Cuando se vigila la Tradición y se tolera el abuso
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Muchos nos preguntamos por qué la Iglesia puede limitar con tanta firmeza la Misa tradicional, mientras durante décadas ha mostrado una paciencia casi inagotable ante los abusos cometidos en el Novus Ordo.
Es verdad que el Papa no puede vigilar personalmente cada parroquia. Pero sí puede señalar una dirección, dictar normas claras, exigir a los obispos que cumplan su deber y sancionar a quienes deforman la liturgia hasta convertirla en espectáculo.
Cuando la Iglesia ha querido restringir la Misa tradicional, ha exigido permisos, reducido lugares de celebración, limitado la actividad de los sacerdotes e intervenido comunidades enteras. Ha demostrado, por tanto, que posee medios suficientes para actuar cuando considera que una cuestión es grave.
Por eso resulta difícil comprender que no se haya empleado una decisión semejante contra las improvisaciones, las músicas indignas, el protagonismo del celebrante, las comuniones irreverentes, los altares convertidos en escenarios y las celebraciones en las que apenas puede reconocerse el santo Sacrificio.
La impresión que queda es dolorosa: la Tradición es vigilada como un peligro, mientras el abuso es soportado como una debilidad menor.
¿Por qué una liturgia venerada durante siglos, celebrada por innumerables santos y custodiada por generaciones de católicos, recibe restricciones que rara vez se aplican a quienes profanan de hecho la dignidad del culto? La respuesta quizá se encuentre en lo que representa la Misa tradicional. No es solamente una forma antigua de celebrar. En ella se expresa una manera precisa de comprender a Dios, el sacerdocio, la Iglesia y el sacrificio eucarístico.
Todo conduce hacia el altar. El silencio, las genuflexiones, la orientación del sacerdote, el canto sagrado y la sobriedad de los ritos proclaman que la liturgia no pertenece al celebrante ni a la comunidad. Pertenece a Dios. El sacerdote no aparece como animador, conductor de una asamblea o protagonista de una representación religiosa. Se vuelve hacia el Señor y ofrece, en nombre de la Iglesia, el sacrificio de Jesucristo.
La fuerza de esta liturgia no reside únicamente en el latín o en el canto gregoriano, sino en que cada palabra, cada gesto y cada silencio quedan ordenados a la adoración.
En una época dominada por el ruido, enseña a callar. En una sociedad que coloca al hombre en el centro, enseña a arrodillarse. En una Iglesia tentada por la novedad permanente, recuerda que la liturgia no se inventa, sino que se recibe, se venera y se transmite.
Por eso resulta incómoda. Su sola existencia demuestra que la participación no necesita ruido, que la juventud no rechaza necesariamente la solemnidad, que el silencio puede alimentar la fe y que la sacralidad no aleja a las almas, sino que las conduce hacia Dios.
La Misa tradicional contradice, además, una mentalidad que ha reducido con frecuencia la liturgia a reunión fraterna, celebración comunitaria o experiencia de convivencia. Recuerda con una claridad difícil de disimular que la Misa es, ante todo, la renovación incruenta del Sacrificio del Calvario.
El altar no es un escenario. El sacerdote no es un actor. La iglesia no es un salón de reuniones. La Eucaristía no es un símbolo de fraternidad humana, sino el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesucristo.
Estas verdades pertenecen a toda liturgia católica, pero la liturgia tradicional las conserva y expresa con una fuerza singular. No pone al hombre en el centro, sino que lo obliga a salir de sí mismo. No halaga a la comunidad, sino que la conduce hacia Dios. No convierte el misterio en algo cotidiano, sino que hace visible que el hombre se encuentra ante lo santo.
Por eso causa escándalo que sea tratada con sospecha mientras tantos abusos reciben advertencias débiles, correcciones tardías o un silencio casi completo.
No se reclama un privilegio para un grupo de nostálgicos. Se pide justicia para una liturgia que santificó a generaciones, sostuvo la fe durante siglos y continúa conduciendo almas hacia la reverencia, la doctrina y la vida sobrenatural.
Si la Iglesia desea realmente una renovación litúrgica, no puede limitarse a corregir los excesos más grotescos del Novus Ordo. Debe reconocer también las debilidades de una reforma que facilitó la pérdida del silencio, de la orientación hacia Dios, de la conciencia sacrificial y del sentido de lo sagrado.
Y debe devolver a la liturgia tradicional el lugar que le corresponde, no como una concesión humillante, tolerada bajo vigilancia, sino como un tesoro vivo de la Iglesia y una fuente legítima de restauración.
