Confesión o condenación. Examen de conciencia

¡Cuánto debe esperarse o temerse del poder del que vendrá a juzgar, cuando tan grande apareció en el momento de morir! (San Agustín)

Un examen es en esencia la evaluación de una persona para comprobare la preparación sobre un tema que le ha dado, para que responda sobre lo enseñado.

El examen de conciencia es la revisión exhaustiva de nuestra vida para poder responder de ella con pleno conocimiento de todos los pecados cometidos. El tiempo no borra el pecado. De igual forma que tras siglos se hallan intactas grandes obras de arte, sin que el tiempo haya pasado por ellas manteniendo su esplendida belleza, así el pecado permanece manchando el alma  por mucho que sea el tiempo transcurrido desde que se cometió. No ha sido eliminado del alma. El examen de conciencia pretende “rescatar” del “olvido” este o aquello pecados.

Al liberarnos de nuestros pecados mortales entendemos todo lo que supone separarnos del  Padre Eterno. Es el abrazo entrañable del padre al hijo de la parábola.

El pecado es el fracaso ante la “prueba” de Dios. Nos prueba en el conjunto del alma y cuerpo, y alma y cuerpo han de dar fruto de santidad. Cuerpo y alma unidos a Dios. En el Calvario Jesucristo entregó su Cuerpo y su Espíritu al Padre. “En tus manos encomiendo  mi espíritu”. El Hijo cumplió perfectísimamente la misión encomendada por el Padre. Al final ya sólo le quedó el Espíritu por entregar. De igual forma, cada uno de nosotros teneos una misión que cumplir, con el alma y el cuerpo, y es la de seguir Cristo en nuestras obras de santidad, en la obediencia a la Verdad de Dios revelado en Jesucristo.

El examen de conciencia ha de hacerse de forma concienzuda, sin prisas. Es muy conveniente escribir en un papel los pecados. Nos quedaremos asombrados de lo que escribimos, y que no sabíamos o no acordábamos. Escribir es “remover” todo nuestro interior, es sacar a “flote” pecados ocultos, olvidados deliberadamente en la mayoría de los casos, y esto causa turbación en el corazón. Pero es sumamente necesario y sanador. Nuestra alma ha de estar perfectamente limpia y transparente.

Los pecados mortales “olvidados” son la causa de nuestras “malas” confesiones, de nuestra indiferencia hacia la confesión, de nuestra indolencia hacia ella, etc. Estos pecados “olvidados” son campo abonado para el maligno que lo aprovecha para tentar al alma con la apatía e indiferencia hacia la confesión.

Pecados cometidos en la niñez, en la juventud, pubertad, en definitiva a lo largo de toda nuestra vida, pues toda nuestra vida ha de pasar por el tribunal de Dios. Pecados de pensamiento, de la mirada, de palabra, de omisión, cuántos pecados contra la pureza, castidad, etc. Todos han de ser revisados y confesados. Y con verdadera contrición del alma, con verdadero dolor del alma, con verdadero dolor de haber ofendido a Dios. El temor de Dios nos ayudará mucho en nuestro examen de conciencia.

Pero este examen de conciencia que hacemos revisando nuestra vida para no dejar ningún pecado sin confesar, nos ha de llevar a un examen de conciencia continuo ante Dios, pues somos constantemente examinados por Él. Cada día tiene su sentencia. Cada día nos “jugamos” la condenación o la salvación del alma.

El Bendito Cuerpo de Nuestro Señor y Su Preciosísima Sangre en cada Santo Sacrificio de la Misa nos juzgan, pueden ser nuestra condenación eterna si los recibimos conscientemente en pecado mortal. O pueden ser la plenitud de gloria para el alma y gozo de Nuestro Señor. El día se ha cumplido para la gloria eterna o ha sido la condenación para la eternidad.

La angustia de muchas almas es fruto de un mal examen de conciencia, de vivir con pecados ocultos que son la causa de sus desgracias morales y corporales. La angustia de quien después de confesar no siente la alegría del perdón, de quien rápidamente cae en el mismo pecado, es la angustia que provoca el pecado “oculto” en el alma.

Los pecados son la losa de piedra que cierra el sepulcro de Nuestro Señor, sólo se puede desplazar la losa cuando nos libramos de los pecados, entonces el Señor resucita para nosotros. Nos ha rescatado con el precio de su Sangre, no podemos corresponderle con la impureza del alma y cuerpo.

Ave María Purísima

Primera parte de cinco


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