Cuando la Iglesia habla como una agencia más de la ONU. Comentarios a la encíclica Magnifica Humanitas
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En el punto 226 de Magnifica Humanitas se afirma:
“Las organizaciones internacionales, en particular la ONU, siguen siendo instrumentos esenciales para promover una civilización del amor, al apoyar el diálogo entre las naciones, la solución pacífica de los conflictos, el desarrollo integral de los pueblos, la protección de las personas más vulnerables, el desarme y el cuidado de la creación”.
El problema de esta frase no está en reconocer que la ONU pueda realizar algunas obras buenas. Puede servir como lugar de encuentro entre las naciones, ayudar en situaciones de guerra, prestar asistencia humanitaria o favorecer acuerdos para evitar males mayores. Todo eso puede admitirse. El problema aparece cuando la encíclica presenta a la ONU como un instrumento esencial para promover una civilización del amor.
La expresión es demasiado importante para aplicarla sin más a una institución como la ONU. Una civilización del amor no consiste solamente en hablar de paz, diálogo, cooperación, desarrollo o protección de los débiles. Para ser verdadera, debe fundarse también en la verdad sobre Dios, sobre el hombre, sobre la vida y sobre la familia.
No puede existir una civilización del amor cuando se acepta el aborto. No puede existir cuando se presenta la eutanasia como una forma de dignidad. Tampoco cuando se borra la diferencia entre el matrimonio y otras formas de convivencia, o cuando se enseña que el hombre puede decidir por sí mismo lo que está bien y lo que está mal.
La ONU habla con frecuencia de derechos humanos, dignidad y protección de los vulnerables. Pero no siempre protege a todos los vulnerables. El niño concebido es uno de los seres humanos más débiles. No puede defenderse, no tiene voz y depende completamente de otros. Sin embargo, organismos internacionales vinculados al sistema de Naciones Unidas han presentado el aborto como un derecho o como parte de la atención sanitaria. Aquí aparece una contradicción evidente.
Se habla de proteger a los débiles, pero se excluye al niño que todavía no ha nacido. Se habla de dignidad, pero se admite que una vida inocente pueda ser eliminada. Se habla de derechos, pero se niega el primero de todos: el derecho a vivir.
Algo semejante sucede con la familia.
Las instituciones internacionales hablan de protegerla, pero al mismo tiempo promueven modelos que debilitan el matrimonio entre un hombre y una mujer. También impulsan ideas sobre la sexualidad y la identidad humana que se apartan del orden querido por Dios.
Por eso la Iglesia debe hablar con mucha claridad.
Puede colaborar con la ONU en una campaña contra el hambre, en la ayuda a refugiados o en la búsqueda de una solución pacífica a una guerra. Pero no puede elogiarla de manera general como si fuera una autoridad moral segura. Debe distinguir. Cuando la ONU defiende algo justo, la Iglesia puede apoyarlo. Cuando promueve algo contrario a la vida, a la familia o a la ley de Dios, la Iglesia debe denunciarlo.
Eso es lo que falta en el texto de Magnifica Humanitas.
La frase elogia a la ONU, pero no menciona sus graves contradicciones. Habla de los vulnerables, pero no recuerda a los niños abortados. Habla de dignidad, pero no denuncia que esa palabra se utilice para justificar la eutanasia o ciertas ideologías contrarias a la naturaleza humana. Este silencio es importante. Cuando se presenta una institución de manera tan favorable, sin advertir de sus errores, el lector puede pensar que la Iglesia aprueba su orientación general. Y no puede hacerlo.
La Iglesia no ha recibido de Cristo la misión de confirmar al mundo en todo lo que hace. Ha recibido la misión de anunciar la verdad, corregir el error, llamar a la conversión y enseñar el camino de la salvación.
Su autoridad no depende de que la ONU la escuche ni de que los gobiernos la inviten a sus reuniones. La autoridad de la Iglesia nace de Jesucristo. Por eso la Iglesia debe decir al mundo lo que muchas veces el mundo no quiere oír. Debe recordar que la dignidad humana no depende únicamente del reconocimiento de los Estados. El hombre posee dignidad porque ha sido creado por Dios y llamado a la vida eterna. Debe decir que no se puede defender a los débiles mientras se permite matar al niño concebido. Debe enseñar que no hay verdadero amor contra la verdad. Debe recordar que la familia no es una construcción cambiante, sino una realidad fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer.
