Concepción cristiana de la vida pública

Dios Todopoderoso y  Creador, autor de la vida personal, familiar y social, ha establecido un camino para recorrer, tanto para el ser humano en particular, como para la sociedad en general. Estos caminos están regidos por el orden cristiano de la vida. Porque hay un orden cristiano que la Iglesia, ya en sus orígenes, ha ido señalando, y cuyo fin es conseguir la vida virtuosa aquí en la tierra y la eterna en el cielo[1].

La libertad humana puede, y lo hace, desviar tales caminos, y el hombre termina incumpliendo los planes de Dios para él, para la familia, para la sociedad[2]. Existe un orden querido por Dios. Tratemos de saber cuál es.

La experiencia lo confirma, la tradición nos da muestras de ello: de la Palabra de Dios contenida en las Sagradas Escrituras brota el mejor y más perfecto sistema para ordenar la vida personal, la vida civil de la comunidad. y la propia vida del Estado. Dios misericordioso y sabio lo ha previsto todo, y nos ha dado los medios para ordenar los caminos que, en definitiva, nos han de llevar hacia Él.

Es la Iglesia católica la única y exclusiva “guardiana” de las normas inmutables de la moral, del orden y de la justicia que ordenan tales caminos[3]. Pues es la Iglesia, y el sucesor de Pedro al frente, la intérprete  de la Palabra de Dios. De la interpretación de las Sagradas Escrituras,  y de la experiencia de la tradición, la Iglesia, en su Magisterio, ha ido estableciendo a lo largo de su historia los fundamentos de la sociedad civil y del orden del Estado. Que fuera de la Iglesia pueda conocerse alguna verdad moral, no lo ha negado, pero ella, y sólo ella, es la depositaria de la Verdad que su fundador, nuestro Señor Jesucristo, ha dejado al hombre para su salvación.

Es un grandísimo error, en el cual la enseñanza del Concilio Vaticano II ha incurrido, instituir la vida pública de una nación al margen  de la doctrina de la Iglesia; establecer el ordenamiento jurídico del Estado y de sus instituciones ignorando las enseñanzas de la Iglesia. Siempre la Iglesia, hasta la ruptura que supuso el Concilio, ha enseñado la conveniencia de la relación Iglesia-Estado[4].

La Iglesia siempre combatió los perniciosos errores que han traído ideologías como: el modernismo, el racionalismo, el liberalismo, la masonería, el totalitarismo nacionalsocialista, el comunismo ateo[5]… También hizo frente a errores de movimientos católicos como le “Sillon” y la “Acción Francesa.” Desde Gregorio XVI hasta Pío XII, las encíclicas papales han condenado los errores que llevaban a la separación de la Iglesia y el Estado, dejando al margen la Palabra de Dios, que la Iglesia predica al mundo para el recto y justo orden la sociedad.

No existe una “sociedad nueva” por instituir, por crear; ni existe un “mundo mejor por venir”. La sociedad que el hombre necesita para vivir en libertad y justicia, ya está instituida: es la sociedad cristiana y la ciudad católica. Basta reedificarla de nuevo. Sólo la doctrina católica puede dar estabilidad y progreso a la sociedad; sólo la doctrina católica puede dar satisfacción a la sana aspiración del hombre. Esto se conseguirá con la constitución cristiana del Estado. La verdad y la justicia andan de la mano; los distintos órdenes sociales, que por naturaleza se imponen, se respetan; los derechos de Dios que están por encima del de los hombres, se garantizan.

Es necesario volver al Cristianismo[6], al Estado católico, como único remedio a los males de la sociedad. La sociedad no puede emanciparse de Dios, es un suicidio para ella. Somos testigos de ello. Rechazar la vida sobrenatural y la revelación divina, que son las más sólidas garantías del orden y bienestar social supone la esclavitud de la sociedad de manos del poder del Estado, que al ser enemigo de Dios, lo es del hombre, del ciudadano.

El Cristianismo debe volver a la sociedad perdida y desorientada en la que vivimos, si quiere el bienestar y la paz social. No hay más que una sola vía: volver al Cristianismo en el Estado y en la sociedad del Estado.

