Cuando la sinodalidad ocupa el lugar de la fe

ESCUCHAR NOTICIA: Se habla cada vez de sinodalidad. Se presenta como una forma de caminar juntos, escuchar, dialogar y participar en la misión de la Iglesia. Pero, el problema comienza cuando la sinodalidad deja de ser una ayuda y se convierte en la idea principal para explicar qué es la Iglesia. La Iglesia es ciertamente un pueblo. Está formada por todos los bautizados, y cada uno tiene una responsabilidad dentro de ella. Los sacerdotes, los religiosos y los fieles deben colaborar, ayudarse y trabajar juntos por la salvación de las almas. Nadie discute esto. Pero la Iglesia es mucho más que una comunidad que camina y dialoga. Es el Cuerpo místico de Cristo, la Esposa del Cordero, la madre que enseña la verdad y el arca que conduce a la salvación. No nació de una reunión de personas que decidieron caminar juntas. Nació del costado abierto de Cristo en la cruz. Por eso la Iglesia no necesita reunirse para descubrir qué debe creer. La fe ya le ha sido entregada por Jesucristo y por los Apóstoles. Su deber no es inventarla, sino conservarla, explicarla y transmitirla. Aquí aparece el peligro de cierto lenguaje sinodal. En vez de preguntar primero: “¿Qué ha revelado Dios?”, se pregunta: “¿Qué hemos escuchado durante el proceso?”. En vez de comenzar por lo que enseña la Iglesia, se habla de aquello que surge del discernimiento comunitario. Y en vez de llamar al hombre a la conversión, se insiste sobre todo en acompañar, incluir y aceptar sus experiencias. Escuchar puede ser bueno, pero no toda opinión es verdadera. Dialogar puede ser necesario, pero la doctrina no nace del diálogo. Acompañar al pecador es una obra de caridad, pero acompañarlo no significa dejarlo tranquilo en su pecado. La verdadera caridad lo conduce al arrepentimiento, a la confesión y a una vida nueva en Cristo. Una sinodalidad católica debe estar sometida a la fe. Los fieles pueden hablar, pero no pueden cambiar el Evangelio. Los pastores deben escuchar, pero no pueden renunciar a enseñar. La Iglesia puede estudiar los problemas de cada época, pero no puede adaptar la verdad revelada a las modas del mundo. La dificultad es que la doctrina puede debilitarse sin ser negada abiertamente. Nadie dice que el pecado haya desaparecido, pero se habla cada vez menos de él. Nadie afirma que la conversión ya no sea necesaria, pero se insiste tanto en la acogida que la conversión termina olvidándose. Nadie declara que la moral católica haya cambiado, pero se multiplican las excepciones hasta que la norma parece imposible de cumplir. De este modo, la verdad continúa escrita en los documentos, pero pierde fuerza en la vida real de la Iglesia. Se conserva la doctrina sobre el matrimonio, pero se evita aplicarla con claridad. Se afirma que Cristo es el Salvador, pero se habla como si lo más importante fuera construir una fraternidad humana. Se mantiene la autoridad de los obispos, pero estos parecen tener miedo de enseñar algo que pueda molestar. Este es el peligro de convertir la sinodalidad en una palabra que lo cubre todo. Puede utilizarse para introducir cambios sin decir claramente que se está cambiando. No se niega la fe, pero se la suaviza; tampoco se rechaza la moral, pero se la hace cada vez menos exigente; así como no se elimina la autoridad, pero se la somete al proceso, a la escucha y al consenso. La Iglesia no camina para averiguar quién es. Sabe quién es porque Cristo se lo ha revelado. Tampoco camina para descubrir una verdad nueva, sino para llevar a todos los pueblos la verdad que ya ha recibido. La sinodalidad puede ser útil cuando ayuda a los católicos a vivir unidos, a corregir abusos y a cumplir mejor su misión. Pero deja de ser católica cuando presenta la doctrina como algo que debe ser revisado por la comunidad o adaptado a las exigencias del mundo moderno. La cuestión decisiva es muy sencilla: ¿Quién gobierna el camino sinodal? Si gobierna Cristo, la sinodalidad puede servir a la Iglesia. Si gobierna la fe recibida, puede producir frutos buenos. Pero si gobiernan las opiniones, las sensibilidades del mundo y el deseo de agradar a todos, la sinodalidad se convierte en un medio para debilitar la fe sin negarla abiertamente. La sinodalidad no es el fundamento de la Iglesia. El fundamento es Cristo. No es la fuente de la doctrina. La fuente es la Revelación. No es la finalidad de la misión. La finalidad es la gloria de Dios y la salvación de las almas. La Iglesia debe escuchar, pero para obedecer mejor a Dios, y acompañar, pero para conducir a la conversión. Debe caminar unida, pero siguiendo a Cristo y no al espíritu del mundo. Cuando se olvida este orden, la sinodalidad deja de ser un instrumento de comunión y puede convertirse en un mecanismo de disolución de la fe.   