Porque una Iglesia que sospecha de la liturgia de sus santos, mientras tolera la profanación de sus altares, ha perdido el sentido de sus verdaderas prioridades.
La Misa no existe para que la comunidad se contemple y se celebre a sí misma.
Existe para ofrecer al Padre el Sacrificio de Jesucristo, bajo la acción del Espíritu Santo.
Y cuando esto deja de ocupar el centro, no solo se debilita la liturgia.
Se debilita la fe.
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Muchos nos preguntamos por qué la Iglesia puede limitar con tanta firmeza la Misa tradicional, mientras durante décadas ha mostrado una paciencia casi inagotable ante los abusos cometidos en el Novus Ordo.
Es verdad que el Papa no puede vigilar personalmente cada parroquia. Pero sí puede señalar una dirección, dictar normas claras, exigir a los obispos que cumplan su deber y sancionar a quienes deforman la liturgia hasta convertirla en espectáculo.
Cuando la Iglesia ha querido restringir la Misa tradicional, ha exigido permisos, reducido lugares de celebración, limitado la actividad de los sacerdotes e intervenido comunidades enteras. Ha demostrado, por tanto, que posee medios suficientes para actuar cuando considera que una cuestión es grave.
Por eso resulta difícil comprender que no se haya empleado una decisión semejante contra las improvisaciones, las músicas indignas, el protagonismo del celebrante, las comuniones irreverentes, los altares convertidos en escenarios y las celebraciones en las que apenas puede reconocerse el santo Sacrificio.
La impresión que queda es dolorosa: la Tradición es vigilada como un peligro, mientras el abuso es soportado como una debilidad menor.
¿Por qué una liturgia venerada durante siglos, celebrada por innumerables santos y custodiada por generaciones de católicos, recibe restricciones que rara vez se aplican a quienes profanan de hecho la dignidad del culto? La respuesta quizá se encuentre en lo que representa la Misa tradicional. No es solamente una forma antigua de celebrar. En ella se expresa una manera precisa de comprender a Dios, el sacerdocio, la Iglesia y el sacrificio eucarístico.
Todo conduce hacia el altar. El silencio, las genuflexiones, la orientación del sacerdote, el canto sagrado y la sobriedad de los ritos proclaman que la liturgia no pertenece al celebrante ni a la comunidad. Pertenece a Dios. El sacerdote no aparece como animador, conductor de una asamblea o protagonista de una representación religiosa. Se vuelve hacia el Señor y ofrece, en nombre de la Iglesia, el sacrificio de Jesucristo.
La fuerza de esta liturgia no reside únicamente en el latín o en el canto gregoriano, sino en que cada palabra, cada gesto y cada silencio quedan ordenados a la adoración.
En una época dominada por el ruido, enseña a callar. En una sociedad que coloca al hombre en el centro, enseña a arrodillarse. En una Iglesia tentada por la novedad permanente, recuerda que la liturgia no se inventa, sino que se recibe, se venera y se transmite.
Por eso resulta incómoda. Su sola existencia demuestra que la participación no necesita ruido, que la juventud no rechaza necesariamente la solemnidad, que el silencio puede alimentar la fe y que la sacralidad no aleja a las almas, sino que las conduce hacia Dios.
La Misa tradicional contradice, además, una mentalidad que ha reducido con frecuencia la liturgia a reunión fraterna, celebración comunitaria o experiencia de convivencia. Recuerda con una claridad difícil de disimular que la Misa es, ante todo, la renovación incruenta del Sacrificio del Calvario.
El altar no es un escenario. El sacerdote no es un actor. La iglesia no es un salón de reuniones. La Eucaristía no es un símbolo de fraternidad humana, sino el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesucristo.
Estas verdades pertenecen a toda liturgia católica, pero la liturgia tradicional las conserva y expresa con una fuerza singular. No pone al hombre en el centro, sino que lo obliga a salir de sí mismo. No halaga a la comunidad, sino que la conduce hacia Dios. No convierte el misterio en algo cotidiano, sino que hace visible que el hombre se encuentra ante lo santo.
Por eso causa escándalo que sea tratada con sospecha mientras tantos abusos reciben advertencias débiles, correcciones tardías o un silencio casi completo.
No se reclama un privilegio para un grupo de nostálgicos. Se pide justicia para una liturgia que santificó a generaciones, sostuvo la fe durante siglos y continúa conduciendo almas hacia la reverencia, la doctrina y la vida sobrenatural.
