Construir la “civilización del amor”. Comentarios a la encíclica Magnifica Humanitas

ESCUCHAR NOTICIA: En Magnifica Humanitas, León XIV aborda el tema de la “civilización del amor” en los puntos 210-228. En el punto 213 leemos: “La civilización del amor no nace de un gesto único y espectacular, sino de una suma de fidelidades pequeñas y tenaces, que hacen frente a la deshumanización. Por eso vale la pena detenerse y considerar algunos aspectos de cómo, cada uno en su ámbito, podemos colaborar en su construcción. Sin pretender agotar el tema, propongo cinco vías de responsabilidad cotidiana y pública: desarmar las palabras, construir la paz en la justicia, asumir la mirada de las víctimas, cultivar un sano realismo y relanzar el diálogo y el multilateralismo”. Nuestro propósito en este artículo es analizar estas cinco vías que propone la encíclica. Cualquier lector católico al leer sobre la “civilización del amor” espera que sea explicada desde su fundamento esencial, que no es más que Jesucristo, la ley de Dios, sus mandamientos, la moral católica, en orden de todas las cosas en Dios, sin olvidar el sometimiento de las leyes positivas de los Estados a la ley natural y a la ley divina. Pero, al leer las vías que propone la encíclica comprobamos que pueden ser aceptadas casi íntegramente por un humanismo secular, por cualquier organización internacional o por toda democracia liberal sin necesidad de confesar a Cristo. Ahí está la cuestión. Aquí está lo sorprendente. El fundamento que sostiene las cinco vías es puramente humanista. Ninguna de esas cinco vías, tal como está formulada, exige por sí misma la fe en Jesucristo, su redención, su gracia, su ley o su reinado. Analicémoslas. La primera vía [214] consiste en desarmar las palabras. La encíclica subraya que el lenguaje puede alimentar la agresividad o favorecer la paz. Por eso invita a revisar prejuicios, hostilidad y violencia verbal, y a usar la palabra para decir la verdad, aconsejar, consolar, denunciar la injusticia y defender a quienes no tienen voz. Compartimos el contenido de este punto 214.  Es cierto que los insultos, las mentiras y el lenguaje agresivo aumentan la violencia. Pero no basta con hablar amablemente. También es necesario decir la verdad. Una palabra puede sonar pacífica y, sin embargo, ocultar el error o callar ante el pecado. Las guerras de palabras no nacen solo de una mala forma de hablar, sino de la soberbia, la mentira y el deseo de dominar. Por eso no basta con cambiar el lenguaje: es necesario convertir el corazón. Es necesaria la gracia que nos ha traído el Redentor. La segunda vía [215] propone construir la paz en la justicia [215]. Aquí la encíclica rechaza una paz entendida como simple ausencia de conflicto y afirma que la verdadera paz exige obrar justamente, respetar los derechos ajenos y evitar toda conducta contraria al orden moral. Siguiendo a san Agustín, insiste en que no puede haber paz auténtica allí donde se rechaza la justicia. También esto es verdadero, pero la justicia no consiste únicamente en proteger derechos o repartir mejor los bienes. La primera justicia consiste en dar a Dios lo que le corresponde. Una sociedad que excluye a Dios, permite el aborto, destruye la familia o niega la ley natural no puede considerarse plenamente justa. La tercera vía [216-217] es asumir la mirada las víctimas. Esta vía sostiene que ante ciertas injusticias graves no es legítima la neutralidad. Frente al sufrimiento de civiles, niños y personas indefensas, pide superar los análisis abstractos, acercarse concretamente a quienes padecen, escuchar sus historias y conservar la memoria de sus heridas. Una vez más estamos de acuerdo. La Iglesia debe defender y consolar a las víctimas, pero no puede contemplar el sufrimiento solo desde la compasión humana. Debe mirarlo a la luz de la Cruz. Cristo no solo acompaña el dolor: ofrece perdón, redención y vida