También debe proclamar que no existe una paz verdadera cuando se rechaza la ley de Dios.
Si la Iglesia calla estas verdades y se limita a repetir palabras como paz, diálogo, desarrollo, inclusión, desarme o cuidado de la creación, su lenguaje empieza a confundirse con el de cualquier organismo internacional.
Puede decir cosas buenas, pero ya no habla con toda la fuerza de su misión. El mundo puede escuchar ese lenguaje sin sentirse juzgado. Un gobierno que permite el aborto puede aprobarlo. Un Estado que reconoce la eutanasia puede repetirlo. Una institución que combate la familia natural puede utilizarlo. Nadie necesita convertirse para aceptar palabras generales sobre la paz, la solidaridad o la protección de los vulnerables.
Ahí está el peligro.
La Iglesia puede acabar diciendo únicamente aquello que el mundo ya acepta, mientras guarda silencio sobre aquello que el mundo rechaza. Cuando eso sucede, deja de actuar como signo de contradicción. La Iglesia no existe para dar una bendición religiosa a todos los proyectos internacionales. Debe juzgarlos a la luz de Cristo. Si una iniciativa es buena, puede reconocerla. Si una medida ayuda verdaderamente a los pobres, puede apoyarla. Si una organización evita una guerra o socorre a las víctimas, puede colaborar con ella.
Pero cuando se promueve el aborto, la eutanasia, la ideología de género o la destrucción de la familia, la Iglesia debe hablar con claridad, aunque su palabra resulte incómoda. Esto, no significa rechazar toda cooperación internacional. Significa no confundir la prudencia con la admiración y no presentar como guía moral a una institución que mezcla actuaciones buenas con otras gravemente injustas.
La ONU puede ser útil en algunos asuntos. No por eso se convierte en fundamento de una civilización cristiana. La verdadera civilización del amor no nace solamente de acuerdos entre países, programas humanitarios o declaraciones de derechos. Nace de una idea verdadera del hombre, que reconoce que el hombre es criatura de Dios. Defiende toda vida inocente desde la concepción hasta la muerte natural. Protege el matrimonio y la familia. Respeta la ley natural.
Sabe que la libertad no consiste en hacer cualquier cosa, sino en elegir el bien. Y reconoce que Jesucristo no es una inspiración privada, sino el Señor de los hombres y de las naciones. Cuando se elimina todo esto, la expresión civilización del amor pierde su sentido cristiano.
Puede convertirse en una forma piadosa de nombrar un proyecto humanitario que habla de cooperación, ecología, diálogo y desarrollo, pero que evita toda referencia clara a Dios, al pecado, a la conversión y a la ley moral. Eso no basta.
La Iglesia no puede reducir su mensaje a una ética aceptable para todos. No ha sido enviada para repetir las buenas intenciones del mundo, sino para anunciar a Cristo y juzgar todas las cosas desde Él. Por eso el punto 226 resulta tan problemático. No porque todo lo que dice sea falso. La paz es un bien. El diálogo puede ser útil. La ayuda a los pobres es necesaria. La protección de quienes sufren es un deber. Pero esas obras no constituyen por sí solas una civilización del amor.
También es necesario defender la vida, proteger la familia, reconocer la ley natural, obedecer a Dios y proclamar el reinado de Cristo. Si esto se omite, el amor queda separado de la verdad. Y un amor separado de la verdad puede convertirse en simple sentimentalismo. La Iglesia debe amar al mundo, pero no adularlo. Debe servir al hombre, pero no ocultarle la verdad. Debe defender la dignidad humana, pero también denunciar sus falsificaciones. Debe buscar la paz, pero sin callar ante la injusticia. Debe colaborar con las instituciones internacionales cuando sea posible, pero sin presentar sus proyectos como si fueran plenamente conformes con el Evangelio.
Una institución como la ONU puede ser un instrumento útil y limitado. Puede ayudar en algunos asuntos concretos. Pero no debe ser presentada como un instrumento esencial de la civilización del amor mientras promueva o ampare ideas contrarias a la vida, a la familia y a la ley de Dios.
