus hermanos de secta afirmaba que no interesaba sacar buenos ingenieros ni médicos, sino revolucionarios que supieran poner bombas. Esa es la Hipogresía de los protocolos; la fuerza (de la imposición, del modo que sea) la ponen sus amos.

  2. Las reformas educativas de los «tecnócratas» – traje mil rayas, mucho Opus… y mucho puterío en chalets de las afueras- nos llevaron a esto. Luego los «progres» continuaron, y los «profesores» -funcionarios en el peor sentido- remataron.

  3. Le respondo a su pregunta, todo lo que tiene un principio, tiene su final, nada es eterno en el tiempo. Aferrarse a lo inevitable causa frustración, tanto lo grande como lo pequeño se acaba, porque todo en esta vida «es prestado» y tiene su fin. Si algo tiene oportunidad de ser más duradero, pero no eterno, son aquellas realidades intangibles y profundas. Huellas como las buenas y las malas enseñanzas o los recuerdos que dejamos impresos en la vida de las otras personas: lo que escribimos día a día en el libro de nuestras vidas y en el libro de la vida de los demás. Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Por lo tanto, somos una civilización más, de no sabemos cuantas han pasado por lo mismo, solo nos queda comprender para no repetir los errores. Pero también hay que aceptar, que no existe la perfección en este mundo, por eso iniciamos el camino de la trascendencia espiritual, si es que queda tiempo en este mundo, antes de que termine, porque también tiene su final.

    Saludos cordiales

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