eterna. Sin Él, las víctimas pueden acabar utilizadas por ideologías y partidos. La cuarta vía [218] consiste en cultivar un sano realismo. La encíclica rechaza tanto el idealismo que manipula los hechos para ajustarlos a una visión previa como el cinismo que acepta resignadamente el dominio de la fuerza. Propone, en cambio, conocer con claridad los intereses, límites y relaciones de poder para buscar soluciones posibles mediante instituciones fiables, negociación, prevención de conflictos y protección de los civiles. Pero, a lo anterior que dice la encíclica, añadimos que el verdadero realismo cristiano comienza por reconocer que el hombre está herido por el pecado original. Ninguna reforma política ni ningún acuerdo internacional puede curar por sí solo la codicia, el odio o la ambición. Para eso hace falta la gracia. La quinta vía [219-220] es relanzar el diálogo. En este punto, la encíclica presenta el diálogo como el principal instrumento de convivencia y como alternativa al conflicto. No se limita a las relaciones entre Estados, sino que implica escucha, encuentro, fraternidad y apertura al diferente, de modo que el conocimiento personal del otro haga más difícil la hostilidad y favorezca soluciones pacíficas. Estamos de acuerdo, pero añadimos que dialogar puede ser útil, pero no es la misión principal de la Iglesia. Cristo envió a los Apóstoles a predicar el Evangelio, bautizar a las naciones y conducirlas a la salvación. La Iglesia debe escuchar, pero también enseñar. Cuando el diálogo sirve al anuncio de Cristo, es legítimo; cuando lo sustituye, se convierte en un obstáculo. La encíclica deposita además una gran confianza en la diplomacia, el multilateralismo y la ONU [224-227]. En estos puntos, la encíclica presenta el diálogo diplomático como instrumento esencial para prevenir conflictos y recuperar la confianza, también ante nuevos escenarios como el ciberespacio y la inteligencia artificial. Destaca especialmente el papel de la ONU y de las organizaciones internacionales en la promoción de la paz, el desarme, la protección de los vulnerables y el desarrollo de los pueblos, aunque reconoce la necesidad de profundas reformas. La diplomacia de la Santa Sede aparece, finalmente, como una forma de servicio a la humanidad inspirada en la misericordia, la caridad, la verdad y el bien común. La diplomacia, el multilateralismo, y la ONU pueden realizar obras útiles, pero ninguna de ellas puede constituir el fundamento de una verdadera civilización del amor. La ONU también promueve ideas contrarias a la vida, a la familia y a la ley natural. La Iglesia debe juzgarla desde la verdad católica, no presentarla como guía moral de la humanidad. Queremos recordar que la Iglesia no anuncia simplemente que los hombres deben dialogar mejor, negociar con paciencia o fortalecer las instituciones internacionales. Anuncia que Cristo es nuestra paz, que la reconciliación verdadera pasa por Él y que el desorden más profundo del mundo nace del pecado. En definitiva, a nuestro entender, las vías propuestas contienen elementos buenos, pero son del todo insuficientes al no quedar claramente sometidas a Jesucristo. Hablar con respeto, ayudar a las víctimas, buscar la justicia y alcanzar acuerdos son acciones valiosas, pero no pueden sustituir a la conversión, la gracia, los sacramentos y la ley divina. Sin Cristo puede construirse una sociedad más ordenada y tolerante, pero no una verdadera civilización del amor. Puede haber paz exterior, pero no paz con Dios; justicia humana, pero no reconocimiento de la ley divina; fraternidad, pero no la caridad que nace de la Cruz. La Iglesia no existe solo para hacer el mundo más amable. Existe para anunciar a Jesucristo, perdonar los pecados, santificar las almas y conducirlas a la vida eterna. O la civilización del amor nace de Cristo y conduce a Cristo, o termina convirtiéndose en una fraternidad mundial sin conversión, sin Cruz y sin Dios.   