Si la Iglesia desea realmente una renovación litúrgica, no puede limitarse a corregir los excesos más grotescos del Novus Ordo. Debe reconocer también las debilidades de una reforma que facilitó la pérdida del silencio, de la orientación hacia Dios, de la conciencia sacrificial y del sentido de lo sagrado.
Y debe devolver a la liturgia tradicional el lugar que le corresponde, no como una concesión humillante, tolerada bajo vigilancia, sino como un tesoro vivo de la Iglesia y una fuente legítima de restauración.
Porque una Iglesia que sospecha de la liturgia de sus santos, mientras tolera la profanación de sus altares, ha perdido el sentido de sus verdaderas prioridades.
La Misa no existe para que la comunidad se contemple y se celebre a sí misma.
Existe para ofrecer al Padre el Sacrificio de Jesucristo, bajo la acción del Espíritu Santo.
Y cuando esto deja de ocupar el centro, no solo se debilita la liturgia.
Se debilita la fe.
Muchos nos preguntamos por qué la Iglesia puede limitar con tanta firmeza la Misa tradicional, mientras durante décadas ha mostrado una paciencia casi inagotable ante los abusos cometidos en el Novus Ordo.
Es verdad que el Papa no puede vigilar personalmente cada parroquia. Pero sí puede señalar una dirección, dictar normas claras, exigir a los obispos que cumplan su deber y sancionar a quienes deforman la liturgia hasta convertirla en espectáculo.
Cuando la Iglesia ha querido restringir la Misa tradicional, ha exigido permisos, reducido lugares de celebración, limitado la actividad de los sacerdotes e intervenido comunidades enteras. Ha demostrado, por tanto, que posee medios suficientes para actuar cuando considera que una cuestión es grave.
Por eso resulta difícil comprender que no se haya empleado una decisión semejante contra las improvisaciones, las músicas indignas, el protagonismo del celebrante, las comuniones irreverentes, los altares convertidos en escenarios y las celebraciones en las que apenas puede reconocerse el santo Sacrificio.
La impresión que queda es dolorosa: la Tradición es vigilada como un peligro, mientras el abuso es soportado como una debilidad menor.
¿Por qué una liturgia venerada durante siglos, celebrada por innumerables santos y custodiada por generaciones de católicos, recibe restricciones que rara vez se aplican a quienes profanan de hecho la dignidad del culto? La respuesta quizá se encuentre en lo que representa la Misa tradicional. No es solamente una forma antigua de celebrar. En ella se expresa una manera precisa de comprender a Dios, el sacerdocio, la Iglesia y el sacrificio eucarístico.
Todo conduce hacia el altar. El silencio, las genuflexiones, la orientación del sacerdote, el canto sagrado y la sobriedad de los ritos proclaman que la liturgia no pertenece al celebrante ni a la comunidad. Pertenece a Dios. El sacerdote no aparece como animador, conductor de una asamblea o protagonista de una representación religiosa. Se vuelve hacia el Señor y ofrece, en nombre de la Iglesia, el sacrificio de Jesucristo.
La fuerza de esta liturgia no reside únicamente en el latín o en el canto gregoriano, sino en que cada palabra, cada gesto y cada silencio quedan ordenados a la adoración.
En una época dominada por el ruido, enseña a callar. En una sociedad que coloca al hombre en el centro, enseña a arrodillarse. En una Iglesia tentada por la novedad permanente, recuerda que la liturgia no se inventa, sino que se recibe, se venera y se transmite.
Por eso resulta incómoda. Su sola existencia demuestra que la participación no necesita ruido, que la juventud no rechaza necesariamente la solemnidad, que el silencio puede alimentar la fe y que la sacralidad no aleja a las almas, sino que las conduce hacia Dios.
La Misa tradicional contradice, además, una mentalidad que ha reducido con frecuencia la liturgia a reunión fraterna, celebración comunitaria o experiencia de convivencia. Recuerda con una claridad difícil de disimular que la Misa es, ante todo, la renovación incruenta del Sacrificio del Calvario.
El altar no es un escenario. El sacerdote no es un actor. La iglesia no es un salón de reuniones. La Eucaristía no es un símbolo de fraternidad humana, sino el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesucristo.
Estas verdades pertenecen a toda liturgia católica, pero la liturgia tradicional las conserva y expresa con una fuerza singular. No pone al hombre en el centro, sino que lo obliga a salir de sí mismo. No halaga a la comunidad, sino que la conduce hacia Dios. No convierte el misterio en algo cotidiano, sino que hace visible que el hombre se encuentra ante lo santo.
Por eso causa escándalo que sea tratada con sospecha mientras tantos abusos reciben advertencias débiles, correcciones tardías o un silencio casi completo.
