Como los ángeles de Dios (y 4)

Junto a la alteza e importancia del sacerdocio se une su necesidad. La Iglesia tiene necesidad de sacerdotes. Edificada sobre la piedra angular que es Cristo, y sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, la Iglesia toma su vida del sacerdocio. Sigue resonando hoy, como ayer, las mismas palabras: “La mies es mucha, pero los operarios pocos.”

“Han pasado, dice S.S. Pío XII, ya diecinueve siglos desde que estas sentidas palabras, salidas del incendio amoroso del Corazón divino, resonaron en los campos de Palestina, y han ido resonando de edad en edad, suscitando heroicos imitadores de los apóstoles en la pureza de la vida, en el calor de la palabra, en el sacrificio de la sangre. Mas con el multiplicarse de las generaciones y de los pueblos se han multiplicado sobre la haz de la tierra las almas sentadas en la sombra de la muerte, que imploran, desde el fondeo de su corazón inquieto y deseoso de Dios, el sol de la verdad y de la gracia.”

Las generaciones de suceden, pero la virtud de los padres, su religión, su tradición se transmitirá a sus hijos solo si éstos son regenerados con el agua  bautismal, si con la leche materna va unido el alimento del alma. ¿Quién dará este alimento sino el sacerdote?

“¡Ay! que a mucha juventud, a muchos espíritus que dudan, a muchas almas apenadas, a muchos corazones anhelosos de mayores virtudes, a muchos infelices que luchan con la más triste miseria espiritual y material y están faltos del bálsamo de la resignación, les falta el sacerdote.”

El Papa invita a la oración con el fin de multiplicar las vocaciones sacerdotales, y a la ayuda económica para el sustento los seminarios.

Termina su carta una hermosa oración dirigida al sagrado Corazón:

“¡Oh Jesús, que en la ternura de tu Corazón divino lanzaste el primer grito de compasión por la pobre  humanidad anhelosa de quien la guiase por los ásperos caminos del mundo hacia la luz y la vida! ¡Oh Señor, que haces a  tus ángeles espíritus y a tus ministros fuego llameante!, envía numerosos sacerdotes a este pueblo, que es tuyo y quiere ser tuyo, y revístelo de justicia, a fin de que tus santos se alegren, Tú que conoces los corazones de todos, muestra cuáles son los escogidos a quienes dispones confiar un sublime ministerio de verdad y de amor.”

Sí, el sacerdocio es un don del Corazón de Jesús. Y este don es de tal grandeza que, por mucha que se la miseria del sacerdote, está llamado a ser ángel para su pueblo. Esta llamada siempre estará en el horizonte de cada sacerdote; es el fin al que ha de tender y por el cual ha de ejercitar todas sus cualidades. Ha de ser ángel de pureza, que posponga al amor divino cualquier amor mundano; ángel de caridad, que renunciando a las dulzuras de la familia se recree en otra más grande de la cual será padre y pastor; ángel de sacrificio, que como llamas de holocausto se consuma por la gloria de Dios; ángel de consuelo y aliento, para consolar el dolor y sostener a los que luchan en horas de angustias; ángel de gracia,  para purificar y elevar en santidad a las almas; ángel de paz, que el momento del último suspiro viertan sobre los moribundos las ansias del amor divino, y les abran las puertas del cielo.

Ave María Purísima.

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