Pulse para escuchar el texto En Magnifica Humanitas, León XIV aborda el tema de la “civilización del amor” en los puntos 210-228. En el punto 213 leemos: “La civilización del amor no nace de un gesto único y espectacular, sino de una suma de fidelidades pequeñas y tenaces, que hacen frente a la deshumanización. Por eso vale la pena detenerse y considerar algunos aspectos de cómo, cada uno en su ámbito, podemos colaborar en su construcción. Sin pretender agotar el tema, propongo cinco vías de responsabilidad cotidiana y pública: desarmar las palabras, construir la paz en la justicia, asumir la mirada de las víctimas, cultivar un sano realismo y relanzar el diálogo y el multilateralismo”. Nuestro propósito en este artículo es analizar estas cinco vías que propone la encíclica. Cualquier lector católico al leer sobre la “civilización del amor” espera que sea explicada desde su fundamento esencial, que no es más que Jesucristo, la ley de Dios, sus mandamientos, la moral católica, en orden de todas las cosas en Dios, sin olvidar el sometimiento de las leyes positivas de los Estados a la ley natural y a la ley divina. Pero, al leer las vías que propone la encíclica comprobamos que pueden ser aceptadas casi íntegramente por un humanismo secular, por cualquier organización internacional o por toda democracia liberal sin necesidad de confesar a Cristo. Ahí está la cuestión. Aquí está lo sorprendente. El fundamento que sostiene las cinco vías es puramente humanista. Ninguna de esas cinco vías, tal como está formulada, exige por sí misma la fe en Jesucristo, su redención, su gracia, su ley o su reinado. Analicémoslas. La primera vía [214] consiste en desarmar las palabras. La encíclica subraya que el lenguaje puede alimentar la agresividad o favorecer la paz. Por eso invita a revisar prejuicios, hostilidad y violencia verbal, y a usar la palabra para decir la verdad, aconsejar, consolar, denunciar la injusticia y defender a quienes no tienen voz. Compartimos el contenido de este punto 214.  Es cierto que los insultos, las mentiras y el lenguaje agresivo aumentan la violencia. Pero no basta con hablar amablemente. También es necesario decir la verdad. Una palabra puede sonar pacífica y, sin embargo, ocultar el error o callar ante el pecado. Las guerras de palabras no nacen solo de una mala forma de hablar, sino de la soberbia, la mentira y el deseo de dominar. Por eso no basta con cambiar el lenguaje: es necesario convertir el corazón. Es necesaria la gracia que nos ha traído el Redentor. La segunda vía [215] propone construir la paz en la justicia [215]. Aquí la encíclica rechaza una paz entendida como simple ausencia de conflicto y afirma que la verdadera paz exige obrar justamente, respetar los derechos ajenos y evitar toda conducta contraria al orden moral. Siguiendo a san Agustín, insiste en que no puede haber paz auténtica allí donde se rechaza la justicia. También esto es verdadero, pero la justicia no consiste únicamente en proteger derechos o repartir mejor los bienes. La primera justicia consiste en dar a Dios lo que le corresponde. Una sociedad que excluye a Dios, permite el aborto, destruye la familia o niega la ley natural no puede considerarse plenamente justa. La tercera vía [216-217] es asumir la mirada las víctimas. Esta vía sostiene que ante ciertas injusticias graves no es legítima la neutralidad. Frente al sufrimiento de civiles, niños y personas indefensas, pide superar los análisis abstractos, acercarse concretamente a quienes padecen, escuchar sus historias y conservar la memoria de sus heridas. Una vez más estamos de acuerdo. La Iglesia debe defender y consolar a las víctimas, pero no puede contemplar el sufrimiento solo desde la compasión humana. Debe mirarlo a la luz de la Cruz. Cristo no solo acompaña el dolor: ofrece perdón, redención y vida eterna. Sin Él, las víctimas pueden