Como los ángeles de Dios (1)

Erunt sicut Angeli Dei in Caelo, “Serán como los “Ángeles de Dios en el cielo.” Así empieza un discurso muy hermoso de S.S Pío XII sobre el sacerdocio[1]. No me resisto a transcribir los primeros párrafos que continúan de este discurso.

“Cuando en los días serenos y radiantes de otoño, el sol brilla sobre los Alpes, y los hielos transparentes y luminosos se tiñen de un suave color de cielo, y las montañas, de bases de roca y de cimas de nieve inmaculada, se alzan a guisa de baluartes avanzados hacia la sublimidad del empíreo, donde los espíritus celestes contemplan dichosos el candor de la luz infinita de Dios, me parece ver una imagen, bien que pálida, de la pureza y de la excelsa dignidad del Sacerdocio instituido por Cristo; dignidad que, asentando el pie sobre la tierra, levanta al hombre hasta el cielo.

Como lo Ángeles, imágenes inmaculadas de la sustancia divina, los sacerdotes deben resplandecer por una pureza toda celestial; cómo los Ángeles, enviados y embajadores de Dios, los sacerdotes son los ministros del Señor, y deben ser fieles instrumentos de su voluntad; ministri eius, qui faciat voluntatem eius.

Ante todo los sacerdotes deben brillar por una pureza toda celestial y angélica, cual por encima de la costumbre mosaica la exige el sacerdocio cristiano, ministro no de las figuras, sino del convite y de las nupcias del verdadero Cordero Inmaculado que es Cristo. ¡Oh, sí! La inocencia, hija del cielo, decoro del orden sacerdotal, lirio oloroso de los jardines del Esposo Divino, destinado para ornamento de sus altares, brota perenne en los vergeles floridos de la Iglesia, en donde almas escogidas, émulas de los espíritus celestiales por candor de pureza y de costumbres, difunden en torno de sí el perfume de la virtud y, venciendo las corrompidas raíces del género humano alegran la mirada de Dios.”

La grandeza del sacerdocio es tal cual nos la ha trasmitido la enseñanza de la tradición; y la santidad a la que está obligado el sacerdote sigue siendo la misma que siempre alentó la Iglesia a través de santos pastores y pontífices. Somos “ministros del Señor”, “instrumentos de su voluntad”. Esta verdad obliga la sacerdote. Es una consigna que ha de estar grabada en su corazón sacerdotal.

¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? (Rom. 7, 24). Santidad en vaso de barro. Aquí pues, la lucha, el combarte del sacerdote. He aquí el sacerdote que castiga su cuerpo, que vive abnegadamente, que ora día y noche, y que, con la gracia de Dios, sale vencedor de toda concupiscencia humana.

Este es el sacerdote que aprende a distinguir sobre sí mismo la gracia del Espíritu Santo, y que convierte la lucha de la debilidad humana en triunfo del amor divino, en el que debe arder su corazón sacerdotal.

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Ave María Purísima.

[1] La santidad sacerdotal. Ed. Balmes. Barcelona 1953.

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