ESCUCHAR NOTICIA:Lo ocurrido ante la catedral de Santa Ana, de Gran Canaria, no puede entenderse únicamente como la reacción desafortunada de un obispo. Es también fruto de una concepción pastoral que lleva años penetrando en la Iglesia y que León XIV no parece dispuesto a corregir, sino a continuar y profundizar.
La reacción de monseñor Mazuelos encaja plenamente en esta concepción pastoral. Ante una acción pública de desnudez colectiva, organizada como reivindicación LGTBI y situada deliberadamente frente a la iglesia madre de su diócesis, el obispo no formuló un juicio moral. No habló del pudor, del significado cristiano del cuerpo, de la sacralidad de la catedral ni del escándalo causado a los fieles. Se limitó a aceptar la iniciativa y a valorarla como “marketing para la ciudad”.
Este modo de actuar no nace de la nada. Es el resultado de décadas en las que se ha enseñado a muchos pastores a temer más la acusación de rigidez que la infidelidad a su misión. Se ha repetido que la Iglesia no debe condenar, que debe acompañar procesos, integrar fragilidades, escuchar sensibilidades y tender puentes. Todas estas expresiones pueden tener un sentido católico, pero se vuelven peligrosas cuando no están subordinadas a la conversión, a la verdad moral y a la salvación eterna.
Aquí aparece la relación con el pontificado de León XIV. La cuestión no consiste solamente en determinadas frases o gestos aislados, sino en la continuidad de una orientación general. La sinodalidad sigue siendo presentada como la forma decisiva de la vida eclesial; Amoris laetitia continúa siendo defendida como criterio pastoral; Fiducia supplicans no ha sido corregida en sus principios; y la insistencia en la acogida, la inclusión y el acompañamiento sigue ocupando un lugar central.
Todo ello consolida una Iglesia que teme formular juicios claros sobre las conductas humanas. Una Iglesia que, por miedo a enfrentarse con el mundo, termina avergonzándose de su propia santidad.
Un obispo como Mazuelos aparece como un producto coherente de un sistema pastoral que durante años ha enseñado a los pastores a temer más el conflicto con el mundo que la pérdida de claridad ante los fieles.
Este obispo ha aprendido que toda condena cierra puertas. Pero rara vez se pregunta adónde conducen las puertas que permanecen abiertas. Porque una puerta abierta no es un bien absoluto. También puede permitir que el error entre, que la confusión se instale y que el espíritu del mundo ocupe el lugar que corresponde a la verdad de Cristo.
Mazuelos
El obispo Mazuelos ha aprendido también que la aprobación abre espacios de diálogo. Cuando la aprobación se convierte en condición del diálogo, ya no existe verdadero diálogo. Existe capitulación. Una parte conserva intactas sus exigencias, mientras la Iglesia renuncia de antemano a presentar las suyas.
Monseñor Mazuelos no debe ser visto únicamente como un obispo que pronunció unas palabras nefastas. Representa un modelo episcopal que el sistema produce, promueve y recompensa: el obispo que no combate, no condena, no distingue y no incomoda; el obispo que administra la decadencia procurando que nadie eleve demasiado la voz; el obispo que confunde la comunión con la ausencia de conflicto y la misericordia con la aprobación.
Con estos obispos nace una Iglesia avergonzada, que conserva las vestiduras, pero teme proclamar la doctrina; que mantiene los templos, pero no protege su significado; que celebra a los santos, pero evita imitar su fortaleza; predica a Cristo, pero procura que su palabra no contradiga demasiado al mundo.
Y una Iglesia que se avergüenza de su santidad termina pidiendo permiso al mundo para existir.Pulse para escuchar el textoLo ocurrido ante la catedral de Santa Ana, de Gran Canaria, no puede entenderse únicamente como la reacción desafortunada de un obispo. Es también fruto de una concepción pastoral que lleva años penetrando en la Iglesia y que León XIV no parece dispuesto a corregir, sino a continuar y profundizar.
La reacción de monseñor Mazuelos encaja plenamente en esta concepción pastoral. Ante una acción pública de desnudez colectiva, organizada como reivindicación LGTBI y situada deliberadamente frente a la iglesia madre de su diócesis, el obispo no formuló un juicio moral. No habló del pudor, del significado cristiano del cuerpo, de la sacralidad de la catedral ni del escándalo causado a los fieles. Se limitó a aceptar la iniciativa y a valorarla como “marketing para la ciudad”.