La civilización del amor no se construye sobre una neutralidad religiosa que excluye a Cristo. Tampoco sobre una compasión que protege a unos débiles y abandona a otros. Se construye sobre la verdad. Y para la Iglesia, la verdad no es una idea cambiante ni un acuerdo internacional. La verdad es Jesucristo. La Iglesia no debe hablar como una agencia más de la ONU. Debe hablar como Esposa de Cristo. Y el mundo no necesita que la Iglesia sea aceptable.
Necesita que sea verdadera.
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En el punto 226 de Magnifica Humanitas se afirma:
“Las organizaciones internacionales, en particular la ONU, siguen siendo instrumentos esenciales para promover una civilización del amor, al apoyar el diálogo entre las naciones, la solución pacífica de los conflictos, el desarrollo integral de los pueblos, la protección de las personas más vulnerables, el desarme y el cuidado de la creación”.
El problema de esta frase no está en reconocer que la ONU pueda realizar algunas obras buenas. Puede servir como lugar de encuentro entre las naciones, ayudar en situaciones de guerra, prestar asistencia humanitaria o favorecer acuerdos para evitar males mayores. Todo eso puede admitirse. El problema aparece cuando la encíclica presenta a la ONU como un instrumento esencial para promover una civilización del amor.
La expresión es demasiado importante para aplicarla sin más a una institución como la ONU. Una civilización del amor no consiste solamente en hablar de paz, diálogo, cooperación, desarrollo o protección de los débiles. Para ser verdadera, debe fundarse también en la verdad sobre Dios, sobre el hombre, sobre la vida y sobre la familia.
No puede existir una civilización del amor cuando se acepta el aborto. No puede existir cuando se presenta la eutanasia como una forma de dignidad. Tampoco cuando se borra la diferencia entre el matrimonio y otras formas de convivencia, o cuando se enseña que el hombre puede decidir por sí mismo lo que está bien y lo que está mal.
La ONU habla con frecuencia de derechos humanos, dignidad y protección de los vulnerables. Pero no siempre protege a todos los vulnerables. El niño concebido es uno de los seres humanos más débiles. No puede defenderse, no tiene voz y depende completamente de otros. Sin embargo, organismos internacionales vinculados al sistema de Naciones Unidas han presentado el aborto como un derecho o como parte de la atención sanitaria. Aquí aparece una contradicción evidente.
Se habla de proteger a los débiles, pero se excluye al niño que todavía no ha nacido. Se habla de dignidad, pero se admite que una vida inocente pueda ser eliminada. Se habla de derechos, pero se niega el primero de todos: el derecho a vivir.
Algo semejante sucede con la familia.
Las instituciones internacionales hablan de protegerla, pero al mismo tiempo promueven modelos que debilitan el matrimonio entre un hombre y una mujer. También impulsan ideas sobre la sexualidad y la identidad humana que se apartan del orden querido por Dios.
Por eso la Iglesia debe hablar con mucha claridad.
Puede colaborar con la ONU en una campaña contra el hambre, en la ayuda a refugiados o en la búsqueda de una solución pacífica a una guerra. Pero no puede elogiarla de manera general como si fuera una autoridad moral segura. Debe distinguir. Cuando la ONU defiende algo justo, la Iglesia puede apoyarlo. Cuando promueve algo contrario a la vida, a la familia o a la ley de Dios, la Iglesia debe denunciarlo.
Eso es lo que falta en el texto de Magnifica Humanitas.
La frase elogia a la ONU, pero no menciona sus graves contradicciones. Habla de los vulnerables, pero no recuerda a los niños abortados. Habla de dignidad, pero no denuncia que esa palabra se utilice para justificar la eutanasia o ciertas ideologías contrarias a la naturaleza humana. Este silencio es importante. Cuando se presenta una institución de manera tan favorable, sin advertir de sus errores, el lector puede pensar que la Iglesia aprueba su orientación general. Y no puede hacerlo.
La Iglesia no ha recibido de Cristo la misión de confirmar al mundo en todo lo que hace. Ha recibido la misión de anunciar la verdad, corregir el error, llamar a la conversión y enseñar el camino de la salvación.