acabar utilizadas por ideologías y partidos. La cuarta vía [218] consiste en cultivar un sano realismo. La encíclica rechaza tanto el idealismo que manipula los hechos para ajustarlos a una visión previa como el cinismo que acepta resignadamente el dominio de la fuerza. Propone, en cambio, conocer con claridad los intereses, límites y relaciones de poder para buscar soluciones posibles mediante instituciones fiables, negociación, prevención de conflictos y protección de los civiles. Pero, a lo anterior que dice la encíclica, añadimos que el verdadero realismo cristiano comienza por reconocer que el hombre está herido por el pecado original. Ninguna reforma política ni ningún acuerdo internacional puede curar por sí solo la codicia, el odio o la ambición. Para eso hace falta la gracia. La quinta vía [219-220] es relanzar el diálogo. En este punto, la encíclica presenta el diálogo como el principal instrumento de convivencia y como alternativa al conflicto. No se limita a las relaciones entre Estados, sino que implica escucha, encuentro, fraternidad y apertura al diferente, de modo que el conocimiento personal del otro haga más difícil la hostilidad y favorezca soluciones pacíficas. Estamos de acuerdo, pero añadimos que dialogar puede ser útil, pero no es la misión principal de la Iglesia. Cristo envió a los Apóstoles a predicar el Evangelio, bautizar a las naciones y conducirlas a la salvación. La Iglesia debe escuchar, pero también enseñar. Cuando el diálogo sirve al anuncio de Cristo, es legítimo; cuando lo sustituye, se convierte en un obstáculo. La encíclica deposita además una gran confianza en la diplomacia, el multilateralismo y la ONU [224-227]. En estos puntos, la encíclica presenta el diálogo diplomático como instrumento esencial para prevenir conflictos y recuperar la confianza, también ante nuevos escenarios como el ciberespacio y la inteligencia artificial. Destaca especialmente el papel de la ONU y de las organizaciones internacionales en la promoción de la paz, el desarme, la protección de los vulnerables y el desarrollo de los pueblos, aunque reconoce la necesidad de profundas reformas. La diplomacia de la Santa Sede aparece, finalmente, como una forma de servicio a la humanidad inspirada en la misericordia, la caridad, la verdad y el bien común. La diplomacia, el multilateralismo, y la ONU pueden realizar obras útiles, pero ninguna de ellas puede constituir el fundamento de una verdadera civilización del amor. La ONU también promueve ideas contrarias a la vida, a la familia y a la ley natural. La Iglesia debe juzgarla desde la verdad católica, no presentarla como guía moral de la humanidad. Queremos recordar que la Iglesia no anuncia simplemente que los hombres deben dialogar mejor, negociar con paciencia o fortalecer las instituciones internacionales. Anuncia que Cristo es nuestra paz, que la reconciliación verdadera pasa por Él y que el desorden más profundo del mundo nace del pecado. En definitiva, a nuestro entender, las vías propuestas contienen elementos buenos, pero son del todo insuficientes al no quedar claramente sometidas a Jesucristo. Hablar con respeto, ayudar a las víctimas, buscar la justicia y alcanzar acuerdos son acciones valiosas, pero no pueden sustituir a la conversión, la gracia, los sacramentos y la ley divina. Sin Cristo puede construirse una sociedad más ordenada y tolerante, pero no una verdadera civilización del amor. Puede haber paz exterior, pero no paz con Dios; justicia humana, pero no reconocimiento de la ley divina; fraternidad, pero no la caridad que nace de la Cruz. La Iglesia no existe solo para hacer el mundo más amable. Existe para anunciar a Jesucristo, perdonar los pecados, santificar las almas y conducirlas a la vida eterna. O la civilización del amor nace de Cristo y conduce a Cristo, o termina convirtiéndose en una fraternidad mundial sin conversión, sin Cruz y sin Dios.

