¿Cuál es la solución ante la muerte de Dante, Orwell y Heidegger?

Adam Zagajewski, en su ensayo Solidaridad y soledad (cuya lectura recomiendo encarecidamente), hizo una síntesis prodigiosa de las tres pandemias predominantes en el siglo XX, croquis que es perfectamente extensible a nuestra vigésimo primera centuria.

Este pensador de origen ucraniano sentenció que nos encontramos ante la muerte de Dante, Orwell y Heidegger. La defunción simbólica del poeta florentino representa la decadencia de la fe religiosa; la del visionario indo-británico, el auge del totalitarismo ideológico y el eclipse de la verdad; y la de Heidegger, el alzamiento de la angustia existencialista, algo que se puede interpretar como la proliferación de la abulia, la apatía, la depresión y la melancolía.

Esta categorización, en mi modesta opinión, no puede sintetizar mejor los problemas de Occidente, que son el desmoronamiento de la fe religiosa, el crecimiento del totalitarismo ideológico (con su correlativo ensombrecimiento de la verdad) y la propagación de la depresiva melancolía.

En lo concerniente a la búsqueda de cómo solucionar estas tres lacras, creo que es importante analizar cada problema por separado, en aras de dar una respuesta individual a cada uno; y al mismo tiempo, pienso que no es menos relevante identificar el haz que los une y en consecuencia, dilucidar una solución común a este tríptico de pandemias sociales.

Como solución individual al desmantelamiento de la fe religiosa, recomiendo tener muy presente la advertencia Mariana de volver la mirada al rezo del Rosario; contribuir a engrosar la cola del confesionario en las Misas dominicales (con los pecados del fin de semana); empaparse de los testimonios milagrosos de Lourdes, Fátima, Guadalupe, Medjugorje, Garabandal y del Padre Pío de Pietrelcina; probar la ilusionante experiencia de hacer un retiro de Effetá (todos salen de allí emocionados, poco creyentes incluidos); ir a buscar novia a alguna fiesta de Hakuna; seguir al Padre Jesús Silva Castignani en Instagram (@elpadrejesus), al sacerdote Patxi Bronchalo (@patxibronchalo) y al periodista católico José María Zavala (@zavalagasset); leer alguna obra de G.K. Chesterton y a ser posible, el ensayo que publicará el pecador Ignacio Crespí de Valldaura en diciembre de 2023.

La solución al apogeo del totalitarismo ideológico -con su inherente deshielo de la solidez de la verdad- creo goza de respuestas lo suficientemente clarividentes como para ser mencionadas; aunque sí que considero oportuno enriquecer la magnitud de los intelectuales de referencia, lo que viene a ser ir un poco más allá de… (no voy a cometer la esnobada de mencionar nombres y apellidos, por mi sentido de la caridad y de la buena educación). Recomiendo, así pues, la lectura o escucha internauta de pensadores de la talla de Juan Manuel de Prada, Enrique García-Máiquez, el Obispo José Ignacio Munilla (@obispomunilla), el Padre José Antonio Fortea, o de clásicos como G.K. Chesterton, J.R.R. Tolkien, George Orwell, Aldous Huxley o el sacerdote Fulton Sheen.

En lo atinente a solucionar la depresiva melancolía, recomiendo seguir en Instagram a la psiquiatra Marian Rojas Estapé (@marianrojasestape) y al psicólogo Buenaventura del Charco Olea (a quien encontrarás bajo la denominación de ‘Ventura psicólogo’); y te los aconsejo a pesar de que alberguen acentuadas discrepancias en algunos aspectos. A su vez, es preciso puntualizar que el hecho de que te los recomiende no significa que comulgue con todo lo que ambos dicen.

Realizada la búsqueda de una solución individual a cada problema, ahora, considero pertinente penetrar hasta la causa primera de todos ellos, que no es otro que el declive de la fe católica. La muerte de Dante trae consigo la defunción de Orwell y Heidegger.