Su autoridad no depende de que la ONU la escuche ni de que los gobiernos la inviten a sus reuniones. La autoridad de la Iglesia nace de Jesucristo. Por eso la Iglesia debe decir al mundo lo que muchas veces el mundo no quiere oír. Debe recordar que la dignidad humana no depende únicamente del reconocimiento de los Estados. El hombre posee dignidad porque ha sido creado por Dios y llamado a la vida eterna. Debe decir que no se puede defender a los débiles mientras se permite matar al niño concebido. Debe enseñar que no hay verdadero amor contra la verdad. Debe recordar que la familia no es una construcción cambiante, sino una realidad fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer.
También debe proclamar que no existe una paz verdadera cuando se rechaza la ley de Dios.
Si la Iglesia calla estas verdades y se limita a repetir palabras como paz, diálogo, desarrollo, inclusión, desarme o cuidado de la creación, su lenguaje empieza a confundirse con el de cualquier organismo internacional.
Puede decir cosas buenas, pero ya no habla con toda la fuerza de su misión. El mundo puede escuchar ese lenguaje sin sentirse juzgado. Un gobierno que permite el aborto puede aprobarlo. Un Estado que reconoce la eutanasia puede repetirlo. Una institución que combate la familia natural puede utilizarlo. Nadie necesita convertirse para aceptar palabras generales sobre la paz, la solidaridad o la protección de los vulnerables.
Ahí está el peligro.
La Iglesia puede acabar diciendo únicamente aquello que el mundo ya acepta, mientras guarda silencio sobre aquello que el mundo rechaza. Cuando eso sucede, deja de actuar como signo de contradicción. La Iglesia no existe para dar una bendición religiosa a todos los proyectos internacionales. Debe juzgarlos a la luz de Cristo. Si una iniciativa es buena, puede reconocerla. Si una medida ayuda verdaderamente a los pobres, puede apoyarla. Si una organización evita una guerra o socorre a las víctimas, puede colaborar con ella.
Pero cuando se promueve el aborto, la eutanasia, la ideología de género o la destrucción de la familia, la Iglesia debe hablar con claridad, aunque su palabra resulte incómoda. Esto, no significa rechazar toda cooperación internacional. Significa no confundir la prudencia con la admiración y no presentar como guía moral a una institución que mezcla actuaciones buenas con otras gravemente injustas.
La ONU puede ser útil en algunos asuntos. No por eso se convierte en fundamento de una civilización cristiana. La verdadera civilización del amor no nace solamente de acuerdos entre países, programas humanitarios o declaraciones de derechos. Nace de una idea verdadera del hombre, que reconoce que el hombre es criatura de Dios. Defiende toda vida inocente desde la concepción hasta la muerte natural. Protege el matrimonio y la familia. Respeta la ley natural.
Sabe que la libertad no consiste en hacer cualquier cosa, sino en elegir el bien. Y reconoce que Jesucristo no es una inspiración privada, sino el Señor de los hombres y de las naciones. Cuando se elimina todo esto, la expresión civilización del amor pierde su sentido cristiano.
Puede convertirse en una forma piadosa de nombrar un proyecto humanitario que habla de cooperación, ecología, diálogo y desarrollo, pero que evita toda referencia clara a Dios, al pecado, a la conversión y a la ley moral. Eso no basta.
La Iglesia no puede reducir su mensaje a una ética aceptable para todos. No ha sido enviada para repetir las buenas intenciones del mundo, sino para anunciar a Cristo y juzgar todas las cosas desde Él. Por eso el punto 226 resulta tan problemático. No porque todo lo que dice sea falso. La paz es un bien. El diálogo puede ser útil. La ayuda a los pobres es necesaria. La protección de quienes sufren es un deber. Pero esas obras no constituyen por sí solas una civilización del amor.
También es necesario defender la vida, proteger la familia, reconocer la ley natural, obedecer a Dios y proclamar el reinado de Cristo. Si esto se omite, el amor queda separado de la verdad. Y un amor separado de la verdad puede convertirse en simple sentimentalismo. La Iglesia debe amar al mundo, pero no adularlo. Debe servir al hombre, pero no ocultarle la verdad. Debe defender la dignidad humana, pero también denunciar sus falsificaciones. Debe buscar la paz, pero sin callar ante la injusticia. Debe colaborar con las instituciones internacionales cuando sea posible, pero sin presentar sus proyectos como si fueran plenamente conformes con el Evangelio.
