Consideraciones sobre el Infierno

S. Ignacio de Loyola

Pone San Ignacio como meditación en la primera semana de los Ejercicios Espirituales la del infierno, con el fin de que, al contemplar los sufrimientos atroces de los condenados «si del amor del Señor eterno me olvidase, por mis faltas, a lo me­nos el temor de las penas me ayude para no venir en pecado».

El jesuita P. Antonino Oraa nos dice para conmover al alma y de­cidirla a cambiar de vida:

«Sabemos relativamente poco de la naturaleza de los espí­ritus, y por eso acertamos mal a comprender sus goces y sus penas. Que el alma puede sufrir, sufrir mucho, más que el cuerpo, cosa es clara; si el cuerpo sufre es porque del alma recibe la sensibilidad, la capacidad de sufrir. ¿Qué sufre en el infierno? Tres palabras pueden compendiarlo, siquiera noso­tros no podamos perfectamente comprenderlas.

1) Tristeza. El gusano roedor que les atormenta no mue­re. ( Marc. 9 43). Remordimiento, torcedor continuo que les produce horrible tristeza. ¿Qué es la tristeza? Un afecto inde­finible que trueca las mayores dulzuras en amargura, las más halagüeñas esperanzas en desaliento, la dicha en pesar, la tranquilidad en desasosiego. Losa de plomo que oprime el corazón y entenebrece el alma y hace tediosa la vida, es lo contrario de la alegría e incompatible con ella.

¿De qué se origina? Nace en nosotros de una de tres causas:

1) Del recuerdo de un bien perdido: la salud, la fortuna, un amigo, una madre… Se van llevándonos pedazos de alma, destrozando nuestra vida, y al pie del lecho de muerte de un ser querido, al que nos sentíamos unidos más que la hiedra al tronco que la sostiene, nos parece que todo ha acabado para nosotros: que la luz es sombra, que las flores han perdido sus colores y su aroma, lo dulce se ha trocado en amargo; el mundo es un desierto; la vida, una carga insoportable…

2) Nace otras veces la tristeza de la presión de un mal presente, un dolor que nos atenaza, una deshonra que nos abate, una persecución que nos agita… y no nos deja sosegar ni hallar en nada paz y sosiego.

3) Otras, por fin, se debe al temor de algún mal futuro; aparece, por ejemplo, en nuestro cuerpo una manchita que puede ser, o se nos antoja, prenuncio de un cáncer… Nos van llegando noticias pesimistas y vemos que se avecinan suce­sos terribles, en los que vamos a peligrar… Empiezan a enre­darse los negocios y prevemos una quiebra, la ruina total de nuestra hacienda… ¡Cómo nos conturba el ánimo la visión de ese fantasma misterioso que nos acecha y avanza oculto en la sombra de un porvenir ignoto… Y nos roba el sueño, el apeti­to, la tranquilidad, y nos pone febriles y nos hace vivir una vida que no es vida!

Pues apliquemos estas consideraciones al alma del con­denado y ponderemos el efecto que en ella han de producir.

  1. a) ¡El pasado! ¡Todo lo ha perdido! ¡Imposible recobrarlo, y le hubiera sido tan fácil evitarlo! ¡Se agolparán a la mente del condenado las gracias recibidas en su vida, desde la ines­timable del bautismo hasta la última, que ya en el lecho de la muerte y en el estertor de la agonía le fue dada; recordará lo fácil que con ellas le hubiera sido recobrar la amistad de Dios y evitar el tormento horrible que padece; recordará los ejerci­cios espirituales, si hubiera respondido al llamamiento dulcí­simo del perdón que en ellos sintió y hubiera hecho una buena confesión, cosa tan fácil! Por necedad 10 dejó para más tarde. ¡Dolor será, sin duda, vivísimo para el condenado el recuerdo de haberse perdido por una nonada, mientras tan fácil hu­biera sido hacerse eternamente feliz!
  2. b) ¡El presente! Sobre él gravan los males todos, sin expe­rimentar bien alguno, ni alivio el más pequeño, ni descanso o cambio de postura o remisión la más liviana. Por mucho que exageremos quedaremos siempre cortos.
  3. c) ¡ El futuro! Lo ve clarísimo y al mismo tiempo espanto­so. Avanzan hacia él en escuadrón cerrado los males más acerbos, sin que tenga posibilidad de detenerlos, de rehuir­los… ¡Sufrir!…, ¡sin alivio!, ¡sin fin! «Pero todo esto es el comienzo de los dolores» (Mat. 248). Mil veces más horren­da es:

2) La desesperación: «Buscan la muerte y no la hallan» (Apocalipsis, 96).

a) Aquí, en la vida, Dios misericordiosamente ha puesto en el fondo del cáliz del más acerbo dolor una gota de miel: es la esperanza. Reserva dulcísima que conforta y alienta y hace llevadero, al menos, 10 que sin ella sería intolerable. Y ha de ser la más cruel enfermedad, la más bochornosa deshonra, la más negra ingratitud, la más difícil situación, y mientras la esperanza no desaparece, se mira confiado al horizonte, y allá, en lontananza, luce un tenue albor que se espera ha de llegar a la aurora clara y a día espléndido de vida y ventura. Y aun en el trance más apurado, cuando en 10 humano ya no hay remedio posible, confortan el ánimo cristiano dos pensamientos que fundan la esperanza más alentadora: sé que pue­do transformar las penas de aquí abajo en mérito de eterna gloria; no sufro sin fruto ni provecho, y sé, además que todo sufrimiento terreno tiene un término certísimo: ¡la muerte! Puedo con mi sufrimiento ganar el cielo y trocar en bien infi­nito lo que me parece mal insufrible. Y cuando falta la espe­ranza y se apodera del hombre la desesperación, el dolor se exacerba hasta el paroxismo y viene… ¡el suicidio!

b) En cambio, en el fondo del cáliz de dolor que ha de apurar el condenado, como extracto de toda amargura está la desesperación. Nace y crece y se perpetúa a merced del exce­so de padecer y por la continuidad no interrumpida, que nada calma, ni nadie puede calmar, ni ofrece el más mínimo deste­llo de futuro alivio. A impulsos de esa desesperación, y como la planta de su raíz, brota en el alma réproba el ansia vivísima de darse la muerte. Quisieran acabar de una vez, pero: «Bus­can la muerte y no la encuentran». Buscarán la muerte y no la encontrarán. Y no pudiendo dársela a sí mismos, se volve­rán a cuantos les rodean para pedírsela. El hijo al padre, con­descendiente en demasía; la hija a la madre, prevaricadora; el amigo a la amiga, lazo de perdición; el cómplice a su cómpli­ce… Se volverán a su Dios, y entre horrendas blasfemias le pedirán que acabe con ellos, mas en vano, porque el Señor, por medio de la voz de su conciencia, les repetirá 10 que un día dijo a Caín: «Quien mate a Caín recibirá castigo siete veces doblado. Y puso Dios a Caín una señal para que na­die de cuantos lo toparan le matase. (Gen. 415). Así a los condenados la señal de inmortalidad.

Con acierto grande puso Dante, en la «Divina Comedia», a la potrada del infierno aquella inscripción: «Dejad toda esperanza los que aquí entráis». Se pierde en el infierno la espe­ranza, y lo que es aún más terrible: la caridad; allí ni se espe­ra, ni se ama. ¡Todo es desesperación y odio!