Este modo de actuar no nace de la nada. Es el resultado de décadas en las que se ha enseñado a muchos pastores a temer más la acusación de rigidez que la infidelidad a su misión. Se ha repetido que la Iglesia no debe condenar, que debe acompañar procesos, integrar fragilidades, escuchar sensibilidades y tender puentes. Todas estas expresiones pueden tener un sentido católico, pero se vuelven peligrosas cuando no están subordinadas a la conversión, a la verdad moral y a la salvación eterna.
Aquí aparece la relación con el pontificado de León XIV. La cuestión no consiste solamente en determinadas frases o gestos aislados, sino en la continuidad de una orientación general. La sinodalidad sigue siendo presentada como la forma decisiva de la vida eclesial; Amoris laetitia continúa siendo defendida como criterio pastoral; Fiducia supplicans no ha sido corregida en sus principios; y la insistencia en la acogida, la inclusión y el acompañamiento sigue ocupando un lugar central.
Todo ello consolida una Iglesia que teme formular juicios claros sobre las conductas humanas. Una Iglesia que, por miedo a enfrentarse con el mundo, termina avergonzándose de su propia santidad.
Un obispo como Mazuelos aparece como un producto coherente de un sistema pastoral que durante años ha enseñado a los pastores a temer más el conflicto con el mundo que la pérdida de claridad ante los fieles.
Este obispo ha aprendido que toda condena cierra puertas. Pero rara vez se pregunta adónde conducen las puertas que permanecen abiertas. Porque una puerta abierta no es un bien absoluto. También puede permitir que el error entre, que la confusión se instale y que el espíritu del mundo ocupe el lugar que corresponde a la verdad de Cristo.
Mazuelos
El obispo Mazuelos ha aprendido también que la aprobación abre espacios de diálogo. Cuando la aprobación se convierte en condición del diálogo, ya no existe verdadero diálogo. Existe capitulación. Una parte conserva intactas sus exigencias, mientras la Iglesia renuncia de antemano a presentar las suyas.
Monseñor Mazuelos no debe ser visto únicamente como un obispo que pronunció unas palabras nefastas. Representa un modelo episcopal que el sistema produce, promueve y recompensa: el obispo que no combate, no condena, no distingue y no incomoda; el obispo que administra la decadencia procurando que nadie eleve demasiado la voz; el obispo que confunde la comunión con la ausencia de conflicto y la misericordia con la aprobación.
Con estos obispos nace una Iglesia avergonzada, que conserva las vestiduras, pero teme proclamar la doctrina; que mantiene los templos, pero no protege su significado; que celebra a los santos, pero evita imitar su fortaleza; predica a Cristo, pero procura que su palabra no contradiga demasiado al mundo.
Y una Iglesia que se avergüenza de su santidad termina pidiendo permiso al mundo para existir.
Lo ocurrido ante la catedral de Santa Ana, de Gran Canaria, no puede entenderse únicamente como la reacción desafortunada de un obispo. Es también fruto de una concepción pastoral que lleva años penetrando en la Iglesia y que León XIV no parece dispuesto a corregir, sino a continuar y profundizar.
La reacción de monseñor Mazuelos encaja plenamente en esta concepción pastoral. Ante una acción pública de desnudez colectiva, organizada como reivindicación LGTBI y situada deliberadamente frente a la iglesia madre de su diócesis, el obispo no formuló un juicio moral. No habló del pudor, del significado cristiano del cuerpo, de la sacralidad de la catedral ni del escándalo causado a los fieles. Se limitó a aceptar la iniciativa y a valorarla como “marketing para la ciudad”.
Este modo de actuar no nace de la nada. Es el resultado de décadas en las que se ha enseñado a muchos pastores a temer más la acusación de rigidez que la infidelidad a su misión. Se ha repetido que la Iglesia no debe condenar, que debe acompañar procesos, integrar fragilidades, escuchar sensibilidades y tender puentes. Todas estas expresiones pueden tener un sentido católico, pero se vuelven peligrosas cuando no están subordinadas a la conversión, a la verdad moral y a la salvación eterna.
Aquí aparece la relación con el pontificado de León XIV. La cuestión no consiste solamente en determinadas frases o gestos aislados, sino en la continuidad de una orientación general. La sinodalidad sigue siendo presentada como la forma decisiva de la vida eclesial; Amoris laetitia continúa siendo defendida como criterio pastoral; Fiducia supplicans no ha sido corregida en sus principios; y la insistencia en la acogida, la inclusión y el acompañamiento sigue ocupando un lugar central.
Todo ello consolida una Iglesia que teme formular juicios claros sobre las conductas humanas. Una Iglesia que, por miedo a enfrentarse con el mundo, termina avergonzándose de su propia santidad.
Un obispo como Mazuelos aparece como un producto coherente de un sistema pastoral que durante años ha enseñado a los pastores a temer más el conflicto con el mundo que la pérdida de claridad ante los fieles.