Una institución como la ONU puede ser un instrumento útil y limitado. Puede ayudar en algunos asuntos concretos. Pero no debe ser presentada como un instrumento esencial de la civilización del amor mientras promueva o ampare ideas contrarias a la vida, a la familia y a la ley de Dios.
La civilización del amor no se construye sobre una neutralidad religiosa que excluye a Cristo. Tampoco sobre una compasión que protege a unos débiles y abandona a otros. Se construye sobre la verdad. Y para la Iglesia, la verdad no es una idea cambiante ni un acuerdo internacional. La verdad es Jesucristo. La Iglesia no debe hablar como una agencia más de la ONU. Debe hablar como Esposa de Cristo. Y el mundo no necesita que la Iglesia sea aceptable.
Necesita que sea verdadera.
En el punto 226 de Magnifica Humanitas se afirma:
“Las organizaciones internacionales, en particular la ONU, siguen siendo instrumentos esenciales para promover una civilización del amor, al apoyar el diálogo entre las naciones, la solución pacífica de los conflictos, el desarrollo integral de los pueblos, la protección de las personas más vulnerables, el desarme y el cuidado de la creación”.
El problema de esta frase no está en reconocer que la ONU pueda realizar algunas obras buenas. Puede servir como lugar de encuentro entre las naciones, ayudar en situaciones de guerra, prestar asistencia humanitaria o favorecer acuerdos para evitar males mayores. Todo eso puede admitirse. El problema aparece cuando la encíclica presenta a la ONU como un instrumento esencial para promover una civilización del amor.
La expresión es demasiado importante para aplicarla sin más a una institución como la ONU. Una civilización del amor no consiste solamente en hablar de paz, diálogo, cooperación, desarrollo o protección de los débiles. Para ser verdadera, debe fundarse también en la verdad sobre Dios, sobre el hombre, sobre la vida y sobre la familia.
No puede existir una civilización del amor cuando se acepta el aborto. No puede existir cuando se presenta la eutanasia como una forma de dignidad. Tampoco cuando se borra la diferencia entre el matrimonio y otras formas de convivencia, o cuando se enseña que el hombre puede decidir por sí mismo lo que está bien y lo que está mal.
La ONU habla con frecuencia de derechos humanos, dignidad y protección de los vulnerables. Pero no siempre protege a todos los vulnerables. El niño concebido es uno de los seres humanos más débiles. No puede defenderse, no tiene voz y depende completamente de otros. Sin embargo, organismos internacionales vinculados al sistema de Naciones Unidas han presentado el aborto como un derecho o como parte de la atención sanitaria. Aquí aparece una contradicción evidente.
Se habla de proteger a los débiles, pero se excluye al niño que todavía no ha nacido. Se habla de dignidad, pero se admite que una vida inocente pueda ser eliminada. Se habla de derechos, pero se niega el primero de todos: el derecho a vivir.
Algo semejante sucede con la familia.
Las instituciones internacionales hablan de protegerla, pero al mismo tiempo promueven modelos que debilitan el matrimonio entre un hombre y una mujer. También impulsan ideas sobre la sexualidad y la identidad humana que se apartan del orden querido por Dios.
Por eso la Iglesia debe hablar con mucha claridad.
Puede colaborar con la ONU en una campaña contra el hambre, en la ayuda a refugiados o en la búsqueda de una solución pacífica a una guerra. Pero no puede elogiarla de manera general como si fuera una autoridad moral segura. Debe distinguir. Cuando la ONU defiende algo justo, la Iglesia puede apoyarlo. Cuando promueve algo contrario a la vida, a la familia o a la ley de Dios, la Iglesia debe denunciarlo.
Eso es lo que falta en el texto de Magnifica Humanitas.