En Magnifica Humanitas, León XIV aborda el tema de la “civilización del amor” en los puntos 210-228. En el punto 213 leemos:

“La civilización del amor no nace de un gesto único y espectacular, sino de una suma de fidelidades pequeñas y tenaces, que hacen frente a la deshumanización. Por eso vale la pena detenerse y considerar algunos aspectos de cómo, cada uno en su ámbito, podemos colaborar en su construcción. Sin pretender agotar el tema, propongo cinco vías de responsabilidad cotidiana y pública: desarmar las palabras, construir la paz en la justicia, asumir la mirada de las víctimas, cultivar un sano realismo y relanzar el diálogo y el multilateralismo”.

Nuestro propósito en este artículo es analizar estas cinco vías que propone la encíclica.

Cualquier lector católico al leer sobre la “civilización del amor” espera que sea explicada desde su fundamento esencial, que no es más que Jesucristo, la ley de Dios, sus mandamientos, la moral católica, en orden de todas las cosas en Dios, sin olvidar el sometimiento de las leyes positivas de los Estados a la ley natural y a la ley divina.

Pero, al leer las vías que propone la encíclica comprobamos que pueden ser aceptadas casi íntegramente por un humanismo secular, por cualquier organización internacional o por toda democracia liberal sin necesidad de confesar a Cristo. Ahí está la cuestión. Aquí está lo sorprendente. El fundamento que sostiene las cinco vías es puramente humanista. Ninguna de esas cinco vías, tal como está formulada, exige por sí misma la fe en Jesucristo, su redención, su gracia, su ley o su reinado.

Analicémoslas.

La primera vía [214] consiste en desarmar las palabras. La encíclica subraya que el lenguaje puede alimentar la agresividad o favorecer la paz. Por eso invita a revisar prejuicios, hostilidad y violencia verbal, y a usar la palabra para decir la verdad, aconsejar, consolar, denunciar la injusticia y defender a quienes no tienen voz.

Compartimos el contenido de este punto 214.  Es cierto que los insultos, las mentiras y el lenguaje agresivo aumentan la violencia. Pero no basta con hablar amablemente. También es necesario decir la verdad. Una palabra puede sonar pacífica y, sin embargo, ocultar el error o callar ante el pecado. Las guerras de palabras no nacen solo de una mala forma de hablar, sino de la soberbia, la mentira y el deseo de dominar. Por eso no basta con cambiar el lenguaje: es necesario convertir el corazón. Es necesaria la gracia que nos ha traído el Redentor.

La segunda vía [215] propone construir la paz en la justicia [215]. Aquí la encíclica rechaza una paz entendida como simple ausencia de conflicto y afirma que la verdadera paz exige obrar justamente, respetar los derechos ajenos y evitar toda conducta contraria al orden moral. Siguiendo a san Agustín, insiste en que no puede haber paz auténtica allí donde se rechaza la justicia.

También esto es verdadero, pero la justicia no consiste únicamente en proteger derechos o repartir mejor los bienes. La primera justicia consiste en dar a Dios lo que le corresponde. Una sociedad que excluye a Dios, permite el aborto, destruye la familia o niega la ley natural no puede considerarse plenamente justa.

La tercera vía [216-217] es asumir la mirada las víctimas. Esta vía sostiene que ante ciertas injusticias graves no es legítima la neutralidad. Frente al sufrimiento de civiles, niños y personas indefensas, pide superar los análisis abstractos, acercarse concretamente a quienes padecen, escuchar sus historias y conservar la memoria de sus heridas.

Una vez más estamos de acuerdo. La Iglesia debe defender y consolar a las víctimas, pero no puede contemplar el sufrimiento solo desde la compasión humana. Debe mirarlo a la luz de la Cruz. Cristo no solo acompaña el dolor: ofrece perdón, redención y vida eterna. Sin Él, las víctimas pueden acabar utilizadas por ideologías y partidos.

La cuarta vía [218] consiste en cultivar un sano realismo. La encíclica rechaza tanto el idealismo que manipula los hechos para ajustarlos a una visión previa como el cinismo que acepta resignadamente el dominio de la fuerza. Propone, en cambio, conocer con claridad los intereses, límites y relaciones de poder para buscar soluciones posibles mediante instituciones fiables, negociación, prevención de conflictos y protección de los civiles.

Pero, a lo anterior que dice la encíclica, añadimos que el verdadero realismo cristiano comienza por reconocer que el hombre está herido por el pecado original. Ninguna reforma política ni ningún acuerdo internacional puede curar por sí solo la codicia, el odio o la ambición. Para eso hace falta la gracia.