Este obispo ha aprendido que toda condena cierra puertas. Pero rara vez se pregunta adónde conducen las puertas que permanecen abiertas. Porque una puerta abierta no es un bien absoluto. También puede permitir que el error entre, que la confusión se instale y que el espíritu del mundo ocupe el lugar que corresponde a la verdad de Cristo.
Mazuelos
El obispo Mazuelos ha aprendido también que la aprobación abre espacios de diálogo. Cuando la aprobación se convierte en condición del diálogo, ya no existe verdadero diálogo. Existe capitulación. Una parte conserva intactas sus exigencias, mientras la Iglesia renuncia de antemano a presentar las suyas.
Monseñor Mazuelos no debe ser visto únicamente como un obispo que pronunció unas palabras nefastas. Representa un modelo episcopal que el sistema produce, promueve y recompensa: el obispo que no combate, no condena, no distingue y no incomoda; el obispo que administra la decadencia procurando que nadie eleve demasiado la voz; el obispo que confunde la comunión con la ausencia de conflicto y la misericordia con la aprobación.
Con estos obispos nace una Iglesia avergonzada, que conserva las vestiduras, pero teme proclamar la doctrina; que mantiene los templos, pero no protege su significado; que celebra a los santos, pero evita imitar su fortaleza; predica a Cristo, pero procura que su palabra no contradiga demasiado al mundo.
Y una Iglesia que se avergüenza de su santidad termina pidiendo permiso al mundo para existir.
4 respuestas a «Cuando la Iglesia se avergüenza de su propia santidad»
Esta obispaya corrupta y homosexual no constituye parte de la Iglesia Católica. Se deben realmente a Belial, su amo, gran cabestro de la Puta de Babilonia, esto es la megasecta del Vatikano II.
Este siervo de la gran Ramera de Babilonia es otro ejemplo claro de la puesta en marcha de la Agenda 2030.
Más le valdría a este siervo del Mal que se atara al cuello 500 piedras de molino y se arrojase al Atlántico, que escandalizar a uno de los niños presentes que creen en CRISTO.
Representan y siguen al Diablo, pues reniegan de la Historia de España y de su actual población promoviendo la invasión, son traidores a la Tradición de la Iglesia y enemigos acérrimos de CRISTO.
Todos aquellos bautizados que tengan a estos como verdaderos Obispos de la Iglesia Católica están cometiendo un gravísimo error, haciéndose partícipes en sus herejías y ataques a CRISTO. Ahora más que nunca, desde el CVII, se han quitado la careta y mostrando claramente su podredumbre y sus infernales intenciones.
A mi la iglesia expañola me avergüenza. Me avergüenza como católico, como español, como europeo, como miembro de eso q se llamaba Cristiandad y que ahora es «la casa de tócame roque». Como aragonès por empadronamiento, catalán de nacimiento, de origen aragonès y de a su vez origen catalano-valenciano me quedo con mi Virgen del Pilar y mi Cristo de Lepanto. Y a los obispos q les den.
Esta obispaya corrupta y homosexual no constituye parte de la Iglesia Católica. Se deben realmente a Belial, su amo, gran cabestro de la Puta de Babilonia, esto es la megasecta del Vatikano II.
Poquito miedo tienes a decir la verdad…
Este siervo de la gran Ramera de Babilonia es otro ejemplo claro de la puesta en marcha de la Agenda 2030.
Más le valdría a este siervo del Mal que se atara al cuello 500 piedras de molino y se arrojase al Atlántico, que escandalizar a uno de los niños presentes que creen en CRISTO.
No es una excepción, todos los integrantes de la CEE van en la misma dirección:
https://www.youtube.com/watch?v=AZ_l5N0CtyM
Representan y siguen al Diablo, pues reniegan de la Historia de España y de su actual población promoviendo la invasión, son traidores a la Tradición de la Iglesia y enemigos acérrimos de CRISTO.
Todos aquellos bautizados que tengan a estos como verdaderos Obispos de la Iglesia Católica están cometiendo un gravísimo error, haciéndose partícipes en sus herejías y ataques a CRISTO. Ahora más que nunca, desde el CVII, se han quitado la careta y mostrando claramente su podredumbre y sus infernales intenciones.
¡Reaccionar, aun estáis a tiempo!
A mi la iglesia expañola me avergüenza. Me avergüenza como católico, como español, como europeo, como miembro de eso q se llamaba Cristiandad y que ahora es «la casa de tócame roque». Como aragonès por empadronamiento, catalán de nacimiento, de origen aragonès y de a su vez origen catalano-valenciano me quedo con mi Virgen del Pilar y mi Cristo de Lepanto. Y a los obispos q les den.