Con la mano en el corazón

Ricardo Castañón

Como insiste en reconocer en sus estupendas conferencias el eminente científico boliviano Ricardo Castañón, el mundo, sobre todo en Occidente, ha vuelto la espalda a Dios. Sin pesimismos ni optimismos y sí con una perspectiva o lupa aséptica -digámoslo así-, esta es una obviedad que no merece mayores comentarios: se impone por la fuerza incontestable de su evidencia.

Doctor en Psicología Clínica (estudios en Alemania, Francia, Italia y EE.UU), converso a Cristo y a su Iglesia a partir de los 44 años (antes de esta edad, había abrazado el ateísmo y había asumido parte de la experiencia del existencialismo sartriano, coincidiendo todo ello con su larga estancia europea), escritor, conferenciante, el Dr. Ricardo Castañón Gómez es un experto a escala mundial en el estudio de los milagros eucarísticos.

Católico ilustrado, militante, también recalca la importancia de abrirnos los católicos a la acción del Espíritu Santo, particular al que destina renovados estudios y conferencias. Porque en efecto, sin ánimo de ser derrotistas debemos reconocer que sobre todo Europa, el Viejo Continente, es un erial de apostasía: increencia, indiferencia religiosa, materialismo, hedonismo, narcisismo, individualismo… Obvio que no igual en todas sus naciones: así, pongamos, no sería lo mismo la ultrasecularizada y descristianizada España del año 2020 que la nacionalista y católica Polonia actual.

El propio Dr. Castañón no duda en reconocerlo públicamente: el ámbito científico en que vocacional y profesionalmente él se mueve está casi huérfano de voces que expresen un pensamiento científico sustentado en sólidos principios de fe cristiana, de suerte que en tales ámbitos el pensamiento laicista y más o menos impugnador o negador de Dios es el que sigue imperando. O dicho de otro modo confluyente, solo que observado más desde una perspectiva bíblica y teológica: en el ámbito científico que bien conoce el ilustre científico y católico militante Ricardo Castañón Gómez, ¡apenas hay cristianos empeñados en hacer propia esta exhortación del apóstol Pablo expresada en 1 Corintios 9, 16b: «¡Ay de mí si no auncio el Evangelio!»

Gracias, Dr. Castañón, por tus lúcidas palabras, transidas de profetismo y parresía. Yo por mi parte, en los ambientes en que me muevo, trato de aplicar la exhortación de san Pablo expresada en la cita de 1 Corintios 9, 16b. A años luz de la convicción y experiencia crística (heroísmo y santidad de vida) que confiesa el llamado Apóstol de los gentiles en Gálatas 2, 19b, 20a («Estoy crucificado con Cristo, y ahora no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí.»), trato de evangelizar con mi inevitablemente modesta obra literaria. Con tan escaso éxito de público lector, y con tal carencia de ecos, aplausos e impulsos críticos y mediáticos, que sin duda hiciera mías las palabras que siguen, predicadas de sí mismo o para sí mismo por Paul Auster en su autobiográfico Diario de Invierno (Barcelona, Anagrama, 2012, páginas 233, 234 en la edición española). A saber:

Pasabas por el momento más negro de tu vida. Tenías treinta y un años, tu primer matrimonio acababa de romperse, con un hijo de dieciocho meses y sin trabajo fijo, prácticamente sin blanca, ganándote la vida de forma precaria e inadecuada como traductor por cuenta propia, autor de tres pequeños libros de poesía con cien lectores como mucho en todo el mundo, rellenando el colchón de tu miseria con críticas para Harpers`s, la New York Review of Books y otras revistas, y aparte de una novela policíaca que habías escrito con seudónimo el verano anterior (y aún sin editor) en un esfuerzo por generar algo de pasta constante y sonante […]

Paul Auster

Hoy por hoy con dos décadas más de edad que el joven Paul Auster, a la sazón escritor en ciernes fugazmente retratado en la cita que precede, no creo que tenga hogaño muchos más lectores que antaño tuviera el treintañero Auster; y si los tengo, es gracias a Internet en general, y en particular gracias a que esas dos beneméritas bitácoras, patriotas e identitarias y afines al pensamiento católico que son El Correo de España y El Español Digital, me vienen publicando desde hace apenas un año algunas de mis reflexiones. Este hecho, el que dos estupendas bitácoras, en las que se concitan firmas o plumas notablemente prestigiosas, tengan a bien, al menos de momento, mañana Dios dirá, el publicar algunos de mis escritos, no ha suscitado en mi tierra, en mi entorno, sospecho que ni el más mínimo interés y sí la más implacable de las indiferencias.

