La conversión: sublime tesoro

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Dijo Nuestro Señor: «Pedid y se os dará». Pero en otra ocasión también dijo «No sabéis lo que pedís». Pues bien, para que se nos dé debemos pedir, pero pedir bien, debemos pensar y decidir correctamente lo que vamos a pedir y, entonces, con seguridad se nos dará; siempre y cuando lo que pidamos, además de ser lo que debemos, lo hagamos con fe y con perseverancia. Con fe, es decir, con absoluta confianza, con una fe tan grande como… un grano de mostaza; y con perseverancia, una y otra vez, sin descanso, pues estaría bueno que se nos dieran las cosas que pedimos con un simple Padre Nuestro.

Sentado lo anterior surge la cuestión de qué es lo que debemos pedir, qué es lo que el Señor está deseando darnos, qué es lo mejor para nuestra salvación, qué debemos buscar que se nos conceda por encima de todo. Muy sencillo: LA CONVERSIÓN; sublime tesoro.

Porque conversión fue lo que Nuestro Señor vino a predicar, porque conversión fue lo que no se cansó de gritar durante su vida terrenal, porque conversión es sinónimo de salvación, porque nada más quiere Nuestro Señor que nos convirtamos para que nos salvemos, porque Él murió –y muerte de cruz– por nuestra conversión.

¿Pero qué supone convertirnos? Muy sencillo, si lo miramos bien: cambiar de una vez por todas de vida, que ya basta; dejar lo viejo para acoger lo nuevo; rechazar el pecado de nuna vez por todas, hombre, para aceptar la Gracia; renunciar a nosotros mismos, que no es tan grave, para abrazar a Jesús; dejar de caer en esas faltas o pecados incluso mortales que sistemáticamente nos someten y alejan de Dios una y mil veces; dejar de callar para dar testimonio en la familia, en el trabajo, en la calle; deshacernos de nuestra cobardía para hacer gala de valentía; no transigir con nada, sea lo que sea, de lo que se oponga o nos aparte de Dios; dar la batalla en lo pequeño como en lo grande a los que viven sin Dios corrompiendo a los demás; arrojar de nuestro entorno a la manzana podrida que no tiene solución para resguardar el cesto, es decir, la familia, los amigos, el barrio, la ciudad, la nación, la patria.

Debemos pedir a Nuestro Señor, por encima de todo, que nos otorgue la CONVERSIÓN. La conversión plena del alma, de la mente y del corazón; a nosotros y a los nuestros. Porque quien ama a su prójimo lo que quiere y desea para él es que se convierta, es decir, que se salve. Qué mayor muestra de amor de los padres para con sus hijos que desearles que se conviertan, que se salven. Qué mayor amor para con nuestra patria, para con nuestro pueblo, que toda ella y todo él se salven, se conviertan.

Porque qué mejor para todos que la conversión para caminar por este valle de lágrimas hacia Dios, con Él, convertidos como Él nos quiere. Qué mejor forma de amar a Dios que poner de nuestra parte todo lo posible para que su Gracia consiga de nuestros duros corazones nuestra conversión, que es el bien, el tesoro sublime que nos quiere dar para que así podamos ocupar un día el lugar en el cielo que tanto sufrimiento le costó prepararnos. Y qué mayor dolor podemos inferir a Nuestro Señor que negarnos a convertirnos, a dejar nuestros malos hábitos, nuestros pecados, nuestras faltas, y que tenga que ver un día vacío ese lugar que con tanto mimo nos ha reservado, precisamente Él, cuyo deseo más íntimo, más absoluto, es que nos convirtamos.

Pongámonos desde ahora mismo manos a la obra; ni un pecado más; oración y penitencia; fe y perseverancia. Pidámosle sí, todas esas cosas que sin duda necesitamos, queremos, nos gustaría, etc., pero antes que ellas, siempre, por encima de ellas, incluso solamente, pidámosle que nos otorgue la conversión, su sublime tesoro; lo demás, todas esas cosas, en la medida en que nos sean realmente convenientes y buenas, Él nos las dará por añadidura sin necesidad de pedírselas.

 

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