La quinta vía [219-220] es relanzar el diálogo. En este punto, la encíclica presenta el diálogo como el principal instrumento de convivencia y como alternativa al conflicto. No se limita a las relaciones entre Estados, sino que implica escucha, encuentro, fraternidad y apertura al diferente, de modo que el conocimiento personal del otro haga más difícil la hostilidad y favorezca soluciones pacíficas.

Estamos de acuerdo, pero añadimos que dialogar puede ser útil, pero no es la misión principal de la Iglesia. Cristo envió a los Apóstoles a predicar el Evangelio, bautizar a las naciones y conducirlas a la salvación. La Iglesia debe escuchar, pero también enseñar. Cuando el diálogo sirve al anuncio de Cristo, es legítimo; cuando lo sustituye, se convierte en un obstáculo.

La encíclica deposita además una gran confianza en la diplomacia, el multilateralismo y la ONU [224-227]. En estos puntos, la encíclica presenta el diálogo diplomático como instrumento esencial para prevenir conflictos y recuperar la confianza, también ante nuevos escenarios como el ciberespacio y la inteligencia artificial. Destaca especialmente el papel de la ONU y de las organizaciones internacionales en la promoción de la paz, el desarme, la protección de los vulnerables y el desarrollo de los pueblos, aunque reconoce la necesidad de profundas reformas. La diplomacia de la Santa Sede aparece, finalmente, como una forma de servicio a la humanidad inspirada en la misericordia, la caridad, la verdad y el bien común.

La diplomacia, el multilateralismo, y la ONU pueden realizar obras útiles, pero ninguna de ellas puede constituir el fundamento de una verdadera civilización del amor. La ONU también promueve ideas contrarias a la vida, a la familia y a la ley natural. La Iglesia debe juzgarla desde la verdad católica, no presentarla como guía moral de la humanidad.

Queremos recordar que la Iglesia no anuncia simplemente que los hombres deben dialogar mejor, negociar con paciencia o fortalecer las instituciones internacionales. Anuncia que Cristo es nuestra paz, que la reconciliación verdadera pasa por Él y que el desorden más profundo del mundo nace del pecado.

En definitiva, a nuestro entender, las vías propuestas contienen elementos buenos, pero son del todo insuficientes al no quedar claramente sometidas a Jesucristo. Hablar con respeto, ayudar a las víctimas, buscar la justicia y alcanzar acuerdos son acciones valiosas, pero no pueden sustituir a la conversión, la gracia, los sacramentos y la ley divina.

Sin Cristo puede construirse una sociedad más ordenada y tolerante, pero no una verdadera civilización del amor. Puede haber paz exterior, pero no paz con Dios; justicia humana, pero no reconocimiento de la ley divina; fraternidad, pero no la caridad que nace de la Cruz.

La Iglesia no existe solo para hacer el mundo más amable. Existe para anunciar a Jesucristo, perdonar los pecados, santificar las almas y conducirlas a la vida eterna.

O la civilización del amor nace de Cristo y conduce a Cristo, o termina convirtiéndose en una fraternidad mundial sin conversión, sin Cruz y sin Dios.


4 respuestas a «Construir la “civilización del amor”. Comentarios a la encíclica Magnifica Humanitas»