No se reclama un privilegio para un grupo de nostálgicos. Se pide justicia para una liturgia que santificó a generaciones, sostuvo la fe durante siglos y continúa conduciendo almas hacia la reverencia, la doctrina y la vida sobrenatural.
Si la Iglesia desea realmente una renovación litúrgica, no puede limitarse a corregir los excesos más grotescos del Novus Ordo. Debe reconocer también las debilidades de una reforma que facilitó la pérdida del silencio, de la orientación hacia Dios, de la conciencia sacrificial y del sentido de lo sagrado.
Y debe devolver a la liturgia tradicional el lugar que le corresponde, no como una concesión humillante, tolerada bajo vigilancia, sino como un tesoro vivo de la Iglesia y una fuente legítima de restauración.
Porque una Iglesia que sospecha de la liturgia de sus santos, mientras tolera la profanación de sus altares, ha perdido el sentido de sus verdaderas prioridades.
La Misa no existe para que la comunidad se contemple y se celebre a sí misma.
Existe para ofrecer al Padre el Sacrificio de Jesucristo, bajo la acción del Espíritu Santo.
Y cuando esto deja de ocupar el centro, no solo se debilita la liturgia.
Se debilita la fe.
Muy flojo el artículo, blandito y fofo. Mal vamos con tanta ambiguedad.
Pues escriba usted, que tanto sabe… O cree saber.
Y poniendo su nombre y apellidos, como hace el articulista.
¡Qué fácil es criticar, pero eso sí, SIN HACER NADA!
La única explicación plausible es que la Iglesia se ha pasado al enemigo…
Son ya parte del NOM, y una parte muy importante.
Solo hay que ver como el partido comunista chino nombra Obispos, comunistas, en China, por ejemplo.
SON PARTE DEL MAL.
No la Iglesia sino casi todo el clero se ha pasado al enemigo… eso quieres decir.
Pero algunos pocos aplastados y estrujados resistimos y pedimos poder resistir hasta el final aunque nos rompan todos los huesos.
En general, todo lo que dice el artículo es verdad. La Iglesia -al igual que Jesucristo- ha sido objeto de persecución desde que nació. Actualmente se encuentra infiltrada y dominada hasta cierto punto.
Pero, aun así, creo correctas las sanciones del Vaticano contra la FSSPX por el hecho de haber ordenado nuevos obispos sin tener la aprobación pertinente. La autoridad de la Iglesia debe ser respetada por todo miembro de ella, y si no se hace así, se deben asumir las consecuencias previstas por la misma Tradición en su derecho canónico. Si no se procede de esta manera, sería el caos y la propia destrucción de la Iglesia.
En cuanto a la situación en China, desde luego no es la ideal, pero ¿qué hacer en un país dominado por el comunismo y en donde los sacerdotes intentan cumplir su misión evangelizadora y pastoral sin poner en peligro la vida de los fieles católicos? ¿Desde Roma hay que provocar su martirio?
«Siempre objetivo» (!): ya que predicas la obediencia, obedece tú y que obedezca el que reclama ser papa y dejad de desobedecer a San Pio V, quien en su bula Quo primum tempore de 1570 mandó respetar el Misal Romano usando el término «perpetuidad».
Amén aleluya, ¿vale? ¡HIPÓCRITA, predicas agua y bebes vino!
La Iglesia está tomada por el Mal en su jerarquía. Además de obligar, estos siervos de Satanás, a dejar de celebrar la única Misa válida (la Tridentina), están cometiendo todo tipo de tropelías a nivel enseñanza desde el propio Vaticano (Amoris laetitia, Fiducia supplicans, etc.), lo suyo es la aplicación sin el menor disimulo de la Agenda 2030.
Los Papas, especialmente los del siglo XIX, ya nos advertían reiteradas veces de estos peligrosísimos siniestros personajes (los masones) que trabajaban en secreto para Satanás y cuyo máximo objetivo es hacer desaparecer la Iglesia de CRISTO, apoderarse de todas las sociedades y entronizar a su mesías satánico. De hecho, estos Papas de antes del CVII, os declaraba EXCOMULGADOS Latae sententiae; esto significa que estamos sin Papa desde que usurpó la Silla Petrina el masón Roncalli en 1958. Lo de Luciani (a pesar de ser modernista –también anteriormente condenado-, posiblemente no fuese masón) lo dejamos al margen por no darle tiempo ni a terminar su “infusión”).