Pulse para escuchar el texto Se habla cada vez de sinodalidad. Se presenta como una forma de caminar juntos, escuchar, dialogar y participar en la misión de la Iglesia. Pero, el problema comienza cuando la sinodalidad deja de ser una ayuda y se convierte en la idea principal para explicar qué es la Iglesia. La Iglesia es ciertamente un pueblo. Está formada por todos los bautizados, y cada uno tiene una responsabilidad dentro de ella. Los sacerdotes, los religiosos y los fieles deben colaborar, ayudarse y trabajar juntos por la salvación de las almas. Nadie discute esto. Pero la Iglesia es mucho más que una comunidad que camina y dialoga. Es el Cuerpo místico de Cristo, la Esposa del Cordero, la madre que enseña la verdad y el arca que conduce a la salvación. No nació de una reunión de personas que decidieron caminar juntas. Nació del costado abierto de Cristo en la cruz. Por eso la Iglesia no necesita reunirse para descubrir qué debe creer. La fe ya le ha sido entregada por Jesucristo y por los Apóstoles. Su deber no es inventarla, sino conservarla, explicarla y transmitirla. Aquí aparece el peligro de cierto lenguaje sinodal. En vez de preguntar primero: “¿Qué ha revelado Dios?”, se pregunta: “¿Qué hemos escuchado durante el proceso?”. En vez de comenzar por lo que enseña la Iglesia, se habla de aquello que surge del discernimiento comunitario. Y en vez de llamar al hombre a la conversión, se insiste sobre todo en acompañar, incluir y aceptar sus experiencias. Escuchar puede ser bueno, pero no toda opinión es verdadera. Dialogar puede ser necesario, pero la doctrina no nace del diálogo. Acompañar al pecador es una obra de caridad, pero acompañarlo no significa dejarlo tranquilo en su pecado. La verdadera caridad lo conduce al arrepentimiento, a la confesión y a una vida nueva en Cristo. Una sinodalidad católica debe estar sometida a la fe. Los fieles pueden hablar, pero no pueden cambiar el Evangelio. Los pastores deben escuchar, pero no pueden renunciar a enseñar. La Iglesia puede estudiar los problemas de cada época, pero no puede adaptar la verdad revelada a las modas del mundo. La dificultad es que la doctrina puede debilitarse sin ser negada abiertamente. Nadie dice que el pecado haya desaparecido, pero se habla cada vez menos de él. Nadie afirma que la conversión ya no sea necesaria, pero se insiste tanto en la acogida que la conversión termina olvidándose. Nadie declara que la moral católica haya cambiado, pero se multiplican las excepciones hasta que la norma parece imposible de cumplir. De este modo, la verdad continúa escrita en los documentos, pero pierde fuerza en la vida real de la Iglesia. Se conserva la doctrina sobre el matrimonio, pero se evita aplicarla con claridad. Se afirma que Cristo es el Salvador, pero se habla como si lo más importante fuera construir una fraternidad humana. Se mantiene la autoridad de los obispos, pero estos parecen tener miedo de enseñar algo que pueda molestar. Este es el peligro de convertir la sinodalidad en una palabra que lo cubre todo. Puede utilizarse para introducir cambios sin decir claramente que se está cambiando. No se niega la fe, pero se la suaviza; tampoco se rechaza la moral, pero se la hace cada vez menos exigente; así como no se elimina la autoridad, pero se la somete al proceso, a la escucha y al consenso. La Iglesia no camina para averiguar quién es. Sabe quién es porque Cristo se lo ha revelado. Tampoco camina para descubrir una verdad nueva, sino para llevar a todos los pueblos la verdad que ya ha recibido. La sinodalidad puede ser útil cuando ayuda a los católicos a vivir unidos, a corregir abusos y a cumplir mejor su misión. Pero deja de ser católica cuando presenta la doctrina como algo que debe ser revisado por la comunidad o adaptado a las exigencias del mundo moderno. La cuestión decisiva es muy sencilla: ¿Quién gobierna el camino sinodal? Si gobierna Cristo, la sinodalidad puede servir a la Iglesia. Si gobierna la fe recibida, puede producir frutos buenos. Pero si gobiernan las opiniones, las sensibilidades del mundo y el deseo de agradar a todos, la sinodalidad se convierte en un medio para debilitar la fe sin negarla abiertamente. La sinodalidad no es el fundamento de la Iglesia. El fundamento es Cristo. No es la fuente de la doctrina. La fuente es la Revelación. No es la finalidad de la misión. La finalidad es la gloria de Dios y la salvación de las almas. La Iglesia debe escuchar, pero para obedecer mejor a Dios, y acompañar, pero para conducir a la conversión. Debe caminar unida, pero siguiendo a Cristo y no al espíritu del mundo. Cuando se olvida este orden, la sinodalidad deja de ser un instrumento de comunión y puede convertirse en un mecanismo de disolución de la fe.