3) La agonía 

a) Ansia de ver a Dios jamás satisfecha. Tormento el más horrible. Pena de daño, de la que se atteve a escribir San Agustín: «Es tan grande cuan grande es el mismo Dios». Por mucho que la ponderemos, siempre quedaremos muy lejos de comprenderla. Criados para Dios, para la felicidad, es en nosotros el ansia de gozar irrefrenable: por eso todos busca­mos la dicha. Como aquí Dios se nos esconde, y no le vemos sino abstractivamente y como entre nubes, reflejado en el es­pejo de las criaturas, y, en cambio, los encantos criados los vemos intuitivamente, engañados neciamente nos lanzamos a apagar en ellos nuestra sed de gozar.

b) Cuando luzca el día de la eternidad, a su luz veremos a Dios tal como es, y las hermosuras y perfecciones criadas se apagarán, como las luces al salir el sol; y cesando la impre­sión de las criaturas, se enfocará toda la energía del alma hacia Dios, y rotos los hilos que a las hermosuras criadas le atan, recobrarán sus alas libres todo su impulso de ascensión hacia la Belleza increada; y se lanzará con ansia infinita a satisfacer su necesidad de amar y de gozar y de ser feliz. Y entonces oirá él: «¡apártate maldito!», y se verá rechazado por Dios por toda la eternidad: ¡Qué cosa más horrible que estar siempre queriendo lo que nunca se ha de lograr y recha­zando lo que siempre se ha de tener! (San Bernardo). Eterna­mente sediento, viendo fluir a flor de labio un raudal de puras y frescas aguas sin que le sea permitido ni siquiera humede­cer sus labios. Algo vislumbraron de ello los gentiles y lo materializaron en el suplicio de Tántalo.

c) ¿Qué sentiría una madre a la que arrancasen de los brazos a su hijuelo queridísimo, si lo oyera llamar angustioso y tender a ella los brazos en demanda de auxilio porque le atormentaban? Si, detenida con violencia, no pudiera vencer­la, moriría de pena al no poder volar en socorro de su hijito.

¿Qué sentiría un náufrago a punto de ahogarse si al ver una lancha y tender a aferrarse a ella para no morir viese que a bordo su mayor enemigo esgrimía furioso un hacha afiladísima para cortarle a cercén la mano que tendía a la borda? Algo de eso sentirá el condenado al querer, con el anhelo de quien se siente morir, tender a la vida, que es Dios, y verse de Él rechazado.

Si amáramos como los Santos amaban, podríamos ras­trear lo que es este suplicio. Recreábase con sus hijas, a lo divino, Santa Teresa de Jesús, y ardiendo en amor cantaba aquella coplilla del «vivo sin vivir en mí, y tan alta gloria espero, que muero porque no muero», cuando sintió tales an­helos de unirse a Cristo, que la pena de ver que tal unión se le difería, la hizo caer desfallecida en brazos de sus hijas. ¡Y estuvo varios días a punto de muerte! ¿Qué será el sentir tales ansias y verse rechazado?

La eternidad del infierno 

Esto es lo más horrible: sin ella todo lo demás sería lleva­dero; con ella, el más ligero dolor se hace insufrible.