Olvidar o mirar de soslayo esta causa primera supone caer en la mundanidad. Ahora bien, ir al extremo contrario, el de centrarse nada más que en esta raíz de corte religiosa (sin realizar un análisis individual y terrenal de cada problemática), es dejarse llevar por el sobrenaturalismo propio de las religiosidades orientales.

No hay que confundir el ‘ismo’ del sobrenaturalismo con la sobrenaturalidad, que es supraterrena y terrenal al mismo tiempo (es sobrenatural, es decir, tanto ‘sobre’ como natural). De ahí, que la escolástica (véase la filosofía católica) abogue por la avenencia entre la fe y la razón; y de esto, que junto a Dios Padre y Dios Espíritu Santo, la Santísima Trinidad sea completada con Dios Hijo, hecho hombre.

A este respecto, decía G.K. Chesterton, en su ensayo Ortodoxia, que el cristianismo no es mundano, pero tampoco demasiado extramundano. Adam Zagajewski, por su parte, incidió en que los monjes medievales, a diferencia de las iglesias orientales, producían bienes terrenales, a la par que vivían entregados a una vida de oración.

Mientras el mundano niega que tengamos que situar a Dios en el centro de nuestra vida, el panteísta piensa que Dios lo es todo; frente a esto último, G.K. Chesterton matizó que el cristianismo es capaz de separar al creador de lo creado, del mismo modo que, por un lado, se encuentra el artista, y por el otro, su obra de arte (existe una pertenencia infinitamente íntima, pero no una unidad en un todo inseparable).

Mientras el mundano da primacía a entregarse a lo físico en detrimento de cultivar el alma, el platónico piensa que el cuerpo, lo terreno, es la cárcel de ésta. Por esta razón, Platón predicó una especie de sobrenaturalismo intelectual, en virtud del cual había que aspirar a una intelección racional y contemplación que se alejase lo mayor posible de lo terrenal, que guardase la mínima relación con lo sensible. En contraposición, la escolástica (véase la filosofía católica) nos enseña que el entendimiento es previo a la voluntad, pero que esta última, a su vez, es la imprescindible prolongación del primero; y además, pone de relieve que todo lo que llega al intelecto es filtrado previamente a partir de los sentidos, bajo la expresión latina nihil est in intellectu quod prius non fuerit in sensu.

Así pues, pese a que la muerte simbólica de Dante (el eclipse de la fe religiosa) haga el ‘efecto dominó’ de provocar la de Orwell y Heidegger (auge del totalitarismo y de la melancolía, respectivamente), también, hay que saber analizar cada una por separado y contemplar la solución individualizada de las mismas. En otras palabras, ‘lo cortés no quita lo valiente’.

En este sentido, he alumbrado una teoría filosófica, que consiste en analizar, por un lado, las ‘causas primeras’, y por otro, las ‘causas intermedias’.

Por ‘causas primeras’, entiendo que es la causalidad profunda de las cosas, su raíz, su origen profundo y más auténtico. Las ‘causas intermedias’, a mi juicio, son las que existen a medio camino, de manera visible, palmaria, palpable, tangible.

Un ejemplo esclarecedor a este respecto sería el siguiente: si la ‘causa primera’ de que los habitantes de determinada ciudad hayan caído en la drogadicción es su desapego a la fe católica, ‘las causas intermedias’ son otras (como la moda del momento, la ansiedad, la depresión, la inestabilidad psicológica, la falta de voluntad y de carácter, etcétera). No niego que las ‘causas intermedias’ sean una consecuencia de las ‘primeras’, pero, a su vez, creo que tenemos que ser capaces de analizarlas por separado.

En base a este último ejemplo, olvidarse de la ‘causa primera’ es fruto de haber quedado fagocitado por la mundanidad, pero caer en el extremo de incidir nada más que en la misma, sin buscar respuestas tangibles a las ‘causas intermedias’, supone confundir la sobrenaturalidad con el ‘ismo’ del sobrenaturalismo.

Para El Diaro de Colón


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