Autor que soy de siete libros publicados (seis poemarios y un ensayo de contenido autobiográfico, teológico, filosófico, literario, etcétera), autor-administrador de un blog en el que llevo casi 1.000 entradas publicadas hasta la actualidad desde diciembre de 2012 en que di el pistoletazo de salida a esta mi bitácora (escritos que oscilan entre las 15 líneas, los más breves, y las 25 o 30 páginas los más extensos, se trata de reflexiones de contenido literario, ético, político, teológico, eclesiológico, filosófico, cinefílico,…), autor de una docena de poemarios entre ya publicados e inéditos y de una treintena de narraciones o relatos cortos entre los cuales puede que haya de manera embrionaria alguna que otra novelita corta, en modo alguno pretendo reivindicar parabienes, aplausos y reconocimientos de público lector y de crítica especializada por mi sola condición de escritor católico, solo que sí que me sigue resultando sorprendente e incluso indignante que yo mismo en persona haya comprobado cómo en algunas ocasiones se me ha excluido de la posibilidad de presentar mis obras en fiestas populares en honor a la Virgen o a los santos, a pesar de haberles puesto de manifiesto, hasta casi el ruego, a sus organizadores de marras, el hecho de mi condición de escritor católico.

En vano o infructuosamente, pues al final de tanto ruego y llegados los días de la cosecha (de las fiestas en cuestión), lo que me quedaba por atestiguar, con impotencia y asombro y también algo de rabia, fue siempre cómo otros autores, de literatura acaso más bella y meritoria que mis escritos, no lo niego, pero de clara mentalidad pagana, laicista, solipsista, decadente, postmoderna, anticristiana incluso, sí encontraban finalmente hueco en el marco de fiestas populares en honor a la Virgen o a los santos, para dar voz a sus textos y propuestas literarias, radicalmente contrarios al sentir de la Iglesia. Y para más inri, algunos de estos autores me consta que quedan reconocidos como paladines de la ideología de género, el feminismo extremista y la sodomía.

En tanto a quien estas líneas escribe, ni agua, siendo un escritor, aprendiz de escritor, larva de escritor, aborto de escritor o como se quiera denominar. que desde luego quiere tomarse en serio la exhortación del apóstol Pablo en 1 Corintios 9, 16b: «Ay de mí si no evangelizara». El colmo de la indiferencia religiosa, de la incoherencia ideológica y espiritual y, en definitiva, una plasmación más de la estruendosa apostasía en la que chapoteamos en toda Europa. Y también contundente muestra de esto archisabido: el mundo de las artes y las letras es un mundo a menudo irrespirablemente cainita, atestado de vanidad, soberbia, narcisismo, prepotencia y afán irredento de notoriedad y de quítate tú, pa’ ponerme yo, que dice la canción salsera.

Solo que de qué extrañarse, así los hechos, si estamos inmersos en la que acaso sea la peor crisis sufrida por la Iglesia en sus hasta ahora 20 siglos de existencia, sumida en la más espantosa apostasía que quepa imaginar: crisis doctrinal, litúrgica, disciplinar, crisis de identidad… De qué extrañarse, si estamos en plena implementación de los planes masónicos del Nuevo Orden Mundial, con su Plan Kalergi, con su proyecto de desmantelamiento del cristianismo hasta reemplazarlo por una suerte de nueva religión sincretista mundial, etcétera. Por más que sea una teoría esta, la del Plan Kalergi, calificada de conspirativa o conspiranoica por sectores críticos con el llamado ideario de la extrema derecha, al que precisamente consideran principal impulsor de esta teoría que nos ocupa.

Pero en fin, pongamos guinda o broche a esta digresión sobre mis cuitas como insignificante escritor, con dos voluntariosas apuestas. La primera, repetida con san Pablo en Romanos 8, 35: «¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Las pruebas o la angustia, la persecución o el hambre, la falta de ropa, los peligros o la espada?» La segunda, repetida con mi menda lerenda: «Tenga millones de lectores y me laureen con premios o me lean tan escasos lectores que puedan contarse con los dedos de una mano y aun así sobren dedos, voy a seguir escribiendo hasta el final de mis días, entre otras determinaciones y razones ya dichas por esta además: porque ya no puedo dejar de hacerlo. Llueva o truene o sea tiempo de sequía o salga el sol por Antequera, seguiré escribiendo, le pese a quien le pese.»

Amén.


2 respuestas a «Con la mano en el corazón»

  1. La primera vez que leí uno de tus artículos, me dió la impresión de que todavía estabas en «Jerusalén». Ahora, me parece que ya vas «camino de Damasco». Espero que encuentres pronto a tu particular «Ananías». Mientras tanto, ora et labora.

    Ojalá Nuestro Señor haga de tí -al menos- un humilde «Pablito». Lo necesitamos.

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