  1. a) ¿Qué es? Cosa fácil de definir: «duración sin término», imposible de comprender. Dijo Cesáreo que es la eternidad un día que carece de tarde, porque nunca verá puesto el sol de su claridad; para los condenados, mejor pudiera decirse que es una noche que carece de aurora, sin que nunca les amanez­ca el sol. Suelen, para hacemos vislumbrar algo de su gran­deza, traerse algunas consideraciones. Si un pajarito trasla­dara cada año una gota de las aguas del océano, ¿cuándo agotaría los mares? Horroriza pensarlo y se pierde uno al intentar calcularlo. Pues entonces la eternidad se estaría tan entera como ahora.
  2. b) Pero ¿es eterno, el infierno? Sí, que clara y reiterada­mente lo dice el Señor: al fuego eterno (Mat. 2541); y la razón misma lo persuade. Sin ella, siendo el alma inmortal, al cabo de algún tiempo, dice San Jerónimo, no hay diferencia entre la virgen y la cortesana. Todos, justos, impíos, serán iguales: Judas y Pedro, Nerón y Vicente de Paúl… Todos lograrán idéntica dicha; cosa absurda y que repugna a la justicia de Dios. Además, la sanción del pecado debe ser tal, que Dios aparezca dueño absoluto. Ahora bien: si el infierno no fuera eterno, Dios no sería soberano Señor; sus órdenes podrían ser impunemente violadas; sus amenazas, burladas; toda su ley despreciada, y Él mismo, ultrajado a mansalva. En efec­to, el pecador impenitente podría desafiar a Dios; más aún, obligarle a ceder y a abrile el cielo; pues que, pasado el tiem­po más o menos largo de pena, tendría que cesar de atormen­tarle. ¡Ni vale decir que podría Dios aniquilar al pecador! El aniquilamiento no es una pena absoluta, pues que algunos lo desean y lo piden. En fin, esta necesidad de aniquilar al peca­dor obstinado sería para Dios una verdadera derrota. Y pu­diera añadirse otra razón: la sanción del pecado debe durar cuanto dure la falta, y como después de la muerte la falta es inexpiable, pues no hay ya gracia de conversión, síguese que no hay arrepentimiento posible. El pecador ha rechazado vo­luntariamente a Dios, su fin último, y se ha constituido a sí mismo su fin. En adelante no puede cambiar, está ineludiblemente fijo al término que ha elegido, es decir, a sí mismo; pero esa elección, que lleva a la pérdida de Dios, es propiamente el infierno eterno.
  3. c) ¡Infierno eterno! Si lo pensáramos: Es el gran pensa­miento capaz de estremecer a cualquiera, y eficaz para ento­narlo en la lucha; a los dieciocho años de edad emprendió el joven Martiniano la vida solitaria; llevaba veinticinco en ella, cuando un día de tormenta sintió que llamaban a la puerta de su mísera chozuela. Abrió; un pobre mendigo pedíale permi­so para entrar a calentarse al amor de la lumbre; entró, y poco después, arrojando sus andrajos, presentósele provocadora una desdichada joven. Martiniano a la vista del peligro, tiembla, pero en su corazón vive el recuerdo de la eternidad del infierno, y movido por él se acerca al fuego, descalza uno de sus pies de la pobre sandalia ql;l_ lo defiende y mételo entre las brasas. Un acerbísimo dolor le hace exha­lar un grito de angustia, y en alta voz clama: ¡Ay, Martiniano!, no puedes sufrir un instante el fuego de la tierra, ¿podrás sufrir una eternidad el del infierno? La tentación fue vencida, y la desdichada pecadora, conmovida profundamente, rom­pió a llorar, convirtiéndose e hizo terrible penitencia.

Con razón escribiera San Crisóstomo: «Ninguno de los que tienen ante sus ojos el infierno caerá en él; y ninguno de los que lo desprecian escapará de él.» ¡Cómo nos contendría en el cumplimiento de nuestro deber! ¡Cómo nos esforzaría al sacrificio! ¡Cómo nos empujaría al ejercicio del bien y del apostolado! San Agustín, predicando a su pueblo, le decía: «Me estremece el fuego eterno, tiemblo de temor, os daría seguri­dad si la tuviese para mí. En verdad que quien a tan grande trueno no se despierta, no está dormido, sino muerto…»

Pidamos al Señor nos enclave con su santo te­mor. Démosle gracias, pues tantas veces nos ha librado del infierno merecido. Si lograra salir uno de los condenados y se le concedieran unos años de vida, ¿cómo los emplearía? ¿Cómo viviría? Pues ¿es menor gracia no habernos echado en él cuan­do lo merecíamos? Pensémoslo y veamos lo que debemos hacer. Prometamos huir de las ocasiones que antes nos hicie­ron pecar. ¡Juremos no más pecar!

Jesús está en la cruz por librarme: «No sea en vano tanto trabajo. ¡No me condenes!»


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