La frase elogia a la ONU, pero no menciona sus graves contradicciones. Habla de los vulnerables, pero no recuerda a los niños abortados. Habla de dignidad, pero no denuncia que esa palabra se utilice para justificar la eutanasia o ciertas ideologías contrarias a la naturaleza humana. Este silencio es importante. Cuando se presenta una institución de manera tan favorable, sin advertir de sus errores, el lector puede pensar que la Iglesia aprueba su orientación general. Y no puede hacerlo.
La Iglesia no ha recibido de Cristo la misión de confirmar al mundo en todo lo que hace. Ha recibido la misión de anunciar la verdad, corregir el error, llamar a la conversión y enseñar el camino de la salvación.
Su autoridad no depende de que la ONU la escuche ni de que los gobiernos la inviten a sus reuniones. La autoridad de la Iglesia nace de Jesucristo. Por eso la Iglesia debe decir al mundo lo que muchas veces el mundo no quiere oír. Debe recordar que la dignidad humana no depende únicamente del reconocimiento de los Estados. El hombre posee dignidad porque ha sido creado por Dios y llamado a la vida eterna. Debe decir que no se puede defender a los débiles mientras se permite matar al niño concebido. Debe enseñar
que no hay verdadero amor contra la verdad. Debe recordar que la familia no es una construcción cambiante, sino una realidad fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer.
También debe proclamar que no existe una paz verdadera cuando se rechaza la ley de Dios.
Si la Iglesia calla estas verdades y se limita a repetir palabras como paz, diálogo, desarrollo, inclusión, desarme o cuidado de la creación, su lenguaje empieza a confundirse con el de cualquier organismo internacional.
Puede decir cosas buenas, pero ya no habla con toda la fuerza de su misión. El mundo puede escuchar ese lenguaje sin sentirse juzgado. Un gobierno que permite el aborto puede aprobarlo. Un Estado que reconoce la eutanasia puede repetirlo. Una institución que combate la familia natural puede utilizarlo. Nadie necesita convertirse para aceptar palabras generales sobre la paz, la solidaridad o la protección de los vulnerables.
Ahí está el peligro.
La Iglesia puede acabar diciendo únicamente aquello que el mundo ya acepta, mientras guarda silencio sobre aquello que el mundo rechaza. Cuando eso sucede, deja de actuar como signo de contradicción. La Iglesia no existe para dar una bendición religiosa a todos los proyectos internacionales. Debe juzgarlos a la luz de Cristo. Si una iniciativa es buena, puede reconocerla. Si una medida ayuda verdaderamente a los pobres, puede apoyarla. Si una organización evita una guerra o socorre a las víctimas, puede colaborar con ella.
Pero cuando se promueve el aborto, la eutanasia, la ideología de género o la destrucción de la familia, la Iglesia debe hablar con claridad, aunque su palabra resulte incómoda. Esto, no significa rechazar toda cooperación internacional. Significa no confundir la prudencia con la admiración y no presentar como guía moral a una institución que mezcla actuaciones buenas con otras gravemente injustas.
La ONU puede ser útil en algunos asuntos. No por eso se convierte en fundamento de una civilización cristiana. La verdadera civilización del amor no nace solamente de acuerdos entre países, programas humanitarios o declaraciones de derechos. Nace de una idea verdadera del hombre, que reconoce que el hombre es criatura de Dios. Defiende toda vida inocente desde la concepción hasta la muerte natural. Protege el matrimonio y la familia. Respeta la ley natural.
Sabe que la libertad no consiste en hacer cualquier cosa, sino en elegir el bien. Y reconoce que Jesucristo no es una inspiración privada, sino el Señor de los hombres y de las naciones. Cuando se elimina todo esto, la expresión civilización del amor pierde su sentido cristiano.
Puede convertirse en una forma piadosa de nombrar un proyecto humanitario que habla de cooperación, ecología, diálogo y desarrollo, pero que evita toda referencia clara a Dios, al pecado, a la conversión y a la ley moral. Eso no basta.
La Iglesia no puede reducir su mensaje a una ética aceptable para todos. No ha sido enviada para repetir las buenas intenciones del mundo, sino para anunciar a Cristo y juzgar todas las cosas desde Él. Por eso el punto 226 resulta tan problemático. No porque todo lo que dice sea falso. La paz es un bien. El diálogo puede ser útil. La ayuda a los pobres es necesaria. La protección de quienes sufren es un deber. Pero esas obras no constituyen por sí solas una civilización del amor.