Al margen de la condición EXCOMULGADO, se añade la de soltar herejías de continuo, con lo que igualmente estos que van de Papa (los del CVII) dejan de facto de serlo. Es más, todos aquellos que reincidentemente los tienen como Papas, caen en herejía. Dejan de ser católicos por muy bautizados que estén (salvando excepciones por ignorancia no salvable).
Cuando se prohíbe la Tradición y se tolera la locura (el tolerarlo es con objeto de fomentarla), es el modus operandi de estos miserables.
En Fátima la Virgen María dijo a los pastorcitos: «Al final, mi Inmaculado Corazón triunfará». Por lo tanto, aunque la Iglesia esté en caída libre, que todo parecerá desaparecer, estar tranquilos. Hay que ser fieles a CRISTO hasta el final
Hablando del masón Roncalli:
El masón José Guadalupe Zuno Hernández siendo el Gobernador del Estado de Jalisco (Méjico), de 1923 a 1926, arremetió contra el clero prohibiendo las reuniones de los Caballeros de Colón y aplastó al sindicato de Agricultores de la ACJM acelerando el conflicto armado entre clericales y gobierno, en los prolegómenos de la lucha Cristera.
La Asociación Católica de la Juventud Mexicana (ACJM) tenía por objetivo principal formar a las élites jóvenes para recuperar la centralidad social de la Iglesia, oponerse a la secularización y promover la instauración de un orden social cristiano. La ACJM también organizaba actividades culturales y religiosas para contrarrestar las «diversiones inmorales» de la época y colaboraba con las escuelas nocturnas para trabajadores.
Los Caballeros de Colón son una organización fraternal católica de beneficencia. Los principios fundamentales de esta sociedad cristiana son la caridad, la unidad, la fraternidad y el patriotismo. La sociedad se ha distinguido por desarrollar y apoyar proyectos orientados al fortalecimiento de la fe católica en el mundo, apoyando la labor evangelizadora y misionera de la Iglesia que bajo el Papa desde Roma la dirigía.
Pues bien, la Constitución mejicana de 1917 es, como más tarde la española de 1931 (y posteriormente la actual de 1978), descaradamente masónica que dio pie al enfrentamiento de los Cristeros contra el gobierno masón. Cuando el gobierno estaba contra las cuerdas y los Cristeros eran claramente los que controlaban la situación, el Papa Pío XI, bajo los informes de ciertos obispones masones mejicanos, pidió a los Cristeros que “dialogaran” con el gobierno masón, quienes bajo las indicaciones del Papa depusieron las armas y posteriormente de forma traicionera y cobarde fueron masacrados los principales Cristeros. A pesar de tamaño fallo de Pío XI, seguía siendo Papa y defensor de la Doctrina de CRISTO.
Todo ello lo digo, pues este mismo perseguidor de los cristianos en este Estado Mejicano, José Guadalupe Zuno Hernández firma una esquela “masónica” a la muerte de Juan XXIII en el diario El Informador, México, 4 de junio de 1963, página 9) alabando a uno de los suyos Angelo Giuseppe Roncalli.
Pone en dicha esquela:
La Gran Logia Occidental Mexicana de libres y aceptados masones, con motivo del fallecimiento del Papa Juan XXIII hace pública su PENA por la desaparición de este gran hombre que vino a “revolucionar” las ideas, pensamientos y formas de actuar de la Liturgia Católica Romana. Las Encíclicas “Madre y Maestra” y “Paz en la Tierra” han revolucionado los conceptos en favor de los “DERECHOS del HOMBRE y su LIBERTAD”. La humanidad ha perdido a un gran hombre y los masones reconocemos en “ÉL” sus elevados principios, su humanitarismo y su condición de “G R A N L I BE R A L”
Guadalajara, Jal. Méx. a 3 de junio de 1963
José Guadalupe Zono Hdez.
NO hace falta comentar nada, la esquela lo dice TODO.
Dejo enlace de dicha esquela:
https://hndm.iib.unam.mx/consulta/publicacion/visualizar/558075be7d1e63c9fea1a303?pagina=558a37df7d1ed64f16df9075&coleccion=
¡¡¡ Al final, mi Inmaculado Corazón triunfará !!!
Les das sopas a cucharones pero ellos no quieren ni probarla, Eugenio…
Cuando dejo de montar en cólera por todos los sacrilegios y profanaciones sólo queda la tristeza profunda. Entonces me acuerdo del profeta que se sentó sobre una piedra llorando porque nadie lo escuchaba y me siento junto a él sintiendo como que él, con un solo corazón.
Que toda esta mortificación nos valga de penitencia.
Deus benedicat +