  1. Estando de acuerdo con Carlos Jauregui, en general, con lo que expone sobre la «Magnifica Humanitas» del llamado León XIV que este humilde servidor prefiere denominarle como PREVOST, siguiendo lo mencionado por el autor;
    aborda el tema de la “civilización del amor” en los puntos 210-228. En el punto 213 y siguientes, entiendo que el nombrado PREVOST con sus alusiones a esas «cinco vias» y su proximidad al «discurso» de la ONU que promueve las ideas de Alice Bailey, puesto que la F. Lucis Trust es asesora de esa ONU en muchos temas relacionados en la Enciclica, creo que es necesario invocar un PARALELISMo entre las ideas – no todas- descritas en la «Magnifica Humanitas» y el discurso Luciferino tanto de la ONU como de la Lucis Trust.
    Es el objetivo de la ONU sustituir las religiones existentes en la actualidad por una SOLA que, de momento, la mantienen oculta, pero que es evidente que es la de LUCIFER …
    Solo hay que leer las obras de la Bailey y de su «inspiradora», Helena Blavatski, otra seguidora de Lucifer.
    Sobre esa Lucis, la WEB de la misma escribe;
    La Fundación Lucis fue creada por Alice y Foster Bailey con el fin de promover el reconocimiento de los principios espirituales y universales que sustentan toda labor orientada a construir relaciones justas. La fundación se estableció en EE. UU., en 1922.
    Alice y Foster Bailey fundaron una editorial llamada inicialmente Lucifer Publishing Company, con el objetivo de publicar el libro Human and Solar Initiation . El antiguo mito de Lucifer alude al ángel que trajo la luz al mundo, y se cree que la editorial recibió su nombre en honor a una revista que había sido editada durante varios años por la fundadora de la Teosofía, H.P. Blavatsky. Pronto, Alice y Foster Bailey se percataron de que algunos grupos cristianos habían identificado tradicionalmente y por error a Lucifer con Satanás, y por esta razón, la editorial adoptó el nombre de Lucis Publishing Company en 1924.

    Que la Lucis fundada como «Lucifer …» al cambiar su nombre y su objetivo pretende camuflar que su credo es el de Lucifer desde el ini
    PREVOST tiene que conocer a través de sus asesores que la ONU es un organismo LUCIFERINO muy claro y que NO es compatible con la Doctrina de CRISTO.
    Como el autor es persona muy versada le propongo que siga la «pista» de la ONU, de la Lucis y de su credo en Lucifer comparando los textos de la «Humanitas» con los de Lucis, los de Alice Bailey y de su mentora la Blavatski.
    Un saludo afectuoso al autor
    VIVA CRISTO REY

    1. Sr. Caballero:
      Una de las propuestas de la encíclica queda expresada con particular claridad cuando afirma que la IA «debe servir para edificar esa familia humana universal, con derechos y deberes compartidos, donde la proximidad digital se convierta en una ocasión real de encuentro y de cuidado recíproco» (Magnifica Humanitas, 187).
      El párrafo resulta, a nuestro juicio, insufrible por su indeterminación. Es un ejemplo claro del gran problema de Magnifica Humanitas; nos referimos a que formula sus objetivos mediante categorías tan universales e indeterminadas que apenas permiten reconocer qué aporta específicamente la fe católica y si tiene algo que ver.
      Por esta razón su lenguaje puede ser aceptado sin dificultad por una mentalidad liberal, masónica, secular o atea; incluso en ambientes como los de Lucis Trust.
      Ahora bien, una cosa es señalar semejanzas de lenguaje o incluso determinadas afinidades conceptuales, y otra muy distinta establecer un paralelismo de ideas entre Magnifica Humanitas y Lucis Trust. Eso sería ir demasiado lejos.
      Pero su sugerencia de seguir la “pista” no queda en saco roto.
      Atentamente.

      1. Gracias mil, sr. Jauregui por sus precisiones.
        Sobre el tema de la IA tratado en extenso en la «Humanitas» estimo que PREVOST NO explica lo que es, es decir, habla en abstracto sin entrar en absoluto en su Perversidad, ni tampoco en los famosos Centros de Datos que le sirven de apoyo.
        Por tanto, estoy convencido de lo escrito sobre esa Perversa IA de PREVOST en la «Humanitas» es una enorme falacia y estafa intelectuak a los creyentes/lectores ya que omite la esencia de la IA y la necesaria explicacion de su Perversidad y de donde proceden los Datos en los que se apoya (esa IA)
        Perdone, las reiiteraciones, pero, son necesarias y, concluyo que PREVOST y sus ayudantes deben de completar lo que o no han podido explicar o lo que no han querido explicar.
        Un saludo cordial y le felicito por sus excelentes trabajos, admirables.
        VIVA CRISTO REY

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