También es necesario defender la vida, proteger la familia, reconocer la ley natural, obedecer a Dios y proclamar el reinado de Cristo. Si esto se omite, el amor queda separado de la verdad. Y un amor separado de la verdad puede convertirse en simple sentimentalismo. La Iglesia debe amar al mundo, pero no adularlo. Debe servir al hombre, pero no ocultarle la verdad. Debe defender la dignidad humana, pero también denunciar sus falsificaciones. Debe buscar la paz, pero sin callar ante la injusticia. Debe colaborar con las instituciones internacionales cuando sea posible, pero sin presentar sus proyectos como si fueran plenamente conformes con el Evangelio.
Una institución como la ONU puede ser un instrumento útil y limitado. Puede ayudar en algunos asuntos concretos. Pero no debe ser presentada como un instrumento esencial de la civilización del amor mientras promueva o ampare ideas contrarias a la vida, a la familia y a la ley de Dios.
La civilización del amor no se construye sobre una neutralidad religiosa que excluye a Cristo. Tampoco sobre una compasión que protege a unos débiles y abandona a otros. Se construye sobre la verdad. Y para la Iglesia, la verdad no es una idea cambiante ni un acuerdo internacional. La verdad es Jesucristo. La Iglesia no debe hablar como una agencia más de la ONU. Debe hablar como Esposa de Cristo. Y el mundo no necesita que la Iglesia sea aceptable.
Necesita que sea verdadera.
LA IGLESIA DE ROMA hace ya décadas que es una agencia más del NOM.
Siento decirlo, como católico que soy, pero sus paridas ideiológicas, no me merecen ningún respeto.
Hablando en plata: el Vaticano, que no es la Iglesia Católica, ergo universal, es la PUTA DE BABILONIA. He dicho.
Los participantes activos de esta publicación en ningún caso pereceremos por falta de instrucción, ¿pero qué pasa con el inmenso rebaño de despistados, lelos, laxos y pusilánimes aunque también justos que, con engaños, están siendo llevados al error? ¿Además de denunciar a los criminales, qué podemos sugerirles en un sentido práctico? ¿Cómo considerar la libertad de conciencia de cada creyente? ¿En qué medida es lícito o incluso obligado sugerir, advertir o incluso amonestar individual y colectivamente?
Claro que todo esto compete al supremo pastor… ¿pero cómo suplir su falta en alguna medida?
Croll sofista: ¿Te suena eso de «si tu hermano … corrígele»?
¿Cómo corriges al que va buscando la Verdad? ¿Desprestigiándolo?
La Iglesia siempre dice que hay que acoger a la famélica legión…, pero ellos no acogen a nadie.
NI DAN NADA, pues todo lo que reparten lo han recogido previamente DE LOS FIELES, y mucho me temo que quedándose la mayor parte…
La CEE debe ser una delegación de la ONU en España, pues en lo concerniente a la educación, estos miserables obispones de la CEE van a la zaga incluyendo en los libros de texto, de la asignatura de religión católica, la Agenda 2030:
https://www.youtube.com/watch?v=AZ_l5N0CtyM (vídeo de 30 segundos).
la CEE NO van a la zaga
Los sabemos, ¿pero qué pasa con los engañados sin culpa, no ya los falsos y otros malos?
Entiendo que en un principio del CVII hasta Ratzinger, era un tanto oculta –toda esta demolición de la Iglesia- para el católico en general, pero ya con Bergoglio, el evidente desvío hasta hacer irreconocible la Doctrina Cristiana, era visible para todos. Yo dejé de ir a Misa en mi Parroquia cuando el sacerdote en la homilía soltó aquello de: “el dios de los musulmanes y judíos es el nuestro”, fuí de Iglesia en Iglesia y más de lo mismo. Dejé de ir a Misa, realmente el asistir a Misa era un acto herético en toda regla. Ya con lo de la pachamama, Amoris laetitia, Fiducia supplicans, profanación de Franco, Basílica, Cruz Valle de los Caídos, enseñar ideología de género a niños, etc. etc. hace que, a nivel general, los silencios sean demasiados clamorosos ante DIOS por omisión de la FE Cristiana en defenderla.