[1] “No se ha encontrado para constituir y gobernar el Estado un sistema superior al que brota espontáneamente de la doctrina del Evangelio.”  Immortale Dei [1]. León XIII.
“Dios quiera que los gobernantes, convencidos de las verdades expuestas, comprendan que la doctrina de Cristo, como decía san Agustín, es, si se observa la gran salvación del Estado. Inescrutabili Dei [11]. León XIII.
“La civilización no está por inventar, ni la ciudad nueva por construir en las nubes. Ha existido, existe; es la civilización cristiana, es la ciudad católica. No se trata más que de instaurarla y restaurarla  sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques siempre nuevos de la utopía malsana, de la revolución y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo.” Notre Charge Apostolique [10]. Pio X.
[2] “Muchos pretenden la separación total y absoluta entre la Iglesia y el Estado de tal forma que todo el orden jurídico, las instituciones, las costumbres, las leyes, los cargos del Estado, la educación de la juventud, queden al margen de la Iglesia como si ésta no existiera.” Libertas Praestantissimum [27]. León XIII.
“Ya no resulta extraño el sentimiento que se deleita con las palabras tan vagas de aspiraciones modernas, de fuerza de progreso y de la  civilización, afirmando la existencia de una conciencia laica, de una conciencia política opuesta a la conciencia de la Iglesia, contra la cual se pretende el derecho y ek deber de reaccionar para corregirla y enderezarla.” Il grave dolore [1]. Pio X.
[3] “La Iglesia católica ha sido siempre la iniciadora, o la impulsora, o la protectora de todas las instituciones que pueden contribuir al bien común en el Estado.” Immortale Dei. [19]. León XIII.
“No se edificará la ciudad de modo distinto a como Dios la ha edificado; no se levantará la sociedad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos.” Notre Charge Apostolique. [11]. Pio X.
“La Iglesia, que nunca ha traicionado la dicha del pueblo con alianzas comprometedoras, no tiene que separarse del pasado, le basta volver a tomar, con el concurso de los verdaderos obreros la restauración social, los organismos rotos de la Revolución y adaptarlos, con el mismo espíritu cristiano que los ha inspirado, al nuevo medio creado por la revolución material de la sociedad contemporánea, porque los verdaderos amigos del pueblo no son ni los revolucionarios ni innovadores, sino tradicionalistas.” Notre Charge Apostolioque. [44]. Pio X.
[4] “Sin religión es imposible un Estado bien ordenado…La maestra verdadera de la virtud y la depositaria de la moral es la Iglesia de Cristo.” Immortale Dei. [15]. León XIII.
“El Estado no puede prosperar ni lograr estabilidad prolongada si desprecia la religión, que es la regla y la maestra suprema del hombre para  conservar sagradamente los derechos y las obligaciones.” Vehementor Nos. [2]. Pio X.
“En un error muy dañoso constituir y gobernar el Estado sin tener en cuenta para nada a Dios, creador y Señor de todas las cosas.” Cum Multa. [2]. León XIII.
[5] “Esta doctrina –liberalismo– es la fuente de a perniciosa teoría de la separación entre la Iglesia y el Estado.” Libertas Praestantissimum. [26]. León XIII.
“Que nadie que estime en lo que debe su profesión de católico y su salvación personal, juzgue serle lícito por ninguna causa inscribirse en la masonería, prohibición confirmada repetidas veces por nuestros antecesores.”. Humanus Genus. [22]. León XIII.
“[…] donde el laicismo logra sustraer al hombre, a la familia y al Estado del influjo benéfico y regenerador de Dios y de la Iglesia, aparecen señales cada vez más evidentes y terribles de la corruptora falsedad del viejo paganismo.” Summi Pontificatus. [23]. Pio XII.
[6] “Al seno del cristianismo debe retornar la sociedad extraviada si quiere el bienestar, el reposo, la salud. Así como el cristianismo no entra en las almas sin mejorarlas, de la misma manera no entra en la vida pública de un Estado sin vigorizarlo en el orden.” Annum Ingresi. [19]. León XIII.
“Si, por tanto, aquí está la raíz del mal, no hay más que un solo remedio: volver al orden fijado por Dios también en las relaciones entre los Estados y los pueblos; volver a un verdadero cristianismo en el Estado y entre los Estados.” Negli ultimi. [32]. Pio XII.

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