Se habla cada vez de sinodalidad. Se presenta como una forma de caminar juntos, escuchar, dialogar y participar en la misión de la Iglesia. Pero, el problema comienza cuando la sinodalidad deja de ser una ayuda y se convierte en la idea principal para explicar qué es la Iglesia.

La Iglesia es ciertamente un pueblo. Está formada por todos los bautizados, y cada uno tiene una responsabilidad dentro de ella. Los sacerdotes, los religiosos y los fieles deben colaborar, ayudarse y trabajar juntos por la salvación de las almas. Nadie discute esto.

Pero la Iglesia es mucho más que una comunidad que camina y dialoga. Es el Cuerpo místico de Cristo, la Esposa del Cordero, la madre que enseña la verdad y el arca que conduce a la salvación. No nació de una reunión de personas que decidieron caminar juntas. Nació del costado abierto de Cristo en la cruz.

Por eso la Iglesia no necesita reunirse para descubrir qué debe creer. La fe ya le ha sido entregada por Jesucristo y por los Apóstoles. Su deber no es inventarla, sino conservarla, explicarla y transmitirla.

Aquí aparece el peligro de cierto lenguaje sinodal. En vez de preguntar primero: “¿Qué ha revelado Dios?”, se pregunta: “¿Qué hemos escuchado durante el proceso?”. En vez de comenzar por lo que enseña la Iglesia, se habla de aquello que surge del discernimiento comunitario. Y en vez de llamar al hombre a la conversión, se insiste sobre todo en acompañar, incluir y aceptar sus experiencias.

Escuchar puede ser bueno, pero no toda opinión es verdadera. Dialogar puede ser necesario, pero la doctrina no nace del diálogo. Acompañar al pecador es una obra de caridad, pero acompañarlo no significa dejarlo tranquilo en su pecado. La verdadera caridad lo conduce al arrepentimiento, a la confesión y a una vida nueva en Cristo.

Una sinodalidad católica debe estar sometida a la fe. Los fieles pueden hablar, pero no pueden cambiar el Evangelio. Los pastores deben escuchar, pero no pueden renunciar a enseñar. La Iglesia puede estudiar los problemas de cada época, pero no puede adaptar la verdad revelada a las modas del mundo.

La dificultad es que la doctrina puede debilitarse sin ser negada abiertamente. Nadie dice que el pecado haya desaparecido, pero se habla cada vez menos de él. Nadie afirma que la conversión ya no sea necesaria, pero se insiste tanto en la acogida que la conversión termina olvidándose. Nadie declara que la moral católica haya cambiado, pero se multiplican las excepciones hasta que la norma parece imposible de cumplir.

De este modo, la verdad continúa escrita en los documentos, pero pierde fuerza en la vida real de la Iglesia. Se conserva la doctrina sobre el matrimonio, pero se evita aplicarla con claridad. Se afirma que Cristo es el Salvador, pero se habla como si lo más importante fuera construir una fraternidad humana. Se mantiene la autoridad de los obispos, pero estos parecen tener miedo de enseñar algo que pueda molestar.

Este es el peligro de convertir la sinodalidad en una palabra que lo cubre todo. Puede utilizarse para introducir cambios sin decir claramente que se está cambiando. No se niega la fe, pero se la suaviza; tampoco se rechaza la moral, pero se la hace cada vez menos exigente; así como no se elimina la autoridad, pero se la somete al proceso, a la escucha y al consenso.

La Iglesia no camina para averiguar quién es. Sabe quién es porque Cristo se lo ha revelado. Tampoco camina para descubrir una verdad nueva, sino para llevar a todos los pueblos la verdad que ya ha recibido.

La sinodalidad puede ser útil cuando ayuda a los católicos a vivir unidos, a corregir abusos y a cumplir mejor su misión. Pero deja de ser católica cuando presenta la doctrina como algo que debe ser revisado por la comunidad o adaptado a las exigencias del mundo moderno.

La cuestión decisiva es muy sencilla: ¿Quién gobierna el camino sinodal? Si gobierna Cristo, la sinodalidad puede servir a la Iglesia. Si gobierna la fe recibida, puede producir frutos buenos. Pero si gobiernan las opiniones, las sensibilidades del mundo y el deseo de agradar a todos, la sinodalidad se convierte en un medio para debilitar la fe sin negarla abiertamente.

La sinodalidad no es el fundamento de la Iglesia. El fundamento es Cristo. No es la fuente de la doctrina. La fuente es la Revelación. No es la finalidad de la misión. La finalidad es la gloria de Dios y la salvación de las almas.

La Iglesia debe escuchar, pero para obedecer mejor a Dios, y acompañar, pero para conducir a la conversión. Debe caminar unida, pero siguiendo a Cristo y no al espíritu del mundo. Cuando se olvida este orden, la sinodalidad deja de ser un instrumento de comunión y puede convertirse en un mecanismo de disolución de la fe.


Una respuesta a «Cuando la sinodalidad ocupa el lugar de la fe»

Deja una respuesta

Normas: los comentarios son responsabilidad única y exclusiva de quien los inserta. Esta web ni asume, ni alienta ninguno de ellos. Quien se sienta ofendido por alguno, deberá inexcusablemente dirigir su queja de inmediato (plazo máximo 7 días según Ley Orgánica 2/1984) a nuestro correo en "CONTACTO". De no hacerlo así se entenderá que no se siente ofendido, así como que renuncia a cualquier clase de reclamación a que pudiera tener derecho.

Los campos obligatorios están marcados con *


Pulse para escuchar el texto