Hay que defender la Iglesia con gran empeño y la Tradición de la Iglesia es una fuente valiosísima de información para conocer situaciones parecidas y forma de reaccionar. Afortunadamente, en el caso de ignorancia no vencible (ajena al sujeto –por lo que fuese-), N. S. JESUCRISTO como Juez Justo conoce la intencionalidad y obras de cada alma, de nuestro amor a Él y al prójimo. Hay que confiar plenamente en Él.
Lo que sí tengo clarísimo es el grave daño causado por el Clero, aunque sea pasivamente, del que tendrán que rendir cuentas.
Saludos
Sí, todo correcto, y desde luego que hemos de confiar en la justicia divina, pero observar a ese el inmenso rebaño camino del matadero produce opresión y angustia y es insoportable.
La ONU es un asilo masones( anticristianos, valga la redundancia ) de origen; y los que le han escrito ese rollo al pseudo papa masón iluminado, lo saben mejor que nadie. La ONU y muchas otras organizaciones filantrópicas, solo son los típicos buenismos progres; o sea, mentiras engañabobos. En algún momento o en determinadas ocasiones, aparentan lo que en realidad no son, ni para lo que se idearon en realidad: el gobierno eugenista mundial y su granja matadero comunistoide; con curas ateos, que aparentan( cada vez menos ), otra cosa.
En la ONU hay una capilla, en absoluto cristiana; mera y descaradamente masona. Detrás está la saga Rockefeller y cia/ el marrano, hoy anglosionista.
Francisco fue un cerdo que apuntaló y dejó por lo menos aparentemente en pie un consorcio multinacional de orden corporativo. El puerco cumplió con su función. El payaso gringo, aparentemente ingenioso, como demostró en la cuadra repleta de sus congéneres de la Carrera de San Jerónimo, (en Canarias simplemente se portó como lo que es: un ladino sirviente de los cerdos principales, narigudos, mandilones, cofrades de Epstein, etc., en todo caso más cebones que él), es -como dicen los cursis- el CEO de una corporación multinacional; cuya bandera, por cierto, acabará siendo la del arco iris de los cajones. Al tiempo.
La ONU es un asilo masones( anticristianos, valga la redundancia ) de origen, y los que le han escrito ese rollo al pseudo papa masón, lo saben mejor que nadie. La ONU, y muchas otras organizaciones filantrópicas, solo son los típicos buenismos; o sea, mentiras engañabobos. En algún momento o en determinadas ocasiones, aparentan lo que en realidad no son, ni para lo que se idearon en realidad, el gobierno mundial y su granja comunistoide, con curas ateos, que aparentarán( cada vez menos ), otra cosa.
En la ONU hay una capilla( Buigas ); en absoluto cristiana; mera y descaradamente masona. Detrás, la saga Rockefeller/el marrano.
La onu, es además, la principal impulsora de otros planes/actuaciones masónicas (covid, Kalergi, etc).
Bergoglio, famoso por su apoyo al “Pacto Mundial para la Migración Segura, Ordenada y Regular” de la ONU (2018; oficialmente basado en la “Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible”) , escenificado con su visita a Marruecos en 2019 (en aquel viaje dijo que solo iría a España cuando hubiera paz -sic- ) y sus entrevistas a medios progresistas.
Prevost incluyó, casi preferentemente, el viaje a las Islas Canarias, vino a consagrar pública y notoriamente el apoyo de la Curia Vaticana al “Plan Kalergi” de disolución de las nacionalidades e idiosincrasias europeas por medio de la agresión insidiosa de la invasión de sus fronteras mediante la inmigración ilegal masiva.
De esto no dice nada el autor del artículo y debería tenerlo en cuenta.
Por cierto, San Agustín de Hipona dijo: «Quita el derecho y, entonces, ¿qué distingue el Estado de una gran banda de bandidos? … A lo mejor tiene algo que ver con la inmigración ilegal masiva
En el etc debería incluir, por trascendente, el impulso ONU a los «“géneros diversos”».
En el etc debería incluir, por trascendente, el impulso ONU a los «“géneros diversos”».